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El tablero lo pateó hace unas semanas Matt Damon, quien reveló públicamente la lógica interna de Netflix mientras promocionaba su propia película, The Rip, de la plataforma: adaptar las películas a un público distraído, priorizando acción inmediata y diálogo redundante. Sus dichos se propagaron en la industria como los agentes de ICE sobre ciudadanos estadounidenses, confirmando una información pública pero poco conocida.
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El ensayo Casual Viewing de Will Tavlin, publicado en n+1 en 2025, describe cómo Netflix, desde su fundación, ha desmantelado la cultura cinematográfica tradicional. Su modelo se basa en contenido desechable, datos opacos y una relación parasitaria con espectadores distraídos, midiendo el éxito no por la calidad o el impacto cultural, sino por la retención de suscriptores y la ilusión de consumo creada con métricas engañosas.
En Uruguay, estas preocupaciones encontraron otro interlocutor durante la 16ª edición del José Ignacio International Film Festival (JIIFF) en su invitado estrella: Willem Dafoe. El actor estadounidense visitó el balneario uruguayo para presentar The Souffleur, del argentino Gastón Solnicki. Durante un encuentro con la prensa respondió a una pregunta de Búsqueda sobre los cambios que atraviesa la industria y la posible fusión Warner-Netflix, reflexionando sobre cómo las nuevas formas de consumo afectan la experiencia cinematográfica.
En la conferencia, Dafoe destacó que la presencia del espectador sigue siendo clave. “Tenés que estar presente para ganar”, dijo, citando un letrero de casino, y señaló que las películas más desafiantes despiertan la mente y el sentido de asombro. Subrayó que el cine no es solo narrativa, sino también un espacio compartido donde la proyección colectiva genera comunidad, un valor que se pierde cuando la atención se fragmenta frente a pantallas múltiples.
Embed - Trailer de The Souffleur subtitulado en español (HD)
El actor reconoció que la distribución actual, especialmente de películas menos comerciales como The Souffleur, probablemente las llevará a plataformas digitales, pero subrayó que la experiencia en salas sigue siendo insustituible. La película sigue a Lucius Glantz, gerente del emblemático hotel Intercontinental de Viena, quien se enfrenta a la amenaza de perder su hogar frente a un desarrollador que busca demolerlo. Solnicki pretende sumergir al espectador en la paranoia de su protagonista y ofrecer un estudio de personaje, combinando a Dafoe con un elenco de no actores y escenas surrealistas. No se logra de manera plena.
En su entrevista con Galería, Dafoe explicó que actuar no se trata de emociones ni de reconocimiento, sino de acciones concretas y de estar presente en cada momento: “Todas estas cosas te liberan, y de verdad podés lograr eso que necesitás, hacer como que fuera tu primera vez. Y ese es el corazón de la actuación, particularmente en el teatro”. Para él, el contacto directo con la película y con otros espectadores es esencial.
Dafoe llegó a José Ignacio con esa mezcla de intensidad y travesura que lo ha hecho famoso. Nacido William en Wisconsin, su formación se forjó en el teatro experimental de Nueva York, donde aprendió a moverse, jugar con la escena y no tomarse nunca demasiado en serio. Más de 150 películas después, su carrera lo ha llevado del cine de autor radical a los grandes estudios de Hollywood. A sus 70 años, Dafoe persigue ahora proyectos como The Souffleur, que le permitan explorar lo desconocido y mantener cierta autenticidad en su actuación. Esa libertad creativa que, si bien lo impulsa, también puede ser un arma de doble filo.
En el Pavilion VIK, donde The Souffleur se proyectó en función doble el pasado domingo, Dafoe fue el invitado de honor que, con un encanto natural, capturaba la atención de la multitud: su sonrisa amplia y contagiosa, junto a gestos de inocencia y picardía, mantenía a los espectadores cautivos antes y después de la proyección.
Gaston Solnicki y Willem Dafoe
Adrián Echeverriaga
La experiencia social de ver a Dafoe
Durante su visita, los organizadores se convirtieron en los magos que controlaban cuándo y cómo los espectadores podían verlo. Un conejo que aparecía en la galera solo cuando ellos lo decidían. En sus intervenciones frente al público uruguayo, Dafoe compartió la sabiduría que lo guía desde su experiencia teatral: entregarse al proceso, seguir la línea general que propone el director, jugar con las situaciones y mantenerse abierto a lo inesperado. “Cuando me aplico para hacer manifiestas las cosas que quieren ver o los lugares a los que quieren ir, soy libre y flexible”, explicó. “Ahí es donde ocurre un salto mágico… un sentido de asombro que es lo más alto que las películas pueden hacer, porque nos permiten pensar en otras posibilidades”.
La proyección de The Souffleur puso en evidencia la tensión entre la expectativa generada por la presencia de Dafoe y el carácter experimental de la película. La obra, introspectiva y de desarrollo pausado, evita las convenciones narrativas tradicionales, y ese contraste se reflejó en una recepción tibia. Aunque el público no veía al actor durante la proyección, la atención hacia su figura y su reputación permeaba la experiencia.
El público del festival mostró, así, un fenómeno paradójico. La película funcionó más como pretexto para la experiencia social de ver a Dafoe que como objeto de análisis cinematográfico. Las calificaciones publicadas en Letterboxd, una plataforma donde los espectadores valoran y comentan películas, fueron bajas, pero la interacción con el actor generó entusiasmo y relatos de valor extratextual que eclipsaron la obra. El evento mostró cómo una estrella puede trasladar la atención hacia la experiencia colectiva, incluso cuando el contenido no satisface las expectativas.
Veiroj en el horizonte
Mientras tanto, Dafoe y Solnicki no se detienen en José Ignacio. Parten a Buenos Aires para presentar The Souffleur en el Malba. Además, el actor dejó entrever su curiosidad por la escena local. Según informó la diaria, ha mantenido contacto con el cineasta uruguayo Federico Veiroj, con quien podría trabajar en un futuro proyecto.
Aunque su presencia podía parecer espontánea, Dafoe visitó Uruguay con un blindaje deliberado, acompañado solo de su esposa y su suegra, mientras su equipo coordinaba todo tras bambalinas. Su blindaje no es solo físico, sino también artístico: durante el rodaje de The Souffleur, Dafoe se esfuerza por “volverse invisible”, cediendo protagonismo a los no actores y respetando la atmósfera documental de la película.
La elección de residir fuera del bullicio de Hollywood, su rutina disciplinada de yoga, el cuidado de animales y el rechazo a considerarse una estrella lo convierten en una rareza. Una que quizás volvamos a ver más pronto que tarde.