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    Diez palabras en decadencia

    Cada vez hay más posibilidades de conocer a más personas a través de las pantallas, pero menos tiempo para encontrarse con ellas; la revolución de la comunicación se está transformando en el mejor camino hacia la soledad

    Director Periodístico de Búsqueda

    Hay muchas formas de procurar una buena fotografía de estos tiempos tan convulsionados. Se puede recurrir a estadísticas etarias o poblacionales, a datos sobre la distribución de la riqueza, a descripciones de la geopolítica y las guerras entre países, a un listado de las grandes multinacionales, de los avances tecnológicos, de las nuevas formas de comunicación y de relacionamiento, o muchas otras. La lista es gigantesca. Tanto en el mundo como en cada uno de los países. Hay para todos los gustos.

    Pero, en lugar de ir por ese lado, otra forma de llegar al mismo objetivo de una manera más certera es poner sobre la mesa aquellas palabras que supieron ocupar un rol protagónico en el pasado y que hoy están perdiendo vigencia o están en desuso. Antes de hacerlo, es importante en mi caso establecer dos limitaciones al campo de estudio, para tratar de ser lo más preciso posible. Primero, referirme solo a Uruguay por una cuestión de cercanía, por más que su situación tenga similitudes con la de muchos otros países. Y segundo, elegir solo 10 palabras para que la foto no quede demasiado sobrecargada.

    Otra aclaración previa: las reflexiones refieren a la mayoría de los uruguayos, no a todos. Vale la pena la puntualización para no herir susceptibilidades en estos tiempos de alta sensibilidad.

    Ahora sí, van las 10 palabras en declive, y que cada cual se haga cargo de lo suyo.

    1) Paciencia. Ya casi nadie tiene paciencia. Los minutos parecen haberse hecho eternos y ni que hablar de las horas o los días. Pensar en meses o en años es una locura o prácticamente imposible. Todo tiene que ser ya, en un suspiro. La satisfacción debe ser inmediata. Acción, reacción y punto final. Lo demás aburre, queda demasiado lejos y es dejado de lado.

    2) Tolerancia. Ni que hablar de estar dispuestos a tolerar algo muy distinto a lo que se piensa. Lo que se impone es el algoritmo, el negro o blanco, los buenos y los malos. Las redes sociales se han transformado en fábricas de radicales dispuestos a prender fuego en una inmensa hoguera al que se anime a salirse un poco de la línea exigida. Tolerar es un error grave, una muestra de debilidad, una forma de ser descalificado del juego.

    3) Sutileza. No queda casi espacio para la sutil sugerencia. Manda lo explícito, el golpe certero, lo grotesco. El concepto que induce mucho más de lo que muestra está quedando como perdido, no logra formar parte de casi ninguna conversación porque nadie tiene ganas de tomarse el trabajo de ponerse a pensar un poco más allá de lo obvio.

    4) Ironía. De la misma forma, la que está perdiendo por goleada es la ironía. Son muy pocos los que todavía recurren a ella como una forma de comunicar con inteligencia o de sugerir lo que es muy difícil de decir directamente. Está siendo aplastada por la literalidad más absurda, por lo políticamente correcto, por lo que no deja espacio a distintas interpretaciones.

    5) Empatía. Cada vez son menos los que logran ponerse en el lugar del otro. No hay mucho espacio como para ellos. La ansiedad de obtener resultados inmediatos junto con el odio provocado por las redes sociales llevan a que sea mucho más fácil, rápido y productivo para los intereses actuales destruir que procurar comprender. Ponerse en el lugar del otro parece ser una tontería digna de una época ya enterrada.

    6) Autocrítica. Ahora las culpas suelen estár afuera. Manda el “yo no fui” y además basta con un clic para encontrar a los aliados necesarios que justifiquen esa posición. Tampoco ayuda para realizar una evaluación propia el concepto tan arraigado de la inmediatez. Lo que pasó ya pasó y a cada minuto parece empezar una nueva vida. La culpa se diluye entre tanto vértigo, por más que se trate de un estado de aceleración ficticio.

    7) Profundidad. Cuesta mucho encontrar a personas dispuestas a hurgar un poco más allá de la superficie. Ahora es el chapoteo en la orilla lo que abunda. La profundidad quedó como aislada y casi nadie se toma el trabajo de intentar llegar hasta ella. Total, si basta con una consulta a la inteligencia artificial como para enterarse de todo. Por más que ese todo sean solo dos párrafos, con esa cantidad de información parece ser más que suficiente.

    8) Dedicación. La decadencia de esta palabra tiene una relación directa con varias de las anteriores. Los temas van y vienen sin destinarles la dedicación ni el tiempo suficientes a ninguno de ellos. Cada vez hay más posibilidades de conocer a más personas a través de las pantallas, pero menos tiempo para encontrarse con ellas. La revolución de la comunicación se está transformando en el mejor camino hacia la soledad.

    9) Representatividad. Todo este panorama está generando un encierro de las personas en sí mismas y un exceso de la individualidad y de la satisfacción personal como único camino. Son cada vez menos los que piensan en los demás y mucho menos todavía los que se preocupan por el transcurrir de la sociedad. Los puentes entre los distintos grupos sociales, etarios, culturales y económicos parecen estar rotos y los hilos que antes unían a los diferentes ahora se transformaron en fronteras para separarlos. Los políticos cada vez representan menos, escasean los líderes y lo mismo ocurre en otros ámbitos, como el académico, el empresarial, el sindical, el cultural y el deportivo. Parece haber como un divorcio tormentoso entre representantes y representados.

    10) Democracia. Es triste que ocurra, pero así es. Por una combinación de todo lo anterior más otros factores externos, es la democracia la que está en decadencia. Ocurre en el mundo desde ya hace un tiempo, pero también está pasando en Uruguay. Así lo muestran algunas encuestas y también la realidad. Porque el debilitamiento de todas las palabras anteriores implica la asunción de un rumbo equivocado, el opuesto al que verdaderamente se necesita. Y está ocurriendo sin que ni siquiera seamos capaces de asumirlo porque parece que no nos importa. Ahora preferimos ocuparnos de nosotros mismos o destruir todo lo que no comulga con nuestro micromundo. La mirada está puesta en el lugar equivocado.

    Tengo una decimoprimera palabra que está cada vez más debilitada. Quizás sea la más importante de la lista. Por ahora voy a guardarla para mí, un poco para respetar los límites que me impuse y otro poco por miedo a ser pesimista. Ojalá esté equivocado y tenga que tacharla en el futuro.