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Virginia Mórtola: "En el primer periodo de mi vida fui silenciosa, y después me puse ruidosa"
Edad: 49 • Ocupación: Psicóloga, docente, escritora, magíster en literatura infantil • Señas particulares: En cada casa donde vive planta un árbol; casi siempre se le queman las tostadas; lleva a sus clases una valija roja con libros para sus alumnos
Dicen que de niña era tímida. ¿Cuándo lo superó? Me hacía pichí en la escuela. Me daba vergüenza pedir para ir al baño. Era muy tímida. Miraba todo con ojos de susto. Me mudé 13 veces en mis primeros 16 años. Fui a pila de escuelas y no tenía mucho tiempo de que se me fuera la timidez porque apenas empezaba a entrar en confianza en un lado ya me tenía que ir. No tengo amigos de la infancia. Mis amigas empiezan en la Facultad de Humanidades, Florencia y Macarena.
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¿Por qué tantas mudanzas? Ah, porque estaban relocos (risas). Creo que porque se les vencía el contrato de alquiler a mis padres, y además había una riña entre mi mamá y mi papá, porque a mi mamá le gustaba más Montevideo y a mi papá más la costa.
Ahora usted y sus hermanas viven en la Costa. Me gusta estar cerca de las plantas, tener jardín, regar. Cuando vivía en Montevideo extrañaba sentarme a leer al sol en el pasto. Ahora tengo un fondo y un frente y árboles frutales, dos manzanos, un ciruelo, un guayabo, dos arazás, un mandarino, un limonero.
¿De dónde viene tanto amor por las plantas? Mi abuelo paterno tenía casa en Lagomar, y en el fondo tenía un lago con gansos. Cuidaba con mucho amor los árboles y las plantas. Mi otro abuelo, Pocholo, que era un personaje divino, andaba con el carrito juntando chatarra por ahí, se la llevaba al galpón y reconstruía todo. También tenía su huertita. Algo de la calma para mí que viene de ahí, pero yo no soy nada calma. Estoy todo el tiempo imparable, y ese contacto (con la naturaleza) me da una sensación de calma y paciencia.
Pienso mucho mientras manejo, cuando recién me despierto, cuando lavo los platos, mientras cocino. Pienso mucho en general. Pienso mucho mientras manejo, cuando recién me despierto, cuando lavo los platos, mientras cocino. Pienso mucho en general.
¿Vivir en la costa la habilita a “bajar las revoluciones”? Para nada. Pero puedo salir a caminar. Voy a la playa todo el año a caminar, es muy importante.
¿Encuentra inspiración en esas caminatas? Me entusiasmo, pero siempre pienso ideas. Pienso mucho mientras manejo, cuando recién me despierto, cuando lavo los platos, mientras cocino. Pienso mucho en general. Eso de la página en blanco que siempre dicen, del bloqueo, a mí no me pasa, porque en realidad ya sé todo lo que quiero hacer y no tengo tiempo. Tengo proyectos para ir desarrollando de acá a años. Muchas veces cuando voy a hacer algo, ya lo planeé, entonces no es que me siento a pensar: ¿qué voy a hacer?
Dicen que tiene un mundo interior muy rico, y que suele perderse en él. Pierdo los lentes, pierdo la taza de café con leche de mañana cinco veces, adentro de mi casa. Dejo la llave adentro del auto. Siempre tuve esa imagen de que yo era un caos, pero en realidad no. Mi papá me decía “mente-cuerpo”, porque me atropello contra las cosas. A veces se ve que estoy pensando tanto que me doy contra las paredes. Igual estoy rebién ahora, ¿¡eh!? Pero sí, siempre estoy en muchos proyectos. Hay cosas que asumo, pero la mayoría me las invento yo. Nadie me obliga.
¿Tiene algún ritual para escribir? Me gusta mucho sentarme frente a la ventana, ver plantas cuando voy a escribir. Me gusta llevarme un tecito, que no lo tomo, lo caliento 80 veces (risas). Me he dado cuenta de que en realidad lo necesito ahí al lado.
Ha cambiado finales de sus libros por sugerencias de su hija Luli, que ahora tiene 15. ¿Es su primera lectora? Me ayuda mucho. Luciana tiene una lectura superfina. Me corrigió pila de cosas importantes, es muy atinada. Ella y Fede (su pareja) son los primeros lectores.
¿Sintió la presión de ser la mayor de cuatro hermanas? No. Era tímida pero en la adolescencia me rebelé, así que no era un buen ejemplo de hermana. Salía de pintada porque era la época de la reforma educativa de (Germán) Rama. Repetí tercer año de liceo por suspensiones. Mi madre casi me mata. Tenía una baja, que era Física, y repetí por faltas.
¿De dónde cree que surge su pasión por el mundo infantil? Creo que es porque fui una niña muy triste, preocupada, tímida; estaba todo el tiempo mirando hacia afuera. Me acuerdo clarito una vez que estaba con la maestra —yo era muy buena alumna, no hablaba, todas me amaban— y dije que me dolía la panza, pero creo que no me dolía nada, y en ese momento me sentí incomprendida. Me acuerdo de, en ese momento, tener el pensamiento de “cuando sea grande, voy a entender a los niños”, como una revelación.
Soy muy enamoradiza. Me enamoro de las cosas que hago también. Soy muy enamoradiza. Me enamoro de las cosas que hago también.
¿Cómo se lleva con su risa? Me llevo bien. En la Facultad de Psicología, un amigo que grababa las clases me dijo: che, no fuiste al teórico, no escuché tu risa en la grabación. Yo tengo varias hipótesis. Una es que en el primer período de mi vida fui muy silenciosa, y después me puse ruidosa. Supongo que en algún momento no quise pasar desapercibida. La risa alivia mucho. Cuando me veo en una entrevista, digo: ay, Dios mío (risas). No me imagino que es así. Me veo un poco más moderada.
Se casó dos veces y ahora está en pareja. ¿Va por el tercer matrimonio? Por ahora no me pienso casar. La primera vez que me casé tenía 24 o 25. La segunda vez fue con el papá de Luli (su hija), que nos separamos cuando Luli tenía tres. Después tuve varios novios, y ahora estoy con Fede desde hace cinco años. Estamos rebién. Somos una familia de cinco porque él tiene dos hijos. No vivimos juntos y está buenísimo que sea así. Creo que si estamos todo el tiempo todos juntos puede ser agobiante, sobre todo en estas edades. Soy muy enamoradiza. Me enamoro de las cosas que hago también.