Mirar no es describir
A primera vista, sus poemas parecen fáciles. Hablan de un estanque, un perro, una garza, una abeja, una mañana, el mar. Tienen palabras sencillas. No parecen necesitar un diccionario ni conocimientos especiales para ser leídos. Tal vez ahí esté una de las razones de su enorme popularidad: Oliver consiguió que mucha gente que pensaba que no entendía de poesía se enamorara de sus poemas. La entrada era sencilla; lo que encontraba el lector allí no lo era necesariamente. Pero sí universal. En sus versos, una flor rara vez es solo una flor. Un animal no es solo un animal. La naturaleza no aparece como una linda postal destinada a darnos calma. Es el comienzo de otra cosa. Oliver mira un mundo concreto para hacer preguntas enormes. ¿Qué significa estar vivo? ¿Cómo deberíamos vivir? ¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos? ¿Qué significa amar? ¿Qué hacemos frente a la muerte?
Oliver mira un mundo concreto para hacer preguntas enormes. ¿Qué significa estar vivo? ¿Cómo deberíamos vivir? ¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos? ¿Qué significa amar? ¿Qué hacemos frente a la muerte? Oliver mira un mundo concreto para hacer preguntas enormes. ¿Qué significa estar vivo? ¿Cómo deberíamos vivir? ¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos? ¿Qué significa amar? ¿Qué hacemos frente a la muerte?
En Gansos salvajes, por ejemplo, la naturaleza termina siendo una forma de pertenencia. En El día de verano, una caminata por el campo se convierte en una pregunta sobre la propia existencia. Ese movimiento es una de las características más poderosas de su obra: parte de algo que está delante de los ojos y termina hablando de aquello que llevamos dentro. Por eso sus poemas no son realmente poemas sobre la naturaleza. Son poemas sobre nuestra relación con ella y, al fin y al cabo, sobre nuestra relación con nosotros mismos. Un crítico llegó a describir su poesía como un antídoto contra “la agitación y la falta de atención”. Oliver no parece pedirnos que pensemos más. Nos pide que miremos mejor.
La atención como una forma de amor
Hay una frase que aparece en el material del documental y que podría resumir buena parte de su obra: “La atención sin sentir es solo un informe”. Mirar, para Oliver, no era registrar. Era involucrarse. Y tal vez sea esa una de las claves por las que sus poemas llegan al alma. Uno no siente que alguien le está describiendo un paisaje. Siente que alguien le está señalando algo: “Mirá eso. Quedate un momento. No pases todavía a lo siguiente”. Es una invitación muy simple pero, a la vez, totalmente a contracorriente del ritmo en que vivimos. La directora Sasha Waters tuvo que enfrentarse a ese problema mientras hacía el documental. ¿Cuántas flores, búhos, zorros, atardeceres y perros podían mostrar sin convertir la película en una ilustración obvia de los poemas? Su decisión fue otra: dejar que las personas los leyeran. Que el espectador se quedara con las palabras y con quien las estaba diciendo. Seguramente, una decisión coherente con Oliver. Porque su poesía no parece que busque adornar el mundo. Parece buscar que volvamos a verlo.
Oliver y Molly Malone Cook, su compañera de vida durante 40 años. Foto: Kate Ter Haar / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.
La mujer detrás de los poemas
El documental también intenta acercarse a la mujer que estaba detrás de esa voz serena. Y ahí aparece una Mary Oliver menos conocida. Una mujer que fumaba mucho, bebía, tenía una vida amorosa intensa y podía ser bastante menos tranquila de lo que su imagen de poeta de la naturaleza lleva a imaginar. John Waters, amigo suyo, aporta justamente ese contrapunto. Oliver vivió durante décadas con Molly, su compañera de vida, pero mantuvo su intimidad fuera del centro de su obra y de su imagen pública. No hizo de su vida privada una bandera ni buscó convertirse en una figura del activismo. Para ella, el amor no era un tema más: era una forma de entender la vida.
Por eso sus poemas no son realmente poemas sobre la naturaleza. Son poemas sobre nuestra relación con ella y, al fin y al cabo, sobre nuestra relación con nosotros mismos. Por eso sus poemas no son realmente poemas sobre la naturaleza. Son poemas sobre nuestra relación con ella y, al fin y al cabo, sobre nuestra relación con nosotros mismos.
Su historia también estuvo marcada por la herida. Habló públicamente de los abusos sufridos durante su infancia recién muchos años después. En el libro Dream Work, de 1986, escribió directamente sobre su padre. Pero incluso antes ese dolor podía aparecer de manera indirecta en sus poemas. Al leer sobre su vida podríamos concluir que Oliver encontró en las palabras una manera de convivir con sus heridas, de transformarlas en otra cosa.
Una poeta para volver
Hay algo llamativo en la manera en que Oliver llega a sus lectores. Stephen Colbert aparece en el documental intentando leer El día de verano. Es un poema que envía a sus hijos cada año. Pero no consigue terminar la primera línea sin emocionarse: “¿Quién hizo el mundo?”. Oprah Winfrey dice que los poemas de Oliver son un bálsamo en medio de la tormenta y que hablan el idioma de su alma. Cartas de lectores aparecen en la película para agradecerle, incluso después de su muerte, por haberlos ayudado a atravesar momentos difíciles.
Parece que allí está la verdadera dimensión de su legado. Mary Oliver no escribió para decirnos cómo vivir. No ofrece un método. No explica el sentido de la vida. Hace otra cosa. Nos devuelve preguntas. Nos recuerda que hay un mundo ahí afuera que no fue hecho por nosotros y que continúa existiendo, aunque no lo miremos. Un pájaro sigue siendo un pájaro. El mar sigue moviéndose. Una mañana transcurre, aunque nadie la fotografíe. Y nosotros seguimos teniendo una vida. La suya estuvo hecha de palabras, caminatas, amor, pérdidas, bosques, animales, silencios y poemas. También de dolor. También de contradicciones.
Colección de plumas de Oliver para Owls and Other Fantasies: Poems and Essays (2003). Biblioteca del Congreso de EEUU.
Cuando Maria Shriver le preguntó, en una entrevista de 2011, qué creía que había hecho con su única vida salvaje y preciosa, Oliver podría haber hablado de sus libros, del Pulitzer, de sus lectores, de la fama que llegó tarde. No lo hizo. Respondió: “Lo que he hecho es aprender a amar y aprender a ser amada”.
Mary Oliver no escribió para decirnos cómo vivir. No ofrece un método. No explica el sentido de la vida. Hace otra cosa. Nos devuelve preguntas. Mary Oliver no escribió para decirnos cómo vivir. No ofrece un método. No explica el sentido de la vida. Hace otra cosa. Nos devuelve preguntas.
Y esa afirmación explica su poesía. Durante toda su vida, Oliver miró a la naturaleza como quien mira a un lugar donde todavía pueden encontrarse algunas respuestas. En los animales, en los árboles, en el mar, en el paso de las estaciones; parece como si buscara algo más allá de la belleza de las cosas. Mirar para comprender. Para preguntarse. Para aprender.
Tal vez por eso sus poemas no terminan cuando terminan. Quedan dando vueltas en nosotros, como esas preguntas que no necesitan una respuesta inmediata. Y entre todas ellas, vuelve aquella que escribió una vez, al final de un día de verano: “Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?”.
La máquina de escribir de Oliver con una nota y la palabra “coraje”. Biblioteca del Congreso de EEUU.
Lo que dicen sus poemas
“Cuando todo termine, quiero poder decir que toda mi vida fui una novia casada con el asombro”.
~ de Cuando llega la muerte
“Cuéntame sobre tu desesperación, la tuya, y yo te contaré la mía. Mientras tanto, el mundo sigue su curso”.
~ de Gansos salvajes
“El simple hecho de estar vivo en esta nueva mañana en este mundo destrozado ya es algo serio”.
~ de La invitación
“Escucha, ¿estás respirando un poco y a eso le llamas vida?”.
~ de ¿Alguna vez has intentado entrar en las largas ramas negras?
“Solo tienes que dejar que el animal tierno de tu cuerpo ame lo que ama”.
~ de Gansos salvajes
“Te digo esto para romperte el corazón, lo cual significa simplemente que se abra y nunca más se cierre al resto del mundo”.
~ de Lead
“Debes ser capaz de hacer tres cosas: amar lo mortal; aferrarte a ello con todas tus fuerzas sabiendo que tu propia vida depende de ello; y, cuando llegue el momento de dejarlo ir, dejarlo ir”.
~ de En los bosques de Blackwater
“Instrucciones para vivir la vida: Presta atención. Asómbrate. Cuéntalo.”
~ de A veces
“Una vez, alguien a quien amé me regaló una caja llena de oscuridad. Me llevó años comprender que eso también era un regalo”.
~ de Los usos del dolor
“Aun así, lo que quiero en mi vida es estar dispuesto a dejarme deslumbrar, a dejar de lado el peso de los hechos y tal vez incluso a flotar un poco por encima de este mundo difícil”.
~ de Los estanques
El día de verano
¿Quién creó el mundo?
¿Quién creó al cisne y al oso negro?
¿Quién creó al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que se ha lanzado fuera de la hierba,
el que come azúcar de mi mano,
el que mueve sus mandíbulas de un lado a otro en lugar de arriba y abajo,
el que mira a su alrededor con sus enormes y complejos ojos.
Ahora levanta sus pálidos antebrazos y se lava bien la cara.
Ahora abre sus alas y se aleja flotando.
No sé exactamente qué es una oración.
Sí sé cómo prestar atención, cómo tumbarme
en la hierba, cómo arrodillarme en la hierba,
cómo estar ocioso y bendecido, cómo pasear por los campos,
que es lo que he estado haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿Acaso no muere todo al final, y demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer
con tu única, salvaje y preciosa vida?
La mayoría de las fotos de esta nota fueron tomadas del blog de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que tiene el archivo de Mary Oliver con unas 40 mil piezas.