A los detractores de Artigas los enfrentó Carlos María Ramírez, un brillante orador, abogado, periodista, historiador, ensayista, profesor universitario y político. Ramírez protagonizó una polémica con el diario Sudamérica de Buenos Aires, en la que cuestionó los errores y las imprecisiones que se repetían acerca del jefe de los orientales. Mostró que no era un asesino, que no era un mal militar ni un revoltoso. Por el contrario, argumentó que Artigas era un institucionalista que promovía el federalismo. “Hay una construcción voluntaria, es decir, una figura a rescatar”, dijo Demasi.
El mito artiguista tiene un elemento indispensable desde el punto de vista simbólico: el éxodo del pueblo oriental, La Redota. Entre octubre y diciembre de 1811 el pueblo siguió a Artigas rumbo al norte (o Artigas siguió al pueblo, según se quiera ver). Se estima que fueron entre 10.000 y 16.000 personas: familias, soldados, paisanos, indígenas, afrodescendientes, mujeres, niños y ancianos abandonaron sus hogares, cruzaron el río Uruguay y se establecieron en un campamento establecido sobre el arroyo Ayuí Grande. “¿A qué suena el éxodo? A un libro de la Biblia: el pueblo elegido, Artigas como Moisés, la tierra prometida: no falta nada”, dijo Demasi.
El Artigas de todos
Todo este largo proceso de construcción mitológica ha logrado que, al día de hoy, tupamaros y militares reivindiquen la figura de Artigas y hablen (hasta rozar la exageración) de la vigencia de su pensamiento y accionar político.
En una etapa temprana, entre 1840 y 1850, Artigas quedó algo más vinculado a los blancos por la sencilla razón de que era federalista. Juan Manuel de Rosas fue el continuador del federalismo en Argentina, al mismo tiempo que era aliado de Manuel Oribe, el fundador del Partido Nacional. Tiempo después, cuando se produjo la invasión brasileña en 1865 y el sitio a Paysandú, Montevideo se preparaba para un posible sitio y Ramírez sostuvo que, en ese momento, a la figura de Artigas se la rescataba como un referente de la totalidad de las simpatías políticas, no solo aquellos que habían tenido tradición en el Cerrito. “Todos recordaban a Artigas como una referencia para enfrentar a los brasileños”, dijo Demasi. Y el proceso culminó en la primera década del siglo XX: “Artigas se transformó en una figura nacional, indiscutida, en 1910”. Se aproximaba el centenario de la batalla de Las Piedras y por esos tiempos se publicaron tres libros fundamentales en la construcción del artiguismo: La epopeya de Artigas (Juan Zorrilla de San Martín), José Artigas, su obra cívica, alegato histórico (Eduardo Acevedo) y Las instrucciones del año XIII (Héctor Miranda, un colorado que muestra un prócer aceptable para los batllistas). La acumulación de estos hechos permitió construir un Artigas que era favorable a los intereses de todos.
El 28 de febrero de 1923, el último día del gobierno del colorado Baltasar Brum, se inauguró el monumento a Artigas de la plaza Independencia. En su discurso, el presidente, que estaba a punto de entregar el poder, dijo que las ideas de Artigas seguían vigentes y que por eso durante su mandato se había aprobado el salario mínimo para la población rural, como si el batllismo fuera la concreción de las ideas de Artigas y estuviera rememorando el siempre resistido Reglamento de Tierras de 1815.
Faltaba que la clase alta montevideana aceptara a Artigas, algo que costó mucho. Como héroe nacional, Montevideo tenía una alternativa: Joaquín Suárez, presidente del Gobierno de la Defensa durante la Guerra Grande. “Era una figura que reunía unanimidad. No había nada malo para decir de él. Era colorado, pero muchos blancos lo aceptaban. Fue el primero al que se le hizo un monumento. El que ahora está en la calle Agraciada estaba en la plaza Independencia frente al Palacio Estévez”, recordó Demasi.
Signos y símbolos
Para comprender cómo Artigas, el líder de una revolución popular derrotada, logró transformarse en héroe nacional —una figura omnipresente en todos los rincones del Uruguay— conviene recurrir no solo a la historiografía, sino también a la semiótica, disciplina que estudia los procesos mediante los cuales las sociedades construyen significados a partir de signos y símbolos. Su competencia no es preguntarse qué ocurrió históricamente, sino analizar cómo esos hechos son interpretados y transformados en relatos, imágenes y símbolos que moldean la identidad colectiva.
“La historia explica lo que ocurrió, la política interpreta esos hechos y la cultura transforma esa interpretación en un símbolo”, explicó Richard Danta, profesor de Semiótica del Departamento de Humanidades y Comunicación de la Universidad Católica. Desde su perspectiva, Artigas no llegó a ocupar el centro de la identidad nacional uruguaya solamente por su actuación durante las luchas independentistas, sino porque, décadas después, el Estado necesitó una figura capaz de darle cohesión a una sociedad profundamente diversa. “La realidad dialoga con lo que ocurrió, pero siempre es una construcción interpretativa”. Danta agregó que ese relato solo se consolida cuando logra reconocimiento colectivo.
Uruguay vivió un proceso peculiar porque se trató de un territorio con culturas fragmentadas que atravesó complejas vicisitudes hasta transformarse en un Estado en 1830, que no fue exclusivamente un logro interno, sino un proceso de institucionalización en el que también operaron fuerzas externas. Pero ¿cuál era el problema? Había Estado, pero no había nación y, desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del siglo XX, el Uruguay debió orquestar la constitución de una identidad nacional.
¿Qué institución fue clave para lograrlo? La escuela pública impulsada por la reforma vareliana desarrollada entre 1876 y 1879, el gran dispositivo socializador. ¿Por qué la escuela nació siendo pública, obligatoria, laica y gratuita? La obligatoriedad se sostenía en la necesidad de que los niños y las niñas crecieran sintiendo, no solo pensando, que formaban parte de esa unidad llamada nación. La necesidad de que sea gratuita se explica para que no solo las clases altas accedieran a la educación, sino también los hijos de los trabajadores, para que esa construcción identitaria derramara a toda la sociedad. Los niños y las niñas accedían al mismo relato en una etapa de la vida sostenida por el proceso de aprendizaje de los entornos. El dato no tiene sentido. El sentido se lo da el relato.
La construcción de la nacionalidad uruguaya requería un héroe, una figura que trascendiera los partidos políticos en un país que heredó una larga y sangrienta tradición de guerras civiles entre blancos y colorados. “Toda mitología tiene un mito de origen que saca de lo pueril, de lo real, y eleva hacia el mundo de lo trascendente: la interpretación de la historia. Necesitábamos un mito fundador, la epopeya de los héroes. Había un problema: la ausencia de identidad, el caos. Y aparece una figura iluminada, capaz de mover multitudes, como fue el éxodo. Cuando te narran ese cuento lo crees porque es la misma forma en que se cuentan las mitologías ancestrales. ¿Cuántos tienen un éxodo detrás? ¿A cuántos lo siguieron personas de todas las clases sociales?”, se preguntó Danta.
La otra mirada
Hubo voces críticas a la idea de Artigas como el fundador de la nacionalidad uruguaya, y la más lúcida fue la de Guillermo Vázquez Franco, un historiador y profesor fallecido en 2025, quien dedicó buena parte de su obra a cuestionar la construcción simbólica de Artigas y el relato tradicional acerca de la independencia. A Vázquez Franco siempre le sorprendió cómo las “falsedades”, que figuran en los libros de historia, trascienden el espectro político: desde los Tenientes de Artigas hasta la organización Plenaria Memoria y Justicia. “Es universal. Todos comulgan al pie de San Artigas. Es un disparate considerarlo como el fundador de la nacionalidad uruguaya. Fue argentino, luchó como argentino y murió como argentino. Le ofrecieron la separación de la Provincia Oriental junto a Corrientes y Entre Ríos y la rechazó. Cuando en Paraguay se enteró de la Convención Preliminar de Paz dijo: ‘Ya no tengo patria’. Pero como nos apropiamos de Carlos Gardel, nos apropiamos de Artigas”, declaró el historiador a Montevideo Portal en 2011.
Tres años más tarde, en 2024, concedió una entrevista a Subrayado en la que esbozó sentirse bastante solo en su interpretación histórica y dijo que el ideario artiguista obedece a una construcción política para crear un héroe. Vázquez Franco argumentó sus posiciones críticas acerca de la historiografía nacional en un libro titulado La historia y sus mitos, cuya primera edición fue publicada en 1994.
Nuevo libro: la herencia de Vivian Trías
El profesor de Historia Heber Freitas, oriundo de Las Piedras, está en pleno proceso de escritura de un libro que tendrá dos tomos acerca del artiguismo, en los períodos 1811-1815 y 1816-1820. Freitas fue alumno de Vivian Trías, historiador, profesor y dirigente socialista. Admirador del pensamiento artiguista, Trías interpretó al prócer como un referente del federalismo, la justicia social y la integración latinoamericana, una síntesis que resumió en una frase célebre: “El artiguismo no es un recuerdo, es un programa”. Freitas recuerda que sus clases en Las Piedras eran tan atractivas que intentaban convencer a la adscripta de que demorara cinco minutos más en tocar el timbre porque nadie quería que terminaran.
Influenciado por Trías, a quien visitaba en su casa para continuar las discusiones acerca del artiguismo, Freitas dio clases durante décadas y dentro de poco tiene pensado jubilarse. Algunos de sus alumnos lo motivaron a escribir su visión para que quede como material de estudio de futuras generaciones. Y le gustó el desafío. Cuando recibió a Búsqueda en su casa de Las Piedras había dos mesas repletas de libros abiertos que estaba consultando para avanzar en la escritura. Si tuviese que destacar algo, Freitas habló del momento en que la revolución artiguista adquiere un perfil más radical y empuja el devenir del proceso hacia los límites de lo posible.
“El ejemplo más notorio es el 10 de setiembre de 1815: la redacción y promulgación del Reglamento de Tierras, un documento absolutamente revolucionario, de una vigencia desde esa mirada formidable. Es un documento tan interesante que permite comprender que Artigas entendía cuáles eran los problemas de la Provincia Oriental y de las familias, de los más humildes y les da respuesta a esos problemas porque la tierra venía siendo un problema desde la época colonial”, sostuvo.
Mito, héroe o construcción política: con cada libro y con cada investigador el debate acerca de Artigas parece revivir y recordar que la historia, como campo de conocimiento, está en permanente revisión.