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Radiografía de un Uruguay en el año 2000, cuando nació Galería
Salir a bailar pop latino, fumar en la disco, tomar y manejar, meterse en un cibercafé o un Blockbuster, sufrir por la Celeste dirigida por un argentino, no conocer el ballet nacional; cómo era el esparcimiento en un mundo con celulares sin internet ni redes
La página 5 del número 1 de Galería, del 28 de setiembre de 2000, muestra a una veinteañera María Noel Riccetto. Con su compañero de baile Javier Pérez ensayan para la foto una figura informalmente llamada “pescado”, que combina plástica, fuerza y sensualidad. También transmite frío, porque ambos están bastante abrigados. Era el segundo año que ella bailaba en el American Ballet Theatre. Faltaba mucho mucho para que ganara el prestigioso premio Benois de la Danse, para que fuera nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la Unicef y para que fuera nombrada directora artística del Ballet Nacional Sodre.
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Faltaba mucho, realmente. En aquel momento, muy pocos iban a ver ballet. Esta disciplina en Uruguay estaba lejísimos de tener la atención pública y las audiencias que convocaría luego. De hecho, recién hacía un año que el largamente postergado Auditorio del Sodre había inaugurado su sala Hugo Balzo. La sala principal, la que hoy lleva el nombre de Eduardo Fabini, recién reabriría sus puertas al público en 2009.
No, el ballet nacional no estaba en el radar de la inmensa mayoría de los uruguayos cuando esta revista vio la luz. Hoy no será una pasión nacional, pero se ganó su lugar en la agenda cultural y en la gente.
Veinte años no serán nada, como cantaba el Morocho del Abasto, pero veinticinco sí. Galería ha cambiado, las apetencias y conductas de la gente a la hora de disponer de su tiempo libre han cambiado, tanto que ahora hay quien teoriza sobre la “gestión del tiempo libre”. Uno mismo ha cambiado. Vamos a ver.
Bailar, beber, manejar, fumar
Este tipo de notas no pueden hacerse sin la perspectiva personal; POV: yo, dirían las nuevas generaciones. En 2000 uno era parte de eso que los demógrafos llamaban “juventud”. Lo que más hacía la “juventud” era ir a bailar y la movida bolichera estaba más allá del puente Carrasco, en la zona del aeropuerto (el viejo; entonces el único): Complejo Bordeaux, Ciudad Boliche, La Botavara o Montevideo News eran algunas de las opciones de la época. Quedaban bastante a trasmano, por lo que convenía ir en auto. Total, se podía tomar.
Todavía faltaba una década y media para la tolerancia cero del alcohol en sangre en los conductores. Durante el cambio del milenio recién correspondía una multa si la espirometría marcaba por encima de los 0,8 gramos de alcohol en sangre. Sí, estimado integrante de la juventud contemporánea que tenés bien arraigado eso de que si tomás no manejás: hace 25 años perfectamente te podías clavar algo así como tres whiskies y aún ser el conductor designado. Claro que tres whiskies, dependiendo de tu peso, de lo que hayas comido antes o de vaya a saber qué variable, te podía convertir en un potencial asesino serial al volante, eso sí, completamente legal. Pequeña diferencia del espíritu de los tiempos.
En el 2000 se podía fumar en una discoteca o un pub, un restaurante, incluso en los pasillos de las facultades (hasta hacía bien poco lo podían hacer en las propias clases).
Por supuesto que uno no solo bailaba cruzando el puente: Luna Gaucha estaba en Punta Gorda, Plaza Mateo estaba recientemente inaugurado en el parque Rodó, el Centro y la Aguada tenían sus bastiones históricos, con un público socialmente más definido. Dime dónde bailabas y te diré si tomabas Coca Cola o Nix. Todavía no se había extendido el término plancha, adjetivo claramente denigratorio que hoy, un cuarto de siglo después, ha caído notoriamente en desuso.
Pero uno entraba al boliche que fuera, del más top al más ramplón, en medio de un cóctel sonoro, visual y olfativo a causa del humo de tabaco. Se podía fumar en una discoteca o un pub. Se podía fumar en un restaurante y hasta en los pasillos de las facultades (hasta hacía bien poco lo podían hacer en las propias clases). Segundo inmenso cambio de época: se podía fumar en prácticamente cualquier lado. Definitivamente, estamos hablando de otro mundo.
Ma-yo-ne-sa
Plancha o no plancha, lo que se escuchaba mayoritariamente era pop latino, etiqueta cool para la música tropical, otrora la terrajada que hasta hacía muy poco estaba reservada a lugares de tajo y puñalada. Al influjo de grupos como Los Fatales, varios émulos que siguieron su misma fórmula —Chocolate, Monterrojo, L’Autentika y un larguísimo etcétera— lograron que sus sonidos cruzaran de Propios al Este y de avenida Italia al sur. Eso hizo que prácticamente en todos los boliches de Montevideo se escuchara lo mismo y todo el mundo bailara el dos y uno.
El año 2000 es el de Mayonesa, de Chocolate. No hace falta agregar mucho más.
Cancion MAYONESA
Lo que se escuchaba mayoritariamente era pop latino, etiqueta cool para la música tropical. El año 2000 es el de Mayonesa, de Chocolate.
Vale aclarar que en el interior siempre hubo mucho menos prejuicios con los ritmos y que el hijo del peón rural y el del doctor del pueblo bailaban lo mismo, tanto en la sociedad de fomento rural como en el boliche de onda.
“De última, la música que te gusta la escuchás solo y tranquilo”, decía un amigo que se sumergía todos los fines de semana en bomba y plena pura y exclusivamente para no quedarse sin hacer nada en su casa. En este 2000 Jaime Roos editaba el que para muchos es su último gran disco, Contraseña (el de Amor profundo). El rock uruguayo estaba tratando de asomar la nariz, con los Buitres llenando el Teatro de Verano para festejar su primera década como gran hito, y dos bandas nuevas como La Vela Puerca y No Te Va Gustar luciendo sus respectivos discos debut; pero absolutamente nadie se imaginaba el estallido que viviría poco después.
Existían canales musicales como MTV y HTV. U2 lanzaba All That You Can’t Leave Behind y el mundo podía asegurar que la mayor banda de rock era irlandesa. La televisión por cable (con tanques como Ally McBeal, Friends, Los Soprano, CSI: Las Vegas, Malcolm, Buffy la Cazavampiros, Sex and the City) todavía era un negocio rentable y la industria discográfica también. Solo en Estados Unidos los ingresos por ventas de CD, casetes y los vinilos que todavía no habían disfrutado su resurgimiento totalizaban US$ 15.000 millones. La música por streaming todavía no estaba ni en las imaginaciones más febriles, pero servicios como Napster y Kazaa le daban un golpe en la línea de flotación a este mercado: era posible intercambiar archivos musicales de una computadora a otra. Nada sería lo mismo.
Uruguay no era en 2000 una plaza atractiva para los artistas internacionales. De hecho, no venía casi nadie. Quizá la visita más rutilante se dio en marzo. Shakira era por entonces más una joven colombiana con unas cuantas buenas canciones que una star global capaz de romper récords de audiencia, pero igual se las ingenió para meter 15.000 personas en el Velódromo Municipal. Vino acompañada por su novio, Antonio de la Rúa, hijo del entonces presidente argentino. Su regreso sería por todo lo alto, pero se demoraría un cuarto de siglo. Y muchos se preguntan si volvió con De la Rúa hijo.
¿Qué celular? ¿Qué redes?
La mayoría de los nocheros salía sin celular. En estos tiempos de telefonía móvil 5G, Google Maps y ubicación en tiempo real es increíble pensar que eso pasaba hasta ayer nomás. Y eso pese a que las 411.000 líneas activas que había en 2000 constituían un récord. Sin embargo, la gente seguía usando la telefonía tradicional, con números de siete dígitos en Montevideo y zona metropolitana. Igualmente, si alguien se demoraba o se perdía, se podía acudir a alguno de los casi 11.600 teléfonos públicos que había en las calles.
Link al presente: hoy hay aproximadamente 1.200.000 líneas de telefonía fija y 650 teléfonos públicos en todo el país; por el contrario, hay casi cinco millones de líneas móviles, en aparatos que son computadoras de bolsillo.
Por algún extraño motivo, la gente destinada a encontrarse se encontraba y llegaba adonde tenía que llegar sin que a nadie le llamara la atención. El nos-vemos-en-tal-lado funcionaba. No existía nada parecido al FOMO (fear of missing out), nadie iba a sufrir un desorden del sueño por uso excesivo del celular y todavía no se habían extendido las lesiones del túnel carpiano. No eran aparatejos que generaran adicción: en ellos se podía hablar, mensajear, jugar al Snake y poco más.
Telefono publico
Si alguien se demoraba o se perdía, podía acudir a alguno de los casi 11.600 teléfonos públicos que había en las calles. Hoy quedan 650.
Internet ya había salido de los ámbitos militares —universo que ha generado las grandes revoluciones tecnológicas— y estaba al alcance de todo el mundo. Todo el mundo que lo pudiera pagar, se entiende. Uruguay estaba en punta en la región: el 39% de los mayores de 12 años (casi cuatro de 10) navegaba en la red de redes para saber qué hacer, adónde ir y averiguar lo que sea sobre el tema que se le antojara. Era un lenguaje eminentemente juvenil y generacional: el 63% de los internautas tenía menos de 30 años, como lo indicaba el primer perfil del internauta que hacía la consultora Radar. El mundo era todavía más ancho y ajeno en el cambio de siglo.
Como ocurriera con las canchas de pádel ya en decadencia, las de fútbol 5 y los videoclubes que vivían y luchaban, empezaban a surgir como hongos los primeros cibercafés. Internet explotaba pero no todos se podían dar el lujo de tenerla en casa. Ahí se podía trabajar, mensajear, jugar y sumergirse en otro arte que también ha motivado grandes revoluciones tecnológicas: el levante. Con ese fin, el ICQ estaba comenzando a dejar paso al MSN como el sistema de chat más popular. Todavía era un sueño imposible que todo eso estuviera metido dentro de un teléfono celular.
Por supuesto, no había redes sociales. Según cómo se viera, había menos comunicación y menos cercanía, pero también menos hate y menos algoritmos escudriñando usos y costumbres. En 2000 el semiólogo italiano Umberto Eco no solo estaba vivo, sino que todavía no había popularizado su célebre diatriba contra las redes; entonces, las legiones de idiotas seguían sacando lustre a su idiotez en los bares, luego de uno o varios vasos de vino, sin dañar al resto de la comunidad.
Eso siempre y cuando no se les ocurriera irse de los bares manejando su auto. Lo podían hacer.
Pantallas chicas y grandes
Cuando esta revista salió a la calle, el cine estaba volviendo a asomar la nariz como una alternativa para el ocio a través de las salas múltiples. Los nostálgicos ponían el grito en el cielo ante esas salitas de los shopping centers con pop en cajas; pero lo cierto es que hacía mucho que los grandes cines barriales venían cerrando de a puñados. La película del año era Gladiador, con Russell Crowe y un casi desconocido Joaquin Phoenix. Por entonces no se sabía, porque estas cosas requieren la perspectiva del tiempo, pero se estaba frente a una de las mejores producciones de todos los tiempos.
Gladiador o Misión Imposible II eran dos blockbusters. Ese término anglosajón refiere a los éxitos de taquilla, pero también era el nombre de la mayor cadena de videoclubes a escala mundial, con varias sucursales en Montevideo. Esta es una de las cosas que les resulta más difícil de entender a los prepúberes de hoy: ¿cómo es eso de que alguien pagaba porque le dieran una película para ver en su casa por un día o dos? ¿Y lo tenía que devolver? ¿Y que lo tuviera que rebobinar? ¿En un casete? ¿Qué es un casete? Hay cosas que escapan a la generación de Netflix o del resto de las decenas de plataformas de streaming.
Y hay cosas que los anteriores a esas generaciones de Netflix hoy no pueden creer que hayan tenido que hacer.
Fachada blockbuster
Blockbuster era el nombre de la mayor cadena de videoclubes a escala mundial, con varias sucursales en Montevideo.
En el habla cotidiana no se había instalado el lenguaje inclusivo. Es más: en la televisión, en la radio, el cine, la música y la web pululaban normalmente todo tipo de expresiones que hoy serían, cuanto menos, carne de cancelación. La caricatura argentina en línea Mono Mario hacía furor y corría de boca en boca y de computadora en computadora: era sexista, xenófobo, misógino, violento, homófobo y escatológico. Todos los condimentos juntos para ser un éxito.
La televisión, medio cultural predominante, todavía no había mostrado a Marcelo Tinelli cortando las polleritas de las participantes de Bailando por un sueño hasta convertirlas casi en un cinturón. Tampoco había puesto al aire a Poné a Francella, cuyo sketchLa Nena años después sería acusado de promover la pedofilia. La penetración cultural argentina vivía su mejor momento.
Uruguay nomá
Y no solo la televisión tenía esa penetración cultural. En 2000 la selección uruguaya de fútbol era dirigida por primera vez por un argentino. El antecesor de Marcelo Bielsa se llamaba Daniel Passarella y, como aquel, había sido previamente entrenador de la selección argentina, de la que se fue —para no ser menos— no sin polémica.
Pero a diferencia de hoy, la Celeste había faltado a los últimos dos mundiales y verla jugar era algo parecido a un suplicio. Para peor, Passarella renunciaría al año siguiente, en un confuso episodio que no hacía sino resaltar el despelote cósmico que era el fútbol criollo. Bueno, hay cosas que no cambian mucho.
Uruguay no brillaba en el fútbol —no es que ahora lo haga, pero al menos va a los mundiales—, pero destacaba por cosas evidentemente no tradicionales, inesperadas y que eran objeto de todo tipo de comentarios. En 2000, Ignacio Kliche ganaba el certamen de Mister Mundo y Katja Thomsen fue una de las cinco finalistas de Miss Mundo. Efecto Caipirinha mediante, era un año bastante desalentador (y eso que aún no habíamos sufrido ni el estallido de la aftosa ni los coletazos de la crisis argentina), así que con la súbita belleza de la gente de estas tierras, algo en lo que casi nadie había reparado, se encontraba algo con qué festejar. Como consuelo resultaba pobre, vale decir.
Seleccion uruguaya ano 2000_afp
En el año 2000 la selección uruguaya, a diferencia de hoy, había faltado a los últimos dos mundiales y verla jugar era algo parecido a un suplicio.
AFP
Con el fútbol, ya se dijo, no se podía celebrar mucho. Quienes fueron a las canchas lo más memorable que recordarán fue la tremenda piñata en la que coincidieron Peñarol y Nacional durante el Torneo Clausura. Eso sí: buena parte de la idolatría que se ganó Richard Chengue Morales entre los bolsos se debe a las trompadas que distribuyó ese día.
La última Galería de su primer año, la edición número 14, la del 28 de diciembre de 2000, tenía como nota de tapa cómo encarar (¿sobrevivir?) la inminente temporada estival. Entre las “claves” para no morir en el intento, incluyeron “evitar idealizarlas y cargarse de expectativas”, no esperar de los demás lo que uno mismo quiere de las vacaciones, aceptar que no todos los que van a convivir van a tener tus mismas ganas de hacer cosas y saber disfrutar de un rato a solas. Mucha suerte.
Hay cosas que nunca cambian: en 2026, como en 2001, seguramente sea necesario descansar de las vacaciones. Vale saberlo desde ya.