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    Bailarina en la oscuridad: ‘Ballet’, la impactante nueva obra de Roberto Suárez en el Teatro Odeón

    La compañía Pequeño Teatro de Morondanga representa de miércoles a domingos la historia de una bailarina clásica recluida en un hospicio, protagonizada por Soledad Pelayo y Chiara Hourcade

    Quien ha visto las obras de Roberto Suárez y su Pequeño Teatro de Morondanga sabe dos o tres cosas: que los personajes están todos desquiciados, que lo que se ve casi nunca es lo que parece y que la sala siempre es nueva, aunque sea el mismo teatro que la vez anterior.

    Todo eso y mucho más ocurre en Ballet, la nueva obra de la compañía, estrenada semanas atrás en el marco del Festival Internacional de Artes Escénicas y que está en cartel en el Odeón (de miércoles a domingos a las 21, entradas en Abitab), el teatro incendiado en los años 90 y recuperado por este grupo de artistas hace ya casi una década.

    Quien vio Chacabuco, la puesta en escena con la que renació la sala, a fines de 2019, y Tocar un monstruo, la penúltima de Gabriel Calderón, montada allí cuatro años después, no reconocerá en absoluto el espacio donde tiene lugar Ballet. Salvo por la fachada y el hall, que conservan su apariencia, por lo demás parece otro teatro.

    Para albergar esta historia, el Odeón se ha convertido en un hospicio siquiátrico, lo que antes se conocía como un manicomio. La platea, para solo 50 espectadores, está exactamente en frente de donde estaba antes y el escenario es una compleja obra de carpintería que ocupa un tamaño mucho mayor al del pequeño sector destinado a las butacas. Además del espacio central, hay varios subespacios dentro del decorado. Un par de habitaciones, una cabina de vigilancia y un par de puertas que dan a pasillos oscuros son algunos de esos ambientes laterales que conforman esta estupenda realización escenográfica. Como si fuera poco, el hospital tiene un ascensor de verdad, por el que entran y salen personajes, e incluso hay un estanque.

    El principal responsable de este auténtico laberinto teatral es Pancho Garay, el diseñador multioficios de la compañía, que protagoniza el documental Luz de obra, de Germán Tejeira, que narra la historia de esta troupe de artistas recuperadores de viejas salas montevideanas (antes habían hecho lo mismo en La Gringa, para la obra Bienvenido a casa).

    En su austera —y casi inexistente— comunicación pública, esta compañía opta por no describir los roles creativos del elenco ni le establece ningún orden jerárquico. La cuenta de Instagram del Odeón solo tiene la imagen del programa de mano. Y, de hecho, el programa de mano (única pieza de difusión) dice que Ballet es “una creación de la compañía Pequeño Teatro de Morondanga” y bajo el único crédito “Equipo de trabajo” figuran una veintena de nombres ordenados alfabéticamente. Una decisión discutible y algo molesta, que impide a gran parte del público saber quién hace qué, pero, bueno, se lo toleramos porque el resultado está a la vista.

    De todos modos, es evidente que Suárez es el líder creativo del grupo. Es, además, su principal vocero en entrevistas. En las pocas que ha dado, ha sido especialmente cuidadoso en no revelar prácticamente nada de la trama. Sí ha dicho que Ballet es una obra que transcurre en la mente de una exbailarina de ballet y que lo que se busca, ante todo, es sugestionar al público, llevarlo a un plano similar al de la hipnosis. Suárez dice poco, pero es lo suficiente para enmarcar e interpretar todo lo que se ve —y se oye— en esta historia.

    Chiara Hourcade en Ballet.

    Chiara Hourcade en Ballet.

    El vínculo entre teatro y cine define la estética visual y sonora de las obras de Suárez. De hecho, como actor hace mucho que se lo ve solo en la pantalla. Y en los últimos años ha despegado al plano regional, ya que aparece en una gran cantidad de series argentinas filmadas en Uruguay como Barrabrava, Iosi, el espía arrepentido y 27 noches. En breve se lo verá también en Prince, la nueva peli de Fede Borgia.

    El plano visual de Ballet es apaisado como el de una pantalla de cine. Y tiene la virtud de que no hay focos ni otros elementos técnicos a la vista. Los focos están ocultos detrás de zócalos y paredes, de modo que todo lo que se ve es espacio escénico. Y gracias a un notable manejo de la luz lo que se ve toma un potente carácter cinematográfico. Es teatro, y del mejor, pero en abundantes pasajes la narración visual tiene la apariencia de un montaje fílmico. Similar ponderación le cabe al despliegue sonoro: la música original de Nicolás Rodríguez Mieres, de tono orquestal y de carácter beethoveniano, es sencillamente soberbia. Y contribuye en forma determinante a la sugestión que se busca instalar.

    Soledad Pelayo es Amanda, la protagonista de Ballet. Es una mujer que ha sufrido una enorme pérdida familiar que ha arruinado su vida y su condición mental. Su trastorno psíquico es de tal severidad que padece permanentes alucinaciones y otros delirios. Gran parte de lo que vemos son esas imágenes estremecedoras, incluso escalofriantes, que produce su mente gravemente alterada. Su labor es sencillamente sobrenatural y confiere a la obra el carácter de “terrorífica”. Su actuación provoca miedo, repulsión y conmoción al extremo. Su despliegue físico es arrollador y su repertorio gestual es realmente asombroso y escalofriante. La obra entera se sostiene en su delgada y musculosa anatomía.

    Soledad Pelayo y Chiara Hourcade en 'Ballet'

    Soledad Pelayo y Chiara Hourcade en 'Ballet'

    En otra cuerda, Chiara Hourcade interpreta a Alma, el otro personaje central, estrechamente vinculado a Amanda. Su actuación es más amplia en el plano tragicómico, con mayor carga histriónica, de cinismo y un espectro emocional más amplio, que toca zonas desbordantes de angustia, ironía, impotencia y resentimiento. Ambas son dos de las grandes actrices uruguayas de estos tiempos, y ambas están llamadas a seguir ocupando roles centrales en escena y en las pantallas.

    Completan el reparto Gustavo Suárez, Bruno Pereyra, Mariano Prince, Inés Cruces y Pablo García, a cargo de los roles secundarios. Más allá de la relevancia argumental y del caudal de parlamentos de cada uno de ellos, la potencia plástica y sensorial que cada uno de ellos plasma en escena, casi como una caricatura, un arquetipo, un ícono en movimiento, en muchos casos su mera presencia junto a las dos protagonistas enriquece el cuadro, le otorga a la escena una potencia visual y una elocuencia narrativa que colma el repertorio de sentidos que la obra confiere al espectador.

    Ballet es una patada en el pecho seguida de un golpe en la mandíbula seguido de un balde de agua helada. No hay respiro durante una hora y media. Es una obra que impacta, que conmueve, que puede llegar a asustar, y que habilita una trama de interpretaciones que se extiende mucho más allá de su final. Pero, sobre todo, es una obra que no se olvida y que puede llegar a provocar, luego de la función, cierta dificultad para conciliar el sueño.