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Al caer la noche del viernes 10, en el Antel Arena se respiraba una espera compartida. Carteles con corazones de colores —“Uruguay te ama”— se alzaban entre las butacas, mientras los celulares buscaban ese primer instante. Cuando Laura Pausini apareció, no cantó: habló.
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El concierto, de casi tres horas, fue presentado como una fortaleza, la casa de la música. Pero lo que se armó ahí adentro fue otra cosa: un espacio donde cada canción parecía tener dueño. “Todos tenemos canciones de amor o de desamor”, dijo. Y desde ese lugar abrió un repertorio que no se apoyó solo en su historia, sino también en la de quienes estaban ahí.
Sonaron más de 40 canciones. Las suyas —La soledad, Amores extraños, Inolvidable, Víveme— y también las que eligió como fan. Pasaron Gracias a la vida de Violeta Parra, Antología de Shakira, Bachata rosa de Juan Luis Guerra, La vida es un carnaval de Celia Cruz, Turista de Bad Bunny y una versión de Por qué te vas, popularizada por Jeanette. El cierre, con Mariposa tecnicolor de Fito Páez, dejó al recinto en un mismo pulso.
Entre tema y tema, Pausini volvió a su origen: a ese pueblo italiano de 3.000 personas. A una cama chica donde soñaba sin saber que iba a llegar hasta ahí. “Yo quería hacer pianobar”, dijo. Y la arena, por momentos, se achicó.
La puesta acompañó ese recorrido sin imponerse. Vestidos que iban cambiando como estados de ánimo: brillos que tomaban la luz, transparencias, capas livianas, momentos más teatrales. En Hijo de la Luna, original de Mecano, apareció con una estética casi religiosa; en En cambio no, un vestido iluminado marcó uno de los puntos más intensos; en otros pasajes, blancos, tules y destellos acompañaron sin distraer. Todo sostenido por la voz.
La banda acompañó con precisión durante toda la noche, con un detalle que circulaba entre el público: uno de los guitarristas principales era Paolo Carta, su esposo.
Hubo un tramo en que el show se volvió más lúdico. En medio de ese viaje imaginario, cuando sonó La vida loca, apareció en pantalla Ricky Martin en formato selfie, como si estuvieran hablando entre ellos. La escena rompió la estructura y sumó cercanía.
También hubo momentos más pequeños, pero igual de cercanos. En varios tramos, Pausini jugó con la forma en que se habla en Uruguay: marcó la ye bien nuestra y repitió el bo. La reacción fue inmediata. La gente se rio, se reconoció en ese detalle y la conexión se volvió todavía más directa.
“Las canciones son de todos”, dijo en otro momento. Y el Antel Arena respondió cantando. No importó la afinación, importó estar.
Pero lo que terminó de marcar la noche no estuvo en la lista. En medio del espectáculo, una pareja subió al escenario. No fue él quien propuso, fue ella. Frente a miles de personas, le pidió casamiento. Pausini miró la escena sin intervenir. La arena estalló.
Minutos después, otro momento inesperado: el público empezó a cantarle el Feliz cumpleaños a la madre de la artista, que no estaba presente. Pausini se sumó desde el escenario, cantando con ellos, y por unos segundos la escena dejó de ser un show para volverse algo más íntimo. Se la vio conmovida.
Hacia el final, cuando ya parecía que todo había pasado, subió una chica por su cumpleaños. Y ahí, sin banda, sin estructura, sin nada, Pausini cantó a capela.
Durante toda la noche, el ida y vuelta fue constante. “Laura, te amo”, se escuchó desde distintos puntos. Y ella respondió siempre igual: sin distancia.
Pasada la medianoche, cuando se despidió, nadie se apuró en irse. Porque lo que pasó esa noche no fue solo un recital. Fue ese momento en el que una artista deja de interpretar y empieza a compartir. Y entonces todo deja de ser de ella y pasa a ser de todos.