El actor argentino Leonardo Sbaraglia reflexionó sobre la industria del cine, el papel del gobierno de Macri en la cultura, la llegada de Netflix y cómo la actuación lo ayudó a descubrir su identidad
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Leonardo Sbaraglia todavía recuerda su primera prueba de actuación. El argentino —que hoy se consagra como el actor del momento—, era un joven tímido que intentaba pasar inadvertido en la escuela. Pero pocas veces lo lograba. Una tarde, una profesora de literatura leyó un cuento en la clase y pidió que un alumno lo interpretara. Sbaraglia ni siquiera levantó la mano, pero la docente lo miró y le dijo que pasara al frente. Al joven no le quedó otra opción. Subió a un pupitre que había en el aula e interpretó su primer personaje. Volvió a leer la triste historia y, como si sintiera el mismo dolor que el protagonista, se puso a llorar. “Fue la primera vez que me paré frente a todos y me di cuenta de lo que era capaz”, cuenta 30 años después. El joven, que iba a terapia por la separación de sus padres, cambió las sesiones por la actuación y encontró refugio en los personajes. Y nunca más pasó desapercibido. A los 16 años debutó en el cine con La noche de los lápices, una película sobre los secuestros y asesinatos de estudiantes de secundaria que hubo durante la dictadura argentina en La Plata.
Pero el reconocimiento masivo llegó con su rol en Clave de Sol, una de las telenovelas juveniles más populares de Argentina. Entonces, se volvió habitual ver al joven de 21 años en la portada de las revistas y escuchar sobre sus romances en los programas de televisión. Su participación le permitió acercarse al director de cine Marcelo Piñeyro. Juntos trabajaron en Tango feroz, Caballos salvajes y la premiada Plata quemada. Su talento y las buenas críticas lo volvieron uno de los actores más cotizados, no solo en América Latina. Con su interpretación como Franco Brignone en Plata quemada, que ganó el Premio Goya a Mejor película extranjera en lengua hispana, cautivó a los cineastas españoles, quienes no demoraron en contactarlo. Como consecuencia, Sbaraglia empezó a dividir su año entre España, Argentina y, posteriormente, Uruguay. Y se convirtió en uno de los actores más importantes de la región.
Tuvo roles protagónicos, como un empresario enamorado, un asesino, un discapacitado y un ladrón de bancos. Participó en Las viudas de los jueves y El corredor nocturno, una coproducción entre Argentina y España que se basó en la novela del escritor uruguayo Hugo Burel. Estuvo en las nominadas al Oscar a Mejor película extranjera Intacto(España) y Relatos salvajes (Argentina). También llegó a todo el mundo con la serie de HBO Epitafios y El hipnotizador, que fue filmada en Uruguay. Sbaraglia confiesa que se acostumbró a vivir como un nómade, pero con una condición: mantener las tradiciones. Nunca puede viajar sin su termo y mate. “Preparar el matecinho me hace sentir cerca de mi casa”, bromea nostálgico. Con esta costumbre, dice, encontró el equilibrio perfecto de la cultura rioplatense: mezcla dos yerbas uruguayas con una argentina. “Así se extraña menos en los rodajes”, cuenta a galería desde el hotel Radisson en Montevideo. El actor está en la ciudad para promocionar El territorio del poder, una obra de teatro que demuestra que Sbaraglia no solo es un hombre de cine.
El territorio del poder habla sobre la presión que la sociedad deposita en las personas. ¿Usted también la siente?
Siempre. La obra podría llamarse “el cuerpo”, porque el cuerpo humano es el territorio del poder. Vivimos de una forma completamente funcional al poder del otro, que está por encima de todas las personas y que muchas veces te aplasta. El espectáculo plantea una hipótesis sobre cómo recuperar el poder sobre el cuerpo, la libertad y los deseos. Hace muchos años, por ponerte un ejemplo, no estaba legitimada la esclavitud. Había hombres que no eran dueños de su propio cuerpo y ahora todos nos horrorizamos al hablar de eso. Pero, aunque cambió, seguimos siendo esclavos.
¿De qué se siente esclavo?
De muchas cosas. Uno está todo el tiempo preso y tiene que encontrar su lugar. Hay presiones sociales, del éxito y también en las relaciones. Todo el tiempo estamos en una especie de tensión equilibrada donde hay que encontrarse con uno mismo y no estar aterrorizado por el poder que nos domina. Esa es la idea del espectáculo.
Los textos los escribió junto a Fernando Tarrés, también director de la obra. ¿En qué se inspiraron?
Básicamente utilizamos ideas del filósofo Michael Foucault. Es impresionante pero sus ensayos se pueden trasladar a la modernidad sin perder vigencia. Fernando Tarrés se encarga de la parte sonora, mezclamos monólogos con sonidos y algunas partes cantadas. Juntos creamos una nueva experiencia que transita por distintos hitos de la historia. Y, de alguna forma, desnudan la naturaleza de la condición humana. Hablamos del sufrimiento, el terror y, por supuesto, el poder.
La mayoría de los relatos son difíciles de digerir. ¿Cómo reacciona el público cuando los escucha?
Nos pasó que algunas personas a veces se levantan y se van. Es poca la gente que lo hace, pero es porque tratamos temas difíciles. Aunque la idea es que todos hagan un viaje hacia un lugar mejor, los relatos son duros y a veces oscuros. Cuando hablamos de la Inquisición, por ejemplo, algunos pueden sentirse agredidos. Y no es la idea. El resto, que es la mayoría, entiende la obra.
El territorio del poder también tiene un fuerte componente político.
Sí, porque la política está en todo. A muchos de los espectadores les pasa que toman el espectáculo de una forma distinta según lo que esté ocurriendo en el país y en la coyuntura. La obra la hacemos hace años y me pasó que en 2015 la presentamos en un lugar donde había ocurrido un robo. Un grupo de argentinos vio que a una mujer un ladrón le robó la cartera y todos corrieron hasta atraparlo. Cuando lo encontraron, lo tumbaron y empezaron a golpearlo entre todos. Fue como un linchamiento. Y hay uno de los relatos que habla de eso. En el prólogo de Vigilar y castigar de Foucault se habla de la idea de linchamiento como una especie de castigo ejemplar. Siempre hay miradas distintas, igual que en la política.
Antes de que asumiera el presidente argentino Mauricio Macri, usted dijo que tenía miedo de que en su gobierno primara el mercado sobre la cultura. ¿Mantiene esa afirmación?
Claro. Todavía estamos en un momento de transición, pero hay muchos gestos políticos que apuntan a eso. Hay una amenaza de que ya no se van a poder seguir haciendo algunos proyectos que hasta hace un tiempo se podían financiar por el Incaa (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales). El instituto lo que hace es financiar pequeños proyectos que recién empiezan. Se pagan los primeros sueldos a la gente que trabaja, por ejemplo. Y eso es mucho dinero. Aparentemente eso no se está haciendo más y solo las grandes productoras argentinas son las que pueden hacer películas. El problema es que el 80% son producciones pequeñas. La buena salud que ha tenido el cine en los últimos años depende inevitablemente del Estado y de las políticas culturales.
¿Y el kirchnerismo impulsó políticas que los beneficiaron?
Sí, los gobiernos anteriores impulsaron muchísimo las políticas culturales y educacionales. Antes había un vínculo más estrecho entre la educación y la cultura. Y ahora, por decirte un ejemplo, en el canal (estatal) Encuentro están echando a un montón de gente. Está lleno de señales políticas de que el gobierno ataca a la cultura. No se quieren las políticas anteriores y se apunta a un modelo de sálvese quien pueda. El Estado ya no es un vínculo protector sino que se maneja a la suerte de los monopolios. Repito, estamos en un momento de transición y no me quiero precipitar, pero la gente de la industria y de la cultura está luchando. Evidentemente es un grupo empresario el que domina la Argentina en este momento y siempre se van a tratar de defender sus propios negocios y no tener una política de protección.
Pero parecería que la industria argentina que no deja de crecer...
Es que a mí me parece que, a pesar de estas políticas, el cine argentino está en un buen momento. Al no estar contaminado ni regirse tanto por el mercado, hay una diversidad que enriquece la cultura. Igual hay un problema con la distribución que es muy grave. En España y en Uruguay pasa lo mismo. Hay muchas películas nacionales que no son malas, pero que no tienen el aparato de publicidad detrás. A veces están en el cine porque se tienen que estrenar, pero no hay muchas posibilidades de que la gente se entere de que están en cartel. Como muchas veces estas producciones no cumplen la media de espectadores que están establecida, las sacan enseguida. Es un problema bastante generalizado y que, de vuelta, responde a una falta que ningún gobierno pudo solucionar.
Lo mismo sucedió con El otro hermano. La película coproducida entre Argentina y Uruguay que estuvo dos semanas en cartel y a los meses se estrenó en Netflix. ¿Cómo ve la llegada de estas nuevas plataformas?
Lo que pasó con El otro hermano es un ejemplo claro. Hay películas así que no llegás a verlas porque te la sacan al poco tiempo, pero como vos decís, al menos algunas llegan a Netflix. Podemos putear a estas plataformas, pero también son una posibilidad y un reconocimiento. A veces es el único modo de ver algo, aunque tampoco hay tanta diversidad. De cualquier manera, son lugares de difusión y de trabajo.
En El otro hermano, al igual que en Nieve negra, interpretó a un personaje que no genera empatía con el espectador. ¿Cómo se prepara para estos roles?
Cada personaje tiene su propia vida y lleva un trabajo particular. Duarte (de El otro hermano) fue uno de los más difíciles que hice. Incluso lo hice con miedo. Era un personaje muy desagradable, pero había ideas narrativas fantásticas sobre cómo contar su historia. El director (Adrián Caetano) me presionó mucho y me llevó al límite. Me dio muchas indicaciones y una dirección impresionante. Siempre estuvo encima de mí y yo estaba abierto a esa relación. De pronto en otro momento me hubiese hartado.
¿Es difícil encontrar su identidad cuando está todo el año inmerso entre personajes?
Es una pregunta que me hice muchas veces hasta que descubrí que elegir escribir o hacer una película es una manera de relatar la propia identidad de uno. Yo me analizo y me analicé por muchos años. Una vez le dije a mi terapeuta que estaba cansado de estar todo el año trabajando e intentando entender a otras personas. Sé cómo se mueven y cómo son otros, pero no sabía en qué lugar quedaba yo. Entonces le dije que me quería prestar atención a mí y saber cómo era yo. Me acuerdo que me dijo que uno se encuentra a través de otros; de otras personas y de los vínculos que establecemos con otros personajes. Ellos también hablan de uno. Aunque sean bestias, como Duarte, tenés que encontrar la manera de reflexionar sobre vos mismo. Por eso es como si con cada personaje tuviera un lente y una herramienta nueva para reflexionar sobre mí mismo. Hay maneras de saber dónde estás vos ahí.
¿Y cómo lo logra?
No sé si con cosas concretas. Para mí hacer un personaje es como irme de viaje con un amigo. Te vas a un lugar con una persona que te acompaña, te puede caer mejor o peor y te pueden desagradar cosas, pero estás en un viaje. Tenés que apostar al encuentro y de esa forma trato de encontrarme. Después termina el viaje y, por supuesto, aprendo cosas nuevas. Siempre me llevo un aprendizaje. A ese amigo lo despido y después vuelvo a casa. Eso te modifica. La actuación te permite reflexionar sobre uno mismo y vivir un viaje con otra gente. Eso también te nutre. Vivís diferentes aventuras que a veces hasta se parecen a las guerras. No muere nadie ni nada te va a matar, por suerte, pero hay una especie de estrategia y de sobrevivencia. De pronto estás en el medio de la montaña y tenés que cumplir con objetivos concretos.
Después de más de treinta años de carrera, ¿es difícil encontrar personajes que lo seduzcan?
Al contrario, es difícil que te deje de pasar. Aunque siento que tengo más experiencia y calidad, y eso ayuda, soy una persona que está en constante aprendizaje. Cada vez que me encuentro con un director que me conmueve, me vuelven las ganas. Y me pasa cada vez más.
Nació en Argentina pero estuvo muchos años en el exterior. ¿Cómo siente que lo ven en su país?
Con el público argentino tengo un vínculo familiar por las decisiones que he tomado. Siempre me mantuve cerca e intento volver cuando puedo. Pero hay decisiones que no dependen de uno. La película te puede gustar o te puede parecer una mierda. Nunca se puede saber cómo va a reacciona el espectador. Yo siempre apuesto a que va a ser un producto bueno porque estuvo bueno hacerlo. Pero no es que apostamos a que la película tenga éxito. En general no me muevo por ese patrón. Por supuesto que está buenísimo que tengan mucha visibilidad, pero eso no ocurre. Y si me moviera por el éxito, ahí sí me sentiría preso.
¿Y nunca sintió la presión del mercado?
En realidad no. Eso pasa mucho en Estados Unidos. Les dicen a los actores que tienen que hacer una película porque va a ser un éxito. Es una industria masiva, pero está muy limitada. En el caso de Argentina y España, seguro que también en Uruguay, hay un poco más de libertad. Si bien estamos dentro de un sistema, tenemos un poco más de libertad artística y podemos decidir lo que estamos haciendo. Eso también depende de uno.
¿Con las telenovelas argentinas pasa lo mismo?
Ahí es diferente. Yo no las miro mucho y tampoco tengo tiempo. Algunas cosas me dan la suficiente curiosidad para ir a verlas, pero no puedo opinar en general. Pero pasa que los propios actores que hacen las telenovelas a los seis meses están recontra podridos. No voy dar nombres y no opino...
¿Nunca vio Las estrellas?
Las pocas veces que vi Las estrellas salí corriendo para otro lado. Es feo hablar de los compañeros, porque a veces la gente hace lo que puede. Es su laburo y no es fácil elegir todo el tiempo el trabajo. Los actores en ocasiones no tienen otra alternativa. También se podrían ir antes, pero es muy difícil cuando estás metido en un éxito. Por eso te digo que es distinto. A mí lo que un poco me molesta es cómo estiran las comedias. Y todos terminan actuando como el… parece que eso es gracioso. Hay tanto para ver y tanta oferta con calidad que los directores en la televisión tendrían que ponerse las pilas.
¿Pero a los argentinos no les gusta eso?
Sí, es cierto que a los argentinos les gusta ver a sus propios artistas. Lo mismo pasa con algunos programas españoles.
¿Y los uruguayos?
También, claro. Pasa que acá no hay tanto espacio y es una pena porque hay grandes artistas en este país. Mirá a la China Zorrilla y Natalia Oreiro.
¿Cómo fue trabajar con la China Zorrilla en Besos en la frente?
China fue lo más. Era la persona más buena y encantadora que te podías encontrar. Era generosa, muy amable y fácil de convivir en un set. Después de grabar Besos en la frente terminamos con una relación de amistad. Incluso me regaló un pullover que ella me tejió. Mientras hacíamos la película, me acuerdo que me preguntaba si me gustaba el color y los puntos. Cuando la cámara rodaba y la agarraba en un plano cerrado, ella aprovechaba y tejía. Era un personaje.
¿Le gustaría terminar su carrera como ella?
Ojalá uno pudiera terminar arriba de un escenario a la edad que sea. Como demostró la China, es una profesión que no se agota y que al mismo tiempo te llena. A mí me encanta trabajar. Por eso lo hago tanto. Es de las pocas profesiones que te dejan seguir poniendo el cuerpo hasta tan grande. Grandísimos actores trabajaron hasta el final y me encantaría que me suceda.
Hablamos del cine, pero ¿qué lo atrapa del teatro?
Es diferente. Me atrapa porque te da la posibilidad de entrenar habilidades diferentes y de estar en contacto con el público. Es como si fuera un jugador de fútbol y entrara a una cancha de papifútbol o una cancha de once. Se establece una relación muy mediata con el ejercicio de la actuación y con la comunicación en ese espacio. Ocurre algo único y vos lo estás llevando adelante. Cuando hacés una función, la pelota y el partido lo estás jugando vos. Tenés muchas posibilidades de decidir qué expresar con el espectador. En el cine es diferente.
¿Por qué?
Porque en el cine lo manejás mucho menos. Vos actúas, pero la última palabra la tiene el que edita. Es el que termina de construir el mensaje y puede cambiar totalmente. Básicamente hacen una reescritura. Hay un guion que se escribe, una película que se produce con un montón de elementos y después está la posproducción. El director y el montador agarran los elementos y le vuelven a dar un sentido o no a la historia. Muchas veces se olvidan del sentido que tenían y no cuentan nada.
¿Le pasó en alguna producción?
Y sí, me ha pasado. También me pasó que sentía que estaba expresando algo, pero como el director lo vio de otra manera el personaje no se entiende. Es frustrante, pero son las condiciones que hay que aceptar. A veces te muestran la película antes de que esté totalmente cerrada y otras tantas, no. La línea entre lo que funciona y lo que no, es muy delgada. Capaz que un director piensa que la película es una genialidad y después nos damos cuenta de que es un fracaso. Hay demasiados elementos que están en juego.
Como espectador, ¿qué le gusta ver?
Cuando era chico me encantaban las películas de De Niro y de Brandon. Pero ahora los veo y no es lo mismo. No son las mismas producciones. El cine norteamericano de los 70 era una maravilla, pero pasó su esplendor y ahora cambió mucho. Me gusta mucho David Lynch y Woody Allen. El cine es una muy buena cita, pero no tengo mucho tiempo para ir. Por supuesto que soy amante del teatro y también me gustan algunas series en Netflix. Hasta hace poco no estaba muy actualizado, pero hace tiempo me vi todo House of cards y Breaking Bad.
¿Postergó muchas cosas por la actuación?
Siempre intenté que no, pero hay cosas que dejé atrás. Este año podría estar trabajando en España y no estar en Argentina. Decido hacerlo para estar cerca de mi hija. El año pasado viajé a España porque tuve una propuesta muy buena para una serie que está por estrenarse. Hay que encontrar un equilibrio. Hasta ahora lo consigo bastante bien, aunque me gustaría estar más tiempo con mi hija. Ella entiende cómo es mi trabajo y muchas veces dice que está bien que me vaya, así me puede ir a visitar. Pero no puedo dejar que las decisiones las tome una niña. Yo soy el adulto, a mí me gustaría estar más cerca.
¿De qué se trata Felix, la serie que hizo en España?
Es la historia de un argentino que va a Andorra y se enamora de una china. Tienen una explosión de amor, pero ella desaparece. La serie comienza cuando él la va a buscar. Es divertida porque él es un antihéroe muy torpe. Como en mis últimos trabajos, es un proyecto que tiene mucho suspenso. Incluso se mete en el mundo de la mafia. En América Latina también se va a estrenar. Y para el resto de 2018 posiblemente tenga un proyecto para la televisión argentina. Además de presentar El territorio del poder en Uruguay, claro.
Va a recorrer varios departamentos de Uruguay durante la gira de la obra de teatro. ¿Los conoce a todos?
Algunos no. A pesar de que soy argentino, y cueste creerlo, no conozco mucho Punta del Este. Hace un tiempo estuve en Colonia y también veraneé en La Paloma y La Esmeralda.
Además de hacer una función por lugar tiene pensado dar charlas, ¿es así?
Sí. Cuando se les ocurrió este delirio tenían ganas de que vaya por el país como una especie de encuentro cultural. En cada sitio va a haber dos funciones: en una hacemos una charla y en otra una función. La idea es que la gente pueda hacerme preguntas y yo, como pueda, voy a intentar responder. No soy muy bueno en eso.
En territorio uruguayo
Leonardo Sbaraglia pasará marzo en Uruguay. El actor argentino realizará una gira por el país con El territorio del poder, una obra de teatro que transita por distintos hitos de la historia. La primera función será el domingo 4 en el Teatro 28 de Febrero de Mercedes. Luego recorrerá Rocha, Colonia, Maldonado, Treinta y Tres y Canelones. Por último, se presentará en la sala principal del Teatro Solís, el jueves 22. En cada departamento se harán dos funciones: en la primera expondrá la obra y en la segunda se realizará un intercambio entre el público y el actor. Las presentaciones en Uruguay son para Sbaraglia el puntapié de una gira por distintos puntos de América Latina. Las entradas del espectáculo cuestan entre 250 y 500 pesos.