A diferencia de lo que pueda sugerir cualquier guía, para descubrir Tallin hay que perderse: caminar sin apuro, sorprenderse con sus callejones, entrar a alguna tienda de artesanía local. Casi sin quererlo, de alguna u otra forma uno termina en la plaza del Ayuntamiento, con infinidad de propuestas gastronómicas (más caras que en las calles laterales).
Destaca Olde Hansa, una taberna ambientada en la época hanseática que propone un salón iluminado casi exclusivamente con velas, mozos con trajes de época y músicos interpretando piezas medievales con flautas, gaitas y zanfonas. Los platos se inspiran en antiguas recetas y evitan ingredientes que llegaron a Europa tras el descubrimiento de América. Por eso no hay papas, tomates, maíz ni chocolate, y predominan las carnes de caza como alce, jabalí, ciervo u oso pardo.
A 150 metros está Revali Raeapteek, la farmacia más antigua de Europa, que continúa funcionando en el mismo edificio desde 1422. En su interior, una pequeña exposición permite asomarse a la medicina de otros tiempos: antiguos morteros, balanzas, frascos de cerámica y recetas que hoy parecen insólitas. Allí descubrí que el aceite de hígado de bacalao se usaba para combatir el cansancio, siglos antes de que se descubrieran sus aportes de vitamina D.
La cocina de Olde Hansa recrea con rigor histórico los sabores de la edad Media, con carnes de caza y recetas de inspiración medieval.
Olde Hansa
Llama la atención la cantidad de iglesias que sobresalen sobre el casco histórico, sobre todo cuando uno descubre que Estonia es uno de los países menos religiosos del mundo. Buena parte de esos templos son herencia de siglos pasados, y la ocupación soviética terminó de acelerar un proceso de secularización que hoy forma parte de la identidad del país.
La calle Pikk merece ser recorrida de principio a fin. En esta antigua vía comercial, repleta de casas coloridas, todavía se reconocen casas de mercaderes, almacenes, sedes de gremios y fachadas que hablan de la época en que la ciudad era un punto clave entre Oriente y Occidente.
También se conserva la antigua sede de la KGB en Tallin. Desde ese edificio se organizaban tareas de vigilancia, interrogatorios y detenciones contra quienes eran considerados una amenaza para el régimen. Lo que más me impresionó fueron las celdas, pequeñas, húmedas y sin ventanas, y los testimonios de quienes fueron deportados a Siberia. Ahí uno termina de dimensionar lo que significó la ocupación soviética para Estonia.
La influencia rusa sigue presente en la Estonia actual: cerca de una cuarta parte de la población es de origen ruso y el idioma continúa escuchándose en las calles de Tallin.
Otros imperdibles son el pasaje de Katarina, donde todavía trabajan vidrieros, ceramistas, joyeros y artesanos del cuero; los miradores de Toompea, desde donde se obtiene una de las mejores vistas sobre los tejados rojos del barrio antiguo, y la Catedral Alexander Nevsky, una construcción de fines del siglo XIX levantada durante el Imperio ruso, que destaca por sus cúpulas y detalles decorativos.
Un día me alcanzó para volver fascinado con Tallin. Aunque si hubiera tenido más tiempo, podría haber recorrido el Palacio de Kadriorg, a 10 minutos en tren; el Museo de Arte Kumu, famoso por su diseño exterior futurista y por albergar la mayor colección de arte estonio, o los barrios de Kalamaja y Telliskivi. El primero mantiene la identidad de un antiguo barrio de pescadores, con sus casas de madera de colores, mientras que el segundo representa la Tallin más contemporánea.
Riga
La mañana siguiente me llevó a Riga, la capital de Letonia. Tomé un ómnibus de unas cuatro horas y media que me permitió ver otra cara de Estonia: campos interminables, pequeños pueblos y Tartu, una ciudad universitaria considerada el corazón intelectual del país.
Los festejos por Lgo y Ji, que celebran el solsticio de verano, hicieron que Riga me recibiera con todo su esplendor: música en vivo en cada plaza, flores por todos lados, trajes tradicionales y bares repletos desde temprano.
Conviene alojarse en el barrio histórico: además de su valor arquitectónico, es la base ideal para descubrir la ciudad caminando y volver por la noche a una zona con mucho movimiento. Como contrapartida, las calles empedradas no siempre resultan cómodas para moverse con valijas y puede ser algo ruidoso, especialmente en verano, cuando muchos jóvenes eligen Riga como destino para salir de fiesta.
Tras un breve paseo por la ribera del río Daugava, me detuve frente a la Casa de los Cabezas Negras, un edificio del siglo XIV que fue sede de una antigua hermandad de comerciantes. Su fachada, cargada de detalles y colores, puso a prueba la memoria del celular y la paciencia de quienes viajaban conmigo.
Casa de los Cabezas negras, un edificio del siglo Xiv que fue sede de una antigua hermandad de comerciantes.
Raimonds Stpnieks
Desde allí, casi cualquier dirección conduce a algún rincón interesante. Hacia el sur se encuentra el Museo de la Ocupación de Letonia, una visita imprescindible para comprender las décadas más complejas de la historia del país, marcadas por las ocupaciones soviética y nazi. A pocos metros se levanta el Monumento a los Fusileros Letones —inaugurado en 1971 durante la etapa soviética y dedicado a una unidad militar que tuvo un papel clave durante la Primera Guerra Mundial y, posteriormente, en el movimiento bolchevique—. En dirección oeste aparece la plaza del Ayuntamiento, uno de los espacios más representativos del casco antiguo, y algunas de las calles más encantadoras de Riga, como Kramu iela, que parece detenida en el tiempo. Unos pasos más allá, hacia el norte, aparece la iglesia de San Pedro, uno de los grandes símbolos de Riga, cuya torre se reconoce desde lejos.
La plaza Lvu se ganó mi corazón. Me regaló una de esas escenas que explican un país mejor que cualquier museo: un coro de mujeres vestidas con el tradicional tautas tērps (el traje folclórico nacional) interpretaba canciones mientras lucía coronas de flores silvestres. Todo en Letonia parece tener un significado. Las faldas, cinturones y tejidos no son meramente decorativos, sino que identifican distintas regiones del país. Lo mismo ocurre con la música, que ocupa un lugar central en la identidad letona. Los festivales de la Canción y la Danza, reconocidos por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial, son una muestra de ello.
Un coro de mujeres vestidas con el tradicional tautas tērps, el traje folclórico nacional letón.
Santiago Perroni Fraga
La gastronomía letona no se parece a ninguna otra. El pan negro de centeno y los pescados ahumados forman parte de la identidad local, pero ningún sabor compite con el Riga Black Balsam. Este licor de hierbas, creado en 1752, se sirve en pequeños vasos y suele dividir opiniones: algunos lo describen como un sabor fuerte y difícil de olvidar; otros aseguran que es un gusto que se adquiere con el tiempo. Una copa cuesta alrededor de 5 euros, aunque muchos viajeros terminan llevándose una botella como recuerdo.
Para mi sorpresa, Riga también es una ciudad de parques: más de 57 kilómetros cuadrados de su superficie están ocupados por áreas verdes. A pocos metros del casco histórico aparecen grandes espacios ajardinados que rodean algunos de sus edificios más emblemáticos, como la Ópera Nacional de Letonia, un edificio de estilo neoclásico construido en piedra y considerado uno de los principales escenarios culturales del país.
Riga también guarda una de las mayores concentraciones de arquitectura art nouveau del mundo. A comienzos del siglo XX, durante una etapa de gran crecimiento económico, este estilo transformó la ciudad con fachadas cargadas de detalles, esculturas, figuras humanas, motivos florales y elementos inspirados en la naturaleza.
Altorrelieve en un edificio de la calle Alberta iela.
Raimonds Stpnieks
La mejor zona para apreciarlo es Alberta iela, una calle donde cada edificio parece querer llamar más la atención que el anterior. Algunas de estas fachadas fueron diseñadas por el arquitecto Mikhail Eisenstein y sorprenden por su abundancia de ornamentos, con máscaras, criaturas mitológicas y formas que convierten una caminata común en un recorrido por un museo al aire libre.
Interior de la Biblioteca Nacional de Letonia, inaugurada en 2014.
Santiago Perroni Fraga
Entre los imperdibles también están la Biblioteca Nacional de Letonia, conocida como el Castillo de la Luz, un edificio inaugurado en 2014 y diseñado por el arquitecto letonestadounidense Gunnar Birkerts, cuya construcción demandó una inversión cercana a los 268 millones de euros. También vale la pena recorrer el Mercado Central, instalado en cinco antiguos hangares para zepelines de la Primera Guerra Mundial, y visitar la Catedral de la Natividad de Cristo, el mayor templo ortodoxo de los países bálticos.
Más allá de su arquitectura, Riga tiene un magnetismo extraño. No importa si me perdí por tercera vez tratando de descifrar un cartel en letón, cada desvío terminaba jugando a mi favor. No hay calles feas ni esquinas aburridas, solo transiciones absurdas en las que un palacio modernista convive con una casa de madera del siglo XIX.
Incluso la despedida tiene algo especial, con un aeropuerto que destaca por su comodidad y eficiencia, como si la ciudad quisiera dejar una última impresión antes de la partida.