Considerado una de las grandes voces de la literatura en lengua alemana del siglo XX, galardonado con el Premio Nobel en 1929, Thomas Mann (1875-1955) fue más que el autor de obras fundamentales como La montaña mágica o Muerte en Venecia.
El cineasta polaco Pawel Pawlikowski elude la trampa del biopic en una película seca y refinada sobre el retorno del escritor premio Nobel a su país luego de huir del nazismo
Considerado una de las grandes voces de la literatura en lengua alemana del siglo XX, galardonado con el Premio Nobel en 1929, Thomas Mann (1875-1955) fue más que el autor de obras fundamentales como La montaña mágica o Muerte en Venecia.
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El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl escritor también encarnó la figura del gran intelectual burgués e ilustrado de Europa, con una autoridad moral e influencia cultural por fuera de los libros. Su oposición al régimen de Adolf Hitler lo obligó a abandonar Alemania en 1933, iniciando un prolongado exilio que lo llevaría finalmente a radicarse en California, Estados Unidos. Allí continuó denunciando al nazismo y hasta llegó a proclamar una sentencia tajante y hoy celebre: “Donde yo estoy, está Alemania”.
En el verano de 1949, a los 74 años, convaleciente de una operación pulmonar y tras 16 años de destierro, Mann decidió emprender el regreso a un país completamente transformado. El viaje tenía como motivo oficial participar en los actos por el bicentenario del nacimiento del escritor Johann Wolfgang von Goethe, pero para la opinión pública internacional representaba la reconciliación del mayor símbolo vivo de la cultura humanista con una patria destruida.
La Alemania a la que regresaba el novelista ya no era el imperio de su juventud ni la metrópolis cultural de la República de Weimar, sino un territorio en ruinas por la Segunda Guerra Mundial, cargado de culpa colectiva y dividido por la ocupación militar de las potencias vencedoras.
Cuando los productores italianos Mario Gianani y Lorenzo Mieli le hicieron llegar al cineasta polaco Pawel Pawlikowski la biografía The Magician escrita por Colm Tóibín para adaptarla al cine, el director rechazó la propuesta. En una era de biografías dramáticas a mansalva, se negó a filmar una cronología enciclopédica sobre una vida célebre.
Sin embargo, dentro de la obra identificó un episodio capaz de sintetizar aquel colapso de una nación y un siglo en curso: el recorrido realizado por Mann a través de la Alemania dividida de 1949. En la realidad, el itinerario del escritor se había extendido durante varias semanas por ciudades como Zúrich, Fráncfort, Stuttgart, Múnich, Núremberg y Weimar, a bordo de un imponente automóvil Buick negro conducido por un chofer suizo y en compañía de su esposa, Katia Mann.
Para convertir esa travesía en su propio dispositivo cinematográfico, Pawlikowski apeló a la depuración. Redujo la extensa travesía a una road movie concentrada de solo cinco días, trazando una línea directa entre Fráncfort, corazón del sector ocupado por el Ejército estadounidense, y Weimar, bajo el control soviético.
El proyecto llegó a manos de Pawlikowski tras un período de frustración creativa provocado por la suspensión de The Island, un largometraje cuyo rodaje debió colapsar apenas dos semanas antes de iniciar la filmación en Estados Unidos debido a la huelga de actores en Hollywood. Aquella interrupción obligó a un rápido cambio de rumbo y un año y medio después ya había completado el desarrollo de producción y la rescritura de su nueva película.
Bajo la misma economía formal que pulió en Ida (2013), la película que lo llevó al estrellato cinematográfico internacional, el cineasta decidió prescindir de narraciones expositivas o explicaciones didácticas disfrazadas de diálogos. Para él, esta travesía en auto reducida debía encontrar, en cada detención en puestos de control militar, estaciones de servicio improvisadas o banquetes oficiales, los puntos esenciales de un mapa bajo una geografía arrasada física y moralmente.
Pawlikowski halló en este viaje de 1949 una forma de analizar las tensiones del presente. La posguerra europea, fracturada entre la hegemonía estadounidense y el expansionismo soviético, le ofreció al director un marco ideal para examinar la pérdida de consensos culturales, la polarización de discursos y la incapacidad de la propaganda ideológica para contener la complejidad humana.
El estreno de Tierra de mi padre, ganadora del Premio a la Mejor dirección en el Festival de Cannes, completa así un imperdible tríptico del realizador sobre los desplazamientos, la culpa y las cicatrices de la Europa de posguerra, iniciado una década atrás con Ida y continuado con Cold War (2018).
El método de producción de la película se caracterizó por una rescritura constante en el propio set de rodaje. Pawlikowski adoptó una rutina de trabajo dividida en cinco días de filmación y una sexta jornada destinada exclusivamente al montaje paralelo con sus editores, lo que le permitía ajustar la cadencia del filme sobre la marcha, desechar pasajes explicativos e inventar secuencias intermedias.
Y en el centro visual y dramático de la ruta se ubica el imponente Buick negro de 1949. Basándose en los registros fotográficos reales del arribo de Mann a Fráncfort, Pawlikowski concibió el vehículo como una cápsula espacial desde la cual los viajeros observan el paisaje en ruinas de una civilización en escombros.
Pero para espesar el aire dentro del habitáculo, el director introdujo dos desvíos sobre el registro histórico. Cambió a la esposa del novelista por su hija Erika —rescatando el dato de que fue pilota de ralis y mecánica en los años 20— y adelantó el suicidio de Klaus, ocurrido en realidad en Cannes meses antes, para sincronizarlo con la gira. El Buick se vuelve de este modo un coche fúnebre rodante: un habitáculo hermético donde el padre y la hermana cargan, cada uno a su modo, con el peso de una pérdida que duplica la ruina de afuera.
Con una duración de apenas 82 minutos, Tierra de mi padre propone su inmersión apelando a una contemplación casi siempre austera, sin estridencias o diálogos sobrexplicativos. De hecho, quizás se maneje más de lo que se habla en la película. Sobresale, entonces, gracias a una sobriedad implícita que avanza con un ritmo pausado pero con una densidad innegable. Pawlikowski renuncia a los arcos dramáticos clásicos y se acerca más a la naturaleza de una novela breve o hasta de un cuento.
La elegancia plástica del filme descansa en la dirección de fotografía de Lukasz Zal, apoyada en un blanco y negro de tonos suaves y en el empleo de la relación de aspecto de formato cuadrado. La puesta en escena rechaza la cobertura clásica de plano y contraplano, diseñando cada secuencia alrededor de una única imagen fija de gran fuerza fotográfica. Tampoco apela a una banda sonora incidental compuesta, ya que toda la música es estrictamente diegética e integrada desde el guion, abarcando desde piezas de Johann Sebastian Bach hasta canciones populares del período nazi con arreglos del pianista Marcin Masecki.
Esta austeridad encuentra un diálogo con el dilema que persigue a Mann a lo largo de la carretera. Atrapado en la encrucijada geopolítica formulada de manera sintética como la elección entre “Stalin o Mickey Mouse”, el autor intenta sostener una posición de neutralidad fundada en la idea de que la gran literatura trasciende las fronteras ideológicas. Sin embargo, el filme también explora cierta inoperancia de esa postura, donde las solemnes proclamas del Nobel sobre Goethe chocan contra la incomprensión de una población absorbida por la reconstrucción material o alineada con la propaganda de las potencias de ocupación.
El automóvil se transforma así en el refugio de un intelectual que descubre que ya no posee una patria real a la cual retornar, y el eje dramático sobre el cual gravita la película descansa sobre todo en ese binomio interpretativo compuesto por Sandra Hüller y Hanns Zischler.
La contratación de Hüller para encarnar a Erika Mann fue definida por Pawlikowski como una condición indispensable para llevar adelante la película. La actriz alemana compone un personaje complejo y dinámico, secretaria abnegada, periodista mordaz, expilota y sostén emocional del patriarca, con una contención interna que renuncia al desborde melodramático. Su actuación le da a la película su centro afectivo más intenso, explorando las fisuras de una mujer dividida entre la devoción por la figura pública de su padre y la devastación secreta por la muerte de su hermano Klaus.
Frente a ella, el veterano actor y ensayista Hanns Zischler asume el papel de Thomas Mann y aporta presencia, cierta distinción de la vieja escuela y una distancia con su hija al parecer muy afín a la personalidad real del escritor. En los sutiles instantes de intimidad entre ellos es que quiebran la imagen monumental del prócer literario y aparece la fragilidad física y el desamparo de un autor que observa la desintegración de su mundo.
Lejos de buscar el impacto fácil, Tierra de mi padre prefiere la contención y confía en la sensibilidad de una mirada paciente. En medio de una Alemania destruida, el viaje de Thomas Mann se convierte en la insistencia de una voz de la cultura que intenta decir, y sentir, algo de peso sobre tantos escombros.