• Cotizaciones
    jueves 22 de octubre de 2026
    • Temas del día

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Uruguay: donde los rivales políticos no son enemigos

    Salí de Montevideo con una convicción: la mayor fortaleza de Uruguay no es que sus políticos estén de acuerdo, sino que han aprendido a competir sin destruir aquello que comparten

    “¿Por qué los partidos atraviesan los tiempos y sobreviven a las personas? Porque son una idea, una bandera”. Esa reflexión de uno de mis entrevistados encierra una paradoja latinoamericana: mientras en tantos países los partidos nacen y mueren con sus líderes, Uruguay conserva organizaciones que sobreviven a generaciones, crisis y derrotas.

    Escribo desde el Perú, un país que ha tenido 10 presidentes en apenas una década y vive una paradoja desconcertante: una profunda inestabilidad y confrontación política junto con una relativa estabilidad macroeconómica y un crecimiento moderado. Los partidos tradicionales prácticamente han desaparecido, mientras la improvisación, la mediocridad y los intereses ilegales han ganado terreno en el sistema político. Frente a esta crisis, emprendí un recorrido por distintos países para comprender cómo se construyen partidos sólidos, liderazgos democráticos e instituciones capaces de perdurar.

    Ese recorrido me llevó también a Montevideo. En 14 entrevistas conversé con dos expresidentes, dirigentes partidarios, académicos y autoridades electorales. Encontré diferencias y disputas, pero también una convicción poco frecuente: competir por el poder no exige destruir al adversario ni aquello que todos comparten.

    Dos siglos de conflictos y acuerdos

    Los partidos Colorado y Nacional surgieron de las divisas enfrentadas en la batalla de Carpintería, en 1836. Mi visita coincidió con una conmemoración de aquella batalla en Durazno: allí pude ver cómo una historia de casi 190 años todavía convoca militantes, símbolos y emociones. Los partidos no solo recuerdan su pasado: siguen vibrando con él.

    Uruguay no tuvo una historia idílica. Atravesó guerras civiles, exclusiones y dictaduras. A comienzos del siglo XX, el batllismo impulsó reformas sociales pioneras. En 1971 nació el Frente Amplio, que reunió distintas corrientes de izquierda. La dictadura de 1973 a 1985 interrumpió la democracia, pero no extinguió sus identidades partidarias. El Frente Amplio gobernó entre 2005 y 2020; en 2020 asumió Luis Lacalle Pou al frente de una coalición de centroderecha y en 2025 regresó la izquierda con Yamandú Orsi.

    El antiguo enfrentamiento entre blancos y colorados evolucionó hacia una competencia entre dos grandes bloques. Cambian los gobiernos, pero las organizaciones permanecen. La singularidad uruguaya no es la ausencia de conflictos, sino haber aprendido a procesarlos sin destruir el sistema político. De esa experiencia rescato seis lecciones para el Perú y América Latina.

    1. Los partidos deben sobrevivir a sus líderes, no al revés

    En buena parte de nuestra región, los partidos son vehículos electorales que nacen con un candidato y desaparecen cuando pierde popularidad. En Uruguay ocurre casi lo contrario: los liderazgos crecen dentro de organizaciones que los preceden.

    Blancos, colorados y frenteamplistas se sostienen en ideas, épica compartida, militancia, estructuras territoriales y competencia interna. Han aprendido a perder elecciones sin desaparecer y a renovarse sin renunciar a sus principios. En Uruguay, las nuevas corrientes suelen disputar el rumbo dentro de los partidos, en lugar de fundar otros para competir contra ellos. Su fuerza no depende exclusivamente de una figura carismática, sino de una comunidad política que se reconoce en una causa.

    La lección no es fundar partidos centenarios, sino diseñarlos para perdurar. Menos partidos de candidatos y más partidos de ciudadanos. Menos proyectos personales y más causas colectivas.

    2. El talento joven no llega espontáneamente: hay que conquistarlo

    Una experiencia reveladora son las elecciones juveniles casi en todos los partidos desde comienzos de los años 2000. Han movilizado a decenas de miles de jóvenes, que eligen representantes con participación efectiva en la conducción partidaria. No son juventudes decorativas: compiten, organizan y ejercen poder.

    Durante mi visita, conversé con amigos de mi generación milenial: un intendente, un director nacional, un exviceministro y un candidato presidencial, de distintos partidos y corrientes internas, algunos también amigos entre sí. Sus trayectorias reflejan algo fundamental: el liderazgo político no se improvisa en una campaña; se cultiva durante años. Aunque las estructuras tradicionales pueden dificultar la renovación, la lección es contundente: no basta con invitar a los jóvenes a participar; hay que darles formación, responsabilidades, representación y poder real.

    3. La fraternidad entre rivales es una fortaleza, no una debilidad

    Quizás lo más sorprendente sea que dirigentes enfrentados en campañas pueden conversar con naturalidad, respetarse e incluso cultivar amistades. No necesitan abandonar sus convicciones para reconocer la legitimidad del otro.

    En sociedades donde la polarización convierte al adversario en enemigo, esta distinción es revolucionaria: disputar el poder no equivale a negar el derecho del otro a ejercerlo. Uruguay tampoco es inmune a las descalificaciones ni a la agresividad digital. Su convivencia se forjó mediante conflictos, pactos y aprendizajes dolorosos.

    La democracia no exige que pensemos igual, sino que podamos disentir sin odiarnos. La fraternidad política no debilita la competencia: la civiliza. Cuando el rival es legítimo, perder una elección deja de parecer una tragedia nacional.

    4. Izquierda y derecha pueden competir sin destruir los consensos esenciales

    Uruguay tiene bloques diferenciados, pero también acuerdos de fondo, muchas veces no escritos. La izquierda reconoce que la inversión, la estabilidad macroeconómica, la apertura y el crecimiento son indispensables para sostener el bienestar social. La derecha defiende la iniciativa privada y la libertad individual, pero también la solidaridad, la responsabilidad colectiva y un Estado atento a los más vulnerables.

    La idea de libertad responsable, popularizada durante la pandemia, concibe la libertad junto con las obligaciones hacia los demás. A su vez, los gobiernos del Frente Amplio han mostrado que una agenda progresista puede convivir con la prudencia macroeconómica y la promoción de inversiones.

    Pero disputan el rumbo sobre un piso compartido. Donde otras democracias parecen refundarse con cada cambio de gobierno, Uruguay muestra que es posible alternar sin demoler. La competencia necesita diferencias; la estabilidad, compromisos que sobrevivan a ellas.

    5. La convicción institucional también se cultiva: símbolos, reglas y acuerdos

    Hay una señal elocuente en el espacio público uruguayo: dos de sus plazas emblemáticas se llaman Constitución e Independencia. Sus nombres evocan principios y acontecimientos fundacionales, antes que personalidades políticas. Es un símbolo de una convicción institucional que también se expresa en la práctica política.

    Una Corte Electoral autónoma y plural fortalece la confianza en los resultados. Las mayorías calificadas para ciertas designaciones obligan a negociar más allá del oficialismo. Y las coaliciones exigen acordar programas, distribuir responsabilidades y administrar desacuerdos.

    En América Latina abundan los discursos sobre diálogo, pero a menudo las reglas premian el bloqueo y la imposición. Uruguay enseña que la cooperación no debe depender exclusivamente de la virtud de un gobernante: necesita instituciones que la incentiven. El diálogo no puede ser solo una fotografía de líderes estrechándose las manos; debe producir decisiones y acuerdos duraderos.

    6. La política se construye entre elecciones, no solo durante las campañas

    El Frente Amplio tejió una extensa red de comités de base y vínculos con sindicatos, cooperativas y organizaciones sociales. Blancos y colorados preservaron referentes territoriales y tradiciones de militancia que conectan a los partidos con comunidades de todo el país.

    Esa capilaridad permite escuchar demandas, formar dirigentes y canalizar frustraciones mediante la participación. Los partidos no aparecen únicamente cuando necesitan votos: tienen vida entre elecciones. El arraigo también puede alimentar clientelismo, jerarquías cerradas y resistencia al cambio. Pero sin organización social, la democracia queda reducida a una competencia de popularidad entre individuos. Recuperar la política exige volver a organizar ciudadanos, escuchar territorios y construir comunidad.

    La buena política también se construye

    Uruguay no es un paraíso. Enfrenta desafíos de seguridad, educación, desigualdad y renovación. Su escala e historia son singulares; su democracia sufrió incluso una larga dictadura. No podemos importar dos siglos de tradiciones ni copiar mecánicamente sus instituciones.

    Pero confundir singularidad con imposibilidad de aprender sería un error. Salí de Montevideo con una convicción: la mayor fortaleza de Uruguay no es que sus políticos estén de acuerdo, sino en que han aprendido a competir sin destruir aquello que comparten.

    “Para hacer política hay una cosa básica: hay que tener amor por la gente”, me dijo otro de mis entrevistados. Quizás allí esté la síntesis: instituciones capaces de perdurar y personas capaces de servir. La buena política no es un milagro uruguayo. Es una construcción de generaciones. Y los demás latinoamericanos también podemos construirla.