Entramos en la recta final. Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella siguen disparando su metralla de clásicos. El regreso de Divididos después de cinco años empezó con una bomba llamada Banderitas y globitos. Luego de un inicio algo embarullado, el sonido se acomoda y la Aplanadora del Rock arrasa con Haciendo cosas raras, Qué tal, Tanto anteojo, Azulejo, ¿Qué ves? y La rubia tarada. El iluminador sabe que Ciavarella, el baterista exuberante, es el corazón de la escena, y concentra los focos en sus platos y parches. La sección tranqui regala himnos como Dame un limón, Par mil y Huelga de amores, la fusión perfecta de chacarera y rock. La lista complace a los viejos que curtían Sumo hace 30 años, a los cuarentones que nos sumamos en los 90 con La era de la boludez y a los pendex sub 30 que los conocieron ya como banda histórica del rock argentino. Mollo toca mejor que nunca y conserva su vozarrón intacto. Derrocha buena onda al avisar que uno ha perdido su billetera en el fragor del pogo. El final, un despelote: las más de cinco mil personas que llenaron Landia agitan con Paisano de Hurlingham, Rocanrol de Rasputín, Paraguay, El 38 y Aladelta, antes de la apotosis con Crua Chan y Next Week. De repente Mollo desaparece y el maestro Arnedo queda zapando en su bajo. El cantante recorre los 50 metros de la valla y hace un regalo a cada uno de la primera fila. No cualquier artista dedica 15 minutos a mirar a los ojos a cientos de seguidores, decirles “gracias” y depositar una púa con el nombre de la banda en la palma de sus manos.
