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Rosina Gil: “Alargarme la vida con algo que me apasione es mi meta actual”

Tras su retiro del Ballet Nacional del Sodre, Rosina Gil emprende otro vuelo que la lleva a trabajar como coreógrafa, imaginarse dirigiendo una compañía y aprendiendo actuación

Editora de Galería

Un pie de Rosina Gil apunta al cielo mientras el otro se apoya firme en el suelo. Su pierna vertical se alinea con su torso. Así, de lo más cómoda en una posición imposible para la mayoría de los mortales, sonríe ante los flashes.

Entre otras poses que evidencian su equilibrio y elasticidad, el fotógrafo le pide que ahora simplemente se cruce de brazos o los mantenga a un lado del cuerpo. Solo en ese instante se la ve vacilar. “Me da vergüenza posar normal”, dice un poco en broma, un poco en serio, al tiempo que intenta seguir la indicación.

Días después, desde una mesa al aire libre en un bar de Pocitos, Rosina trata de reflejar su esencia en palabras y todo parece tener sentido. Lo que generalmente es incómodo para otros suele ser lo que a ella le produce seguridad. “Es una forma de ser. Lo inamovible me da miedo, esto de asentarse... no es miedo, pero el movimiento es lo mío. Entonces cuando pienso en quedarme quieta digo: guau, es una gran decisión para mí”.

El 31 de agosto, el auditorio del Sodre repleto empezó a aplaudir —con algún ¡vamo’ Rosina!— incluso antes de que abriera el telón, energía que se mantuvo durante toda la función. Aquella noche de tormenta, Rosina se despidió de su carrera como bailarina clásica. Podía haberlo hecho a fin de año con Cascanueces­, el último espectáculo de la temporada del Ballet Nacional del Sodre (BNS), pero prefirió hacerlo con dos obras que poco y nada tienen de clásico: la versión contemporánea de Swan Lake y la aclamada Minus 16, que mezcla mambo, tecno y música israelí con un lenguaje de movimiento innovador llamado gaga. “Haber elegido esta obra fue fundamental, porque era una pieza que permitía un poco de libertad en el escenario. Sentí que tenía que ser en esta, porque era en la que yo me sentía más reflejada. Minus 16 es una fiesta del cuerpo, de la alegría y de lo que significa bailar”.

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Hay una imagen que viene a su mente al recordar la noche de su despedida: al terminar la función subió a su madre y a su abuela al escenario, las tomó de las manos y entre las tres saludaron a un público que, ante aquella escena y entre pancartas (“solo vos lográs que un auditorio nacional del Sodre se llene de pancartas”, le dijo un amigo después), redobló su ovación. “Lo que sentí ahí fue la plenitud de alcanzar lo más lindo. Que mi madre y mi abuela pudieran recibir ese aplauso que sentía que también era para ellas, que lo merecían tanto o más que yo”.

Hay otra imagen de esa noche que no puede evitar recordar sin que le broten algunas lágrimas. En una parte de la coreografía de Swan Lake, los bailarines se unen con los brazos y forman una especie de cápsula o pimpollo que envuelve a Rosina Gil. “Los amo”, susurró la bailarina mientras era arropada por el cuerpo de baile. “¡Wooooo!” le devolvieron al unísono todos sus compañeros de forma completamente improvisada. “Fue una cosa que nunca se había hecho, que no era parte de la coreografía. Fue una demostración de cariño muy grande, porque para nosotros cualquier cambio de ese tipo es tremenda rebeldía. Y quedó perfecto, porque justo ese momento (de la coreografía) es como tribal, de todo el grupo”.

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Un día temido por la bailarina (llegó a comparar su despedida con una especie de muerte de una parte suya) terminó siendo “un pasaje luminoso” que superó sus expectativas.

Vida en movimiento

Fue a dos jardines de infantes, tres escuelas, tres liceos, dos facultades (empezó Química y Nutrición). Rosina se mudaba de casa, de barrio, de institución educativa mientras las clases de ballet —que desde que empezó de niña eran sus mejores momentos de la semana— se mantenían como una constante. Una vez egresada de la Escuela Nacional de Danza, el ballet pasó a ser su fuente de movimiento y de cambios en todo sentido: a los 17 se mudó sola a Paraguay, donde la contrataron como primera bailarina junior; a los dos años y medio, fascinada por videos que había visto de la compañía neoclásica de Nacho­ Duato, tomó el riesgo de usar sus ahorros para cruzar el Atlántico y audicionar en Madrid, donde recibió su primer no. Para sustentarse mientras perseguía su pasión trabajó en cruceros, como promotora en supermercados y hasta vendiendo panchos en el Camp Nou. “Estoy orgullosa de decir qué tan perseverante fui en ese momento para hacer lo necesario para seguir en mi camino, que era con curvas, con turbulencias”, dice la bailarina que toma té mientras los rayos de sol empiezan a escapar de la sombrilla y a dar directo a su mentón y labios pintados de un rojo sutil.

Trabajó en la compañía de David Campos en Barcelona, luego en el Cirque du Soleil de Zaragoza y en la compañía Carmen Roche en Madrid, para volver en 2010 al BNS luego de recibir un inesperado (primero pensó que se trataba de una broma) email de Julio Bocca. Tras cinco años, volvió a salir al mundo para bailar en la compañía de danza contemporánea de Deborah Colker (Brasil) y en el Cirque du Soleil en Montreal. En 2020 regresó temporalmente como invitada por el BNS para bailar Un tranvía llamado deseo, pero llegó la pandemia y quedó varada y sin empleo en Uruguay, una nueva prueba de resiliencia que resultó ser otra demostración de su versatilidad y capacidad de reinvención. Además de hacer pilates, tomar clases de ballet y de tai chi, cursó un taller de dramaturgia y escribió. Al año, María Riccetto la convocó para volver al BNS como primera bailarina, algo que no estaba en sus planes. Y a los dos meses estrenó Varada, su primera obra completa e independiente, basada en los textos sobre sus vivencias del año anterior.

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Rosina no ha parado de moverse y, por eso mismo, su posretiro sorprende y a la vez no tanto: a la mañana siguiente de su despedida estaba ensayando para Amor, obra de Roberto Andrade de la que es coreógrafa y a la que le añadió elementos circenses y algo del estilo de Colker, además de haber hecho cantar al bailarín Ciro Tamayo. Sus días después de aquella última función también la encontraron trabajando con la Comedia Nacional en el diseño de movimiento de Madre ficción, obra dirigida por Mariano Tenconi Blanco.

Por si fuera poco, el 12 de octubre presentó After ballet, la imperfecta vida de una bailarina, su primer libro. Acostumbrada a bailar frente a miles y, como ella dice, a expresarse a través del cuerpo, es la primera vez que plasma su sentir y su historia en papel a través de cortos relatos.

¿Qué te llevó a escribir After ballet?

Fue cuando empecé a sentir que se acercaba ese momento del retiro, de tomar esa decisión, con todos esos sentimientos tan fuertes y encontrados. Me enteré de un taller de Untonga (Gastón Rosa) y dije: “Voy a probar”, porque a mí me encanta escribir. Ya escribía desde hace muchos años pero cosas para mí, o para compartir con mis queridos. El taller fue muy interesante, muy liberador, muy catártico. Fue sanador poner en papel las cosas que estaba sintiendo. Sentís como que hay algo que se aplaca al sacarlo hacia afuera. Él me dijo que escribo muy bien, y si no me parecía que estaría bueno hacer un libro. Yo quedé impresionada. Tomé otro taller con Soledad Gago y Belén Fourment que era un poco más técnico. Después salió la charla con Luisina Ríos, que es la editora.

Dos mundos, un cuerpo

El libro After ballet está dedicado “a quienes se animan”. A través de relatos íntimos, reflexivos e impregnados de sinceridad en un estilo a la vez directo y poético, Rosina comparte los momentos de vulnerabilidad, resiliencia y transformación que marcaron su vida y su carrera, y explora tanto la belleza como los desafíos de ser bailarina. “Quiero transmitir esperanza, animarme a hablar desde un lugar profundo y como mujer artista, no solo desde la bailarina, sino desde una mujer que vive un montón de situaciones en esta carrera que es particular, pero quiere decir las cosas que nos unen a todos; y a quienes no les esté yendo tan bien, decirles que no bajen los brazos, que se sigan animando y confiando”.

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Hija de un artista plástico a quien describe como antisistema, de un talento desbordante, ausente durante su infancia y parte de su adolescencia, y de una ingeniera agrónoma inteligente y pragmática, los genes de la bailarina están cargados de todas estas características que siempre ha tratado de equilibrar. “El ballet fue encontrar un camino artístico pero también de mucha disciplina, de pies en la tierra, entonces fui tejiendo eso en mi carrera; siento que siempre fui un poco rebelde en mi danza”. Fruto de esa rebeldía, Rosina comenzó a sentir incomodidad con varias de las complejidades emocionales y físicas que atraviesan los bailarines de ballet.

“Habrás sido elegida desde la infancia por tu cuerpo, que alguien consideró de perfectas proporciones, y si tenés rasgos caucásicos, contarás con más oportunidades de representar los roles de la aristocracia”, escribe en uno de sus relatos titulado Mujer objeto, en el que también se manifiesta acerca de las exigentes posiciones en las que las bailarinas —siempre mujeres— deben mantenerse durante varios minutos en los ballets clásicos, una “quietud incómoda” que por momentos le produce ganas de “liberar” al grupo de bailarinas de esa situación.

¿Cuándo comenzaste a encontrar cosas del ballet que no te cerraban?

Me pasaba con las poses (en las que se quedan quietas), que cuando me tocaban me generaban muchos nervios. El cuerpo comienza a vibrar. Luego lo hablaba con otras compañeras y les pasaba lo mismo. Somos seres hechos para bailar y para expresarnos a través del cuerpo, para movernos. Para eso entrenamos tantas horas. Entonces, esa cosa de frenar el cuerpo es un poco fuerte. Es un tema delicado por esto de continuar las tradiciones. ¿Y por qué no hay hombres que hagan las poses también, por ejemplo?

Volviste al ballet clásico luego de haber pasado por la compañía de Colker y el Cirque­ du Soleil. ¿Cómo fue regresar teniendo en cuenta que tu perspectiva sobre el ballet había cambiado?

Volví con otra perspectiva. Muy agradecida también de tener la oportunidad de retirarme que nunca imaginé que iba a ser así de maravilloso, en mi país, con mi gente. Sí sentía que veía las cosas desde otro punto de vista, desde otras experiencias y otra edad. Y viví como un superdesafío volver a bailar en lo que significa el clásico, con esto de la perfección, del tutú, de las medias rosadas, de las puntas. Me impactó cuando María Noel (Riccetto) me llamó para volver. En un momento pensé que no iba a poder, y que ella haya tenido esa confianza fue muy fuerte para animarme.

Romper estereotipos

El libro abre con tres palabras inesperadas y a la vez provocadoras que enganchan al lector de inmediato: la princesa narigona. En After ballet, Rosina Gil celebra la ruptura de estereotipos al tiempo que aborda el bullying y los momentos difíciles que atravesó en un ambiente en el que los cánones de belleza pueden ser muy rígidos. A lo largo de su carrera, por ejemplo, le han sugerido hacerse cirugías. “Hubo bullying en la escuela, en el liceo, pero yo sentía que en el ballet­ era intocable, que era especial, suficiente. ‘Acá puedo ser princesa, puedo ser quien sea, nadie me va a decir nada’, pensaba. Entonces, cuando llegaron estas primeras propuestas (de operación), fue muy violento, fue quebrar una ilusión”.

¿Cómo influyeron este tipo de situaciones en tu carrera y en tu autopercepción?

Al parecer era algo que incomodaba a algunos. Después de todo eso tengo que exponerme ante dos mil personas, con todas esas frases que me colocaron en la cabeza. ¿Cómo hacer que eso no me derrumbe? Me parecía injusto. Yo bailo así, ¿cómo eso va a influir en esto otro? No tiene sentido. Poder haber hecho la carrera en contra de eso me parece que estuvo bueno. Y por suerte creo que eso también ha ido cambiando. Siento que ahora la percepción de la belleza es mucho más amplia y no son tan crueles con las personas. Ahora lo diferente es lo más lindo, y pienso: ¿por qué no me tocó esta época? (Risas).

Vuelo en la creatividad

“Analizando el porqué de mis constantes mudanzas y ansias de cambios, me di cuenta de que tienen que ver con mi esencia. No es en vano que mis piernas sean finas, mi nariz puntiaguda, mi cabeza muy pequeña, mis brazos larguísimos y mis huesos livianos. Me di cuenta de que soy un pájaro. Y como toda ave encuentro mi paz en los vuelos”.

En After ballet, Rosina cita este texto que escribió en 2017 al aceptar su segunda propuesta del Cirque du Soleil, poco tiempo después haber estado internada en estado grave por salmonela en Taiwán, en una de sus giras con la compañía de Deborah Colker. Así como hace unos años decía encontrar la paz en nuevos destinos, trabajos y estilos de vida, Rosina ahora quiere volar sin tomarse un avión necesariamente.

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Instalada hace más de cuatro años en Uruguay, valora como nunca antes poder agarrar su bicicleta y visitar a su abuela Lala, o pasar un fin de semana en la chacra donde vive su padre junto a su esposa y su hijo (el menor de sus siete hermanos) en Carmelo. Ahora la bailarina recientemente retirada de los escenarios espera tomar vuelo a través de su creatividad, del acercamiento a nuevas experiencias y, por qué no, nuevas carreras.

Apasionada por la creación, uno de los sueños de Rosina Gil para esta nueva etapa es llevar sus coreografías al mundo. De esa forma, se subiría a un avión cada tanto sin que eso impida que siga viviendo en Uruguay. También anhela algún día dirigir una compañía, motivo por el que está estudiando Gestión Cultural. Su proyecto final de carrera se basa en su aspiración de ser directora para poder crear nuevas alternativas para bailarines: “Una compañía con lenguajes diversos, que pueda hacer otros tipos de danza y que dé trabajo a tanta gente; por ejemplo, que los que salen de la escuela de contemporáneo tengan otras posibilidades, o mismo los de la escuela de ballet que no entran al cuerpo estable del Sodre puedan tener otra opción. Hay muchas propuestas desde el lado independiente que están buenísimas, pero que se subvencionan a través de fondos específicos. Poder tener una compañía que tenga solvencia, apoyo, sería fundamental”.

El teatro es otra de sus aficiones, y no descarta algún día subirse a un escenario como actriz. “Me encantaría, pero tengo que formarme. Alargarme la vida con algo que me apasione es mi meta actual; cómo seguir viviendo con algo que me haga vibrar tanto como lo hizo la danza, que es difícil, pero creo que los desafíos son como una puerta a esa adrenalina, me encanta hacer cosas nuevas, los nuevos comienzos, la renovación”.

Alcanzó la posición más alta a la que puede aspirar una bailarina en Uruguay, pero no le teme al punto cero. “Me da mucho respeto (la actuación) porque es algo que tendría que aprender, pero me apasiona la idea de seguir haciendo personajes, seguir contando otras historias, usar la palabra, que se escuche mi voz”.

Producción: Sofía Miranda Montero

Agradecemos a Blow Up Experience por su colaboración en esta producción fotográfica.

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