En medio de esa rutina, ¿qué momentos son los que más disfrutás con tus hijos, Candelaria y Santino? ¿Hay algún ritual que intentes sostener, aunque estés viajando constantemente?
Cande vive en Montevideo y Santino vive en Buenos Aires. Con Cande lo que últimamente hacemos es, como yo grabo los lunes y ella también está grabando, nos encontramos en el canal y tratamos de merendar. A veces vamos a merendar con mi mamá también. Fui un par de veces a comer a la casa de ella, a cenar, fuimos al cine. Toda la vida me acompañó Candelaria, de chica, al teatro, tanto en Buenos Aires como en Montevideo. Ella siempre estuvo muy en las tablas, y también en el canal. Con Santino siempre fue todo más en torno al fútbol. Jugábamos juntos, también en la Play Station. Trato de jugar con él como para estar en contacto, y, después, en la rutina, ir a buscarlo al colegio, llevarlo.
¿Siempre tuviste el deseo de ser padre o lo fuiste descubriendo sobre la marcha?
A Candelaria la tuve de jovencito, tenía 25. Es muy loco lo que pasa con un hijo, nos despierta algo maravilloso. Y, siendo tan joven, yo estaba aprendiendo. Bien dicen que se aprende siempre a ser padre, pero ser tan joven fue hasta bastante divertido, era un inconsciente. Después, cuando nació Santino, ya era más grande, aparecía más el miedo, otras cosas. Con Cande sentía que nada podía fallar, iba a estar todo bien. Después uno va cayendo un poco más en los miedos de padre, ya con el segundo. Pero siempre lo disfruté mucho, tanto con Cande como con Santino, aunque fueron etapas distintas. Con Santino fue como empezar de nuevo.
Padre e hija celebrando el cumpleaños de Candelaria.
¿Cómo te definís como padre?
Soy un padre que hace todo lo que está a su alcance. Con Candelaria, que ya es una mujer, trato de no invadirla. En general, no invado mucho, soy más tranquilo. Con que estén bien ellos, me alcanza para estar bien yo. Mi viejo era muy así también. Capaz que no nos vemos tanto, en el caso de Cande, pero si sé que está bien, no pasa nada. O si le digo de vernos y me dice “mirá, viejo, no puedo”, no pasa nada. Me gusta que estén cómodos y que hagan su vida, y estar siempre ahí para lo que necesiten.
¿Te ha costado o te cuesta poner límites a tus hijos?
Sí, me cuesta un montón. Soy bastante blandito, soy una manteca, me sacan lo que quieran. Trato de poner los límites, y sobre todo con Santino, en la edad en la que está, también los pide, los necesita. Pero también está su mamá, Barbie (Bárbara Haim), que es una crack, que es la que le da todo el otro apoyo, desde los límites hasta la ayuda en los estudios también. Yo soy más el entretenimiento. Y con Cande pasó lo mismo: ella vivía con su mamá, era muy chiquita, y yo siempre estuve lo más presente que pude. Pero en el tema de los límites encaraba más su mamá. Yo trataba, cuando estaba conmigo, de marcarle alguna cosa, pero también disfrutarla. Creo que siempre tiene que haber un balance. En casi todas las parejas o matrimonios, cuando hay chicos, uno se queda un poco y el otro le aprieta un poquito más. Esa es la combinación perfecta.
Maximiliano y Bárbara con su hijo Santino.
En entrevista con Galería, Candelaria contó que lo pasó mal en la escuela y en el liceo, porque siempre fue “la diferente”, la que hacía arte, que no era algo que se fomentara en los adolescentes. Destacó que hacías un gran trabajo para pagarle el liceo, pero que le hacían mucho bullying. ¿Eras consciente de esa situación? ¿Cómo la acompañabas?
Sí, sí, era consciente, me enteraba de todo porque hablaba con ella o con la mamá. Acompañaba y trataba de que estuviera bien. Trataba de explicarle que a mí también me pasó en su momento. Y lo mío fue peor todavía, porque, aparte de ser “el hijo de”, y de que me gustara todo el mundo artístico, a los 12 o 13 años ya salía en la tele. Entonces, era más todavía la cargada que me comía, o el bullying. Pero también ahí papá hablaba conmigo y me acuerdo que me decía: “Si a vos te gusta esto, esto te va a pasar, porque es como un acto de defensa de los otros atacarte. Porque te ven que estás haciendo algo que te gusta, que te copa, y llámese envidia o celos, o cosas de chicos también…”. Pero cuando vi que a Cande le pasaba, lo sufrí más todavía. Porque no todos lo manejamos igual, entonces, sí, me preocupó, me angustió, traté de charlarlo. Hablé bastante con ella y con la mamá también, hablamos en los colegios. Creo que también es un proceso que se da por eso, por estar expuesta, o por tener a alguien conocido. A la larga lo superó y lo recontramanejó, pero fue feo, lo entiendo, porque era una niña.
Cuando Candelaria se dio cuenta de que quería dedicarse a la actuación, ¿siempre le diste para adelante?
Sí, eso fue recontranatural. Ni siquiera fue hablado, no tengo un recuerdo de que se sentara a decirme “voy a hacer esto”. Ella tenía claro que le gustaba la actuación, y a los 18 años se fue sola a Los Ángeles por dos años. Nunca le negué ni tampoco la obligué a hacer lo mismo que yo. Diría que fue lo mismo que me pasó con mi papá. Fue más de acompañar. Trato de no meterme mucho en su vida profesional, porque creo que cada uno tiene que hacer su camino, equivocarse, aprender, y es así como se va dando.
Ella también habló del peso de ser “la hija de”. Cuando empezaste en televisión y teatro, ¿sentiste algo parecido por ser el hijo de Cacho de la Cruz? ¿Eras consciente del peso que tenía tu padre en el rubro?
No, no era tan consciente de eso y no fue un peso tan grande. Entiendo que capaz que ahora con las redes y con toda la información que hay sería más abrumador. Yo lo tomé como algo normal siempre, nunca me molestó. Íbamos a comer a algún lado y yo veía que le pedían fotos o autógrafos, cuando se pedían autógrafos, pero nunca me molestó eso tampoco. De hecho, hasta el día de hoy me cruzo con algunas personas, sobre todo más veteranas, que me dicen “Cacho”, “Cachito”. Y no me importa, no me molesta para nada. Y con Cande siempre hicimos todo, nunca dejamos de hacer nada por la exposición. Lo manejamos de forma muy normal, y hoy con Santino también.
¿Cómo era su relación de padre e hijo con Cacho?
La relación era bárbara, la verdad. Teníamos una muy buena relación, tengo muy buenos recuerdos de chico con él, yendo al fútbol, que él me iba a ver cuando podía. A veces me llevaba a jugar al pool, íbamos a comer panchos. Y después, a medida que fui metiéndome en la tele, siempre me dejó estar ahí. Yo quería estar en el canal, y él me llevaba. Siempre me dejó acompañarlo, y tengo recuerdos tremendos, en el teatro también, de verlo laburar, ensayar. Y también las charlas. A mí me quedó eso de él, lo que decía de no invadir, sino estar ahí. Si necesitaba algo, él estaba. Y la paciencia también, era un tipo con mucha paciencia, y yo eso también lo tengo con los chicos. Soy de hablar, explicar, no me molesta que me pregunten por qué esto es así, por qué tal cosa. Papá ha tenido hermosas charlas con Cande, incluso de grande, ya siendo actriz. También con Santino, que lo conoció hasta los 8 años. Él te enseñaba, no se calentaba, y eso lo tengo recontrapresente.
El 8 de mayo en su cuenta de Instagram dedicaste una publicación a tu padre, que hubiera cumplido 89 años, y escribiste que él “está más presente que nunca” y que lo sentís todo el tiempo, en el día a día, en el estudio de televisión, en el escenario, ¿en qué momentos concretos sentís más esa presencia?
Todo está muy ligado al laburo, que fue gran parte del vínculo nuestro. Por más que estuviéramos en un asado, o los dos mirando un partido de fútbol, siempre terminábamos hablando de televisión o de teatro. Ahora, cada vez que vengo al teatro, siempre está presente. En vida también estaba muy presente, en el teatro, en los estudios. Y en el día a día siempre hay algún momento en el que aparece. Y me gusta, yo creo mucho en eso. Me pasa que salgo ahora del teatro, y si hay uruguayos, o hasta argentinos que lo conocieron a papá, me dicen: “estás igual a tu viejo” o “hiciste cosas iguales a tu viejo”. Siempre me lo mencionan, y eso es una forma de recordar. Me encanta, aparte, porque yo también veo que hago cosas que hacía él. Los movimientos, la forma de hablar, tengo todo de él ya. Y cuanto más grande, creo que más se marcan esas cosas.
¿Hay algún consejo que te haya dejado tu padre y que siempre recuerdes?
Muchos de sus consejos fueron con acciones. Era muy humilde, y decía: “yo no puedo enseñar nada”. Él trataba siempre de estar bien con todo el mundo, pero en el buen sentido, no por estar. A la amistad le daba mucha importancia. Tenía sus amigos fuera del medio, se iba a comer con ellos y comía en un taller mecánico. La humildad es algo que resaltó todo el tiempo, con el ejemplo y con la acción. Y el valor que le daba al laburo también. Era enfermo del trabajo, pero porque era un apasionado, le gustaba, lo hacía con mucho placer. También estuvo el consejo de que hay que laburar, porque acá nadie te regala nada, y nadie es indispensable tampoco. El buen humor también, en el día a día. No fueron consejos hablados en general, él lo estaba haciendo, demostrándolo. Todo el tiempo estaba de buen humor, hasta en los peores momentos, los más jodidos.
¿Qué legado te gustaría dejarles a tus hijos?
Dejarles en la memoria, acciones, gestos hacia las personas, los familiares. Que sean de esas cosas de las que te va cayendo la ficha con el tiempo. Me pasa que a veces estoy con Santino, o con Cande también, charlando, y a veces me preguntan cosas que no quiero contestar, o estoy en otra. Y de repente me acuerdo y me digo: “pará, yo en su momento a mi viejo también le pregunté, y me tuvo paciencia, me acompañó”. Y eso está buenísimo, dejar esas cosas es algo recontravalorable. Eso me gustaría.