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    “El feminismo actual es mojigato, victimista y ñoño”

    Entrevista con la española Cayetana Álvarez de Toledo, exdiputada por el PP, periodista y doctora en historia

    Las movilizaciones por el Día Internacional de la Mujer tienen cada vez más importancia en muchos países, incluido España. Hay reclamos por igualdad salarial y consignas en contra de la violencia machista, a los que se suma una nueva huelga de mujeres, como forma de dejar en evidencia la importancia que ellas tienen en el mundo del trabajo. Otras manifestaciones más radicales van más allá y enarbolan consignas contra el patriarcado, el capitalismo, o plantean la “muerte al macho”.

    Ante esos discursos surgen voces críticas. Algunas son extremas —como las de Vox, que hablan de un feminismo “supremacista”— y otras menos radicales, como la de Cayetana Álvarez de Toledo, que el año pasado calificó de “disparate” esa huelga, y que cree que el actual feminismo pone a la mujer en lugar de víctima.

    La vida de esta periodista, historiadora, y exdiputada del Partido Popular (PP) es bastante peculiar. Es marquesa de Casa Fuerte por línea paterna, y pertenece a una familia argentina por su madre, Patricia Peralta Ramos, de la que heredó rasgos faciales y un español que suena a rioplatense del otro lado del teléfono. Su madre era pareja del reconocido pintor Rómulo Macció, cuando en los 70 su padre, el francés Juan Illán Álvarez de Toledo y Giraud, visitó Buenos Aires y quiso comprar pintura argentina. Le recomendaron a Macció, y ahí conoció a Patricia, con quien inició una “larga historia de amor” de diez años, de la que nació Cayetana. Dice que Macció —padre de su hermana— fue también “un padre” para ella, y por eso cuando murió le dedicó sentidas palabras en su cuenta de Twitter.

    Tiene 44 años y es madre de dos hijas, de 9 y 7 años. Nació en Madrid, pero vivió en distintas ciudades. Primero en Londres con su madre —“Rómulo vivía cerca”, dice—, mientras que su padre alternaba entre esa ciudad y París. A los siete años se mudaron a Buenos Aires. Asistió al Northlands School —el mismo de la reina Máxima— y a los 17 volvió a Inglaterra para estudiar en la Universidad de Oxford, donde se licenció en Historia. Hizo un doctorado de historia española del siglo VIII, tutoreada por el historiador británico sir John Elliott —Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales—, que en una entrevista dijo que fue “una de las tres o cuatro mejores estudiantes de doctorado” que tuvo.

    Cuando en 2000 volvió a España, Álvarez de Toledo comenzó a trabajar como columnista del diario El Mundo —fue jefa de la sección Opinión— y en la cadena COPE. Dejó el periodismo por la política, donde irrumpió como una de las caras nuevas del avejentado PP, en el que fue escalando posiciones hasta ser electa diputada. Tiempo después, abandonó esa colectividad por diferencias con sus principales líderes.

    Hoy, además de escribir en El Mundo, Álvarez de Toledo es portavoz de Libres e Iguales, un movimiento cívico que promueve “la libertad, la igualdad, el pluralismo, la justicia y la solidaridad”, y que integran entre otros el filósofo Fernando Savater y el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.

    Con el escritor peruano tiene un vínculo muy cercano; escribieron juntos artículos contra la independencia catalana, asistieron a movilizaciones en favor de la unificación española, y es frecuente verlos en seminarios o conferencias de corte liberal. Medios de ese país hablan de ella como una de las niñas mimadas del autor de Conversación en la catedral. En 2017, Vanity Fair le dedicó un artículo a Álvarez de Toledo, donde hablaba de su relación con Vargas Llosa y hacía un paralelismo con el encuentro que su madre mantuvo en Buenos Aires en 1967 con otro Nobel de Literatura: Gabriel García Márquez, con base en un relato del escritor argentino Tomás Eloy Martínez. “Gabriel se le acercó y le dijo unas pocas palabras al oído. Ella quedó instantáneamente bañada en lágrimas y, cuando estuvo a punto de sollozar, salió al jardín. ‘¿Por qué la hiciste llorar?’, le dije, ‘¿qué le dijiste?’. ‘Nada’, respondió él. ‘Le pregunté por qué se sentía tan sola’. ‘¿Cómo supiste que estaba sola?’. ‘¿Acaso has conocido a una mujer de veras que no se sienta sola?’ Patricia se acordaba perfectamente de la historia cuando la encontré en Washington a mediados de 1983 y seguía emocionándose al evocarla”, escribió el autor de Santa Evita.

    Álvarez de Toledo se define liberal y dice que es feminista “como cualquier persona”. “¿Qué significa ser feminista? ¿Defender que las mujeres tengan un papel? Lógico, como cualquier persona sensata. Si dices no, qué eres, ¿machista? Es ridículo”, dijo a galería desde Madrid.

    Comenzó el año en José Ignacio, una zona de la costa uruguaya que conoce desde chica por los veranos que pasaba con su familia materna. Después estuvo en Venezuela, desde donde escribió para El Mundo. Al cierre de esta edición se encontraba en Cúcuta, la ciudad fronteriza de Colombia por la que se intentó el sábado 23 ingresar ayuda humanitaria a Venezuela (ver recuadro).

     

    En una columna habló de la “guerra de sexos” relacionada con el “nuevo feminismo”. ¿A qué se refiere?

    Está en la hegemonía mediática y de buena parte del mundo, es lo que llaman el feminismo de la tercera ola. El feminismo actual respecto al anterior es un feminismo mojigato, es un feminismo victimista, es un feminismo ñoño, como decimos acá, que presenta a la mujer como esencialmente nacida víctima de un hombre agresor. Las mujeres no nacemos víctimas y no creo que todos los hombres por definición sean agresores, me parece una visión maniquea, manipulada y destructiva de las relaciones entre sexos. No educo a mis hijas como nacidas víctimas, ni que tienen que pensar que todo hombre con el que se encuentran es potencialmente un violador. Las educo para ser mujeres fuertes, que viven en un mundo infinitamente mejor del que heredaron de sus madres y ni te cuento sus abuelas. Tienen infinitas oportunidades y desafíos, pero tienen igualdad de derechos, y tienen que competir, ser fuertes, y ponerse de pie.

    Usted decía también que en la retórica feminista actual hay mujeres que creen que tener hijos “es de ñoñas”. Pero algunas no quieren tenerlos realmente.

    Perfecto, pero tiene que ver con la libertad de elección, que cada mujer o cada hombre decida libremente cómo quiera vivir. Lo que no tolero es que las mujeres hoy en día, o que el colectivo feminista de tercera ola, me diga cómo tengo que vivir. Si no acepto que un hombre hable en mi nombre y me diga lo que tengo que hacer, ¿por qué voy a aceptar que lo haga una mujer por más que diga que es portavoz de las mujeres o del feminismo? Hay muchas mujeres que eligen la vida familiar por encima de la laboral. No es mi caso, yo intento compatibilizarlo todo, pero hay mujeres que legítimamente dicen “yo quiero ser mamá”. ¿Por qué vamos a condenarlas y presentarlas con un estereotipo de los años 50 y sometidas a un hombre? Eso es algo que dice Camille Paglia que es una feminista revolucionaria, lesbiana, una mujer impresionante que poco tiene de la categoría de mamá en casa con el carrito. Tiene razón cuando dice que es curiosa la paradoja, porque las feministas están proyectando una imagen muy masculina de triunfo y de éxito. Importan del modelo masculino, del éxito laboral total a costa de las familias. En lugar de decir “hay algo aquí se llama naturaleza, que no está impuesta por ningún heteropatriarcado, ninguna construcción cultural, ni por el capitalismo, ni por Trump, ni por la derecha dominante mundial, sino por una cosa llamada naturaleza”. Estamos asistiendo a algo que (el psicólogo) Jordan Peterson ha escrito en sus libros y por eso se hizo tan famoso: frente a esa idea de que hay una construcción cultural impuesta, hay que mirar —no solo lo hace él, sino otros investigadores americanos— la naturaleza. Los descubrimientos científicos sobre el cerebro han avanzado muchísimo y nos dicen cosas muy interesantes sobre los sexos. Y nos dicen una cosa absolutamente apabullante en términos de revolución respecto a los dogmas en los años 60 en adelante. Eso se descubrió en un estudio de los países nórdicos, donde hay más neutralidad de género en el ambiente público. No se le da a las niñas muñequitas rosas y a los varones cochecitos. Los juegos en los colegios son tremendamente neutros. ¿Qué han descubierto? Cuanto más neutralidad, más se busca evitar que haya un sesgo cultural, las diferencias entre lo que eligen las mujeres respecto a lo que eligen los hombres es mayor. Es muy impresionante. Nos parece horrible decir una cosa así, pero es así: no somos naturalmente iguales. En derechos sí tenemos que ser iguales, pero no somos iguales por naturaleza y por biología idénticos. Intentar hacernos idénticos a palos, de arriba abajo, a fuerza, es de una violencia social brutal.

    El año pasado recibió críticas porque calificó de “disparate” la huelga de mujeres del 8 de marzo. ¿Qué lectura hace ahora que pasó un tiempo?

    Me reafirmo en eso y ahora vamos a volver a reeditar el mismo espectáculo del año pasado. Es una politización muy evidente. La izquierda desde finales de los 60 en adelante se quedó sin sujeto revolucionario y a partir de entonces en las universidades americanas y luego las europeas, la identidad sustituye a la igualdad de clase, a la lucha obrera la sustituye la lucha de identidades. A falta de una clase revolucionaria que lanzar a la calle contra la derecha explotadora, se lanza a la mujer a la calle, con un discurso, en mi opinión, contrario a la ciencia y a la convivencia.

    No solo los partidos de izquierda adhieren a este tipo de movilizaciones, en Uruguay van personas de todos los partidos. ¿Cree que solo hay feminismo en la izquierda?

    Sobre todo en los partidos partidos de izquierda. Tiene una raíz a finales de los 60, mayo del 68 en adelante; el fracaso del comunismo, Aleksandr Solzhenitsyn y su libro de los Gulag. Todo eso tiene raíces que se pueden explorar. La politización es especialmente en la izquierda. En la derecha ¿qué es lo que pasa? Hay una mezcla de inopia, complejos, y también partes muy rancias. Es verdad que hay sujetos en la derecha que todavía ven a la mujer como una cosa a guardar, pero no son las grandes sociedades europeas o mundiales. España era una sociedad clerical y muy dominada por la parte reaccionaria hasta el año 70 con el franquismo, pero no es el caso hoy. Ni en Francia, ni en el Reino Unido, ni en buena parte del mundo occidental. La izquierda en esto es profundamente retrógrada y la ciencia es profundamente moderna. 

    Hay quienes consideran que el feminismo de hoy es elitista, porque representa a mujeres burguesas, de clase media o media alta vinculada a la intelectualidad, mientras que los sectores más bajos están ajenos a estos debates. ¿Qué opina?

    Hay una clara diferencia entre lo que las élites mediáticas y políticas dicen y lo que muchas mujeres sensatas piensan. Cuando las élites mediáticas están diciendo “el hombre es un violador, un enemigo a combatir, hay que ir contra el hombre”, una mujer que está en casa, que tiene hijos varones, marido, hermanos, padre, puede estar escuchando y decir “pero mi marido no es un violador ni un agresor en potencia, ni mis varones de 15 y 18 tampoco, ni mi padre lo es”. Que hay varones asesinos, patológicos, violadores, sí. Que hay mujeres que matan a sus hijos, también. Que el hombre se agrede más a sí mismo que a nada, también. Eso no significa que el hombre tenga en sí un instinto natural de matar mujeres. Existe una cosa que dicen llamada violencia machista, es decir que todo hombre por el hecho de ser hombre tiene dentro de él el machismo, el odio y las ganas de someter a la mujer. Matar o agredir a la mujer. Eso es falso, inexistente.

    The New York Times publicó un artículo sobre las consecuencias imprevistas del Me Too, y decía que hay empresas donde los ejecutivos reducen el contacto con empleadas por miedo a ser denunciados por acoso, y planteaba cómo el movimiento en ese sentido terminaba perjudicando a las mujeres. ¿Qué opina de eso?

    Eso en Estados Unidos se ve muchísimo. Empresarios que me decían “no puedo mantener jamás una reunión a puertas cerradas con una mujer”. Eso tiene consecuencias, ¿cómo no va a tener?

    Javier Marías publicó una columna en El País de Madrid donde decía que había colleges de Estados Unidos que estaban imitando al islamismo por la separación entre hombres y mujeres, y que había docentes que no querían estar mano a mano con sus alumnas ni tutorearlas.

    A mí (algunos docentes), me decían: “Prefiero poner una cámara en mi despacho y que esté en streamming y abierto”. Eso ahora están traduciéndolo a las relaciones sexuales entre las personas, el consentimiento afirmativo entre las personas que está de moda en Estados Unidos y algunos coquetean acá. El consentimiento afirmativo se carga las relaciones entre hombres y mujeres, porque cualquier persona adulta sabe que a lo largo de una relación de pareja, relación sexual, un flirteo o lo que fuera, no vas a estar con un notario adelante o un papel diciendo: “Esto sí, lo siguiente también”. 

    Hace unos días, Carmen Maura, que hace un tiempo fue violada, dijo que el Me Too era una “exageración”. “Vamos a acabar con los tíos. Va a llegar un momento en que todos van a preferir ser homosexuales” . Y agregó: “Ahora, un obrero no nos dice un piropo desde un andamio ni de coña”. ¿Qué opina?

    Lo que hay atrás de esto es una visión de la mujer como un ser desvalido, incapaz de decir que no. Hay que educar a nuestras hijas para que si un hombre le pone la mano en la rodilla y a ella no le gusta, se la quite. Las mujeres podemos valernos por nosotras mismas, podemos ser presidentas del gobierno, ser las mejores médicos, las mejores profesionales, las mejores periodistas, las mejores corresponsales de guerra, porque así lo decidimos. 

    ¿Cómo observa que ahora en casi todas las ceremonias del mundo del espectáculo se haga referencia a discursos relacionados con el género?

    Si es una reivindicación feliz de la mujer, de cómo las mujeres y los hombres hemos conquistado juntos a lo largo de siglos esta maravillosa libertad de la que disfrutamos y por qué no vamos a hacer que las mujeres en Irán también la tengan, magnífico y fantástico. Pero si es una cosa reivindicativa contra el hombre, no lo acabo de ver. ¿Quiénes hemos conseguido la ilustración, la democracia, el Estado de derecho, las ciudades, este mundo moderno en el que vivimos, con más democracia que la que había hace 300 años? ¿Quién inventó la píldora? Fue un hombre. No han sido nuestros enemigos históricamente, son nuestros compañeros, nuestras parejas, nuestros hijos, con ellos trabajamos, con ellos hicimos, y a veces por nosotras mismas, fuimos abriendo espacios de libertad para todos. 

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