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    Nuevo libro explora el papel de Jorge Pacheco Areco y sus dirigentes en la dictadura uruguaya

    El trabajo de Marcos Rey buscó ahondar en un terreno poco estudiado, la actuación del sector otrora mayoritario del Partido Colorado durante los años del régimen cívico-militar

    El expresidente Jorge Pacheco Areco regresó a Uruguay el 8 de mayo de 1982. La década anterior la había pasado como embajador en España, Suiza y Estados Unidos. En las últimas elecciones presidenciales, las de 1971, su intentona reeleccionista, inédita y jamás repetida, había logrado el 29% de los votos. Representó entonces al 55% del vencedor Partido Colorado.

    Pero las cosas habían cambiado. Se había ido de un país a un paso del estado de guerra interna y había vuelto a una dictadura que negociaba, todavía con la sartén en la mano, una apertura democrática. Su sector, la Unión Colorada y Batllista (UCB), esperaba “que el régimen lo recibiera con entusiasmo y comenzara el lanzamiento sin obstáculos de su carrera electoral”, rumbo a las internas de noviembre de ese año. El apoyo que él desde el exterior y la mayoría de sus dirigentes en el país le habían dado al sistema que imperaba en el país desde el 27 de junio de 1973 alimentaba esa expectativa.

    “Sin embargo, Gregorio Álvarez, presidente desde 1981, aspiraba a ser el militar de la ‘transición’ al postularse en las elecciones con el apoyo de un nuevo ‘partido del proceso’”, por lo que no hubo ninguna recepción oficial. En su lugar, Pacheco dio un discurso en el aeropuerto ante un millar de seguidores en el que “justificó su apoyo al golpe de Estado al referirse a un ‘cambio que juzgué en aquella coyuntura irreversible’” y dijo que anhelaba “el restablecimiento del Estado de derecho en su plenitud”, aunque expresó “su confianza en las personas ‘a cargo de la conducción del actual proceso’”.

    Que el Goyo Álvarez se viera a sí mismo como una eventual alternativa electoral al Bocha Pacheco era por demás significativo en esos años. Es que el libro Pachequistas, derecha política y dictadura en Uruguay (1973-1985), del historiador Marcos Rey, desarrolla a lo largo de casi 300 páginas que el expresidente “y la mayoría de los dirigentes de su entorno político contribuyeron de manera sostenida a la gobernabilidad de la dictadura uruguaya”. Parte de esta dirigencia “participó activamente en el gobierno dictatorial” mientras que otros “impulsaron reajustes jurídicos inspirados en la Doctrina de la Seguridad Nacional, con el objetivo de consagrar una república restrictiva y una democracia tutelada por las Fuerzas Armadas”.

    A lo largo de ese período, consigna el texto —una adaptación de la tesis de maestría en Historia Política de la Universidad de la República de Rey, ganador de un Premio Nacional a las Letras en Historia—, hubo ocho dirigentes pachequistas en el gobierno dictatorial entre ministros, subsecretarios y directores (como los cancilleres Juan Carlos Blanco y Alejandro Rovira), otros 11 que actuaron en el Consejo de Estado, remedo del Poder Legislativo en ese período (como Pedro Cersósimo, Wilson Craviotto y Federico García Capurro), cinco intendentes interventores, cinco asesores de las Fuerzas Armadas y seis integrantes del servicio exterior, entre los cuales estaba el propio Pacheco.

    Entre fines de la década de 1960 y principios de la de 1970, al frente de un gobierno que enfrentaba con todas sus armas a la guerrilla tupamara y que se sostenía en base a medidas prontas de seguridad, entre “la arbitrariedad y la represión” en el ejercicio del poder interpretados por sus partidarios “como una intransigencia necesaria para imponer el orden”, Pacheco fue un presidente que gozó de una importante popularidad. Tres de casi 10 uruguayos adherían al pachequismo, tildado de pachecato por sus detractores.

    Los 491.680 votos que obtuvo la opción por su reelección en 1971 lo convirtieron en el candidato individualmente más votado en los convulsionados comicios de ese año. No le dio para seguir en el cargo al que accedió en 1967 por la muerte de Óscar Gestido, de quien —habiendo sido un diputado de escasa notoriedad— había sido su compañero de fórmula, pero sí para conseguir que lo sucediera su candidato vicario, Juan María Bordaberry. Pero hoy, salvo casos muy puntuales, como un minúsculo grupo muy minoritario en el Partido Colorado, el mismo del que supo liderar más de la mitad, no hay quien lo reivindique.

    Y pese a que su influencia en la realidad nacional llegó hasta la década de 1990 —desde la oposición, su sector dio apoyo político tanto al gobierno nacional del blanco Luis Alberto Lacalle como al departamental del frenteamplista Tabaré Vázquez—, su figura y la del movimiento que lideró no han sido objeto de demasiados análisis históricos. Hay pocas excepciones, como el ensayo Pacheco: la trama oculta del poder (2005), de Jorge Chagas y Gustavo Trullen, o el estudio Pacheco, militares y tupamaros en la crisis del Uruguay Batllista (1990), de Francisco Panizza. Este texto, presentado el 17 de octubre durante la última Feria Libro, intenta suplir esa ausencia.

    “Hay libros donde se ha estudiado el gobierno de Pacheco, pero no hay ninguno que haya hecho un análisis de lo que pasó después. El de Chagas y Trullen, por ejemplo, termina cuando deja la Presidencia, en marzo de 1972. No hay un estudio de lo que haya hecho después él ni de lo que hizo el pachequismo”, dice Rey a Búsqueda.

    Paralelos

    El libro empieza y termina con el final, con los simpatizantes de Pacheco entonando, en el acto de cierre de su campaña electoral, el 23 de noviembre de 1984, un cántico que alteraba, leve pero sustancialmente, al coro más repetido por esos tiempos: “Se va a acabar, se va a acabar, el comunismo en Uruguay”. El Partido Comunista, curiosamente, permaneció ilegalizado durante esa elección. El anticomunismo cerril era una de las características más palpables de ese movimiento.

    Pachequistas, derecha política y dictadura en Uruguay (1973-1985), de Marcos Rey. Editorial Fin de Siglo, $ 990.

    Pachequistas, derecha política y dictadura en Uruguay (1973-1985), de Marcos Rey. Editorial Fin de Siglo, $ 990.

    El trabajo de Rey también bucea en la concepción de derecha, idea que por décadas ocupó “un lugar secundario en la historiografía uruguaya”, escondida bajo otras denominaciones (“conservadores, tradicionalistas, ruralistas o nacionalistas”), y también funcionó como una autoidentificación política que muchos rechazaban por las “connotaciones negativas asociadas al fascismo y a los autoritarismos europeos”.

    A su vez, se mete en otros terrenos incómodos: la participación decidida de civiles en el proceso que siguió al golpe de Estado, incluso de aquellos incuestionablemente identificados con los partidos Colorado y Nacional, cimientos de la democracia uruguaya. De hecho, la noche previa al golpe, “cuando ya se sabía inminente la disolución de las cámaras”, los senadores pachequistas “y los del herrero-ruralismo” nacionalista “estuvieron ausentes en la última sesión parlamentaria, en una señal elocuente de no interferencia frente a una decisión que compartían o consideraban necesaria”.

    En lo referido a Pacheco, destaca el telegrama enviado a Bordaberry desde España en el que respalda “la histórica responsabilidad” que este asumió el 27 de junio de 1973, “en defensa de los valores democráticos uruguayos”, tal como publicó el diario La Mañana el 3 de julio. Ese mismo día, en ese mismo matutino, la Unión Nacional Reeleccionista (UNR), un grupo que Pacheco seguía dirigiendo desde Madrid, también aprobó por mayoría la decisión del presidente. Conductor y conducidos corrieron caminos paralelos en esos años.

    “La mayoría de los pachequistas justificaron el golpe de Estado como una medida inevitable, transitoria y necesaria para enfrentar la amenaza subversiva y refundar el país con una nueva institucionalidad”, indica el texto, basándose en “declaraciones pública y privadas”. Eso estaba en sintonía con las intenciones declamadas de las principales autoridades del proceso. También caminaron de la mano a la hora de combatir la “agresión marxista” y la “imagen exterior negativa” del gobierno uruguayo como centro de las preocupaciones diplomáticas; además de Pacheco, notorias figuras de su sector como los excancilleres Blanco y Rovira, García Capurro y Walter Ravenna fueron parte del servicio exterior.

    Pacheco y su sector (con la excepción más notoria de Raumar Jude) apoyaron al proyecto constitucional propuesto por la dictadura, plebiscitado en 1980, en cuya redacción intervino el propio García Capurro. El expresidente lo hizo público en un exhorto fechado el 5 de noviembre de ese año desde Washington: “Considero que el pronunciamiento a favor del Sí representa una vía realista para avanzar gradual y firmemente en el proceso de recuperación institucional de la República”, señaló en su parte medular. Los organismos de tutela militar a las instituciones propuestos en el texto no le merecían mayores reparos.

    “Hasta ahora se señalaba que el apoyo de Pacheco al régimen era algo episódico. Que había apoyado el Sí de forma circunstancial para que el régimen se fuera. Pero no fue así. Hubo una sintonía mucho más grande, ocupó cargos de gobierno, estuvo de acuerdo con las proscripciones y se opuso a cualquier salida”, señala hoy Rey.

    El apoyo al golpe y su postura en el plebiscito (en el que triunfaría el No) supusieron para distintos historiadores —como Lincoln Maiztegui Casas— un golpe definitivo al respaldo popular que en un momento tuvo Pacheco. Él, que había sido en el 71 más de la mitad del Partido Colorado, solo obtuvo el 29% de los votos en las internas de 1982 y un 24% en las elecciones de 1984 (9,74% a nivel nacional). La actuación del sector en las negociaciones con las cúpulas militares para una salida democrática en el Parque Hotel en 1983 y el Club Naval en 1984 (donde directamente se abstuvo) fue duramente criticada en el coloradismo.

    “No es cierto que el pachequismo no haya estado representado en el diálogo del Parque Hotel; estuvo representado por los militares”, ironizó entonces Víctor Vaillant, convencional por la Corriente Batllista Independiente (CBI), por entonces el ala izquierda del partido.