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Durante la función llovían pequeñas partículas que pinchaban, primero en mi falda, luego en la cabeza. Le pregunté a mi acompañante si las sentía y me dijo que sí. Supuse que nadie sería tan infantil como para estar tirando cosas desde las filas de arriba de un teatro, entonces asumí que si prestaba atención incisiva a lo que pasaba y se decía en escena en algún momento, aquella sensación encontraría sentido. Exceso de optimismo; aquello no era teatro inmersivo.
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Nidos de humo surge de un llamado artístico para feminidades y disidencias abierto por la Intendencia de Montevideo (IM). “Habría que preguntarse por qué se abren estos espacios para que algunas voces se escuchen”, dice a Galería su director (e intérprete), el psicólogo y docente de danza contemporánea Marcos Ramírez Harriague. Después, nombra lo que queda por fuera de esa convocatoria: “Estamos hablando de varones gais y mujeres, por eso no hay lugar (en la obra) para la voz del varón heterosexual”.
La obra tuvo una temporada en el Teatro Victoria que termina este viernes 27, pero continúa el 6 y 28 de marzo y el 11 de abril en el Centro Cultural Artesano.
Lucía Carriquiry
Gracias al programa Fortalecimiento de las Artes de la IM, la obra tuvo una temporada en el Teatro Victoria que termina este viernes 27, pero continúa el 6 y 28 de marzo y el 11 de abril en el Centro Cultural Artesano, donde se gestó.
Teatro disruptivo
Nidos de humo es una cosa distinta, igual a todo lo distinto. La obra adopta la forma de una audición ficticia sin jurado, donde los participantes tienen que demostrar su idoneidad para ser “xadres”. Ponerse de perfil, mostrar los dientes, imitar a un animal que cuida y hablar sobre ellos mismos para recibir el aplauso del público por haber adoptado una niña o por la proeza de criar a tres hijos.
El personaje del director hace un baile sufriente hasta que le ponen un bebé en brazos. Ese es Benji, que pasa de mano en mano y a veces ablanda y, en este caso, empodera a los participantes.
Mientras la presentadora cuenta al público no saber estar ni cinco minutos sola, otro participante deja en claro que él sí puede solo, y audiciona interpretando un número de un ballet narrado por él mismo, que debería estar haciendo en algún importante escenario en lugar de su pareja, pero lo está bailando ahí para la audición, con un niño en brazos.
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Lucía Carriquiry
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El solo de danza de Marcos Ramírez Harriague.
Goro
Harriague y él bailan juntos; dolidos, eróticos, paternando y discutiendo, no necesariamente en ese orden.
Un tema recurrente es “quería dedicarme al arte pero…”, acompañado del costo de tener hijos. Cada participante tenía que elegir qué vida iba a “performar”; si se ataban a Benji al torso o se colocaban los lentes de sol, símbolo de sus cinco minutos de gloria.
Todo lo que aparece en escena, dice Harriague, son “aspectos personales que eligen mostrar para colectivizar vivencias; es hacer de lo privado algo público, es lo íntimo como político”, y esa es su forma de crear.
El resultado no es del todo teatro ni del todo danza, pero así se logra que lo queer, lo artístico y lo doméstico confluyan y hablen a la misma vez de configuraciones familiares. La obra desarticula los modelos tradicionales de familia y expone la contradicción como hálito de vida.
La subjetividad
Antes de entrar a verla, les hacen preguntas en la puerta a los espectadores frente a un fondo croma verde. Les preguntan qué es criar; si fueran un animal que cuida, cuál serían; qué es un nido, y qué podría ser un nido de humo. Las respuestas tenían gracia y eran tan variadas en contenido como en profundidad. El común denominador hablaba del nido como hogar y lo vinculaba con calidez, protección, refugio. En cambio, los nidos de humo aparecían como etéreos, intangibles, que se forman y desaparecen, duran poco, pero arden y en el incendio dan la sensación de que abrigan aunque ahogan.
Todos los demás se paran a ver al que responde. Criar es nunca bajar la guardia, dicen. Otros mencionan que también hay vínculos que cobijan. Y otra estaba convencida de que ella, como madre animal cuidadora, sería “una perra con ocho tetas”.
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Catsuits de danza sin corpiño, pezones marcados y sin género. Un cambio de vestuario lento con desnudo, y una coreografía con un pecho al aire. Quizá no era tanto; quizá fue la reiteración innecesaria del símbolo. Y es que el shock tetístico que, en pleno siglo XXI, ya no debería ser shock, no necesariamente suma.
Goro
Tetas. Qué gran tema durante toda la obra. Catsuits de danza sin corpiño, pezones marcados y sin género. Un cambio de vestuario lento con desnudo, y una coreografía con un pecho al aire. Se vieron demasiados en escena —de hombre y de mujer—. Quizá no eran tantos; quizá fue la reiteración innecesaria del símbolo. Y es que el shock tetístico que, en pleno siglo XXI, ya no debería ser shock, no necesariamente suma. En el mundo de hoy parece que se dibujó una delgada línea entre desarticular modelos y repetir un gesto de desarticulación como estética y fórmula, y cuando el cuestionamiento se hace método, automáticamente pierde filo y hasta se puede hacer imperceptible.
Harriague da a entender que toda reflexión que despierte cualquier detalle de su obra es una victoria. Y en eso, en generar conversaciones, Nidos de humo es un potente disparador. Lejos de querer profanar el final de la obra, la escena de las hermanas hablando sobre su madre y la canción Ay mamá de Rigoberta Bandini —chapeau por toda la selección musical— sostienen con potencia lo que todo el dispositivo escénico propone y es sublime.
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Cuando hablan de madres, y que cada una es la madre o el padre que puede, se entiende que lo que tiembla sostiene. Entonces, entre tanto oxímoron, sí puedo sacar una conclusión más allá de las definiciones obvias de hogar y hogar que asfixia o que se disipa: el nido es confusión.
Esa sensación es la que atrapa al espectador cuando una bailarina se desnuda para enfundarse en un traje verde y baila mientras suena algo viscoso, casi orgánico. Ese cuerpo verde parece condensar lo que todos cargan: algo que se mueve raro, que incomoda, que por momentos exige palmaditas en la espalda, que de golpe pesa. Y al final, ese bicho se va pero quedan guantes del mismo verde en las manos de todos, y ese detalle es interesante.
Toda la obra lo es, solo da la sensación de que llega algo tarde a su propia revolución.
Hablar en escena de la crianza, el mandato, el aplauso social, la representación de la vida adulta propone un ejercicio que no termina en la sala. “Queremos compartir preguntas más que plantar verdades”, explica Harriague. Y si es así, está bien logrado: la incomodidad es productiva, genera pensamiento, del tipo que sea.
Cuando terminó la obra me levanté a aplaudir, pasé las manos por mis piernas y sacudí arenisca y fragmentos de pedregullo. Toda la obra sucedía mientras el teatro, literalmente, se desarmaba.