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    “El feminismo es la única revolución que ha triunfado en muchos aspectos, pero falta muchísimo todavía”

    Entrevista con la académica especialista en género, historiadora y docente Graciela Sapriza

    A la salida de la dictadura, Graciela Sapriza fue una de las mujeres que se vinculó con los movimientos feministas que poco a poco comenzaron a aparecer en la escena política uruguaya. Ahora, a los 70 años, mira hacia atrás y no tiene dudas: esas movilizaciones fueron el primer paso para que las mujeres consiguieran incorporar en la discusión pública asuntos como la despenalización del aborto o la cuota política.

    A su modo de ver, la concreción de esas dos iniciativas fueron producto de la lucha de mujeres que durante todo este tiempo siguieron adelante llevando esas banderas. Ahora esta historiadora que se define como feminista de izquierda advierte que en el último tiempo surgió un nuevo tipo de feminismo, que ya no responde tanto a movimientos sociales o políticos sino que es algo más individual. “Hay más mujeres que se sienten feministas”, dijo Sapriza a galería, en una entrevista que se realizó en la tarde del martes 20.

    Sapriza vivió en primera persona algunos de los hitos del feminismo que se abría paso en los 80. Recuerda, por ejemplo, que en el acto del Obelisco de 1983 se vio una pancarta de un grupo de mujeres de Sayago. Un año después, el 15 de octubre de 1984, participó de una marcha por 18 de Julio convocada por mujeres frenteamplistas. “Se adueñaron de las calles en una manifestación que se programó en silencio, pero estalló en aplausos y estribillos espontáneos. Fue el acto político partidario organizado por la Comisión de Mujeres al que concurrieron más de 150.000 personas, quizá fue la mayor demostración de toda la campaña electoral. Impactó a los dirigentes partidarios y a las propias organizadoras y participantes que creyeron vivir el inicio de una nueva era”, escribió Sapriza en 2003, en el artículo Dueñas de la calle, que se publicó en la revista Encuentros del Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República.

    A una semana de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, Sapriza analizó la situación actual del feminismo en el país y la presencia femenina en los distintos partidos.

    ¿En qué momento y por qué se hizo feminista?

    Si puedo establecer un momento diría que fue más o menos en la transición demócratica. Prefeminista fui en la adolescencia por contacto con libros, como El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Estudié en Humanidades, me echaron de Secundaria durante la dictadura. Ahí conseguí vincularme a grupos de los centros privados de investigación y se formó el Grupo de Estudios sobre la Condición de la Mujer en el Uruguay (Grecmu), que arrancó en esos años. Me integré con una beca de un organismo internacional de investigación con otra compañera, Silvia Rodríguez Villamil, que ya falleció. Empezamos con temas más tradicionales de historia, como la inmigración europea al Río de la Plata y por el interés de determinadas personas del grupo empezamos a profundizar y a entender cuáles eran las situaciones de las mujeres en el pasado. Y ahí descubrimos que había habido un fuerte feminismo en el Uruguay.

    Uruguay fue pionero en muchos sentidos en temas vinculados a la mujer. Fue pionero en el voto femenino en la región, en contar con legisladora en el Parlamento, y en aprobar el divorcio por la sola voluntad de la mujer. Sin embargo, después de esas acciones, estos temas quedaron fuera de la agenda hasta el retorno democrático. ¿Por qué?

    Hubo un reaparecer del feminismo durante la transición. Yo soy parte de ese nuevo feminismo que podrías emparejarlo con la segunda ola de feminismo a escala occidental. Llegó como 10 años atrasado, porque empezó como un coletazo del mayo del 68 y de toda la revuelta juvenil, pero acá, en plena dictadura, llegó como 10 años después.

    Sin embargo, temas promovidos por las mujeres como la ley de cuotas o la de salud sexual y reproductiva se concretaron muchos después.

    Esos son efectos del trabajo que han hecho los grupos de mujeres y grupos feministas. Todos esos logros se hicieron a través de trabajo de mujeres, sobre todo el ejemplo más trabajoso y más complejo que fue el aborto. La despenalización del aborto llevó años de movilizaciones. Y la cuota ni te cuento. ¿Cuántos años llevaba reclamándose? Desde la misma transición.

    Hoy los reclamos del movimiento feminista pasan por otro lado, sobre todo referido a violencia de género. ¿Considera que esa es la gran batalla del movimiento feminista hoy?

    Hay debes que quedan siempre. El que produce mayor desconcierto, mayor sensibilidad y encares diferentes es el de la violencia. Porque es el tema de las Mujeres de Negro, de la Coordinadora feminista, el tema de las políticas públicas, del Ministerio del Interior, de las tobilleras.

    Sobre violencia de género se habla como nunca antes, desde distintos sectores se condena y se realizan marchas cada vez más grandes. ¿Por qué cree que no logra revertirse el problema?

    Hay distintas teorías. Hay una bastante genófoba que dice que en la medida que las mujeres se emancipan, dejan el hogar, generan niños insatisfechos, maridos insatisfechos. Me parece terrible eso, culpabilizando a las mujeres. Hay gente que está apostando a ese tipo de desacomodos. Lo que es cierto es que hay un cambio. Si observás las lucecitas del panorama internacional, más allá de la controversia del #Metoo, son señoras muy importantes las que están hablando y recién ahora se destapan a hablar de eso. Me parece que eso marca un cambio de época.

    Hoy mucha más gente se considera feminista en comparación con lo que ocurría cuando usted comenzó a trabajar en el tema. Sin embargo, también aparecen cuestionamientos de distintos sectores, que las acusan de ser “feminazis”, porque entienden que hacen planteos radicales o extremos. ¿Qué siente cuando escucha eso?

    En realidad me duele que sea parte de un diálogo de sordos. Sobre todo porque es gente joven la que habla de “feminazi”, es una reacción de piel fea. Es muy fuerte decir nazi. También ahí es una cosa más soterrada de “estoy harto de esta cosa políticamente correcta”, de defender la igualdad, la diversidad sexual. Cuando empezamos con esto en los años 85, 86, las preguntas en algunas entrevistas periodísticas eran si nuestras posturas feministas de reivindicar los derechos de las mujeres no nos hacían olvidar ese rol que teníamos que seguir cumpliendo. Lo que quiero dejar claro es que las mujeres activistas de la corriente feminista que sea, no tienen la culpa —no son la causa— de que algún desquiciado las califique o las etiquete de feminazi. Asimismo ocurre con la interpretación de la violencia de género, que no se vuelva a culpar a las mujeres por generar la violencia de los varones al no cumplir con los roles tradicionales femeninos. Si bien señaló esos aspectos, no olvido que hay versiones, corrientes o tendencias feministas que no suscribo, en particular las posiciones dogmáticas.

    Entre los planteos que muchos consideran radicales aparecen, por ejemplo, los grafitis contra iglesias, o las consignas que vinculan al feminismo con el anticapitalismo. ¿Qué opina?

    Hay varias corrientes de feminismo, por eso hablamos de feminismos. Eso es importante tenerlo en cuenta. Esos que algunos consideran radical puede llegar a decirse fanáticas. Y esas fanáticas son las que son calificadas de feminazis. Pero no les echo la culpa de eso. Tradicionalmente hablamos del feminismo histórico que fue el que reivindicó los derechos civiles y políticos. Con la famosa frase de Paulina Luisi de “el voto es la piedra angular de todos los derechos”. Toda la corriente de las feministas socialistas, de la cual era Paulina Luisi, hablaba de que la transformación real se tenía que dar a través de la lucha por lo que hoy diríamos las reinvindicaciones de género y de clase. Hay un feminismo socialista o marxista que habla justamente de que el patriarcado y el sistema capitalista están intrincados de tal forma que para transformar las estructuras patriarcales hay que transformar también el sistema capitalista. También vinieron otras corrientes en la segunda ola que decían que estaba muy bien la clase, la etnia y las diferencias de sexo, pero lo que importa en la diferencia de sexos es la reproducción sexual. Entonces no tengamos más hijos. Hay una feminista de esos años 60 o 70 que habla de la trampa de la sexualidad, de que el sistema nos roba nuestra sexualidad y nos explota por eso. En contrapartida hay otro feminismo que es maternalista y dice que el valor nuestro es por encima de todos los hombres.

    ¿Usted con cual de todos esos feminismos se considera más identificada?

    Soy una feminista de izquierda. Si bien no soy ilusa y no creo que sea solamente transformando el sistema capitalista, creo que el sistema capitalista debería transformarse. Porque hasta ahora no he tenido respuestas positivas. Por eso en algunos artículos escribí que el feminismo —y comparto eso con historiadores de la talla de Eric Hobsbawm y de filósofas como Amelia Valcálcer— es la única revolución que ha triunfado en muchos aspectos y en muchos logros. Hay muchas más mujeres que se dicen feministas, hay un feminismo que ya no es parte de un movimiento social, ni de un partido político, es un feminismo individualista. Que a su vez se infiltra en los medios de comunicación, en la academia. Hay más mujeres que se sienten feministas y revindican ese cuerpo a cuerpo. Pero es una cosa individualista a su vez. Me parece que en estos últimos tres o cuatro años hay una transformación de las corrientes feministas en ese sentido. Ya no son ocupadas las calles por movimientos masivos, de grupos combativos que van por las calles con banderas y demás, sino que tiene esa cosa como de difusión como subterránea, entre pares. Pero creo que ahora está cambiando. Por ejemplo, el #Metoo, la huelga de mujeres, el Tocan a una, tocan a todas, el Ni una menos. El año pasado la marcha del 8 de marzo fue gigantesca. Y este año lo será de nuevo. Si uno tiene las antenas prontas para recibir el mensaje de lo que está pasando a mí me parece que se podría estar en un momento, en un circuito que necesita expresarse masivamente y confluir en una cosa más masiva.

    Usted se considera feminista de izquierda. Sin embargo, hace algunos meses en una entrevista con Búsqueda Elena Fonseca decía que para algunos sectores de la izquierda el feminismo es cosa de burguesas, entre ellos el propio José Mujica. De hecho, Mujica en su gobierno no tuvo contacto con movimientos feministas e hizo comentarios sobre ellas que muchas consideraron poco felices. Y tampoco tuvo buena relación con esos grupos el presidente Tabaré Vázquez. En su primer gobierno vetó la ley que despenalizaba el aborto, y después enojó a muchos grupos cuando dijo que el tabaco era el principal enemigo de las mujeres, algo que muchas objetaron porque no mencionó a la violencia de género. ¿No es raro que los movimientos feministas estén en general identificados con la izquierda cuando sus dos principales líderes están muy lejos de ellos?

    Hace un tiempo escribí un artículo que se llamaba El infeliz matrimonio de la izquierda y el feminismo. No es ninguna invención mía, hay una famosa economista marxista que se llama Heidi Hartmann que habla de eso. Yo ponía varios ejemplos de cómo había desencuentros con la izquierda. De hecho, ya que hablamos de la transición, a nuestros dirigentes políticos de todos los partidos tuvimos que demostrarles que éramos mujeres muy sanas, muy buenas, que teníamos hijos, que éramos amorosas, responsables de nuestras familias, para demostrarles que éramos feministas y no unas locas que quemábamos soutienes en la plaza, que fue un poco el emblema de lo que fue el feminismo radical en los 70.

    Pero entre votantes frenteamplistas y en dirigentes medios el discurso feminista cala hondo. ¿No es contradictorio?

    Bueno, también si cala hondo puede ser por oportunismo. Hoy día todo el mundo hace buches con el feminismo. Pasa eso también, que a medida que se vulgariza una idea, una filosofía, una propuesta, también se banaliza, pierde su perfil, sus aristas más fuertes.

    ¿Cree que pasa algo de eso?

    Ah, yo creo que sí.

    ¿En qué lo nota?

    En principio por una mala interpretación de lo que es el feminismo o la perspectiva de género. ¿En qué se manifiesta? A veces se engloba y en un curso preguntás quién tiene una idea de la perspectiva de género y te dicen es la diversidad sexual. Esa es una derivación. El matrimonio homosexual, la posibilidad de adoptar niños, eso se entiende como perspectiva de género. Para mí se engloba todo, se homogeiniza.

    Los líderes más importantes de la izquierda no comparten los planteos feministas, el sector mayoritario del Frente Amplio, como es el Movimiento de Participación Popular (MPP) tampoco, y hoy es vicepresidenta Lucía Topolansky, que ha dicho que se opone a la cuota política. ¿Cómo se entiende esa realidad?

    Son reaccionarios (risas). Siempre encuentro ejemplos buenos en la historia, hay una publicación de 1898 de una anarquista que empieza su artículo diciendo: “La mujer es inferior al hombre porque está demostrado”. Bueno, esta barbaridad la dicen muchos, sobre todo los reaccionarios. Pero muchos compañeros nuestros, que son revolucionarios pero no son renovadores, sostienen este sistema y en su vida privada son como califas que quieren que la mujer esté subordinada al hombre esto y lo otro. La revolución social solo se hará cuando el hombre y la mujer estén a la par, compartan los dos la misma situación, etcétera”. Es lo mismo. Ahora, ¿por qué? Porque ellos tienen como el ejercicio de la autoridad. Justamente uno de los argumentos que tiene el feminismo como propuesta de transformación de la vida es eso, transformar la vida desde la raíz. Marcar el tema del ejercicio del poder y el ejercicio de subordinar a otros. Es lo primero, ¿qué te permite establecer blanco y negro, superior o inferior? Soy superior, domino. Ejerzo el poder. Hay filósofos y antropólogos que dicen que eso está en la raíz de la condición humana. Como si la condición humana fuera genética o biológica... Entonces si está en el origen del ejercicio de la vida comunitaria, se organiza de acuerdo al interés de determinados sectores. En este caso benefició a los varoncitos. Y habría que ver qué pasaría si los dirigentes fueran las dirigentes. No te garantiza que sean transformadoras, es muy difícil. Por eso digo que falta muchísimo todavía.

    ¿Con qué discurso feminista de figuras públicas uruguayas se siente identificada hoy?

    ¡Qué desafío!

    La senadora Constanza Moreira, por ejemplo, hizo foco en esos temas en la interna del Frente Amplio.

    Constanza es una amiga, colega universitaria. Mi primer impulso no es sentirme muy identificada con una persona. En el exterior tampoco. Hay tantas complejidades actualmente en el feminismo. Por ejemplo, hace poco leí cosas de Angela Davies, una militante consecuente por los derechos de los negros, feminista, filósofa, estuvo involucrada en la política y tiene una posición crítica con la política. Quizá una figura de ese nivel, pero no porque me sienta identificada. Acá hay colegas macanudas con las que comparto cosas, pero tienen facetas que de repente no son las que yo encuentro más atractivas.

    ¿Hay feminismo en todos los partidos?

    Sí, hay mujeres que luchan por los derechos de las mujeres desde posiciones liberales. Creo que no hay feministas fascistas. No se puede ser. En Alemania en las últimas elecciones parlamentarias apareció un grupo nazi y había una mujer que se decía feminista. Yo creo que es imposible.

    Usted hablaba de que los líderes de la izquierda uruguaya no son feministas. Los de la oposición tampoco parecen serlo, así que sus colegas blancas y coloradas enrentan una situación todavía más difícil.

    Sí. Creo que hay mujeres coloradas que son feministas. En la transición democrática trabajamos mucho con blancas, muchas de ellas fundaron el Plenario de Mujeres y estaban muy radicalizadas.

    Constanza Moreira dijo que no imagina una fórmula del Frente Amplio sin una mujer. ¿Está de acuerdo?

    Creo que a esta altura sí. Me parece que estamos muy anquilosados en la política. Es un síntoma, así como la fiebre es un síntoma de que te está pasando algo infeccioso, el hecho de que no hay líderes de repuesto, el cambio no se ve. Y nadie piensa en mujeres. En el partido blanco aparecieron algunas. Creo que debería ser así. No quiero mencionar gente, pero por ejemplo, Mónica Xavier ha hecho muchísimo, es muy ponderada, a pesar de los acomodos que tiene que hacer porque así es la vida política. Hay otras mujeres, como Margarita Percovich, María Elena Laurnaga. En el caso de Margarita Percovich creo que en el trayecto en su vida política logró darle un perfil feminista a su trabajo de género. Lo que veo en otras compañeras es que no han logrado sacar la cabeza porque creo que el trabajo parlamentario y la convivencia partidaria son muy absorbentes, como un pulpo. Estás en las comisiones, hay que negociar, hacer lobby, eso lleva a que no puedas hacer tu propia línea política. Capaz que es por eso que no hay espacio. Por otro lado está el tema de las políticas públicas de género. Todo aquello que salió de la transición democrática, con las propuestas originales de ese primer embate del feminismo a la salida de la dictadura, tuvo una impronta institucional a partir del 95 o 96. Después todavía más cuando accede la izquierda al poder, pero antes ya estaba el Instituto de la Mujer, con menos recursos. A eso se suman políticas públicas en todos los ministerios, en la Universidad, en las intendencias. Eso hace que también tengas otro plano para analizar. Ahí hay otra discusión del feminismo o los feminismos que hubo en esos años. Estaban las autónomas que decían ‘nos van a atrapar, no tenemos que entrar en eso’. Pero la mayor parte de las feministas se integraron y se incorporaron a los gobiernos de Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Argentina.

    Hace algunas semanas un grupo de 100 mujeres francesas publicó una carta en respuesta al movimiento #Metoo, objetando algunos puntos. Por ejemplo, advertían que había un cierto puritanismo sexual. ¿Qué le parece?

    Los franceses siempre se sienten que son el ombligo del mundo. Ya lo descalifican y las descalifican diciendo que es puritanismo. Por supuesto que puede caerse en un puritanismo porque las feministas históricas del siglo XIX muchas veces eran puritanas de verdad. El argumento que dan, sobre todo la difusión que se dio a través de Catherine Deneuve y demás era “bueno ta, se va a cortar el galanteo, la seducción, estamos castrando a los varones”. Ella lo decía con ciertas cartas porque participó en la movida de Francia en los años 70 sobre el aborto, junto a Simone de Beavouir, con el Yo aborté. Me parece una acusación injusta. Cuando fue el escándalo de (Bill) Clinton se decía que el cuño político de los norteamericanos es puritano. Entonces estaba esa cosa de la moral. Lo que se quiere olfatear es que acá hay algo de eso, pero si a vos te tocan el culo en una reunión de políticos, seguro que sos una mujer. O vas a una manifestación y sentís que te manosean. Eso es lo que están diciendo estas mujeres, que para acceder a determinado caso o ser estrella de Hollywood, ¿qué diría Marilyn Monroe?

    También objetan que alcance con decir “Fulano me hizo tal cosa” y Fulano quedó escrachado.

    Sí, llevá pruebas. Eso está mal. El hecho de llegar al extremo de decir vale todo, no. En eso estoy de acuerdo, está mal.

    “Estereotipos” tupamaros y resistencia

    En la década del 60 se produjo la llegada de mujeres a movimientos de izquierda, creció la matrícula femenina en la Universidad de la República y aumentó la presencia de mujeres en el mundo laboral. Sin embargo, ese incremento en el sector obrero y estudiantil no se vio reflejado en los partidos políticos porque fueron “muy pocas las que se destacaron” en las distintas colectividades. Esa reflexión fue realizada por Graciela Sapriza en la ponencia Feminismo y revolución que organizó la Red Temática de Género en la Universidad de la República en setiembre de 2006.

    En esa oportunidad, la historiadora mencionó algunos “estereotipos femeninos en la época” que aparecían en las Actas Tupamaras de 1971. Según ese documento, “la lucha urbana” permitía a las mujeres llevar a cabo “determinadas tareas”, entre las que se mencionaba el ser “enlace por su “condición”, “apariencia” y “arreglo personal”. “Una apariencia inofensiva unida a la presencia de ánimo, muchas veces ha solucionado problemas que plantea el funcionamiento clandestino, con gran eficacia y a bajo costo, muy importante para la organización porque el enemigo es víctima de los prejuicios que lleva hondamente arraigados en él con respecto a la mujer”, decía el documento citado por Sapriza.

    La historiadora también planteó en esa oportunidad que en el plebiscito de 1980 contra el régimen militar las mujeres jugaron un rol fundamental. “Los agentes de esa resistencia fueron principalmente mujeres que jugaron un rol protagónico. Lo hicieron ‘desde abajo’, desde los espacios de la vida cotidiana, de la familia, la comunidad, centros deportivos y parroquias. Sus actividades se pueden leer como acciones de resistencia desde lo privado, poniendo en evidencia la centralidad de sus roles políticos. En ese contexto de crisis y autoritarismo es que resurgen los movimientos de mujeres”, dijo Sapriza.

    En su ponencia, Sapriza destacó que las mujeres fueron ganando protagonismo en acciones sociales y movilizaciones a la salida de la dictadura. Pero, agregó, como “elemento paradójico”, en las elecciones de 1984 quedaron excluidas de la vida parlamentaria porque “no fue elegida ninguna mujer” para integrar el Poder Legislativo.

    “Subordinación a la lactancia”

    Es madre de cinco varones. ¿Cómo fue la experiencia de criarlos?

    Me hice feminista después de tener cinco hijos (risas). Fue en paralelo, no fueron ellos la causa. En ese momento, cuando mis hijos eran chiquitos, era una campaña interna fuerte, era el feminismo del fregadero: te toca levantar la mesa, barrer, limpiar. “¿Por qué tengo que hacerlo yo? ¿Y ustedes?”. Lo fui haciendo a brazo partido.

    ¿Ellos son feministas?

    No podría decir que sean feministas, pero creo que sus esposas sienten que tienen compañeros que comparten mucho. Con matices, hay unos que comparten más. Saben por supuesto mi compromiso con el tema, pero no podría decir que ellos son militantes.

    En los últimos años cobró fuerza en algunos sectores el concepto de la crianza respetuosa, algo que la filósofa francesa Elizabeth Badinter dice que es una nueva forma de esclavitud, porque las madres dan de mamar a sus hijos por mucho tiempo y se deja afuera a los padres que jamás dan una mema. Su tesis es que la actual forma de maternidad extrema socava el estatus de la mujer. Hay quienes sostienen que esa forma de crianza lleva a que mujeres abandonen su trabajo o crecimiento profesional. ¿Qué opina?

    Sí, una subordinación a la lactancia. Es un movimiento como de péndulo, lo viví con mis nietos, tengo 10. Hubo un momento de un fanatismo médico y una cuestión de protocolo médico de que hasta los dos años y medio había que dar la teta para determinados sectores que no tienen saneamiento, no tienen higiene, y se puede reducir la mortalidad. ¿Pero en niños sanos? Tengo una hermana psicoanalista y para el psicoanálisis también era una lucha, porque el tema del destete y la autonomía del niño se venía abajo. Y además a demanda y sin ningún límite.

    ¿Eso conspira contra los logros del feminismo?

    Yo creo que sí. Como que esclaviza a las mujeres. Se inculcó una maternidad mucho más excesiva, como exigente ya de la higiene y del cuidado.

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