En la pampa, de Pedro Figari.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
En el primer piso del museo hay un texto del diario El Día donde dice: “Yo confieso llanamente que me siento atraído no sé por qué faz de la vehemencia de ese juego y tal vez inconscientemente he buscado argumentos que me sirvan de pretexto para alistarme en las filas de los taurófilos, no sin ciertas repulsiones intelectuales”.
Otros artistas, otros bichos
Nombrar a todos los artistas que integran La vida animal es arduo, pero hay que hacerlo. Ellos son:
Plácido Añón, Javier Bassi, Tomás Cacheiro, Rimer Cardillo, Marcelo Casacuberta, Ca_teter, Rosa Cazhur, Pedro Dalton, Eugenio Darnet, Lacy Duarte, Ana Feria, Nino Fernández, Oscar Ferrando, Domingo Ferreira, Antonio Frasconi, Horacio Guerriero (Hogue), Leonilda González, Anhelo Hernández, Ignacio Iturria, Linda Kohen, Camila Lacroze, Hugo Longa, Gerardo Mantero, Cecilia Mattos, Alberto Méndez, William Moreira Cruz, Gabriel Muguerza, Amalia Nieto, Jaime Nowinski, Juan José Núñez, Juan Pache, Carlos Palleiro, Juan Pedro Paz, Alda Pereira, Pedro Peralta, Octavio Podestá, Federico Rubio, Sebastián Sáez, Claudio Silveira Silva, Luis Solari, Gustavo Tabares, Alejandro Turell, Ainara van Alphen, Martín Verges y Gustavo Wojciechowski (Maca).
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Rocca señala que a mediados del siglo XX hubo una apertura hacia varias corrientes estéticas y que con esa diversificación de las miradas se empiezan a investigar otros lenguajes. “A partir de que los artistas tienen una visión variada de la vida animal, los seres humanos nos dedicamos a extinguirlos. A partir de la década del 50 a nivel global, comienza la gran aceleración que es la extinción masiva de especies animales, que se equipara a la extinción por motivos climáticos o naturales. Leyendo para esta muestra, me encontré que entre la década de los años 70 y la actualidad se estima que desaparecieron un millón de especies en el mundo”.
La vida animal es una galería de bichos de todo tipo: algunos mezclados con lo humano, también los hay oníricos, humorísticos y algunos un poco obscenos. “La variedad y la riqueza de nuestra imaginería zoomórfica son exponenciales. ¿Un desesperado intento de compensación del cada vez más solitario animal humano? Esta muestra pretende explorar las dinámicas de simbolización de lo animal en algunos renglones de las artes gráficas y plásticas locales. Aunque comprende cerca de 80 años —entre la obra más temprana y la más reciente—, es apenas una “instantánea” de una producción simbólica mayor, compleja, fantástica, inabarcable”, escribió Rocca para esta muestra.
Sebastián Sáez hizo recientemente un gran cuadro colorido que tiene como protagonista un aguará guazú, un zorro en vías de extinción que se cruzó en la ruta e inspiró su obra. En el otro extremo de la sala, un enorme búho negro de Amalia Nieto, pertenece a su serie Búhos. A su lado, Lacy Duarte recreó mulitas y caballos de madera, todo un símbolo de la infancia. Entre unos y otros aparecen los Bichos locos de Moreira Cruz, llenos de humor hechos con prismáticos, perchas y todo tipo de material de reciclaje.
La vaca Clorinda (que tiene su versión de cinco metros en la Facultad de Veterinaria) y el Toro, de Octavio Podestá, lucen relucientes. Mientras en otra sala una vaca de Gerardo Mantero luce sus partes interiores, y el Perro obsceno de Hugo Longa hace contrapunto con el Yaguareté de Gustavo Tabares y también con su Yarará.
Están los grabados de Claudio Silveira Silva, y su especial representación de las personas dentro de los animales, como el gran gallo que parado sobre casitas bajas parece albergar a seres humanos. Están los personajes de Pedro Dalton, en este caso monos elegantemente vestidos como humanos. Y está la terrible dualidad del torturador y torturado de Hogue, medio animal, medio hombre.
Hay delicadeza en la técnica textil de Ana Feria y en las acuarelas de Camila Lacroze. Y Ca_teter dibujó Paisaje con zorros, mientras que Ignacio Iturria está presente con sus elefantes en la obra Conversando.
Hay muchas más obras para ver y admirar en esta muestra que, como dice el texto curatorial, “pretende explorar las dinámicas de simbolización de lo animal en algunos renglones de las artes gráficas y plásticas locales. Aunque comprende cerca de 80 años —entre la obra más temprana y la más reciente—, es apenas una “instantánea” de una producción simbólica mayor, compleja, fantástica, inabarcable”. A Figari le hubiera gustado.
Obras de Amalia Nieto, Octavio Podestá y Lacy Duarte en La vida animal.
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Despedida y nuevos proyectos
Con La vida animal, Rocca se despide de la dirección del museo que ayudó a crear en 2009. En conversación con Búsqueda, recordó cómo fueron aquellos inicios, cuando María Simon, entonces ministra de Educación y Cultura, y Hugo Achugar, director nacional de Cultura, lo convocaron porque querían que Figari tuviera un museo. En ese momento él estaba a cargo de investigaciones en el Museo Nacional de Artes Visuales y había ganado un premio del MEC por un trabajo sobre Figari. Simón y Achugar habían empezado a conversar con el Banco Central, que desde 1995 otorgaba el Premio Figari, el más importante para las artes plásticas, que les dio en comodato por dos años una casa para abrir el museo.
Abrió sus puertas en 2010 en la casa de Juan Carlos Gómez que pasó a ser propiedad del MEC, y en enero de 2011 se votó una ley que lo declaraba museo, algo inusual en el país. Desde entonces, el museo ha administrado el Premio Figari que sigue financiando el Banco Central. Y desde entonces, Rocca ha dirigido el museo, que en 2025 tuvo una importante reforma.
“Con el equipo de trabajo tuvimos una impronta muy volcada hacia la investigación. También nos preocupamos por la conservación y las publicaciones. Fuimos generando un archivo y a la vez una red de archivos de Figari ya existentes”, recuerda Rocca. La obra y los documentos del artista están repartidos entre el Archivo General de la Nación, el Museo Histórico Nacional (Casa de Lavalleja), la Biblioteca Nacional y el Museo Blanes. “Nosotros relevamos y tratamos de articular la información, pero no pensando el museo como un reservorio de sus obras, aunque en su momento eso fue una discusión. Acá tenemos una porción de las obras de Figari, a la altura de la del Blanes, que tiene más óleos. Nosotros tenemos más dibujos, fotografías y archivos”.
Rocca, que es poeta y ensayista, dice que el museo ha sido en estos 17 años su principal ocupación y preocupación. Ahora pasará a la órbita del Instituto Nacional de Artes Visuales, y colaborará como asesor una vez por semana en el Museo Artes Visuales. Pero lo que más le interesa es retomar un proyecto que empezó en 2008 y se llamó Arte otro. “Hice un libro en el 2009 sobre artistas fuera del circuito de difusión, algunos de instituciones psiquiátricas, otros de arte naif que tienen un valor estético. Mi idea es fortalecer ese proyecto y llevarlo a nivel público o institucional”. Rocca ha recibido donaciones de familiares de esos artistas y ahora quiere continuar con el relevamiento en todo el país que había interrumpido en estos años.
“También quisiera hacer un museo fuera de Montevideo sobre las artes singulares, por llamarlo de alguna forma. Son expresiones que en otros países tienen otro reconocimiento. En Francia hay museos de art brut, y el arte naif tiene mucha prédica, hay galerías que lo trabajan. Acá en Uruguay parecería que esas formas expresivas de autodidactas no existieran, y existen y son realmente importantes y las estamos obviando”.
Sobre cómo se siente al abandonar el Figari, Rocca dice que está un poco cansado por lo que implica administrativamente el cargo. “Creo que los cargos de dirección no pueden ser muy largos. A veces cinco años no son suficientes, pero cuando ya van 10 años, ya se desarrolló un proyecto”.
En agosto, Mercedes Bustelo, que dirigió el Museo Zorrilla y ha trabajado en la Dirección Nacional de Cultura, asumirá como la nueva directora del Museo Figari.