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Cecilia Rossetto: “Me salvó el Conservatorio de Arte Dramático, ahí descubrí el mundo”

La actriz y cantante estuvo en el Festival Internacional Piriápolis de Película para recibir un reconocimiento a 40 años del estreno de Esperando la carroza, el clásico del cine argentino en el que por casualidad terminó interpretando el papel de Dominga

Coordinadora de Sociales

La argentina transita una multifacética carrera con profundas conexiones personales y profesionales con Uruguay, América y Europa. Su historia familiar está ligada al ajedrez a través de su padre, gran maestro internacional, pero su pasión artística la llevó a recorrer el mundo tejiendo una trayectoria con grandes sucesos, en la que prioriza los afectos anclados en los puertos de su vida.

Egresada del Conservatorio Nacional de Arte Dramático, debutó en 1969 en el elenco del Teatro San Martín. Además, actuó en revistas y music halls con Enrique Pinti, Jorge Luz y Antonio Gasalla. Y desde esos años no ha parado.

A 40 años del estreno de Esperando la carroza, el clásico del cine argentino en el que por casualidad terminó interpretando el papel de Dominga, Cecilia Rossetto estuvo en el Festival Internacional Piriápolis de Película para recibir un reconocimiento. En un alto de las actividades, en conversación con Galería recordó la figura de Ubaldo Miralles, su padrino uruguayo y una especie de segundo padre. Anarquista y gran lector, Miralles la invitó a vacacionar en Montevideo a los 15 años, la inscribió en un cineclub y le recomendó leer libros esenciales que marcaron su formación.

Rossetto creció en un hogar en el que reinaba el silencio, necesario para la concentración de su padre, Héctor, ajedrecista tres veces subcampeón olímpico, quien se relacionaba con figuras como Humphrey Bogart, Marlene Dietrich y Ernesto Che Guevara, un gran admirador de Héctor. Su padre intentó entrenarla y convertirla en campeona, pero ella ya tenía definida su vocación.

La actriz y cantante considera a Uruguay un país que la “abrazó y cobijó” en tiempos difíciles, pero también le abrió las puertas para iniciarse como cantante en 1971 en el café concert puntaesteño La Fusa, tras ser descubierta por Horacio Molina. Como la dama del tango es la mentora y voz en el espectáculo Rojo tango: un encuentro con Daniel Binelli, el bandoneonista elegido por Osvaldo Pugliese y Astor Piazzolla.

Recorrió medio siglo de escenarios en los “cuatro puertos” de su vida: Buenos Aires, Montevideo, Barcelona y Cuba. En la capital catalana fue mimada por la prensa y el público, obteniendo premios y grandes titulares, y en París también vivió un éxito agotador con Mortadela, espectáculo ganador del premio Molière. En tierras orientales se presentó varias veces, pero en 2019 sintió el impulso de “cerrar el círculo” y ofrecer un espectáculo en el Teatro Solís dedicado a grandes artistas uruguayos.

Cecilia Rossetto Madrid
Su carrera como cantante y actriz se desarrolló en varios países de Latinoamérica y de Europa.

Su carrera como cantante y actriz se desarrolló en varios países de Latinoamérica y de Europa.

La cantante y actriz también se destacó en televisión con papeles recordados en Diciembre 2001, Un gallo para Esculapio, Los exitosos Pells y Graduados, entre otras tiras. En su más reciente trabajo, En el barro, interpretó a María, una de las presas que se une al grupo de Las Embarradas.

Sol de otoño, La mala verdad, La mosca en la ceniza o Lejos de Pekín son solo algunos títulos en los que Rossetto ha actuado en cine. En cuanto a Esperando la carroza, recordó la anécdota de cuando su hija de tres años se asustó al ver a Antonio Gasalla disfrazado de anciana. Para compensar esa situación, Cecilia terminó en el papel de Dominga. En un principio, la película de 1985, dirigida por Alejandro Doria, no fue bien recibida por la crítica y tuvo un éxito moderado de taquilla. Sin embargo, con el tiempo se convirtió en un clásico del cine argentino.

En Uruguay debutó como cantante en 1971 en el café concert La Fusa de la parada 10 en Punta del Este. ¿Cómo se dio esa situación?

A La Fusa llegué porque Horacio Molina me escuchó cantar en una reunión de amigos. Yo tenía una voz muy sensual, además era muy atractiva. Debuté con el bolero de Manzanero Contigo aprendí. Fue muy divertido, hice tres temporadas en Punta del Este con mucho éxito, premios, notas en diarios. Acá pasé momentos muy felices. Amo Uruguay, fueron muy generosos conmigo. Un país que en épocas difíciles me abrazó, me cobijó y les estoy eternamente agradecida. Mi padrino Ubaldo Miralles, una especie de segundo papá, era un uruguayo anarquista, un fanático del Quijote, tenía Quijotes por todos lados. Y bueno, me hizo una especie de hija postiza y gracias a él a los 15 años pasé un verano en Montevideo. Vivía con su esposa en la calle Venancio Benavides y me pusieron una pequeña cama en su biblioteca plagada de libros. Era una persona tan especial que antes de que yo llegara ya me había anotado en un cineclub, todavía conservo el carnet. Era un hombre cultísimo que me dio tres libros para que leyera durante mi estadía: uno era la historia de Vietnam; otro, de los grandes escritores republicanos españoles; y el tercero, sobre psicoanálisis. Y me los leí. Lo considero mi formador. Recuerdo que tomábamos el colectivo, me llevaba a 18 de Julio y me metí en el mar por primera vez en Solymar y en Pocitos, o sea que para mí todo esto a esa edad tan temprana fue descubrir un mundo. También me hacía leer la revista Marcha y no sé por qué, no me preguntes —hace demasiado tiempo—, pero pasaban los discursos de Fidel Castro por un parlante. Esta es la historia de mis afectos con Montevideo, además de haber tenido una bisabuela uruguaya de la que me enteré hace muy poco.

¿Miralles era amigo de su padre?

Sí, era ajedrecista como papá. La primera vez que salí de Argentina fue porque mi papá me trajo a un torneo de ajedrez en el Hotel Carrasco. Él fue tres veces campeón del mundo, la gente le tenía una loca admiración. Y uno de esos ajedrecistas era Miralles. Mi padre fue cinco veces campeón argentino, recibió el título de Maestro Internacional en 1950 y de Gran Maestro en 1960 y tres veces quedaron en el segundo puesto en las Olimpíadas de Ajedrez, detrás de Rusia.

¿Y usted jugaba al ajedrez?

No, solo de muy jovencita. En el Conservatorio de Arte Dramático, mis compañeros me enseñaron porque, siendo la hija de un campeón de ajedrez, debía saber jugar. A los pocos meses, les ganaba a todos. Y pasó algo curioso: tardé casi dos décadas en darme cuenta de por qué jugaba tan bien y recordé lo que me dijo mi papá cuando me vio: “¡Cómo desarrollás el color!”. Pero ¿a qué se refería? Al movimiento de las piezas. Si tú ves, por ejemplo, a las negras cómo van avanzando sobre el campo de las blancas, o viceversa, te das cuenta del recorrido del color. Cuando era chica mi padre me llevaba a los torneos, veía el tablero, no sabía los movimientos, pero veía el color. Por ejemplo, si mi papá jugaba con las blancas, yo veía su desplazamiento sobre el campo de las negras. Entonces, aunque no entendía de ajedrez, le preguntaba a algún espectador, que podía ser por ejemplo Bobby Fischer, el más grande del mundo, que venía a mi casa —todos los grandes campeones rusos venían a mi casa—, y con un ajedrez de bolsillo me mostraban cómo iban las blancas. Eso estaba en mi inconsciente desde chiquita porque desde que nací mi papá era campeón. Entonces se ve que cuando me enseñaron yo sola buscaba lo que él llamó el desarrollo de un color. Desde chiquita había visto mentalmente danzar los colores.

Cecilia Rossetto padre ajedrez
Héctor Rossetto, padre de Cecilia, fue subcampeón olímpico de ajedrez. En Hollywood conoció a estrellas del cine como Humprey Bogart, Lauren Bacall, Bing Crosby y Carmen Miranda.

Héctor Rossetto, padre de Cecilia, fue subcampeón olímpico de ajedrez. En Hollywood conoció a estrellas del cine como Humprey Bogart, Lauren Bacall, Bing Crosby y Carmen Miranda.

En esa época los jugadores de ajedrez eran estrellas…

Sí, eran estrellas. Mi papá formó parte de lo que se llamó la época dorada del ajedrez argentino. Humphrey Bogart, que era presidente de la Asociación de Ajedrecistas de Hollywood, vino a cenar y a jugar al ajedrez en casa. Siempre venía gente muy famosa. Después, de mayor, mi papá quedó ciego y sufrió mucho porque le encantaba el cine, pero siguió jugando ajedrez a ciegas. Un día me pidió que lo ayudara a ordenar recortes de diario que yo pegaba en un libro. Me encantaba poder ayudarlo porque lo veíamos poco; un gran maestro internacional viajaba mucho. En Europa jugó 54 torneos, y cada torneo podía durar un mes.

¿Y cuando estaba en Buenos Aires…?

Jugaba torneos. Y por eso tengo la voz disfónica, mis cuerdas están perfectas cuando canto, pero la voz cotidiana me quedó disfónica porque mamá nos hacía hablar con lo que creo se llama voz áfona. Papá dormía de día, entonces mamá, mi hermano y yo susurrábamos. Con mi madre teníamos el mismo color de voz, de hablar con el aire entre medio de las cuerdas —lo cual es fatal para las cuerdas vocales—, pero yo las podía ubicar bien al cantar. Esa fue la herencia del viejo. Tengo fotos maravillosas de él, mi papá es mi tema favorito.

¿Juntar los recortes de diario era su momento juntos?

El paisaje de mi infancia y de parte de mi adolescencia era el tablero de ajedrez. Sobre la mesa del comedor, papá tenía un tablero olímpico y siempre estaba estudiando jugadas y a los contrincantes. Cuando me dijo “¡cómo desarrollás el color!”, me propuso entrenarme para ser campeona argentina, sudamericana y después ir a Europa. Pero me negué: “Estás loco, papá. Estoy en el conservatorio. Voy a ser actriz”. Entonces me dijo que si no iba a ser profesional que no jugara más. Nunca más volví a tocar un tablero. A mí me salvó el Conservatorio de Arte Dramático, ahí descubrí el mundo.

Cuando se estaba filmando Esperando la carroza, ¿Antonio Gasalla le pidió prestada a su hija para la película?

Sí, porque éramos muy amigos. En ese momento Antonio era joven, tendría 40 años. Estaban filmando y necesitaban una niña. Me llamó Antonio y me dijo que iba a venir a casa para jugar y crear relaciones con Lucía, que tenía tres años. Vino durante 15 días y, mientras jugaban, le pregunté: “¿No tendrías que decirle que vas a estar vestido de vieja?”. Cuando llegó el día, la llevé a la filmación y apareció Antonio con la máscara de vieja, de Mamá Cora. La nena la vio y se asustó tanto que se puso detrás mío, me clavó las uñas en las piernas y no me soltaba. ¿Cómo le explicaba que esa vieja era Antonio? Y con voz de hombre le dijo: “Hola, Lucía, soy Antonio”. La chica abrió la boca y no la cerró por tres horas. Gritaba como si hubiera visto al diablo, no quería que mi hija sufriera y me la llevé.

Y entonces, ¿qué pasó? Al final, quedó un varón, Oscarcito.

Yo me sentía responsable porque la nena no paraba de llorar. Entonces, Antonio me pidió el favor de interpretar a la madre del niño que tuvieron que salir a contratar, y así surgió Dominga, la vecina que deja a su hijo al cuidado de Mamá Cora. En ese momento yo estaba teniendo un gran éxito en el teatro, y aparezco solo en una escena dejando al nene; tampoco cobré nada. Entonces, hablamos con la productora Diana Frey y pusieron (en los créditos): “Agradecemos la gentileza de Cecilia Rossetto”. Al principio la película tuvo un par de malas críticas. Pero ahora, después de 40 años, sigue siendo una película de culto.

Además del cine, las obras de teatro y la televisión, ahora interpreta a María en la serie En el barro, de Netflix. ¿Cómo le resultó la experiencia?

Bien, ahora algunos se enteran de que soy actriz, porque, si no, me decían “¡la actriz de Esperando la carroza!”.

Cecilia Rossetto En el barro
En su más reciente trabajo, Rossetto interpretó a María, una de las presas de En el barro.

En su más reciente trabajo, Rossetto interpretó a María, una de las presas de En el barro.

Pero su carrera en cine y televisión es bastante amplia, actuó en Sol de otoño, Animales heridos, La mosca en la ceniza, Los Roldán y Graduados, entre tantos títulos. ¿Cómo fue la propuesta de En el barro?

Primero me ofrecieron un papel que no era atractivo. Yo ya había trabajado con la productora Underground en Un gallo para Esculapio y ese día estábamos todos reunidos con los socios, Sebastián Ortega y Pablo Culell, y el director, Alejandro Ciancio; los nombro porque hicieron un trabajo impresionante. De la nada se construyó esa cárcel en una fábrica abandonada, una locura. Sebastián me miraba, y yo soy muy movediza porque me duele la espalda —a veces no relacionan la edad que tengo con mi cuerpo de bailarina—, entonces al día siguiente me ofrecieron un personaje divino, muy fuerte en la serie: soy María Duarte y compito con Fabi la Zurda por el control de la cárcel.

Su carrera también se extendió por Europa y América, trabajó mucho en Colombia, Venezuela…

Y también en Cuba. Un día fui a San Antonio de los Baños a la escuela de cine, creada por (Gabriel) García Márquez, porque iba a ir Fidel (Castro). Yo ya me lo había encontrado varias veces porque era muy amigo de papá. Y el Che era un admirador loco de mi viejo, pero loco. De chico, le pedía a su padre que lo llevara a todos los lugares donde jugara papá. Viví en una casa con fotos de mi papá con el mariscal Tito de Yugoslavia, Humphrey Bogart, Carmen Miranda.

Pero después la estrella era usted. Por ejemplo, el espectáculo Mortadela de Alfredo Arias fue un gran éxito en París, la llamaban “la sublime Cecilia”, incluso ganó el premio Molière a mejor musical en 1992. ¿Cómo se sintió?

El espectáculo Mortadela tuvo un gran suceso, pero también fue un éxito personal porque pasaban mi imagen en todos los noticieros al mediodía. Yo no me enteraba porque no tenía televisión, pero me contaban que salía mi imagen con un sombrero de bananas. Pero yo me quería volver. Estaba sola, no hablaba francés y mi hija de 10 años estaba en Buenos Aires. Fuimos a ensayar varios meses antes y después nos quedábamos la temporada, pero yo no llegué a terminarla. Me volví cuando terminó mi contrato, aunque el espectáculo siguió. Había bajado 10 kilos, tomaba té y comía una banana por día; cantaba 17 temas en la obra y a veces hacíamos dos funciones. No me daba cuenta, pero no daba más física y psíquicamente. Después me ofrecieron ser la estrella del Lido. Me decían: “¿Cómo vas a rechazar un éxito en París?”. Pero me volví.

Cecilia Rossetto antigua
Cecilia Rossetto debutó como cantante en 1971 en el café concert La Fusa en Punta del Este; desde ese momento, Uruguay ha sido uno de los puertos en su vida.

Cecilia Rossetto debutó como cantante en 1971 en el café concert La Fusa en Punta del Este; desde ese momento, Uruguay ha sido uno de los puertos en su vida.

Sin embargo, en Barcelona pasó mejor. A lo largo de dos décadas de trabajo fue la mejor actriz en tres oportunidades. ¿Qué significó su estadía allí?

Barcelona me dio amistades. Trabajé mucho, pero principalmente me dio amigos. La vida fue muy generosa conmigo, Buenos Aires, Montevideo, Barcelona y Cuba son los cuatro puertos de mi vida. Buenos Aires, donde nací; Montevideo, porque me formó en todo sentido; Barcelona, porque trabajé 20 años y me han mimado tanto. Nunca nadie en la vida me dio tantos titulares y premios. Recuerdo que la última vez que estuve pusieron “La Ceci está de vuelta”. Cuando debuté en Madrid, como 10 años después de estar en Barcelona, los periodistas me preguntaban por qué nunca había estado allí. Y les contesté: “Me quedé, lo que pasa es que soy mimosa y en donde me cobijan, donde me tratan tan bien, me quedo”.

Y en 2018 sintió la necesidad de volver a Montevideo…

Quise volver y actuar por primera vez en el Solís. Cuando me dieron un diagnóstico complicado, decidí cumplir mi sueño. Tuve cáncer de tiroides, me operaron, salió todo bien, pero me daba mucho miedo no poder volver. Se me había metido el sueño de cantar en el Teatro Solís. Me contacté con los familiares de los desaparecidos; mi primer marido fue desaparecido por la dictadura argentina, entonces quería volver a cantar en Uruguay, contactarme con toda esa gente que me protegió, con determinados sindicatos, y para que la gente más humilde pudiera ir fijamos una entrada accesible. Fue una función maravillosa que dediqué a grandes artistas uruguayos. Cerré la parte más emocionante del espectáculo con Idea Vilariño, Cristina Peri Rossi y Eduardo Galeano, que también fue muy amigo mío. Después volví varias veces a Uruguay, como en el cierre de campaña del Frente Amplio en Maldonado. Cuando ganaron también viajé, y recuerdo mucho a Mariano Arana. Cuando la Intendencia de Montevideo lo declaró ciudadano ilustre, también vine a acompañarlo.

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