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    ‘Comerás flores’, primera y exitosa novela de la española Lucía Solla Sobral

    Las relaciones tóxicas y desiguales, el maltrato psicológico y la violencia son la carne de la novela, pero su corazón es el lenguaje: Solla Sobral tiene una lírica y una precisión que llevan a volver y subrayar frases y párrafos enteros

    Colaborador en la sección de Cultura

    Hay un auto que acelera por una autopista hasta los 200 kilómetros por hora. Adentro, en el asiento del acompañante, una mujer agarra el teléfono, no sabe qué hacer con él, qué número marcar, nada, se agarra de la puerta, llora, intenta no llorar, siente el pie del conductor acelerando en su garganta, el auto sigue acelerando, ahora a 240, y a ella ya no le da ni para secarse las lágrimas. Ella es Marina. Quien maneja es Jaime. Llevan más de un año juntos. Y lo que está sucediendo condensa en pocos segundos una dinámica enfermiza que Marina no sabe si entiende ni sabe bien cómo empezó.

    Bueno, en realidad quizá sí sabe.

    Todo empieza con la muerte del padre de ella. Es por ahí donde Marina, una joven gallega de 24 años, redactora de contenidos en una agencia de marketing, decide iniciar su relato. Y es por ahí por donde ingresa Jaime. Aparece en el peor momento de ella, que es el mejor momento para él. Jaime: 20 años mayor, carismático, sofisticado, económicamente cómodo, acostumbrado a comer en restaurantes Michelin y dueño de un apartamento que parece sacado de una revista de interiorismo. “Quizá era un arquitecto o un comisario de arte o un diseñador gráfico o el amor de mi vida”, dice Marina al recordar la primera vez que cruzaron miradas.

    Marina quiere un amor total, arrebatado, que cure su aburrimiento crónico (“Siempre me aburro y siempre sé que me voy a aburrir. Es un aburrimiento anticipado”) y, sobre todo, aunque no lo reconozca, necesita encontrar una forma de gestionar la nueva realidad que se despliega como un borrador tras la muerte de su padre. Y Jaime parece hecho a medida. Se presenta como un tipo cool que trabaja como “compositor de atmósferas” (decorador de eventos “para gente pija”, le aclara Marina a su amiga), que resulta ser un maestro de lo que actualmente se denomina love bombing, expresión que la novela jamás menciona pero que está ahí, inundando sus páginas.

    De esto se trata, a grandes rasgos, Comerás flores (Libros del Asteroide, 2025), primera novela de Lucía Solla Sobral (Marín, Galicia, España, 1989), una obra fabulosa que desnuda el mecanismo de una relación cada vez más complicada. Una relación a la que Marina ingresa con un deslumbramiento embriagador, insospechado, y que poco a poco, y a veces de manera abrupta e insólita, le va quitando oxígeno, una relación en la que amor y odio viajan juntos en el mismo vehículo, a toda máquina.

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    Lucía Solla Sobral.

    Lucía Solla Sobral.

    Mostrar, no diagnosticar

    El love bombing, o el bombardeo, no es otra cosa que el mecanismo de prodigar afecto de manera desbordada, muy intensa, en especial al comienzo de una relación, pero de una forma calculada, como dispositivo de control sobre la otra persona. Ese bombardeo inicial después se raciona, el afecto se vuelve escaso, la atención y el cuidado fluctúan, aparecen los castigos sutiles, la violencia invisible, y se entra en un ciclo elemental y tóxico, en el que la persona empieza a rebasar sus propios límites para recuperar o mantener vivo aquello que resultaba valioso o estimulante.

    Es lo que ocurre con Marina, que se deslumbra ante el show de Jaime, y que empieza a ceder en lo que cree, en lo que come, en quién es, para mantenerse ahí, en el maravilloso mundo de Jaime, mientras cada ciclo achica cada vez un poco más su mundo. Marina se aleja de sus amigos, sobre todo de Diana (gran personaje, notablemente escrito a través de la voz de la protagonista), y la violencia se acumula en capas: silencios que funcionan como castigo porque “algo habré hecho”, críticas revestidas de consejos o sugerencias porque “te quiero y quiero lo mejor para vos”, una erosión paulatina de la autoestima y estallidos de furia que dan ganas de salir corriendo.

    Las descripciones de las primeras etapas del enamoramiento, con Marina deslumbrada, están impecables. “Me quería tan rápido y con tanta fuerza que a mí me daba la risa y no me daba tiempo a escribir ni a leer ni a escuchar música ni a pensar en papá porque todo era amor amor amor y planes para alargar el amor. Yo seguía sus pasos agarrada fuerte de su mano y pensaba que qué felicidad más tonta, que qué suerte que al final tenía yo razón y la clave estaba en sentir como si todo estuviese a punto de explotar”.

    Sí: las relaciones tóxicas y desiguales, el maltrato psicológico y la violencia son la carne de la novela, pero su corazón es el lenguaje. La escritura de Solla Sobral tiene una lírica y una precisión que llevan a volver y subrayar frases y párrafos enteros. No es solo el uso de las palabras, también es la manera cómo Solla Sobral las conecta con las emociones y, sobre todo, con el cuerpo. Y es que Comerás flores es una novela escrita desde el cuerpo que se siente en el cuerpo. Hay una mente funcionando allí, un cerebro que realmente trabaja con pericia y elegancia con el lenguaje (y sí: a veces se pueden notar tramos “de taller literario”), pero hay además un manejo magistral y muy imaginativo de la conciencia corporal. Comerás flores es hipnótica, fresca, desvergonzada, sincera, dulce, a veces divertida, por momentos muy angustiante. Es ambiciosa. Y tiene momentos brillantes. Los diálogos fundidos en la prosa, sin guiones, marcas ni comillas están entre lo más notable.

    Hay en el texto una serie de letanías, enumeraciones que van marcando los latidos del mundo de Marina, que se encoge y se ensancha, se expande y se quiebra. “Tengo: una perra, una amiga, una madre, dos hermanos y un padre muerto”, dice al comienzo. Y más adelante: “Tengo: una barriga que es un cementerio”. Y más adelante: “Tengo: una familia que en las comidas de los domingos me dice cuánto adelgazaste, qué guapa estás”.

    También es notable lo que Solla Sobral hace con el tiempo: el manejo de las elipsis, el modo en que dosifica los acontecimientos y hace avanzar una historia de amor y deslumbramiento plagada de banderas rojas. La manipulación y la presión psicológica que ejerce Jaime sobre Marina evoluciona y va transformándose de manera paulatina, a veces con una sutileza que la vuelve casi imperceptible. El lector, como Marina al principio, alcanza a ver algunas señales, o directamente experimenta la incomodidad y la duda, mientras la fascinación se transforma, de manera casi imperceptible, en una asfixia emocional que anula la identidad de la protagonista.

    Menciones aparte merecen los personajes secundarios, empezando por Diana, su mejor amiga. O Andrés, el padre muerto, que, como el fantasma de Elsinor, es una figura idealizada que el relato somete a una indagación constante (el episodio que lo vincula con el uso de Google Maps es conmovedor). O Jimena, la hija de Jaime, que tiene la misma edad de Marina y que funciona como una especie de doble. O la familia de Marina, a la que Jaime se mete en el bolsillo de una.

    Marina, que es vegana, es presionada por Jaime para comer carne porque un médico amigo de él vio unos exámenes de ella y dice que está al borde de la anemia. La invasión alcanza nuevos niveles.

    Es cierto: el ciclo de abuso y reconciliación puede sentirse reiterativo; quizás esa repetición sea extremadamente fiel a cómo funciona el mecanismo en la realidad, pero la fidelidad no siempre funciona bien en la ficción. Sí, también puede haber algunos momentos en los que la prosa bordea el sentimentalismo o parece obligada a ser cool (Solla Sobral empezó a escribirla en el taller de Marta Jiménez Serrano, autora de Oxígeno, a quien agradece haber sido la primera persona en decirle que estaba escribiendo una novela mucho antes de que ella misma se atreviera a pensarlo), detalles que son parte de la autenticidad imperfecta de un debut ambicioso y fabuloso.