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    Con ‘Romería’, la cineasta española Carla Simón pone punto final a su aclamado tríptico de la memoria

    Tras su estreno en Cannes en 2025, llegó a Uruguay la última película de la directora de Alcarrás, y Búsqueda dialogó con ella

    Cuando Carla Simón llegó al Festival de Cannes de 2025 para presentar su tercera película, Romería, lo hizo con ocho meses de embarazo. No podía volar, así que manejó desde Barcelona hasta la Costa Azul de Francia.

    La presión del estreno mundial se mezcló con la logística de un embarazo avanzado, pero todo salió, finalmente, de maravillas. La película fue ovacionada y consolidó aún más la reputación de una directora que, en la última década, ha sido premiada por los Goya, la Berlinale y otras instituciones cinematográficas de prestigio.

    Este año, sin embargo, la cineasta catalana volvió al festival en condiciones muy distintas. “Fue más relajado”, adelantó en el comienzo de su conversación remota con Búsqueda. Regresó a Cannes como presidenta del jurado de la competencia oficial de cortometrajes y con la certeza de que su última película, estrenada en junio en Uruguay tras un año de circulación, ya no le pertenecía del todo.

    “Para mí, no hay placer mayor que estar en una sala de cine viendo cosas”, afirmó. Además de estrenar un nuevo cortometraje, titulado Flamenco, destacó especialmente el poder ver The Man I Love, un nuevo drama del estadounidense Ira Sachs que describió como una ventana a la época de sus padres. La película retrata el Nueva York de los 80 azotado por el sida, un contexto similar que marcó la infancia de Simón, cuyos padres biológicos murieron por esa enfermedad.

    Si Verano 1993 (2017) era un ejercicio de memoria íntima sobre la orfandad y Alcarrás (2022) una crónica coral de un mundo en extinción, Romería se permite ser ambas cosas y, al mismo tiempo, una indagación sobre los silencios que deja el duelo.

    Con ella, Simón completa su “tríptico de la memoria”, un término que, como explicó, prefiere a “trilogía” porque sus películas no comparten personajes, sino un tema: la memoria personal como materia cinematográfica.

    La historia de Romería es la de Marina (Llúcia Garcia), una joven de 18 años que en 2004 viaja a la costa gallega con un objetivo aparentemente sencillo. Desea conseguir la firma de unos abuelos paternos a los que nunca ha conocido para completar la solicitud de una beca. Lo que empieza como un mero trámite burocrático se convierte en una inmersión en las omisiones y las versiones contradictorias de una familia marcada por la heroína y el sida.

    Lo llamativo es que Marina no llega a Vigo con el puño cerrado ni un discurso ensayado y marcado por el rencor. Por el contrario, llega armada de una cámara de video y una curiosidad genuina. Esa elección, según Simón, fue uno de los mayores riesgos del guion.

    “Para mí, había dos riesgos, que hablamos mucho desde el guion con mi productora: el primero es que la protagonista hiciera este viaje desde la curiosidad y no desde el enfado. Muchas películas hechas sobre la llamada de la sangre vienen desde la falta de amor y el reproche hacia la familia que no la ha querido, y yo no lo había vivido así”.

    El viaje personal que inspiró la película es casi un calco del de su protagonista. A sus 18 años, Simón necesitaba los certificados de defunción de sus padres para solicitar una beca universitaria para estudiar cine y contactó a sus abuelos paternos. Poco después, un tío la llamó para invitarla a visitarlos. El deseo de conocer sus orígenes superó el resentimiento de años de silencio.

    Durante todo el proceso de escritura, una productora insistió en que una protagonista movida por la curiosidad en lugar del conflicto era un riesgo narrativo. Simón, sin embargo, mantuvo su convicción. “Creo que la curiosidad es algo positivo que puede mover o ser motor de muchos viajes. En ese sentido, era una cosa un poco antinarrativa”.

    El estigma del sida y la heroína fue un muro que impidió a muchos hogares españoles hablar de sus muertos, y el de Simón no fue la excepción. El contexto social reconstruido en Romería es el de una época amordazada. Ambas epidemias golpearon con especial dureza a los jóvenes que vivieron la Movida —un movimiento contracultural que surgió en Madrid— y la transición democrática, rompiendo con los valores heredados de una sociedad más católica y conservadora.

    El período de libertad trajo consigo una crisis que convirtió a España en el país con la mayor tasa de muertes por VIH en Europa. Esas vivencias, señaló la directora, han sido sistemáticamente omitidas, por lo que su última película funciona como un acto de justicia poética hacia una juventud cuya tragedia, además de familiar, fue colectiva.

    Llúcia Garcia en la película Romería de Carla Simón
    Llúcia Garcia en la película Romería.

    Llúcia Garcia en la película Romería.

    Sin ataduras

    El segundo riesgo mencionado por la directora tiene que ver con la estructura del relato. Cuando la historia de Marina parece toparse con caminos sin retorno, la película se transforma y se convierte en un viaje onírico donde Marina y, con ella, la propia directora, se permiten imaginar lo que la memoria les negó. Ese giro, lejos de ser una concesión formal, es para Simón la única manera de abordar las grietas de una historia que no puede reconstruirse con documentos ni testimonios.

    “La película se quiebra y empieza otra historia dentro de la propia historia. Tenía mucho sentido, porque era una manera de hablar de cómo funciona la memoria. Cuando uno intenta reconstruirla a través de los otros, muchas veces no se puede. Y en el caso de historias teñidas de estigma y tabú, de sida, heroína, aún menos”.

    En las notas que acompañan el estreno, la directora escribe que, frustrada por no poder descubrir la verdad, se dedicó a crear la memoria que le faltaba. Ese acto de invención, que en la película se materializa en el giro poético del final, es también un acto de reparación.

    “A partir de ahí Marina se da cuenta de que puede imaginar todas las lagunas que hay en esa historia, y yo tenía el cine para crear esas imágenes”, señaló Simón sobre su protagonista. “Confiando en que si la protagonista nos llevaba de la mano, esto se sentiría como una liberación, como llegar a la conclusión de que la memoria no es objetiva y que uno puede imaginar una historia cuando la necesita”.

    Con Romería, Simón se consolida como una cineasta sin miedo a arriesgarse, capaz de transitar del naturalismo a una ensoñación que algunos críticos han denominado “realismo mágico gallego”. La directora describió ese acto de filmar los espacios donde vivieron sus padres como una experiencia reparadora, una conexión casi física con su pasado.

    “Ha sido una película muy liberadora”, explicó. “Una sensación de poder cerrar un capítulo y empezar cosas nuevas. La siento libre, hecha desde una libertad que creo que no me había permitido antes. Me ha quitado miedos. En la primera y la segunda película aún tienes muchos condicionantes que uno mismo se pone, una presión. Con esta, fue: “vamos a probar cosas”. Y esa sensación, cuando ya estás en la tercera, de que va a haber más, también te permite probar, entender que el cine es una búsqueda. Algunas cosas llegarán a buen puerto y otras no, pero si no te arriesgas, no hay hallazgos”.

    Carla Simón, directora española de cine
    La cineasta española Carla Simón.

    La cineasta española Carla Simón.

    El momento

    En un año en el que el cine español ha tenido una presencia histórica en Cannes —por primera vez tres películas compitieron por la Palma de Oro: Amarga Navidad de Pedro Almodóvar, El ser querido de Rodrigo Sorogoyen y La bola negra de Javier Calvo y Javier Ambrossi—, Simón reflexionó sobre lo que significa este momento.

    “Esa apertura y diversidad, que creo que es bastante nueva, es buena. El éxito de uno es el éxito de todos, porque sí que hay una sensación internacional con que algo está pasando en España. Hay una atención y un foco que son muy nuevos para nosotros. Esto hace años y años que no pasaba. Nuestro cine ha tenido un despertar muy tardío: cuando otros países estaban con grandes movimientos, nosotros estábamos en una dictadura que duró hasta el 75”.

    “Yo lo veo muy positivo”, agregó. “Nuestro cine no estaba viajando mucho, se veía básicamente en España. Hay algo generacional, y evidentemente viene por unas ayudas (estatales) que han apoyado a este tipo de cine, porque son muy frágiles. Mientras existan, esto pasa; y a la que dejen de existir, deja de pasar. Es así de sencillo. Me siento muy afortunada y creo que todos somos muy conscientes del momento en el que estamos”.

    Al finalizar el diálogo con Búsqueda, Simón aclaró el origen de los post-its que asomaban detrás de ella, a través de la plataforma de videoconferencia. Se trata de su próxima película: un musical flamenco que, según ha explicado, nace de la curiosidad que le despertó descubrir que su madre biológica era apasionada de este género. “Es un mundo muy complejo”, advirtió. El proyecto, aún en fase inicial de desarrollo, estará ambientado en el barrio barcelonés de La Mina. Antes del largometraje, ha realizado un cortometraje titulado Flamenco que sirve como exploración del tema.

    Los post-its de Romería ya fueron retirados. En su lugar se pueden encontrar algunas de las cajas de las ediciones físicas de sus tres primeras películas, recién llegadas de la distribuidora Elástica, que ha editado el tríptico de la memoria en Blu Ray. “Me hace mucha ilusión. Siempre es bonita la sensación de tener el objeto. Si no, es algo muy abstracto”, señaló al mostrarlas. Más que un objeto de colección, sostuvo un símbolo de clausura.