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    La región menos transparente

    Rendición, del español Ray Loriga, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2017

    A comienzos de los años 90, era un joven de pelo largo, anillos de calavera, tatuajes y mirada desafiante. Así apareció en la tapa de su segunda novela, Héroes (1993), sobre un muchacho que sueña con ser estrella de rock, pero la realidad lo lleva a encerrarse en su cuarto con su televisión y sus discos de Bob Dylan, David Bowie y Mick Jagger. Esta novela convirtió a Ray Loriga (Madrid, 1967) en el representante de la nueva narrativa española, que traía otra forma de decir, cercana a los autores norteamericanos como Jack Kerouac, Raymond Carver o Richard Ford.

    Ahora Loriga (su verdadero nombre es Jorge Loriga Torrenova) tiene 50 años, el pelo corto y la misma seriedad que cuando joven para posar en las fotos. Después de 25 años de carrera literaria transitó por todas las etapas del éxito: su obra fue traducida a más de 15 lenguas, escribió guiones de cine, colaboró con directores como Pedro Almodóvar y Carlos Saura, dirigió la película La pistola de mi hermano (1997), una adaptación de su novela Caídos del cielo (1995), y Teresa, el cuerpo de Cristo (2007).

    Este año sumó otro logro con su libro Rendición, que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2017. La presentó con el seudónimo Sebastián Verón, porque Loriga es muy futbolero y siempre incluye alguna alusión al fútbol en sus novelas. “Es como un fetiche”, explicó el martes 27 de junio en la presentación de la novela en el Centro Cultural de España de Montevideo.

    La historia de Rendición se aleja bastante de sus novelas anteriores porque trata sobre un mundo distópico, sin salida ni esperanza. “Una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos”, dice el acta del jurado.

    Rendición tiene ecos de algo ya leído o ya visto en obras futuristas o de ciencia ficción. Como en muchas de ellas, hay un mundo desolado, sumergido en una larga guerra de la que ya no se sabe quiénes son aliados o enemigos. El primer escenario de la historia es “la comarca”, un territorio indefinido que puede identificarse con cualquier pueblo rural.

    Allí vive una pareja cuyos dos hijos están peleando en el frente, pero el matrimonio no sabe si ellos están vivos o muertos, porque han dejado de recibir sus cartas. Es una época de delación y desconfianza, por eso la pareja esconde en el sótano a un niño que llegó un día a su casa. El niño no habla, pero parece entender todo, y ellos lo adoptan como suyo. No saben cómo se llama y le inventan un nombre. Lo curioso es que los lectores de la novela tampoco saben cómo se llama la pareja protagonista.

    Ella es culta y proviene de una familia rural de buena posición económica. Él es un trabajador del campo y con poca instrucción. Ella siempre condujo el matrimonio, pero ahora quien guía la trama es él, porque es el narrador de la historia, y la cuenta como si fuera un largo monólogo.

    Los enemigos se acercan cada vez más a la comarca, aunque nadie los ve ni los siente. Las autoridades deciden evacuar el pueblo y trasladar a los vecinos hacia la ciudad transparente, un lugar idílico donde la paz y el bienestar están asegurados. Entonces en la historia comienza la travesía de los lugareños en la que se suceden abusos y mezquindades, no solo de las autoridades sino entre los propios evacuados.

    Hay algo en ese viaje hostil que recuerda a los personajes de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, donde un grupo de personas luchan por sobrevivir en medio del caos y la violencia. Pero para Loriga sus principales influencias no fueron ni Orwell, ni Kafka y mucho menos Saramago.

    En la presentación explicó que sus mayores referentes fueron dos escritores muy diferentes: el mexicano Juan Rulfo y el inglés J. G. Ballard, autor de ciencia ficción y de memorables distopías. “Son escritores que he leído durante muchos años. Quise tomar una voz como la de Rulfo, muy pegada a la tierra, y llevarla al mundo de Ballard, porque sabía que el personaje no iba a poder comprender ni adaptarse a ese mundo. Al contrario de esas novelas en las que el personaje aparece victimizado, y despierta simpatías porque es la maldad la que lo oprime, en este caso él es uno más en un Estado que ya oprimió a otros. Ahora se volcó la barca y le tocó a él. No intento salvarlo, sino caminar con él”.

    El narrador y protagonista de la historia es un hombre común, ni héroe ni antihéroe. Habla con refranes de su propia cosecha y reflexiona a partir de su experiencia. En el viaje no le saca el ojo a su mujer, y de pronto dice: “No soy de muchas poesías, pero cualquier hombre que quiera al menos un poco sabe a lo que me refiero. Mirar a una mujer en nada se parece a abrazarla, porque en el abrazo están dos muy juntos y se tapa todo y en la distancia, al excluirse uno, parece de pronto la mujer a quien uno quiere como las cosas que se admiran de lejos”.

    Por momentos torpe e ingenuo, del choque del protagonista con la realidad surgen momentos de un humor amargo. Cuando llega a la ciudad transparente, le dan un trabajo desagradable: trasladar en carros el excremento de todas las viviendas para ser reciclado. La ventaja es que la mierda no huele, porque en ese lugar nada huele. El protagonista no pregunta nada sobre el trabajo: “Si con la mierda y el orín hacían todo lo que hacían, qué no haría esta buena gente con todo lo demás”.

    La ciudad transparente tiene su paralelismo con la novela El mundo de cristal (1966), de Ballard, aunque aquí no hay una selva cristalizada sino una ciudad que vive bajo una cúpula de protección, “de rombos transparentes, como una colmena dentro de una colmena dentro de una colmena”. Allí siempre es de día y absolutamente todo queda a la vista, por lo tanto nadie tiene intimidad, ni siquiera en el baño o en la cama. Muy pronto el personaje también se dará cuenta de que no tiene intimidad ni siquiera en sus propios pensamientos.

    La gente parece feliz porque tiene todo resuelto: la comida, la vivienda, la educación. Es un mundo sin corrupción, nadie se enferma y hasta hay un bar con cerveza gratis. “Cuando estaba escribiendo el libro me daba tanta pena este hombre al que le iba todo tan mal que le puse un bar. Yo podía consolarme tomando una cerveza y el pobre sufría”, contó Loriga en la presentación.

    Obviamente, detrás de esa luminosa perfección hay algo oscuro. (Otra similitud: Un mundo feliz, Aldous Huxley). “Porque cuando se puede ver todo no se puede ver nada”, dice el escritor, que pensó también en las redes sociales al escribir su novela, aunque no participa de ellas. “Me aburren. No me interesa que nadie sepa lo que estoy haciendo en cada momento, y mucho menos saber lo que hace nadie. Pero sí me interesan en cuanto modulan y afectan la identidad, la autoestima y las sensaciones de la sociedad. Y esa especie de obsesión por el reflejo. El que está solo en una habitación no existe si no tiene el reflejo del grupo”.

    Lo más flojo de Rendición: una trama que carece de sorpresas. Su mayor acierto: la elección de una voz narrativa atractiva que vuelve verosímil al personaje y, finalmente, querible. Loriga despliega su garra narrativa y, claro está, conoce la clave de una buena novela, que no está solo en la historia, sino en cómo se la cuenta.

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