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    “Estoy convencida de que una es lo que lee”

    Marcela Serrano estuvo en Montevideo para promocionar su nueva novela, “La Novena”, y contar sobre su proceso de escritura y su vida actual

    Hace un tiempo, Marcela Serrano se cansó de la ciudad, de la vida social y pública y se fue a vivir a la casa del campo que heredó de su familia. Cada vez le cuesta más salir, son pocos los motivos que la hacen manejar una hora hasta Santiago, y no es fácil convencerla de que dé entrevistas. No por antipatía o arrogancia. Por el contrario, es una mujer agradable, que cree con firmeza en sus ideas, claras, sensatas y sin condescendencias.

    Fumando en el cuarto de hotel, con vista a la bahía de Montevideo, confiesa llevarse muy bien con esta ciudad, a la que visitó mucho en el pasado. Habla de su vida, de literatura, de su regreso imprevisto a la plástica y de “La Novena”, la primera novela en la que el protagonista es un hombre, un relegado de la dictadura chilena que llegó al campo de una señora de clase alta, poseedora del catálogo completo de prejuicios del joven rebelde, con la que termina entablando una profunda relación que va a determinar la vida de ambos. Parte de esa historia fue real, y le sucedió a la madre de Marcela, en el campo donde ella vive ahora.

    ¿Qué lee?

    En este momento acabo de terminar a Elena Ferrante. Una obra maravillosa, que aconsejo que todo el mundo lea. Y ahora estoy leyendo a otra italiana, (Margaret) Mazzantini, una historia en Sarajevo, muy linda.

    ¿Qué saca de esos libros para los suyos?

    No tengo idea. Estoy convencida de que una es lo que lee. Así como el dime con quién andas y te diré quién eres, dime qué lees… Pero específicamente qué saca uno no tengo idea. Yo me sumerjo en la lectura nunca dándole un objetivo, sino por el placer de ese lenguaje, de lo que me obliga a reflexionar. Muchas veces estoy leyendo y lo cierro, me quedo un rato pensando a raíz de alguna frase, lo vuelvo a abrir. Pero nunca he pensado utilitariamente qué me deja. Lo único que sé es que me hace volar a otros mundos, me hace vivir tantas vidas y obviamente debe hacer que escriba lo que escribo, no tengo duda.

    Asegura conocer muy bien al sexo opuesto como para describir su mundo interior y su visión del universo en un personaje protagónico. Si tiene cuatro hermanas, dos hijas y siempre hubo mucha presencia femenina en su familia, ¿cómo llegó a conocer tan bien al hombre?

    Primero que todo tengo tres maridos, que no es poco. Pero el real conocimiento tiene que ver con la literatura, porque seguramente te pasó lo mismo a ti, que te criaste entre la literatura clásica, uno se cría ahí. Si uno la analiza es enteramente masculina, desde “Homero”. Entonces sin saber hemos ido tragando toda la concepción masculina de la vida, la emocionalidad masculina, y todo eso lo tenemos tan integrado que al final cuando se trata de contar cómo resulta tan fácil.

    Es su primer personaje protagónico varón. ¿Por qué ahora?

    La historia me lo requirió. Porque resulta que no había mujeres relegadas. Al principio tuve la tentación de cambiarle el sexo, y dije, no, no, no puedo hacer eso.

    ¿Le costó asumir que su personaje protagónico debía ser un hombre?

    (Ríe a carcajadas) Me costó. Recuerdo haber discutido una hora con una hermana mía. Le decía “la voy a hacer mujer”, y mi hermana, que es historiadora, me decía “qué poco rigurosa; cómo se te ocurre”. Después me fui caminando a casa pensando “tiene razón, pero ¿cómo yo voy a hacer un hombre? Al final lo disfruté muchísimo.

    ¿Por qué?

    Porque me metí adentro de él y pensé cómo era, las cosas que le pasaban. Me acerqué desde un lugar de cariño, que es desde donde uno tiene que acercarse siempre a los personajes, aunque ellos sean miserables. Tienes que quererlos, si no, no puedes crearlos.

    ¿Le terminó tomando cariño?

    Sí, absolutamente.

    En cuanto a la literatura clásica, usted asegura que como fue escrita por hombres muchos personajes femeninos fueron una caricatura de la mujer. ¿No temió caer en lo mismo pero al contrario?

    No. Cuando una mujer escribe sobre un hombre, escribe sobre un sistema que ya conoce, es una norma establecida, cosa que no es al revés. Entonces, es mucho más fácil para una mujer escribir sobre un hombre que viceversa. Las mujeres tienen una cantidad de vericuetos emocionales que no están al desnudo porque nunca han sido parte del poder. Entonces es mucho más fácil equivocarse desde el lado masculino.

    ¿Y a quién le escribe usted?

    No le escribo a nadie. Escribo en neutro, nunca pienso en un receptor.

    ¿Por qué?

    Porque no hay nadie peor que las agendas escondidas en la literatura. Tienen que ser lo más honestas posible. Creo mucho en la literatura honesta, y uso esa palabra conscientemente. Y si le escribiera a alguien específicamente, por ejemplo, mujeres de tal generación, sería como una especie de agenda escondida.

    También hay muchos hombres que leen su obra.

    Sí, pero la mayoría son mujeres, créeme.

    ¿Sabe qué tipo de hombre lee su trabajo?

    Son tan distintos que estoy desconcertada. Por ejemplo, anoche fuimos a la televisión. (Serrano estuvo invitada al programa “Código país” en Teledoce, en el que también participó el fiscal de Corte Jorge Díaz, quien se presentó ante la escritora como un profundo admirador). No se me había ocurrido que un fiscal iba a ser lector mío. Eso te pasa permanentemente con los hombres. Con las mujeres no me pasa, porque tengo lectoras de todo tipo, y cuento con eso.

    ¿Considera que la literatura femenina, como se catalogan sus libros, sigue vigente entre las nuevas generaciones?

    La literatura femenina es repelente como concepto, lo odio. ¿Alguna vez has oído hablar de literatura masculina? No.Eso nos dice todo. Entonces creo que ese calificativo fue inventado por todos estos críticos misóginos, que cuando hace 30 años hubo un pequeño boom de mujeres que escribían en América Latina decidieron descalificarnos, porque nos estábamos tomando el mercado. Literatura femenina, como diciendo segunda categoría.

    Entonces va de nuevo la pregunta: ¿cree que la literatura que habla de la mujer y tiene un impronta más feminista, sigue vigente entre las veinteañeras?

    Solo conozco literatura muy joven en Chile, la muy joven de otras partes todavía no llega a los demás. Diría que se centran en su sexo con toda displicencia. Ellas son mujeres, escriben sobre mujeres y ya nadie las estigmatiza por eso, ya pasamos por ahí, les pavimentamos harto el camino. Entonces diría que son mucho más sueltas, libres, pero que sí siguen planteando cosas de mujeres.

    ¿Y las lectoras jóvenes siguen leyendo esta literatura reivindicadora de la mujer, habiendo nacido ya en un mundo mucho más avanzado en ese aspecto?

    Tengo muchas lectoras jóvenes. Cuando me las encuentro me doy cuenta de que en alguna parte ellas también se sienten discriminadas y sienten que hay desigualdad. No, no se salva nadie.

    Se suele decir que los escritores siguen fórmulas. ¿Cómo es su caso?

    Te diría que solo tengo disciplina, la única “fórmula”. Es un trabajo muy solitario, que depende solo de ti. Entonces, o tienes una disciplina férrea o no llegas a ninguna parte. Cuando ya decido que alguna obsesión se ha instalado suficiente tiempo como para que amerite que diga ‘esto es una novela’, ahí cambio la rutina. Por ejemplo, vivo mucho de noche, y me levanto tarde. No es que yo pierda horas de sueño; las cambio. Creo que perder horas de sueño es fatal para la salud mental. Entonces, cuando empiezo esta etapa me levanto mucho más temprano, almuerzo liviano, sigo después del almuerzo, tomo mucha agua, trato de tomar poco café; ahora, fumo siempre igual, pero da lo mismo. Esto para explicarte que cuando las cosas no me salen, no me doy por vencida. De repente, en “La Novena” tuve un minuto que no supe, que se me empantanó. La dejé, y durante dos días anduve por la casa como enjaulada. Daba vueltas y vueltas, no lograba desentrañar el siguiente paso, pero sabía que iba a suceder. Hay que darle tiempo. Entonces empiezas a completar otras partes, otras ideas, corriges,  hasta que ¡ya!, te sueltas. Pero es todo una cosa de disciplina. Fórmula no hay ninguna.

    ¿Cuánto tiempo dura esa etapa disciplinada del proceso de escritura?

    Hasta la primera versión, porque normalmente hago unas tres o cuatro versiones. La primera es lejos la más difícil porque en ella encauzo la historia. Esa es la más lenta. Es distinto en cada novela, pero en esta última creo que la primera versión deben haber sido unos ocho meses. La dejé reposar. Después hice la segunda versión. Luego de nuevo la dejé reposar para tomar distancia. La tercera. Y ya la cuarta la hice con mi editora.

    ¿Y ya sabía el final desde el principio, o va surgiendo en el proceso?

    En el proceso. Aprendí que no hay que estructurar mucho las novelas antes de escribirlas. Es un enorme disfrute que se te vayan yendo solas. O sea, está bien que tengas el mundo que van a habitar, un mundo  determinado y acotado, y los personajes. Pero no hay que determinar mucho más que eso, porque cuando parten, lo hacen por su cuenta y empiezan a llevarte, y eso es muy rico. No tenía idea cómo iba a terminar cuando empecé a escribir “La Novena”. Pero siempre confío en que va a haber un final que me dé satisfacción.

    ¿Cuál es la obsesión que la persigue ahora?

    (Silencio) No, no voy a hablar de ella porque me agoto a priori. Estoy tan cansada ya, que la sola idea de reconocer que tengo este proyecto en la cabeza me agota. Pero en todo caso lo único que te puedo adelantar es que creo que la Ferrante y Knausgaard, el noruego que escribió también cuatro tomos que se llaman “Mi lucha”, me han dejado dando vueltas el tema de escribir una saga. Estoy pensando en eso hoy día. Pero mañana puedo pensar otra cosa.

    ¿Cuánto de su historia hay en sus historias?

    No estoy segura porque uno es una sola persona, y no soy esquizofrénica, por lo tanto, ninguna soy yo, pero es obvio que les paso cosas mías. Por ejemplo, una de mis hijas que estudió Literatura y que es una de mis correctoras, me decía: “Mamá, esto no le corresponde a Amelia (protagonista de “La Novena”). Esta frase la habrías dicho tú. Y Amelia es muy distinta a ti”. Así te das cuenta de cómo te traspasas.

    En “La Novena”, el hecho real del que parte la novela tiene que ver con su familia, con su madre, con un relegado de la dictadura que había aparecido en su campo. ¿Amelia tiene mucho de su madre?

    Tiene esa cosa de la época, como de mujeres un poco decimonónicas le llamo yo, porque eran tan contenidas, recatadas y virtuosas en el fondo, que después de ellas se acabó eso para siempre. Tiene esa cosa como suelta, abierta, pero recatada a fin de cuentas.

    Publicó su primer libro a los 40 años. ¿Por qué en ese momento de su vida?

    No fue premeditado. Fue por razones tan domésticas como la siguiente: estábamos recién recuperando la democracia en Chile, mi marido era candidato a senador y yo me fui con él al lugar de la elección, llevé a mis hijas y todo, trabajé por su campaña como una loca. Y perdió. Perdió por el sistema binominal chileno, no porque le faltaran votos. Eso fue lo peor, tenía los votos. Y cuando perdió entré en una depresión, él no, yo sí. ¿Te fijas cómo una se toma el remedio que tiene que tomarse el marido? Bueno. (Ríe) Entré en este bajón profundo y me acuerdo que me fui a Nueva York por 20 días, y ahí empecé a garabatear y me di cuenta de que inventar historias me levantaba el ánimo, me sacaba de la mía y así nació.

    ¿Es hoy muy diferente de aquella mujer?

    ¿Estás preguntando como mujer o como escritora?

    Como escritora.

    Sí, soy más madura. Literariamente. Tengo mucho más instinto sobre lo que es bueno y malo de las estructuras literarias. Al principio no entendía nada de las estructuras, lo hacía todo muy espontáneamente.

    Volvieron las artes plásticas a su vida. Está haciendo collage.

    Muy loco. Jamás esperé que eso me sucediera.

    ¿Lo había abandonado?   

    Pero por completo. Además me puse a escribir la primera novela con una niñita de dos años, una de seis, con un marido que se pasaba la vida en cosas importantes; o sea, imaginate lo que era. Entonces a la plástica le dije no. Además, había estado metida en los movimientos más de vanguardia que no me dejaron para nada feliz, que todo el puro arte conceptual, que la pintura había muerto, toda esa estupidez. Entonces la descarté. Nada más lejos de mí.

    Ahora lo que sí mantuve todos estos años fue la pasión por lo visual. Por ejemplo, en Chile estoy escondida en el campo y no voy nunca a un concierto, para eso oigo la música en mi casa. No voy al teatro porque odio el teatro, el cine lo veo en mi casa. Y lo único que me moviliza son las exposiciones. Me voy hasta Santiago, sola, me paso una hora en la sala o en el museo. Eso lo mantuve todos estos años con una rigurosidad que a mí misma me sorprende. Pero esto de que yo iba a volver a hacer algo...

    ¿Y qué pasó?

    ¡No tengo idea! Lo raro es cómo me salió todo lo que yo sabía. Yo no sabía que sabía lo que sabía. ¿Entiendes?

    ¿Qué trabajo está haciendo ahora?

    Recorto todo el día. Es lo más cercano a un acto zen, es de una humildad. La tijerita, el papel, la revista. Y después cuando ya tengo las cosas recortadas empiezo a armarlas y ahí me fascino con las formas, los colores, el peso de los colores. Y lo empiezo a pasar bien.

    ¿Le entusiasma la idea de armar una exposición?

    Tengo una amiga que es una gran artista visual chilena que me está convenciendo de exponer. Y yo pensé que voy a exponer por una razón (mira tú la loca): para que no piensen que esto es un hobby, esto es trabajo; en el fondo es para que me dejen tranquila, estoy trabajando. La única forma de que a uno no lo invadan.

    Dijo que la vida de la mujer es de segunda categoría. ¿Cómo sería la vida en primera?

    Claro que lo es. Tomar decisiones, tener igualdad de sueldo por el mismo trabajo, la crianza que sea de verdad compartida con los hombres, y el cuidado. Ese es un tema de las feministas norteamericanas que andan en esa, que es el care taking, que significaría el cuidado tanto de niños como de ancianos. Las gringas han escrito 500 millones de ensayos de una mujer normal, de 45 o 50 años, que trabaja ocho horas, tiene niños chicos y una madre anciana. Entonces, entre que tiene que cuidar a la madre o se divide el cuidado con la hermana, tiene que cuidar a los niños, el marido llega más tarde que ella porque las ocho horas de él son relativas (porque si está la mujer, qué importa atrasarse). Entonces la vida de la mujer está siendo bien insostenible. O sea, le estamos haciendo un favor al Estado gigantesco, económicamente somos una potencia. Imagínate lo que significaría pagar por ese cuidado de los viejos y de los chicos. Eso sería estar en primer lugar. No estar a cargo de la Relaciones Públicas sino ser gerente, ser dueñas de los medios de producción.

    Con su marido (Luis Maira) lleva 30 años viviendo en casas separadas. ¿Cree que la convivencia es la peor enemiga de la pareja?

    Sí, definitivamente. Todo lo doméstico mata. Los calcetines sucios botados en la pieza, yo soy ordenada de más, no podría resistirlo. La vida doméstica cada uno tiene que hacérsela a sí mismo lo más liviana posible, para que no te mate ni te invada. Estoy convencida de que hay formas de hacerla lo más liviana posible. Creo que los hombres no son fáciles para eso. Veo a mis amigas que viven con los hombres en la misma casa, y que tienen que hacer comida todas las noches. La sola idea me da horror. Qué cantidad de tiempo hay que perder para eso. Y después no hablemos de las cosas incompatibles que hay entre todos los seres humanos. Yo vivo de noche, él es madrugador; a mí me gustan todas las luces prendidas, él odia la luz; a él le gusta ver televisión, yo no pongo televisión jamás. Mejor que él tenga su casa y yo la mía, nos encontremos, no más.

    ¿Tienen todos los días una rutina de verse?

    La vida de los dos no es muy rutinaria. Él viaja muchísimo por su trabajo fuera de Chile. Cuando estamos los dos en Santiago lo normal es que en la tarde él se vaya a mi casa. Yo vivo en el último piso, tengo en pent-house en un edificio, y él vive en el piso de abajo. Normalmente él sube. Tengo gatos que él adora y va a verlos. A veces me acompaña cuando yo recorto, vemos las noticias siempre juntos, discutimos mucho de política. Lo pasamos regio. Me lleva cosas ricas para comer, porque él es muy gourmet.

    Se retiró de la vida pública y social, y vive en el campo. ¿De qué se cansó?

    Del ruido, del apuro y de la gente. De repente me di cuenta de que lo pasaba mucho mejor leyendo un libro que conversando con los tres señores que había comiendo en mi casa o en la casa de mi marido. Fui buen consorte un buen tiempo, y acompañaba a mi marido a todas estas comidas. Fue ministro de Estado, entonces iba al palacio de gobierno, me vestía, hacía todo el show. Me porté muy bien durante varios años. Fui embajadora. Dejaba que me sacaran fotos todo el día. Entonces, llegó un momento que dije basta. Lo paso mil veces mejor encerrada en mi pieza.

    Ahora mis amigas van al campo y se pasan un fin de semana conmigo. Y mis hermanas que son mis interlocutoras número uno, todas tienen casa en el mismo campo. Todas trabajan en Santiago y van. Pero de repente una de ellas que tiene un cargo muy importante, una vida muy difícil, arranca un jueves a las 6 de la tarde y duerme allá, entonces me avisa y nos vamos a tomar un trago y nos quedamos hasta las 2 de la mañana. Lo pasamos muy bien entre todas.

    ¿A cuánto está de Santiago?

    Una hora. Lo que pasa es que hay unos cerros entre medio que hacen que uno creyera que está en otro mundo. Los cerros son nuestro freno de la civilización.Como “La Novena”.Igual. Es eso. La escribí ahí, de hecho.

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