Hoy, cuando “el cristal con el que se mira” la realidad presente y pasada es cada vez más fragmentado y múltiple; hoy, que las certezas tambalean, el viejo Kurosawa nos sigue recordando que la relación del ser humano con la verdad propia o ajena siempre fue compleja, y muchas veces engañosa. Así lo transmiten sus personajes:
—¿Quién es sincero hoy en día? Solo creemos serlo. (…) Preferimos olvidar lo que no nos gusta —dice el peregrino.
—Todo es falso. El bandido y la mujer mintieron —dice el leñador.
—Me dan lo mismo las mentiras si la historia es emocionante —agrega el peregrino.
El personaje es sabio en su apreciación porque a veces la distorsión de lo que sucedió ayer atrae más que la realidad, sobre todo cuando se trata de hechos escabrosos. Solo hay que pensar en cómo se exageran algunas anécdotas personales y cotidianas para que parezcan más atractivas. Por ese motivo también tienen tanta repercusión las filmaciones, las fotos o las noticias manipuladas que llevan a emociones extremas.
Entonces, ¿se puede llegar a la verdad?
Sobre el “efecto Rashomon” en literatura, en el cine y en la vida trata esta entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Mi nombre es Silvana Tanzi y si querés escribirme con sugerencias o contarme sobre algún ejemplo que recuerdes, ficticio o real, podés escribirme a [email protected].
______________________________
Hay una frase que se cita mucho y que se atribuye a Salvador Dalí, aunque no sé si realmente lo dijo o lo escribió. Así de dudoso es todo lo que se encuentra hoy en internet. Me puse a buscar su origen y la encontré mencionada en un libro del estadounidense Roger Rothman, investigador de Dalí, y dice así: “La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos son lo mismo que las joyas: siempre son los falsos los que parecen más reales, los más brillantes”.
Aunque mi conocimiento de joyas es nulo, me pareció un muy buen símil, plástico, visual. Me recordó enseguida una película que vi hace años, El fabulador (también se conoce como El precio de la verdad), que cuenta la historia de Stephen Glass, periodista de la revista estadounidense The New Republic. Glass fue una joven promesa del periodismo, que escribía artículos y crónicas con una pluma brillante y entretenida.
Era el pibe maravilla que conseguía las historias más jugosas que leían con sumo interés políticos, empresarios y figuras públicas. Lástima que, de los 41 artículos que publicó en The New Republic, 27 fueron inventados. ¿Por qué pudo publicarlos sin que nadie se diera cuenta? ¿Cómo pudo hacerlo en una revista prestigiosa y con verificadores de la información?
Te recomiendo que veas la película para que descubras toda la arquitectura que Glass había armado para poder mentir y seguir mintiendo. Algo que le funcionó muy bien fue la verosimilitud de sus artículos, que siempre tenían algo creíble, es decir, lo que contaba podía haber sucedido. Dalí habría dicho que sus artículos eran las joyas falsas que parecen las más reales, y Kurosawa hubiera asentido en silencio, pensando en el poder del ego de los seres humanos.
¿38 testigos?
Si Kurosawa logró con una película crear el efecto Rashomon, hubo un hecho real en los años 60 en Nueva York que desencadenó el “efecto espectador”, y aquí las comillas no están usadas solo como cita, sino también porque este “síndrome”, estudiado por la psicología social, está en entredicho.
Este supuesto fenómeno psicológico afirma que frente a una situación de emergencia es menos probable que una persona intervenga si hay mucha gente alrededor que si está sola. La explicación sería que siempre se espera a que otro actúe, tal vez por miedo a cometer algún error, entonces se convierte en un espectador. Lo cierto es que los detractores de este efecto han cuestionado que sea una regla fija y han dado varios ejemplos de solidaridad y ayuda en accidentes o problemas graves.
El hecho que desencadenó esta teoría fue tenebroso. En 1964 una joven llamada Kitty Genovese fue apuñalada y violada por un desconocido de noche, en la entrada del edificio de apartamentos donde vivía, en Queens, Nueva York. Kitty pidió auxilio a los gritos. Al rato, un vecino gritó desde la ventana: “¡Deja en paz a esa chica!”, y el hombre la dejó allí tirada, abandonó el lugar, pero quedó escondido cerca. Cuando vio que no aparecía nadie a ayudarla, y tampoco la policía, regresó a rematar a Kitty.
Poco días después, The New York Times publicó un artículo sobre lo sucedido y afirmó que durante más de media hora 38 vecinos miraron cómo un hombre violaba y mataba a una joven sin hacer nada ni llamar a la policía. El artículo instaló la idea de que en las grandes ciudades las personas eran indiferentes a la violencia contra sus ciudadanos y dio pie a estudios que derivaron en el “efecto espectador”. Nadie cuestionó que todo hubiera sido como contó el artículo publicado en el diario más antiguo de Estados Unidos y uno de los más prestigiosos.
Sin embargo, un hermano de Kitty (William Genovese) se dedicó a investigar si era cierto que nadie hizo nada por ayudarla. Toda su investigación se cuenta en el documental The witness (2015). William descubrió que varios vecinos sí llamaron a la policía, y que su hermana no agonizó sola porque una vecina y amiga estuvo con ella. Por otro lado, de su investigación surge que no fueron 38 personas las que pasivamente vieron el asesinato, que ese número fue arbitrario, tomado de una primera estimación policial.
Si bien The New York Times nunca emitió una corrección formal o retractación directa de su artículo original, reconoció sus exageraciones y errores, y contextualizó los hechos en artículos publicados décadas después. Pero el mito urbano ya estaba instalado.
“Mi hermana fue mucho más que sus últimos 30 minutos de vida”, dice William en The witness, y presenta a una joven vital y llena de esperanzas. Pero lo más triste es que ni siquiera él pudo llegar a toda la verdad de lo que sucedió. En el documental unos protagonistas oyeron o vieron algo, pero se contradicen con lo que otros cuentan. “Preferimos olvidar lo que no nos gusta”, decía el peregrino de Rashomon. Y nuevamente la vida le da la razón a Kurosawa.
Evita, ¿la santa?
“Las fuentes sobre las que se basa esta novela son de confianza dudosa, pero solo en el sentido en que también lo son la realidad y el lenguaje: se han infiltrado en ellas deslices de la memoria y verdades impuras”.
La cita es del escritor argentino Tomás Eloy Martínez (San Miguel de Tucumán,1934-Buenos Aires, 2010), en su novela Santa Evita (1995), una de sus mejores obras y una de las más exitosas.
El escritor se propuso una tarea difícil: reconstruir la trayectoria del cadáver de Eva Perón, convertido en el cuerpo legendario de aquella mujer tan admirada como odiada. Para hacerlo, recurrió a hechos reales y también a la ficción, que termina pareciéndose mucho a lo que realmente sucedió. “Lo que hice fue construir una fábula verosímil, pero no verdadera, con las herramientas del periodismo”, dijo el autor en una entrevista.
La historia la cuenta un periodista, el propio Eloy Martínez transformado en personaje, que investiga el itinerario del cadáver embalsamado, secuestrado por militares, ultrajado, escondido durante 16 años y, finalmente, recuperado.
A través de los escritos y discursos que dejó Eva Perón y de otras variadas voces —un embalsamador, un peluquero, militares que temen perder el cadáver, gente anónima que deja flores y velas encendidas sobre el cuerpo, entre otras— se va componiendo también una figura que llegó a ser mito. Desde la Evita niña y la actriz de provincia hasta la primera dama magnética y arbitraria.
“Poco a poco, Evita fue convirtiéndose en un relato que, antes de terminar, encendía otro. Dejó de ser lo que dijo y lo que hizo para ser lo que dicen que dijo y lo que dicen que hizo”, cuenta el narrador de la historia.
Lo curioso es lo que sucedió después de publicada la novela. En artículos y entrevistas, Eloy Martínez contó que debió aclarar que algunos fragmentos de su libro eran ficción, porque habían aparecido citados como hechos verdaderos en otras publicaciones y biografías de Eva Perón. Por ejemplo, tuvo que aclarar que la frase “Coronel, gracias por existir” nunca la había dicho Evita y que él la inventó para la novela. De igual forma, se hizo popular la frase “Volveré y seré millones”, que tampoco pronunció Evita, sino que fue una deformación de un fragmento de su libro autobiográfico La razón de mi vida.
“Tardé meses y meses en amansar el caos. Algunos personajes se resistieron. Entraban en escena durante pocas páginas y luego se retiraban del libro para siempre: sucedía en el texto lo mismo que en la vida. Pero cuando se iban Evita no era ya la misma: le había llovido el polen de los deseos y recuerdos ajenos. Transfigurada en mito, Evita era millones” (fragmento de Santa Evita).
Vuelvo a la pregunta inicial: ¿se puede llegar a la verdad absoluta? No me refiero a la verdad que pueden arrojar las pruebas verificadas de manera científica, sino a la construcción de los hechos mediante el recuerdo y los relatos socialmente instalados. Como habitualmente me sucede, me quedo con muchas dudas.
Pero como el humor siempre es una buena respuesta, te dejo con una referencia de Los Simpson a Rashomon en el episodio Treinta minutos sobre Tokio. Aquí el breve, pero significativo, diálogo entre Marge y Homero:
—Vamos, Homero, te vas a divertir. A ti te gustó Rashomon.
—Yo no lo recuerdo así.
________________________________________________________________________________________________________________________________________________
Antes de despedirme, y a propósito de mitos y reconstrucción histórica, te recomiendo esta nota de Sebastián Panzl sobre la figura de Artigas; y como cerró el cine Life 21, más recordado como el Casablanca, Pablo Staricco cuenta su historia.