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    Un país a medias

    Columnista de Búsqueda

    Hace unos años, allá por 2012, apareció en YouTube una canción dedicada al barrio Marconi. Se llamaba Yo soy Marconi y su autor e intérprete era Don Cony, un rapero que, con un entonces insólito acento caribeño, le cantaba a la crudísima realidad que se vive en ese barrio cada día. Digo “entonces insólito” porque hoy, década y pico después, ese acento es la cosa más habitual entre los traperos y reggaetoneros de toda América Latina, uruguayos incluidos. Y, por lo tanto, ya no resulta insólito aunque siga, sí, molestando a gente acostumbrada a otros acentos que les parecen más naturales. Naturales como los de rockeros imitando en español la pronunciación del inglés, por ejemplo.

    Años más tarde, en 2018, Don Cony protagonizaba el documental Los olvidados, del director Agustín Flores, quien era parte del equipo de la Usina Cultural Casavalle, en donde aquel tema de Don Cony y el video que lo acompañaba habían sido producidos. En ese documental, Don Cony y su hermano menor iban mostrando, cámara en mano, la compleja interna de un barrio que desde su origen había estado prácticamente abandonado por el Estado. En la película quedaba claro que los organismos públicos prestaban poca o nula atención a las necesidades de esa barriada de aluvión, nacida entre un arroyo contaminado y dos barrios más establecidos.

    Algo evidente en el documental era que, de los dos hermanos, Don Cony era el responsable, el que hacía las cosas como es debido. A pesar de que por ser del Marconi le complicaba encontrar trabajo, el rapero lo encontraba y lo hacía bien. Cuando su novia quedaba embarazada, construía una habitación en el piso superior de la casa de su madre. No se metía en líos de drogas ni se involucraba (en la medida en que eso era posible en su contexto) en situaciones de violencia. Don Cony era un ciudadano a pesar de que la sociedad y su contexto le gritaban a la cara que no, que todo aquello que hace que un individuo sea un ciudadano era algo que estaba vedado para él, para su familia y para sus vecinos.

    Pasaron los años y el acento que Don Cony usaba al rapear se hizo habitual. Y eso ocurrió de la mano de un montón de traperos y reggaetoneros de clase media que, según la evidencia disponible, tienen más posibilidades de ejercer su ciudadanía de forma más amplia, en el sentido de contar con oportunidades desde el arranque. Una ciudadanía que les permite disponer de tiempo, conocimientos y vínculos sociales para que su arte (y el acento boricua que usan) salga de su círculo inmediato y llegue a otros. Que les permita tocar su música en vivo, cruzar a Buenos Aires a mostrarla y, sobre todo, intentar desarrollar una identidad artística. Una ciudadanía que va más allá de la mera supervivencia y que intenta encontrarles un sentido propio a la existencia y al deseo de hacer música.

    En resumen, una ciudadanía que cuenta con aquello que el sociólogo francés Pierre Bourdieu llamó “capital cultural”: el conocimiento, la educación, las cualidades y habilidades que una persona adquiere en su familia y en el sistema educativo. Todo eso termina por armar una red de ventajas que le dan a la persona cierto estatus dentro de la sociedad, y eso se traduce en oportunidades sociales.

    En una entrevista de 1991, Bourdieu comentaba: “Pienso que la variable educativa, el capital cultural, es un principio de diferenciación casi tan poderoso como el capital económico”. Por eso no es banal insistir en el peor dato que arrojan los indicadores sociales del Uruguay: solo termina el bachillerato el 20% de los estudiantes del nivel económico más bajo. Y esos estudiantes son, por las razones explicadas en la propia definición de capital cultural, quienes más necesitan completar ese ciclo. Terminarlo o no es la diferencia entre pasar el resto de sus días en trabajos informales, precarios o directamente ilegales o poder acceder al universo ciudadano en el que vivimos el resto de nosotros.

    Sin embargo, la variable empleo es solo una de las que se debería mirar a la hora de evaluar el impacto social que implica no terminar el bachillerato. Si fuera un sociólogo de verdad y no uno que se dedica a otras cosas (escribir estas columnas, por ejemplo), me encantaría construir una estadística que fuera capaz de medir cuánta belleza, cuánto talento, cuántas vidas productivas en un sentido amplio tiramos al tacho cuando diluimos la historia de alguien como Don Cony en un dato frío como el del abandono del bachillerato. Me conformaría con contar con ese otro dato frío que permita dar cuenta de todo el calor que como sociedad perdemos cuando esos abandonos ocurren, de toda la energía y potencial que dilapidamos en ese fracaso colectivo.

    Me alcanzaría con saber, aunque sea de manera aproximada, cuánta gente valiosa para sí misma, para su familia, para sus vecinos y para el resto de la sociedad se queda por el camino porque como sociedad no logramos ponernos de acuerdo en asuntos tan básicos y esenciales como conseguir que el egreso en el bachillerato esté al menos en el nivel del resto de nuestros indicadores sociales. Claro, es difícil que eso ocurra cuando el mundo de los integrados, los que tenemos saneamiento, tuvimos educación y tenemos laburo formal, se limita a entender la cuestión educativa no como un asunto de oportunidades perdidas que debe cambiar ya, sino como un espacio en donde imponer nuestra visión ideológica sobre quien tiene la sartén por el mango.

    El acento que usaba Don Cony hace 12 años fue objeto de debate y molestia entonces. En cambio, su posible y muy probable rumbo de vida, no. Y eso fue así porque en el barrio donde se crio y creció no importa cuán bien hagas las cosas, tu destino ya viene marcado y es prácticamente imposible escapar de él.

    Esa suerte de predestinación social debe ser una de las más poderosas formas de discriminación que existe y es una que, paradójicamente, resulta invisible a plena luz. “La pobreza es la peor forma de violencia”, decía una letra de los Downset, una banda de rapcore de EE.UU. Y quizá es por eso que la naturalizamos. Una pobreza que no se limita a la economía, aunque en buena medida es determinada por esta. Una pobreza que, entre otras cosas, nos condena a perder cantidades inmensas de talento y creatividad en un país que los necesita como agua en el desierto. Una pobreza que anula destinos y pierde un montón de ciudadanos plenos. Una pobreza que parece preocuparnos solo cuando nos salpica con su violencia a nosotros, los integrados.

    ¿Es un problema para Uruguay que Don Cony no haya logrado desarrollar una carrera artística aunque hizo antes que todos lo que hacen hoy quienes se consagran? En un sentido individual, no. Se dirá que lograrlo o no es asunto de cada uno. Pero cuando se está socialmente marcado para que esa imposibilidad sea un muro casi infranqueable entonces sí que es un problema. Un país que no sea capaz de generar alternativas para todos nuestros futuros siempre será un país menos deseable, peor, incompleto. Mientras esas oportunidades que van más allá de la mera supervivencia no existan para los Don Cony, seguiremos siendo un país a medias.

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