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    Relato estremecedor

    Valioso cine rumano en QUBITtv

    El “macareo” es un fenómeno natural que se produce en la desembocadura de algunos ríos en el océano, cuando las mareas crecientes chocan contra el torrente fluvial. Ese choque de fuerzas provoca olas de gran intensidad que permanecen activas durante horas. El más conocido de estos fenómenos es el que se produce en la desembocadura del río Amazonas en el océano Atlántico. El encontronazo de las aguas oceánicas contra el enorme torrente amazónico produce un gran estruendo, seguido de una ola gigantesca que a la manera de un tsunami barre todo lo que encuentra a su paso. Pororó-ká, una onomatopeya derivada de la lengua tupí-guaraní que quiere decir “gran estruendo destructor”, designa específicamente ese fenómeno. Pororoca (Rumania-Francia, 2017, titulada en español La desaparición) es también el nombre de la película escrita y dirigida por el rumano Constantin Popescu y presentada en el último festival de San Sebastián, donde su protagonista Bogdan Dumitrache obtuvo la Concha de Plata al mejor actor. El notable largometraje de 152 minutos de duración puede verse en el portal de streaming QubitTV.

    Tudor (Bogdan Dumitrache) y Cristina (Iulia Lumânare) son un matrimonio feliz de clase media con Ilie, un varón de siete años y María, una niña de cinco años y medio. Una tarde soleada en Bucarest, Tudor va con sus hijos al parque. Mientras Ilie y María juegan con otros niños, Tudor hace un par de llamadas de su celular, disfruta del sol, vigila de lejos a sus hijos, toma un café. En un momento pierde de vista a su hija. Pregunta a otros padres, al cuidador del parque, no la encuentra, baja trotando una pronunciada pendiente de césped que desemboca en un camino al borde de un lago, grita con desesperación el nombre de su hija, sube ahora la pendiente y está otra vez en el mismo lugar que antes. Finalmente, llama por celular a la Policía y luego a su mujer. Recién allí el plano se corta y Tudor aparece haciendo la denuncia en la comisaría. Desde que Tudor llega al parque con sus hijos hasta el momento en que se decide a llamar a la Policía, toda la acción se desarrolla en un plano secuencia de aproximadamente 16 minutos, con mínimos movimientos de cámara. Esta solo se mueve y agita cuando Tudor baja corriendo la ladera hasta el lago y después vuelve a subirla. Pero el plano secuencia continúa cámara en mano a espaldas del protagonista, con la imagen temblando al ritmo del trote y de la respiración cada vez más agitada de Tudor. Estos minutos que transcurren desde el silencio y la quietud del parque hasta el súbito estallido dramático provocado por la desaparición de la niña, son un ejemplo del mejor cine de cualquier tiempo y lugar.

    Pero el foco de la película no está puesto en las circunstancias de la desaparición sino en lo que ese hecho provoca en la familia. El comienzo de este proceso está pautado por una mezcla de tristeza y esperanza. El mero transcurso del tiempo sin novedades de la niña va resquebrajando esa lúgubre paz familiar. Las tensiones en la pareja aumentan con el enrostre de la culpa a Tudor como responsable de la niña en el parque. Empieza entonces un nuevo proceso en torno a la figura del padre donde la pena va lentamente cediendo paso a la tensión y esta, también a paso calmo, va siendo suplantada por la desesperación.

    Planos largos, tiempos muertos, incomprensión policial, prolongada inactividad, monotonía de lo cotidiano, espera improductiva, todo eso que algún crítico definió muy bien como una “poética de lo impasible”, donde parece que nada ocurre, cuenta con la complicidad de una banda sonora donde no hay música sino un silencio invasivo, solo alterado por el sonido natural ambiente. En medio de esa calma, algunos hechos anuncian una posible tormenta. Pero a pesar de estos indicios y de una quietud previa, la pororoca llega como una bofetada imprevista en un final de altísimo voltaje, que deja al espectador sin aliento. La película abre y cierra entonces con fortísimos impactos que enmarcan una parte media donde predomina el sosiego, que oficia de contraste para aquellos extremos.

    Más allá de los lujos del guion y de la dirección, es más que probable que la estatura del producto final no sería la misma sin la participación actoral de Bogdan Dumitrache en el papel de Tudor. Laureado con justicia en San Sebastián, la composición de ese padre feliz, luego angustiado y por último desesperado al borde de la locura, resulta apabullante. Con el transcurso de los días se diría que en la realidad hasta baja de peso, mientras su máscara se va demacrando y su mirada adquiere una expresión inquietante que mete miedo.

    Para quienes reparan en la duración, es cierto que lo mismo podría haberse contado en algunos minutos menos de metraje, pero vale la pena disfrutar de ese hiperrealismo, de esa morosidad narrativa, de la maestría de Popescu en el manejo de las tensiones, donde los grandes impactos emocionales del principio y del final, lejos de ser golpes bajos y efectistas, son en verdad explosiones sorpresivas de una espontaneidad y verosimilitud sobrecogedoras. Cine con mayúscula.