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Los Juegos Olímpicos han sido, históricamente, fuente de historias. Historias de vida, de superación, de dolor y resiliencia. En Río 2016, una las historias que trascendieron fue la del regatista argentino Santiago Lange, que con 54 años ganó, junto a la rosarina Cecilia Carranza, el oro olímpico en la clase Nacra 17, a bordo de un catamarán. Pero su popularidad no fue por ser el atleta más veterano en esa categoría. Tampoco era la primera vez que competía a nivel olímpico. De hecho, Lange ya había ganado el bronce en la clase Tornado en Atenas 2004 y en Pekín 2008, con Carlos Espínola como tripulante, y varias medallas en los campeonatos Panamericanos y europeos.
Lo que generó más repercusión fue su historia personal: un año antes de Río 2016, mientras se preparaba para participar, a Lange le habían diagnosticado cáncer de pulmón. Debía operarse y él no quería, pero finalmente le extirparon medio pulmón. Si alguien hubiera creído que eso era el final de una carrera deportiva, para Lange eso no fue una opción. A los pocos días de la operación comenzó a entrenarse, de a poco primero y muy duro después. Quería competir en Río. Y fue después de superar el cáncer que le llegó la medalla dorada.
Pero Lange es más que una historia. Es también un deportista muy respetado desde hace varios años. El argentino no solo compite sino que además estudió Arquitectura Naval en la Universidad de Southampton, Inglaterra, y como tal diseñó los veleros Optimist Lange, que se construyen desde 1986 y ganaron siete veces la Copa del Mundo.
Para empezar este 2017, el regatista visitó Punta de Este, como lo ha hecho muchas veces en su vida, pero en esta oportunidad fue el protagonista de un homenaje que le hizo el Yacht Club Punta del Este. Una hora antes de la ceremonia, Lange habló con galería sobre su periplo hacia los Juegos Olímpicos de Río 2016, los desafíos de su enfermedad y lo que significó compartirlos con dos de sus cuatro hijos, los velistas Yago y Klaus, que también compitieron juntos en Río 2016 pero en otra categoría.
—Practica vela desde niño y fue campeón nacional de Argentina de la clase Optimist en 1976, a los 15 años. ¿Quién lo acercó a la vela?
—Mi padre navegaba mucho y yo iba desde muy chiquitito. La primera regata la corrí a los seis años con mi hermano, que necesitaba un reemplazante. ¡Y yo no sabía navegar! Después, a los ocho años, empecé a navegar en optimist. Los optimist comenzaron a llegar a Argentina en ese momento, y así que empezamos a navegar. En aquellos primeros años, los que navegábamos esos barcos todo el año éramos solo dos personas.
—Además de regatista es arquitecto naval y diseña veleros Optimist Lange. ¿Qué particularidades tiene su modelo?
—Fue un proyecto que empezamos hace muchos años con los hermanos (Gabriel y Guillermo) Mariani (dueños de la empresa King Marine, que fabricó, por ejemplo, una embarcación en la que compitió el rey Juan Carlos en una regata). En aquel momento, el optimist se podía diseñar e hicimos un barco muy exitoso. Fue de diseño mío y formamos un astillero; resultó una experiencia de vida increíble. Nuestros barcos ganaron muchos campeonatos del mundo.
—¿Se sigue fabricando el Optimist Lange?
—Sí, pero ya no tengo nada que ver; soy el dueño de la marca y de su tecnología, pero vendí el astillero.
—¿Sabe cuántos barcos lleva construidos?
—Miles. Cuando teníamos el astillero construíamos 600 por año y empezamos en 1986, así que son muchos.
—¿Cómo conjuga su faceta de regatista con la de arquitecto?
—Me recibí en Inglaterra y trabajé allá. Después formé esa empresa (la que creó su línea de barcos) y en los 90 empecé a ser profesional de la vela, así que tenía las dos cosas. Entre 1996 y 1997 vendí el astillero y me dediqué a ser navegante profesional. Mi trabajo es más la competencia en la Copa América o la vuelta al mundo.
—¿O sea que en estos 20 años ha sido 100% regatista?
—Lo que pasa es que después evolucioné a equipos grandes (de competencia de regatas), y desde allí estoy relacionado con los dos aspectos: soy parte del equipo deportivo y parte del equipo de diseño. Mi rol normalmente es la relación entre un equipo y otro, porque entiendo los dos lenguajes.
—Previo a Río 2016 debió enfrentar un cáncer. ¿Repensó su vida de alguna manera?
—La verdad que casi nada (risas). Obviamente, es un aprendizaje, pero no cambié mucho. Tengo la suerte de hacer lo que me gusta. Soy un apasionado de lo que hago y sigo siendo igual. La enfermedad fue simplemente un obstáculo, un año especial, pero no lo viví como una circunstancia crítica. Lo viví como algo que pasó y que debía superar. Siempre agradezco ser deportista, porque estamos entrenados para superar obstáculos, sobre todo en nuestro deporte, que está tan relacionado con la naturaleza, con el viento y el mar, que se imponen caprichosamente.
—¿Hay algo que haya aprendido haciendo vela y que haya usado para enfrentar la enfermedad?
—Muchísimo. Nuestro deporte es muy especial para eso, porque templa el espíritu y ayuda a superar adversidades. Cuando estás en una tormenta en el medio del mar no podés decir “me bajo, no quiero jugar más”. La vida tiene muchas similitudes con nuestro deporte y una es esa. Frente a la adversidad había que superarla, y superarla bien, con un proceso, tomando decisiones. Quizás lo más importante fue tomar la decisión de operarme, y después de recuperarme lo más rápido que pudiera.
—La operación fue justo el día de su cumpleaños, el 22 de setiembre de 2015. ¿Fue casualidad?
—Sí. Yo no me quería operar. Es decir, quería saber muy bien por qué me operaba. Pero llegó un momento en que no había salida, así que cuando tomé la decisión quería que fuera lo más rápido posible; quería ya dar vuelta la página y mirar hacia adelante. Entonces el médico abrió la agenda y señaló le fecha de mi cumpleaños. Justo coincidió, y no me importó.
—¿Cómo fue el tratamiento y cuánto duró?
—Gracias a Dios no tuve que hacer ni quimio ni nada de eso. Solo me sacaron el lóbulo superior izquierdo del pulmón, que obviamente para un deportista es algo muy importante. Tuve la suerte de que me dejaran el lóbulo inferior, pero igual me cuesta. ¡Y participé en los Juegos a menos de un año de la operación!
—¿Los médicos lo alentaban a que retomase la actividad deportiva o que llevase una vida más tranquila?
—Me operé en Barcelona y por suerte la filosofía de los médicos coincidía con la mía. Muchas veces la cura está en la actitud mental, y tratar de hacer cosas; el cuerpo es sabio. Lo digo con mucho respeto y cuidado, porque supongo que habrá veces que no es así. Me acuerdo de que la operación duró ocho horas, y a la mañana siguiente, cuando estaba en terapia intensiva, vino el médico y me dijo: “¿Ya caminaste?”. ¡Pero yo no podía ni moverme! Ellos me empujaron mucho, los cinco días que estuve en el sanatorio me preguntaron cuánto ejercicio había hecho. Tenía un fisioterapeuta y de entrada tuve mucho apoyo.
—¿Siente dolor, de alguna forma, en su actividad?
—No, estoy perfecto. Fue todo superrápido, a los cinco días estaba de vuelta en casa y ese día empecé a caminar cinco kilómetros. Al día diez empecé a andar en bicicleta. Entre el día 10 y el 30, que fue cuando me dejaron viajar en avión, ya había pedaleado 450 kilómetros.
—¿Ya pensaba en competir en Río?
—Sí. Obviamente que cuando me descubrieron el nódulo mi prioridad estaba en la salud. Pero ya estaba pensando en los Juegos, aunque no sabía si iba a llegar.
—Con un entrenamiento tan duro, ¿no tuvo miedo de sobreexigir su cuerpo?
—Alguna vez sí, debo ser honesto. Por ejemplo, a los 15 días de la operación empecé a apretar fuerte, subía montañas en bicicleta e iba a máximas pulsaciones. Ahí tuve miedo, pero llamé al médico y le pregunté si no habría problemas. Obviamente apreté un poquito más que lo que los médicos me decían, pero nada grave.
—Su dupla en los Juegos Olímpicos de 2004 y 2008 fue Carlos Espínola, con quien ganó dos medallas de bronce. En Río 2016, en tanto, fue con Cecilia Carranza, y con ella ganó el oro. ¿Por qué el cambio?
—Porque la Federación Internacional sacó la categoría Tornado, que es con la que competí con Espínola. Después la Federación se dio cuenta de que fue un error y volvió a ponerla. Sin embargo, como en el Comité Olímpico Internacional, a nivel de todos los deportes, hay una fuerte visión de que en los Juegos Olímpicos de 2020 haya la misma cantidad de mujeres que hombres, en nuestro deporte se volvió a incluir a los catamaranes pero con la obligación de que fuera mixto.
—¿Tiene alguna diferencia navegar con mujeres?
—Absolutamente. Fue algo muy motivador y fascinante. Al principio estaba en contra de la categoría mixta. No soy nada machista, pero hay diferencias físicas y se me hacía muy difícil al principio. Si navego con un hombre es muy fácil ver si es bueno para una cosa y malo para otra. Pero por la limitación física yo no sabía hasta dónde podía apretar a Ceci. Entonces ciertas maniobras no las podés hacer más, y al principio no sabía si era por técnica o por fuerza. Nos costó muchísimo porque tuvimos muy poco tiempo para formar el equipo. Empezamos tarde y perdimos todo 2015, y después 2016 fue un año de muchísima presión. Yo le ponía muchísima presión al equipo.
—Aun con esos escollos llegó al oro. ¿Qué hubiera sido sin “perder” un año?
—(Risas) ¡Eso nunca se sabe! Creo que mucho es el destino. Creo que a los dos Juegos Olímpicos que fuimos con Carlos podríamos haber llegado al oro, pero con Ceci se nos dio. Hay veces que se te da. Con Carlos, cuando fuimos a Atenas estábamos primeros en el ranking mundial y ese mismo año habíamos ganado el campeonato del mundo. Así que creo un poco en el destino.
—Para muchas personas su historia es un ejemplo de superación de adversidades. ¿Qué tanto se le acercan para que les transmita su fuerza?
—Es impresionante: me dijeron todo lo que te puedas imaginar. Yo nunca tuve ningún problema en decir lo que me pasó, pero sucedió que (la enfermedad) primero aparecía en una nota periodística, después empezó a aparecer en los subtítulos y después en el título. No me gustaba que apareciera así, porque principalmente soy un deportista, y esto fue solo un acontecimiento. Me parecía que los periodistas estaban tratando de hacer una historia más fuerte, y lo sentí como una invasión a mi privacidad.
Pero nuestro profesor de yoga, con quien trabajamos desde 1993, me dijo: “Tranquilo, gracias a esto vas a ayudar a mucha gente”. Y entendí. Recibo muchos mensajes por Facebook, Instragram, mail y teléfono, y cuando voy a eventos hay gente que se me acerca. Lo tomo con mucha humildad y respeto. Obviamente, poder ayudar a la gente es un privilegio que me dio la vida. Siempre que puedo estoy disponible, y converso por WhatsApp con gente que hoy está haciendo quimio.
—Tiene cuatro hijos varones, Theo, Yago, Klaus y Borja, y dos de ellos estuvieron en Río 2016. ¿Cómo fue compartir esa instancia?
—No competimos, porque la vela tiene 10 disciplinas. Es como si yo hubiera corrido 100 metros y ellos hubieran hecho salto alto. Pero compartir la experiencia fue increíble. Había soñado mil veces ganar la medalla de oro, ir a los Juegos Olímpicos, correr una Copa América o la vuelta al mundo, pero nunca soñé practicar mi deporte a un alto nivel con mis hijos. Yo les llamo “los juegos de la emoción”, porque lloré todo el tiempo por poderlos compartir con ellos, incluso más allá de la medalla.
—¿Qué está haciendo ahora en Punta del Este?
—Estoy de vacaciones, este es un lugar muy especial para mí. Desde que nací hasta los 15 años venía los tres meses de verano a Punta del Este. Me cansé de tanto pescar pejerreyes acá en el puerto (risas). Además me gusta mucho pedalear en esta época del año, así que todos los días voy por la Ruta 104, parte de Ruta 9, hasta José Ignacio y toda esa zona.
—Tanta es su pasión por el agua que vivió cuatro años en un barco. ¿Cómo es esa historia?
—¡No fue por la pasión al agua:, me separé y no tenía guita! (risas). Pero creo que fue una de las etapas más lindas de mi vida, de mucho aprendizaje, porque uno en un barco tiene poco lugar, así que aprende a despojarse de las cosas y que lo material tenga menos valor. Mis hijos eran muy jóvenes, por lo que era una vida muy sana. Estaban todo el día pescando, todo el día en el club. Fue una etapa especial, obviamente porque venía de una separación, pero así y todo fue una etapa muy linda.