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    Verano triste

    ¡Cuán triste está la ciudad! Cuántas noticias que nos llenan de impotencia y de congoja. La muerte del muchacho futbolista del Nantes, muerto en un avión “que se caía a pedazos”, cruzando el canal de la Mancha, cuando el botija Sala iba a probar suerte en el Cardiff, club de Inglaterra. Las últimas palabras a su padre: “Papá, tengo miedo”, desgarran el alma. Esto es el pórtico. Porque las malas noticias siguen cayendo sobre nuestro país, sobre nuestra ciudad, como interminable lluvia de fuego, como en el Infierno del Dante. Vinieron, o siguieron cayendo las lluvias y tuvimos las crecientes, con su cohorte de evacuados y desaparecidos. Después llegaron, más de una o dos veces, las más recientes (porque fueron varias) las temibles noticias de Toledo. Toledo se ha convertido en una materia minúscula, sangrienta, y acendradamente escarlata y nuestra. Es una Sarajevo a escala. La última noticia fue la de una mujer, ya mayor, que aún se defendía con su baratillo y su empeño, pero el destino o Dios no lo quisieron así y ella cayó por las puñaladas de un muchacho matón, que no vaciló en quitarle la vida. No hacía una semana, había ocurrido otro atentado, también la destinataria fue otra mujer que peleaba por la vida y la subsistencia de los suyos con un pequeño local de pagos. Oír el testimonio de la hija de esta otra mujer asesinada fue tan desgarrador como el vuelo fatídico sobre el canal de la Mancha del pibe Sala. No solo Dios no escucha a Toledo, tampoco parece no escucharlo el resto de los uruguayos, que parece “mirar y seguir”, como también parecen mirar y seguir quienes ocupan cargos responsables de gobierno.

    La otra noticia triste vino desde el norte, en Salto, la peste arrebató ya dos vidas, y la posible plaga se llama leishmaniasis y es de reflexionar si se instalará un foco endémico que nos hiciera temer un nuevo mosquito vector de muerte junto a los perros infectados, y que la solución pasará por la matanza colectiva de los perros, rebela a los que no quieren, explicablemente, privarse de sus mascotas queridas. ¡Todo es tan tremendamente humano e inhumano, Sr. Director!

    Una nota periodística, más cruces sanitarias en las garitas de los guarda-vidas esclareció el porqué de nuestras aguas verdes, en nuestras costas montevideanas y canarias. Toda la costa de oro. Es que la peste ahora toma otro nombre, se llaman las cianobacterias, que inundaron nuestras costas. Estamos cercados por tierra, agua y cielo. Los diarios muestran la limpieza que hacen grupos de la Cruz Roja, de los scouts, de vecinos sin nombre, que procuran transformar la playa Capurro, convertida de hace muchos años en gigantesco basural, que vierte sus miasmas en las aguas del mismo río, afectado por las cianobacterias. Esta proliferación se explica por el maltrato que infligimos a nuestro medio ambiente, arruinando con basura y el trajinado plástico la flora y fauna que debiéramos cuidar. Ellas también están compuestas de seres vivos.

    No mejor suerte tienen los vecinos que ven cómo corren las aguas de la OSE, calle abajo en innumerables veredas y pendientes de la ciudad, que proceden de cañerías no arregladas, de contadores saqueados, vandalizados. Sorpresa mayor espera a los usuarios que abren las canillas y sale un agua que alguien se excedió en verter en ella soda cáustica, no hay nada que temer dicen las autoridades, excepto la repulsa que causa ver salir esa agua que supo ser cristalina, y hoy pinta ser un capuchino envenenado.

    La nave del gobierno parece ir al garete, si apuntamos a nuestra actuación internacional en la afligente situación de Venezuela y su gente que tantos recuerdos afectuosos nos despierta, por cómo nos recibieron, cuando los uruguayos empezaron a emigrar cuando acá se venía la noche de la dictadura, y allá encontraron albergue y consuelo, y sobrevivencia. Hoy nos da gusto poder ser anfitriones de venezolanos afectuosos, en quienes llegan reconocemos a profesionales, a obreros capacitados, a gente amigable, que nos encuentra más hospitalarios que con el resto de los emigrantes, porque nos ligan a ellos lazos que se anudaron cuando fuimos nosotros los rescatados.

    ¡Qué verano sombrío, que parece oprimir nuestras cabezas con su puño de hierro! ¡Cuánta oratoria vacía, cuánta prédica que no llega, no toca, no alcanza a hacer reaccionar a quien va dirigida!

    ¿A quién dirigirse, Sr. Director?

    Juan C. Capo