Filmada en blanco y negro, la película intercala los testimonios con imágenes de la naturaleza. Las nubes corren, el agua fluye, los árboles quedan. La imagen no traduce literalmente lo que se está diciendo: abre otro espacio. Hay una resistencia no solo a la velocidad, sino también a la tentación de embellecer la vejez, de amortiguarla con poesía. Las arrugas están ahí. Las dificultades para hablar, para respirar, los silencios y los cuerpos que ya no responden como antes. Nada se corrige ni se esconde.
Conversamos con los dos realizadores sobre el origen de la película, las decisiones estéticas y lo que aprendieron al escuchar a quienes están transitando una etapa de la vida que, tarde o temprano, nos concierne a todos.
Escuchar antes que explicar
¿Qué les interesaba explorar de la vejez con esta película?
Valeria Sampedro: Me interesaba indagar en algo que no tiene demasiado espacio: la voz de las personas mayores. La ancianidad no es una voz que se escuche mucho, ni a la que se le dé lugar y, mucho menos, tiempo. Queríamos abrir esa escucha.
Daniel Raichijk: Hay cuestiones sociales y económicas enormes alrededor de la vejez. Pero nosotros queríamos trabajar un aspecto más filosófico y reflexivo: escuchar qué piensan estas personas sobre el paso del tiempo y sobre llegar al tramo final de la vida. No queríamos hacer historias de vida ni quedarnos en lo anecdótico. Queríamos ir a lo que sienten y piensan.
¿Cómo se hace para que una conversación sobre la vejez no termine siendo una colección de anécdotas?
V.S.: Hubo mucho trabajo previo. Teníamos claro qué queríamos preguntar y, sobre todo, qué no queríamos hacer. Buscábamos personas dispuestas a mirar de frente su propia vejez, a mostrarse ante una cámara en primer plano, sin una pátina estética que suavizara lo que estábamos viendo. Quedaron afuera historias personales riquísimas. Había personas con vidas extraordinarias, con experiencias muy fuertes, pero no queríamos que el documental se convirtiera en el relato de todo lo que les había pasado. Nos interesaba lo que habían elaborado a partir de esa vida.
D.R.: Tampoco queríamos especialistas que hablaran sobre los viejos. Queríamos que hablaran ellos. Y no queríamos famosos, porque cuando se habla de la vejez siempre aparecen los mismos referentes. Buscábamos personas anónimas, distintas entre sí, que permitieran construir una reflexión colectiva.
¿Qué cambió al proponerse simplemente escuchar lo que tenían para decir?
V.S.: Cambió muchísimo. Una de las cosas que aprendí es que el desafío consiste en escuchar sin suponer que, porque alguien tiene determinada edad o vive en determinado contexto, sabemos qué necesita, qué siente o qué le conviene. Si no, volvemos a infantilizarlo. Decidimos por esa persona, la ponemos en una categoría y dejamos de verla. Las personas mayores tienen limitaciones, por supuesto, pero también necesidades, deseos y opiniones propios. Hay algo que parece obvio y, sin embargo, no lo hacemos tanto: escuchar. Registrar al otro. No importa la edad que tenga.
El tiempo de la contemplación
El título habla de un ensayo. ¿En qué sentido lo es?
D.R.: Es un ensayo por el contenido, pero también por la forma. Hay una narrativa que construyen las palabras de los protagonistas y otra que transcurre a través de las imágenes de la naturaleza. Las dos avanzan en paralelo. Uno podría preguntarse qué tiene que ver una nube con alguien que habla de la muerte. Pero esa relación también forma parte del ensayo. No quisimos ilustrar literalmente cada testimonio, sino construir un diálogo entre lo que se dice y lo que se ve. La naturaleza avanza, se mueve, cambia. Tiene un devenir lento, pero inevitable. Algo de eso hay también en la vida y en el envejecimiento.
Una narrativa a través de imágenes de la naturaleza.
El blanco y negro, los primeros planos y los silencios hacen que la película de alguna manera nos exija como espectadores. ¿Buscaban esa incomodidad?
D.R.: El blanco y negro fue una decisión estética, pero también una manera de acercarnos a lo crudo. No hay colores que distraigan ni una corrección que embellezca lo que aparece en pantalla. Los primeros planos obligan a mirar los detalles, las arrugas, las expresiones. Y dejamos que se escuchen las dificultades para hablar o respirar, que los protagonistas se tomen su tiempo. También trabajamos con el fuera de campo, con aquello que no se ve y que el espectador tiene que imaginar. No queríamos el encuadre clásico de un noticiero. Todo eso forma parte de la propuesta.
V.S.: Hay una decisión que discutimos mucho durante el montaje: cuánto tiempo sostener una imagen. Queríamos llevar la paciencia del espectador hasta un límite, incluso hasta la incomodidad. Estamos acostumbrados a que todo cambie enseguida, a pasar de una cosa a otra. En la película hay imágenes que permanecen.
D.R.: Es una propuesta de contemplación. En una época en la que todo está hecho para que deslices el dedo y pases al contenido siguiente, te pedimos que te quedes mirando. Veinte segundos. Parece una eternidad, pero está pasando algo.
¿La vejez es algo que nuestra sociedad no quiere mirar?
D.R.: Creo que sí. Hay una escena que filmé en Buenos Aires, la de una persona que camina con bastón, muy encorvada, mientras los autos pasan a su lado. Apenas puede cruzar la calle y no llega a los tiempos del semáforo. Son los tiempos de una ciudad que no está pensada para alguien que camina así. Al editarla, discutimos mucho cuánto sostener esa imagen. Porque también ahí está la vejez que no queremos ver: un cuerpo deteriorado que necesita más tiempo y que, de alguna manera, interrumpe el ritmo de los demás.
V.S.: El problema es que creemos que no pasa nada cuando alguien tarda en caminar, cuando se queda pensando o cuando necesita detenerse. Pero sí pasa. Pasa la vida. El tiempo no deja de transcurrir porque nosotros no sepamos qué hacer con él.
¿Cuándo empieza la vejez?
La edad parece una medida bastante relativa. En el documental hay personas de casi 100 años que transmiten una vitalidad impresionante y otras, mucho más jóvenes, que se sienten viejas. ¿Cuándo se empieza a ser viejo?
D.R.: Yo tengo 63 años y me siento viejo para algunas cosas. Pero ser viejo para algo no significa serlo para todo. Tiene que ver con la historia personal de cada uno, con lo que puede hacer, con lo que siente. Además, muchas veces la vejez te la decretan los otros. Te miran y te devuelven una imagen que vos todavía no habías reconocido. Y entonces tenés que empezar a pensar qué significa eso para vos.
V.S.: La subjetividad de la edad apareció mucho en las entrevistas. Personas de 79 o de 100 años que se sienten mucho más jóvenes de lo que son. También apareció la pregunta por el futuro, por lo que todavía se puede hacer y decidir. Uno de los protagonistas, que tenía 96 años cuando lo entrevistamos, me hizo pensar en qué le preguntaría hoy a alguien de 60. Le preguntaría si se puso a pensar que puede llegar a los 100 y qué plan de vida quiere tener para entonces. A veces creemos que a determinada edad las cartas ya están echadas. La película muestra que no necesariamente es así. Hay cosas que no podemos controlar, pero también hay decisiones que siguen estando a nuestro alcance.
En una época en que muchas cosas se miden por la productividad, ¿cuál es el lugar de quien ya no produce en términos laborales?
D.R.: En el capitalismo, el que no produce parece que deja de servir. Queda afuera, deja de existir para los demás. Pero para mí la producción no es lo importante en la vida. No hay que producir: hay que vivir.
V.S.: También está en crisis la idea de que jubilarse equivale a entrar automáticamente en la vejez. Las edades biológicas y las expectativas cambiaron, y hay personas que tienen muchos años por delante después de jubilarse. Sin embargo, seguimos asociando el final de la vida laboral con una especie de final social. Lo que muestra el documental es que la vejez no es una categoría homogénea. Cada persona la transita de una manera distinta. Y lo que más duele, según varios testimonios, no es solamente perder capacidades, sino dejar de ser tenido en cuenta.
La soledad y los amigos que faltan
Ustedes cuentan que hay un tema que terminó imponiéndose en las entrevistas, aunque no estaba previsto como un eje independiente: la amistad.
V.S.: Sí. Nosotros preguntábamos por la soledad, pero en todas las conversaciones terminaba apareciendo la amistad. Los amigos que habían muerto, los que se habían perdido, el miedo a seguir perdiéndolos, el vacío que dejaban. Eso se repetía de manera tan sistemática que entendimos que había algo importante ahí. La amistad no estaba inicialmente en el cuestionario como un tema específico, pero terminó ocupando un lugar propio. A mí me hizo pensar en mis propias amistades. Yo tendía a considerar que mis amigos eran los históricos y que las personas nuevas que iba conociendo quedaban en un segundo círculo. Empecé a pensar que también se pueden construir nuevas amistades, vínculos que sean un sostén para el futuro.
¿El documental modificó la manera en que ustedes se relacionan con las personas mayores?
V.S.: En mi caso, sí. Mi mamá aparece en la película. Al principio la entrevistamos para probar los planos, porque necesitábamos trabajar con alguien de confianza. Era la pandemia y teníamos que entrar en las casas de personas mayores, en una situación de mucha vulnerabilidad. Yo hablaba con mi mamá todos los días. Hablábamos de las cosas cotidianas, de la comida, de cualquier asunto doméstico. Pero nunca le había preguntado si se sentía sola. Cuando se lo pregunté durante aquella entrevista, me dijo que sí y estuvo a punto de llorar. Me quedé pensando: “¿Dónde estaba yo?”. Podía considerarme empática en mi trabajo, escuchar a otras personas y sensibilizarme con sus problemas, pero no había hecho una pregunta tan básica en mi propio vínculo. El documental me ayudó a registrar de otra manera a mi mamá, a tener conversaciones que antes no había tenido.
"También pasa que a los viejos nos interesa menos lo que pasa alrededor". Myriam
El deseo, el deterioro y la muerte
El documental habla de la pérdida, pero también del sexo, el amor, el humor. ¿Buscaron ese equilibrio?
D.R.: No queríamos edulcorar nada. Hay frases muy fuertes que dicen los protagonistas, y están porque son parte de lo que piensan. Tampoco queríamos convertir la película en un trabajo académico, con una estructura demasiado rígida. Los temas se van entrelazando y las voces se complementan, se contradicen.
V.S.: Cada persona llega a la vejez con una historia diferente. Algunos son más románticos, otros más curtidos, otros más melancólicos. No queríamos uniformarlos ni construir una imagen idealizada de la vejez. Queríamos mostrar esa diversidad.
¿Cómo fue al hablar de la muerte?
V.S.: Ese tema me llamó mucho la atención. Uno espera que hablar de la muerte genere miedo, pero en varios testimonios aparece más el temor a llegar mal, a perder capacidades, a depender de otros, que el miedo a morirse en sí mismo. Hay una aceptación que no necesariamente significa haberse reconciliado por completo con la idea, pero sí haber aprendido a convivir con ella. Y eso cambia la perspectiva. La vejez no es cruzar una puerta y entrar en la antesala de la muerte. Puede ser una etapa larga, rica, llena de cosas que todavía no sabemos cómo van a ser.
D.R.: Todos vamos hacia ahí, aunque no nos guste pensarlo. Pero no por eso hay que dejar de vivir. La película no pretende dar respuestas definitivas. Queríamos que esas personas pudieran hablar y que el espectador se encontrara con sus propias preguntas.
V.S.: Vivimos rodeados de mensajes sobre cómo conservar la juventud, cómo mantener la vitalidad, cómo evitar que se note el paso del tiempo. Pero casi no hablamos de qué significa aceptar que envejecemos. No es resignarse ni dejar de hacer cosas. Es reconocer que hay cambios que ocurren y que no todo depende de nuestra voluntad. También es preguntarnos qué importa realmente. Cuando escuchás a personas que han perdido amigos, que han visto cambiar sus cuerpos y que saben que el tiempo es limitado, algunas preocupaciones se relativizan.
Una película contra el apuro
El documental les llevó cinco años y lo hicieron de manera independiente, prácticamente entre los dos. ¿Qué significó sostener un proyecto así durante tanto tiempo?
D.R.: Lo hicimos con recursos muy limitados. Nos ocupamos de casi todo: la cámara, el sonido, la producción, la edición, los viajes, los subtítulos. La música original la hizo un amigo, Alberto Fidel Cortés, y fue el único aporte externo importante. No tuvimos financiación para llevar adelante el proyecto como nos hubiera gustado.
V.S.: En esos cinco años nos pasaron muchas cosas. Daniel dejó el canal y se fue a vivir a Córdoba, yo tuve una hija. La película fue avanzando en paralelo con nuestras vidas. Pero la inquietud original se mantuvo.
¿Qué les gustaría que le ocurriera al espectador después de verla?
D.R.: Que pueda quedarse esos 48 minutos mirando y escuchando. Que registre al otro y que se registre a sí mismo. No importa la edad que tenga la persona a la que escucha.
V.S.: Me gustaría que la película interpelara a quienes todavía tienen a sus padres o a sus abuelos, que les despertara preguntas que quizá nunca se hicieron. Que alguien salga de la sala y piense: “¿Yo tuve esta conversación?, ¿sé cómo se siente esa persona?, ¿sé qué le preocupa?, ¿sé qué desea?”. Y también que quienes están en la mitad de la vida se pregunten qué futuro quieren construir. Porque a veces creemos que la vejez es algo que les pasa a otros. Hasta que un día nos damos cuenta de que también nos está pasando a nosotros. No es una película triste ni nostálgica, aunque hable de la muerte, del deterioro y de las pérdidas. Es una película que propone detenerse. Mirar. Escuchar. Aceptar que no tenemos todas las respuestas y que todavía hay tiempo para hacernos algunas preguntas importantes. n
En Argentina el documental se está proyectando en salas. Para ver Ensayo sobre la vejez en Uruguay, se puede escribir un mensaje directo a sus creadores en Instagram, a través de @ensayovejez, y solicitar el enlace.