Uruguay mantiene un vínculo estrecho con su vecina Argentina, que oscila entre el cariño y las peleas

Desde la lucha de puertos hasta la actualidad, los dos países se debaten el origen del mate, el dulce de leche y otros elementos para construir sus identidades.

"¡Ah, argentino!", le dicen en Europa, en Estados Unidos, en casi cualquier lugar del mundo cuando lo escuchan hablar. “No, uruguayo”, responde el turista que nació del otro lado del Río de la Plata. Y responde así, en seco. Con rabia, en general. Con gestos de antipatía. Podrían ser dos hermanos gemelos que solo entre sí mismos se distinguen. Pero no, gemelos no, porque uno es más grande que el otro y porque se criaron con algunas diferencias. Quizás solo hermanos: a veces se pelean, otras se aman.

Así son “los uruguayos” y “los argentinos”. Entre comillas, porque es difícil definir esos conceptos. Dentro de Uruguay conviven distintas realidades, costumbres, personalidades. No es lo mismo un montevideano que un riverense o un sanducero. Y en Argentina la diversidad es aún mayor: desde porteños hasta sanjuaninos, cordobeses, entrerrianos, pampeanos y la lista sigue.

Las hermandades y rivalidades más evidentes se producen entre las capitales, las metrópolis: Montevideo y Buenos Aires. El licenciado en Letras, doctor en Sociología y escritor argentino Pablo Alabarces dijo a Galería que en ambas orillas del Río de la Plata existe una “pretensión excesiva, muy metropolitana, centralista, ombliguista, según la cual ‘uruguayos’ quiere decir ‘montevideanos’ y ‘argentinos’ quiere decir ‘porteños’”. Y añadió: “No creo en esa trampa”.

El sociólogo uruguayo Ricardo Klein coincide con esta visión reduccionista de referirse a cada país para hablar de su capital. Pero sí reconoce ciertas rivalidades que se extienden más allá de las metrópolis. La principal: el fútbol. Un enfrentamiento que se da porque tanto la selección argentina como la uruguaya han tenido éxito en este deporte a lo largo de la historia. Porque en general son partidos reñidos, en los que ambos equipos tienen las mismas chances de ganar.

Encuentros y desencuentros. El Río de la Plata separa a los dos países y en la historia fue motivo de grandes disputas. Puede que ese sea el origen de las rivalidades. El historiador Gerardo Caetano abordó este tema en un artículo de 2015 titulado Identidades y alteridades en el Río de la Plata. Una visión desde la banda oriental del “río mar”. Allí se refirió al territorio llamado Cuenca del Plata, que presentaba dos polos: uno hegemónico conformado por Argentina y Brasil, y una zona de frontera integrada por Bolivia, Paraguay y Uruguay. Los que se disputaban el liderazgo de la región eran los Estados más grandes, Argentina y Brasil, en un conflicto que se extendió hasta la década de los 80 del siglo XIX. Los tres Estados frontera adoptaron un rol pendular, oscilando entre los dos gigantes.

Uruguay tenía cierto privilegio natural, al ubicarse en la desembocadura del río. Desde allí podía obtener conexión directa con otros países, más allá de la región en disputa. Pero los tres países de esa zona de frontera se volvieron claves para Argentina y Brasil, que peleaban por su apoyo para ganar liderazgo. Estos conflictos desembocaron en la Guerra de la Triple Alianza entre 1865 y 1870, que tuvo como resultado la obtención de la libre navegación de los ríos interiores.

Por esa época sucedió también la lucha de puertos y Uruguay, con un codiciado puerto natural, se enfrentó de manera directa con Argentina. Citado en el artículo de Caetano, el exmiembro de la Cámara de Diputados argentina y autor intelectual de la Constitución de 1853 de ese país, Juan Bautista Alberdi, decía en la primera mitad del siglo XIX: “Montevideo tiene en su situación geográfica un doble pecado y es de ser necesario a la integridad del Brasil y a la integridad de la República Argentina. Los dos Estados lo necesitan para complementarse. ¿Por qué motivo? Porque en las orillas de los afluentes del Plata, de que es llave principal el Estado Oriental, están situadas las más bellas provincias argentinas. El resultado de esto es que el Brasil no puede gobernar sus provincias fluviales sin la Banda Oriental; ni Buenos Aires puede dominar las provincias litorales argentinas sin la cooperación de esa Banda Oriental”.   

Para Caetano, aquella región de conflictos dividida en países hegemónicos y de frontera y los conflictos geopolíticos desencadenaron cambios de paradigmas en toda la Cuenca del Río de la Plata. El Mercosur y sus disputas son ejemplo de ello. “Ese proceso de cambio geopolítico en el Cono Sur sigue siendo un elemento fundamental para entender la situación contemporánea de las identidades y alteridades de argentinos y uruguayos, aunque con asimetrías fuertes en su relación recíproca. En ese sentido, parece obvio el señalamiento de que la relación bilateral entre Argentina y Uruguay es un asunto mucho más relevante para los uruguayos”, afirmó el historiador en su artículo.

Identidad. Si se habla de hermanos, Uruguay es el más chico. Esto es literal, por su territorio, por su cantidad de habitantes, por su tamaño de mercado. Y no solo es más chico que Argentina, sino que casi todos los países de Sudamérica. Por eso su afán de diferenciarse del resto, de construir su propia identidad nacional y de captar las miradas de afuera, de influir. El pequeño país quedó con dos vecinos, pero con uno de ellos la diferenciación se dio de forma natural. En Brasil se habla otro idioma, el portugués, se comen otras cosas, existen costumbres diferentes.

En Argentina, en cambio, se habla un castellano casi idéntico al de los uruguayos. Y, de nuevo, las similitudes más grandes se dan entre los porteños y los montevideanos. Los dos pronuncian la “ll” y la “y” como “sh”, los dos usan el voseo. Pero casi que basta con una palabra para que el uruguayo se distinga: “ta”. Para todo, el uruguayo usa el “ta”, y es el único que goza de una palabra tan simple y con tantos usos. Pero los elementos que lo asemejan a Argentina son muchísimos: el mate, el dulce de leche, el asado, el fanatismo por el fútbol, los consumos culturales. 

La tendencia a reducir Uruguay a Montevideo y Argentina a Buenos Aires hace que en otros departamentos uruguayos o en otras provincias argentinas también se rechace al capitalino. “Siempre hay una tensión entre las regiones y el poder central. Dicho en términos muy básicos, a nosotros de repente nos caen simpáticos los argentinos, pero no los porteños. Y ese sentimiento se reproduce en Santa Fe o en Córdoba. Lo que pasa es que Santa Fe y Córdoba son parte de la Argentina. Y para nosotros o una parte de nosotros se convirtió en parte de la identidad nacional ser antiporteños”, dijo a Galería el profesor de Historia y diplomado en Historia Económica Gabriel Quirici.

Existen también algunas ideas o estereotipos asociados a las capitales de Uruguay y Argentina que, de un lado y otro, tienden a asociar con el país entero. “Argentina” es Tinelli y “Uruguay” es Natalia Oreiro. De todos modos, el hermano menor siempre consumió muchísimos de los productos culturales y de entretenimiento del mayor. Esto, según Alabarces, responde simplemente a que en su país “hay una mayor capacidad de producción, por una simple cuestión de mercado”. Las discusiones en torno al origen del mate, el dulce de leche o el nacimiento de Gardel, por ejemplo, son “pintorescas” desde la óptica del sociólogo argentino. Alcanzan apenas para “hacer un par de chistes”, opinó.

Tanto en la cultura como en el turismo, muchos montevideanos tienden a compartir cierto “rechazo” hacia lo porteño. Un “antiporteñismo”, según Quirici. Hay cosas que a los uruguayos de la capital les parecen “horribles” pero, a su vez, les atrae mirar. Tinelli es un ejemplo, pero también lo son sus noticias, su realidad, que desde Uruguay se percibe como caótica o desordenada. Eso resulta “espectacular”, explicó el profesor de Historia. “¿Pero cuántas y cuántos uruguayos que tienen una misma formación común van a Buenos Aires y triunfan? Porque tenemos una raíz común que es innegable. Diferenciarnos es medio una locura”, agregó.

Amores y odios. Está la creencia de que los argentinos los quieren mucho a los uruguayos. Porque siempre que sale en los medios una vedette, un actor u otra celebridad del hermano mayor en territorio del menor, se muestra feliz y agradecida. Sin embargo, el uruguayo, no en los medios pero sí en su casa, en reuniones familiares, frente al televisor, en las redes, expresa cierto rechazo al argentino, en particular al porteño. Esto a veces se reduce a que los argentinos “aman” a los uruguayos, pero los uruguayos “odian” a los argentinos.

Según Klein, esa historia de amores y odios es “un mito”. “Me parece que no es tan así, aunque sí está claro que uno crece con esa idea de los odios. Nos acercamos muchísimo más que lo que nosotros pensamos. De hecho, hay una colectividad muy importante de uruguayos en Argentina, en Buenos Aires. Cuando uno va a Buenos Aires, quizás ahí, en términos más prácticos, ‘siente’ que nos quieren más ellos a nosotros. El típico viaje en taxi en Buenos Aires y que en seguida se den cuenta y te digan: ‘Ah, uruguayito’. Hay un cierto cariño. Quizás a nosotros nos cuesta más reconocer ese amor que tenemos por los hermanos argentinos”, reflexionó.

Espejos. Los sistemas políticos de Uruguay y Argentina son también parecidos. Partidos políticos, revoluciones, cambios que coincidieron en el tiempo. Es que Argentina actúa, según Quirici, como un “espejo” para Uruguay. Algunos uruguayos usan ese espejo para corregirse, para evitar la imitación, en un “antiargentinismo exagerado”, dijo el profesor de Historia. Otros, en cambio, quieren aprender, tomar lo positivo para crear sus propias versiones.

Los argentinos manifiestan reacciones más fuertes ante las decisiones políticas de sus líderes de gobierno. Con más frecuencia que en Montevideo, en Buenos Aires ocupan las calles, realizan marchas, toman las plazas. Reacciones que, cuando resultan en cambios positivos, Uruguay las envidia. Pero cuando resultan en caos y violencia, se toman como aprendizaje para que no ocurra lo mismo.

El espejo del Río de la Plata es histórico. Desde hace siglos existe una correlación entre lo que pasa en una y otra orilla. El presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento, pilar fundamental para el acceso a la educación, fue contemporáneo del uruguayo José Pedro Varela. Incluso Varela tomó como referencia a Sarmiento. Argentina vivió el peronismo como uno de sus períodos políticos más memorables de la historia reciente. Y Uruguay no tuvo algo similar a esa corriente. Incluso se generó, de parte de una elite montevideana, un “antiperonismo”, recordó Quirici. El fenómeno, según el profesor de Historia, se repite en la actualidad, aunque con algunas variantes, con el kirchnerismo argentino. “Los miramos y decimos que no los entendemos por su escala, por su dimensión, pero son procesos cercanos a nosotros. En la sensibilidad, en los discursos políticos”, añadió.

Quirici reflexionó respecto a esa metáfora del espejo y dijo que se trata de un elemento que puede reflejar “luces y sombras” de lo que uno es. “Hay quien mira ese espejo con un complejo muy nacionalista ante los argentinos, hay gente que la mira como para imitarla, que me parece que es imposible, y otros con más criterio ven que, en realidad, somos una región común, con sus matices”, dijo.

¿Pero Argentina dirige la mirada hacia este lado del río? Es una pregunta que a Uruguay, como hermano menor, le preocupa. Quiere ser visto, reconocido, considerado y, por su tamaño, tiene más trabajo que hacer para lograrlo. Una noticia reciente que levantaron varios portales argentinos fue el regreso del jugador de fútbol Luis Suárez a Uruguay para jugar en el Club Nacional de Fútbol. Y cuando esas cosas pasan, según Quirici, el paisito queda con la sensación de que “existe”. Sin embargo, cuando el hermano mayor mira al menor, este último lo enfrenta, le saca su espada de rivalidad. Y esto en el fútbol se refleja a la perfección.

En su artículo, Caetano también se refirió al concepto de “espejo argentino”, que definió como una “alteridad real y también inventada para cimentar la identidad uruguaya”. Pero ese reflejo, según el historiador, puede devolverle a Uruguay “su mejor versión, algunas pistas centrales para encontrar un futuro mejor”. Aclara que lo mismo puede ocurrir a la inversa.

El hermano mayor es durante un tiempo el rey de la familia, el malcriado. Hasta que llega el menor y, en general, su actitud puede tomar dos posturas: sobreprotección o ataques de celos. En este caso se dice que el hermano menor es tranquilo, solidario, bueno. El mayor, en cambio, soberbio, prepotente. Pero eso es según quién lo diga. Al fin y al cabo, son hermanos: a veces se pelean, otras se quieren.