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    “La bancada nuestra es muy floja. Es tan así que se destaca Rafael Michelini”

    Después de 30 años como secretario de bancada del Frente Amplio en el Parlamento, Velarde González publica un libro con anécdotas y reflexiones de los principales políticos del país

    Velarde González vivió en directo buena parte de los principales acontecimientos políticos posteriores a la dictadura. En 1985 comenzó a trabajar como secretario de bancada del Frente Amplio
    —cargo que dejó hace un par de meses— y durante 33 años concurrió al Palacio Legislativo.

    En tres décadas fue testigo de votaciones, interpelaciones, charlas de pasillo, peleas a golpes de puño entre legisladores de diferentes partidos, debates profundos en sala y bromas de ambulatorio. Cuando ingresó al Parlamento el Frente Amplio era el tercer partido, con una bancada compuesta por seis senadores y 21 diputados de los que hoy no queda ninguno. De hecho, el único legislador que continúa hoy en el Parlamento desde esa época es el senador blanco Luis Alberto Heber, que en aquella legislatura fue electo diputado por Rivera.

    González tiene incontables anécdotas y muchas formarán parte de El Parlamento era una fiesta, un libro que tiene previsto publicar a mediados de año. Cuenta, por ejemplo, que el 22 de diciembre de 1986 escuchó al diputado colorado Antonio Marchesano acordar con su correligionario del Senado, Manuel Flores Silva, y con el nacionalista Juan Raúl Ferreira, la expulsión del Parlamento del senador frenteamplista Germán Araújo, acusado de incitar a la violencia contra los promotores de la ley de caducidad en sus audiciones de CX30.

    También relata cómo se vivió en la bancada frenteamplista la ruptura de Hugo Batalla con la coalición de izquierda, y las conversaciones del entonces líder de la lista 99 con mandos militares de la dictadura en los primeros años de democracia. Además, González se refiere al papel que jugaron en el Parlamento los entonces senadores frenteamplistas Danilo Astori y Alberto Couriel, que estaban en contacto permanente con Alejandro Atchugarry, el ministro de Economía durante la crisis del 2002. Sobre ese punto, el exsecretario de bancada incluye valoraciones críticas acerca del presidente Tabaré Vázquez.

    Nacido en Durazno en 1945, González trabajó como periodista en varios medios del interior y hace dos años publicó la novela policial La torre del espejo. Durante la dictadura vivió en Buenos Aires y volvió cuando el retorno a la democracia. Por su relación con el general Líber Seregni fue designado secretario de bancada del Frente Amplio, puesto que ocupó hasta hace algunos meses, cuando fue cesado vía teléfonica (ver recuadro). Hoy está en juicio con la fuerza política, a la que acusa de no haber cumplido con aportes patronales.

    En las tres décadas que estuvo en el Parlamento, González se convirtió en una figura reconocida por legisladores de todos los partidos y funcionarios. En estos años también estuvo vinculado a varios boliches y restaurantes montevideanos. Hoy está jubilado y alterna la escritura de su libro con la pintura y la fotografía. En su casa del Parque Rodó recibió a galería.

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    ¿Cómo surgió la idea de escribir el libro?
    La vida de los parlamentarios es distinta a lo que la gente cree. Se me ocurrió que contando cómo son en la intimidad los humanizo y los pongo en un plano de igualdad con gente que no los conoce. Hay muchas cosas que no puedo decir con nombre y apellido. La idea surgió en conversaciones con viejos funcionarios.

    ¿Qué momentos destaca de los años que estuvo en el Parlamento?
    Desde el principio valió la pena. Por ejemplo, el discurso de (el senador frenteamplista) José Pedro Cardoso en la Asamblea General en 1985, cuando hizo la declaración de apertura democrática. Después, la votación de la ley de caducidad. En el libro cuento cosas terribles. Cuando se estaba votando en Diputados, afuera había mucha gente y hubo mucha represión. Eso se trasladó a la sala y empezaron las rencillas. Me acuerdo de que (el diputado socialista) Guillermo Álvarez estaba sentado pasillo de por medio con un diputado blanco y le dijo: “Vo, blanquito”. Yo estaba parado al lado. “¿Qué pasa?”, dice el otro, que no quise poner el nombre. “¿Sabés dónde está tu mujer?”. “¿Cómo?”. “Tu mujer está con un tipo del Pit-Cnt”. “La puta que te parió”, le dijo. Y ahí se armó. A todo esto la piñata se había generalizado en el centro de la sala, era una marea humana, te diría que 14 o 15 legisladores a las piñas. Ahí, Leonardo Nicolini (que también era secretario de bancada) se metió en el medio del lío y recibió una piña que cayó muerto. El que le pegó fue (el fallecido diputado blanco, Héctor) Sturla. El Canario Lorenzo Rovira, un personaje de la IDI, tenía una diferencia con un legislador del Partido Colorado, Ruben Díaz. Aprovechó en el medio del lío, se escabulló hasta la bancada, le dijo “tengo que hablar contigo” y le dio una piña que lo levantó. 

    ¿Le tocó ver de cerca muchas negociaciones?
    Al lado nuestro, en el ambulatorio, había una pequeña oficina donde se reunieron Marchesano, Juan Raúl Ferreira y Flores Silva. Ahí cocinaron nada menos que la expulsión de Araújo. Fue cuando la discusión de la ley de caducidad en Diputados, un 22 de diciembre. Era mi cumpleaños, si me acordaré. Yo me paré al lado de la puerta como distraído y escuché perfectamente. Ahí se repartieron los roles por indicación de Marchesano, Juan Raúl y Flores Silva. Después lo vimos perfectamente cuando la ley se discutió en el Senado.

    ¿Usted qué hizo?
    Fui y le conté a Germán: “Mirá, Germán, pasa esto”. Él dijo: “No pasa nada”, estaba muy confiado. En determinado momento, Germán sale de sala. Ya se había presentado la denuncia contra él y se encuentra con (el senador blanco Alberto) Zumarán. Zumarán fue el que hizo la primera denuncia contra él porque Germán había dicho en la radio que el tema de la tortura era como que Zumarán y Fulano —no sé quién era el otro— sujetaran a otra persona y un milico lo picaneara. El Petiso (Araújo) —yo estaba parado al lado de él— se acerca a Zumarán y le dice: “Che, gordo, me quieren crucificar”. Zumarán le dijo: “Eso no es problema mío, eso es asunto de otros”. “Pero vos no lo vas a permitir”, le dijo. “No es cuestión mía”, y camina dos metros y le dice: “Te vas a la rey de la puta madre que te parió, petiso de mierda”. ¡Zumarán! Te podrás imaginar que yo dije: “Chau, estás condenado”.

    ¿Qué recuerda de cuando se votó la instalación de la cruz del papa en el primer gobierno de Julio Sanguinetti?
    Yamandú Fau (de la lista 99) hizo la exposición en Diputados en nombre de la bancada del Frente Amplio en contra de la instalación. Teníamos el problema que estaba (el diputado demócrata-cristiano Héctor) Lescano, que estaba a favor y entonces Yamandú tenía que ser muy cuidadoso con lo que decía. Dijo lo que dice un buen masón. Ya sabíamos que estaba perdida la discusión, las barras estaban llenas de gente del Opus Dei. Cuando Yamandú hablaba una señora le gritaba “¡Apóstata!”, “¡traidor!”. Y no lo dejaba hablar. Y Yamandú se dio vuelta y le dijo: “Señora, ¿usted quiere hablar? Va y se anota, pero no me interrumpa más”. Y siguió hablando. Era muy orador. Otro momento importante fue la ruptura de Batalla con el Frente Amplio en 1989. Eso fue terrible, traumático.

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    Velarde González junto al senador nacionalista Luis Alberto Heber, el único legislador que sigue en el Parlamento desde 1985. Foto: Archivo Velarde González.

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    ¿Cómo se vivió eso en el Palacio?
    En la interna había gran desconcierto porque las negociaciones no ocurrían en el Palacio, estaban ocurriendo afuera. Y había una presión muy fuerte por parte de (los diputados de la 99) Fau, (Carlos) Cassina, y algunos otros. Hugo no sabía qué hacer. Él tenía un gran respeto por el general (Seregni), no se quería ir, pero todo surgió a raíz de la oposición del Partido Comunista a su candidatura a la Intendencia de Montevideo. Fue una burrada del Partido Comunista. Hugo Batalla era el tipo más popular del Uruguay. Yo salía con él a la calle y no podías caminar. Pero el Partido Comunista se opuso, querían la tajada. Si no se hubieran opuesto, el Frente hubiese ganado la Intendencia en el 85.

    ¿Cómo se vivía en la interna?
    Los socialistas creían que no iba a ser tan complicado. Me acuerdo de haber hablado con Guillermo Álvarez que me dijo: “No te preocupes, esto nosotros lo controlamos desde los sindicatos”. ¡Mirá qué ingenuo que era! ¡A la 99, que no tenía sindicatos! Era una visión muy ingenua. Seregni hizo lo que pudo para evitarlo, no pudo más. Si no, lo arrastraba a él también. Ya había una decisión, era evidente que Sanguinetti­ y compañía estaban operando desde hacía mucho tiempo y le habían comido la cabeza. A Huguito lo empujaron y cayó solo.

    Usted fue un testigo directo de las negociaciones por la crisis del 2002 en el Parlamento. ¿Qué recuerda de esa etapa?
    Habría tres personas fundamentales: Atchugarry, Astori y Couriel. Atchugarry llamaba diariamente para hablar con Danilo o con Couriel. Porque el Frente, aunque marcaba las diferencias con Tabaré Vázquez, en el Parlamento estaba dando la cuota de respaldo que necesitaba el gobierno. Los votos los decidían Astori y Couriel, como economistas.

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    Reinaldo Gargano, Líber Seregni y Velarde González. Foto: Archivo Velarde González.

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    ¿Y por qué no tuvieron suerte en la bancada?
    ¿Cómo que no tuvieron suerte?

    El Frente votó en contra de la ley de fortalecimiento del sistema bancario, en algunos casos por disciplina partidaria.
    No lo votó porque Tabaré Vázquez prácticamente estaba declarando el default. Una cosa espantosa. Hay cosas de Tabaré espantosas que no puedo decir. Creo que el libro debería tener una segunda parte.

    Usted no tiene mucha relación con Vázquez. ¿Por qué?
    Porque siempre se rodeó de gente que no me gustó. ¿Yo qué tengo que ver con (el presidente de Cutcsa, Juan) Salgado, con este y con el otro?

    ¿Tuvo contacto con él en estos gobiernos?
    Muy poco. Él presidía la Agrupación Parlamentaria cuando era presidente del Frente Amplio. Pero ya había gente ahí... Por ejemplo, el tipo que terminó siendo el secretario de él (Eduardo) Bandeira, era el que nos servía el café a nosotros cuando hacíamos las reuniones en la Presidencia (del Frente Amplio, a la salida de la dictadura). Como nadie lo conocía, cuando entraba con el café se hacía un silencio y se esperaba hasta que terminara de servir y se fuera. ¿Sabés cómo termina con él? Porque Seregni le dice: “Che, Bandeira, ¿vos podrás conseguir un auto?”. Le dijo: “Sí, sí, yo consigo”. Y así fue.

    Hay quienes consideran que con las mayorías parlamentarias el trabajo en el Poder Legislativo cambió, porque viene todo negociado desde afuera y hay poco margen para modificar los temas. ¿El nivel parlamentario ha decaído?
    Totalmente. El nivel es muy bajo. La dependencia que tienen del Poder Ejecutivo es tan grande que no generan absolutamente nada.

    ¿A qué parlamentario destaca?
    Hoy por hoy, a Constanza Moreira, aunque parezca mentira. Es una buena polemista, tiene ideas propias, es valiente.

    En las últimas dos elecciones el MPP votó muy bien gracias a la figura de José Mujica y eso llevó a que ingresara mucha gente nueva en el Parlamento. ¿Eso se nota en la bancada?
    Los famosos tapados de Mujica. “Ah, tengo un tapado”, me decía. La bancada nuestra es muy floja, no hay polemistas, no hay gente capaz de encarar una discusión en serio. Es tan así que se destaca Rafael Michelini, lo que te da una idea de la situación en la que estamos. Si te ponés a pensar: “¿Qué dijo Lucía (Topolansky) en tal tema?”. Nunca habla, nos han atacado fieramente y no habla. Ahora es la presidenta (de la Asamblea General).

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    Foto: Luciano Dogliotti.

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    Alrededor del Parlamento hay varias leyendas, como por ejemplo que muchos toman whisky y hasta legislan borrachos. ¿Qué dice de eso en el libro?
    No es tan así. En el libro hablo de un personaje de antes de la dictadura al que le decían La bicha, un funcionario que se encargaba de la custodia exterior. Cuidaba los autos y les vendía whisky. A las cinco de la tarde servía té y era whisky. En las tacitas se veía igual y algunos hasta lo revolvían. Pero La bicha también tomaba. Un día se mamó, lo agarró un temporal afuera, se metió en el auto de atrás de un senador y se durmió. Cuando terminó la sesión, el senador (colorado Alberto) Brause se fue a la casa, guardó el auto y no lo vio. Cuando La bicha se despertó no sabía dónde estaba, salió del auto como pudo y tiró cosas. El senador salió con el revólver a ver qué pasaba y llamó a la Policía. La bicha gritaba: “No me tire, soy yo, el del té de las cinco”.

    ¿Pero no vio a nadie tomar?
    No. Al último que vi tomando, porque compartíamos la botella, fue al Ñato (Eleuterio Fernández Huidobro). Pero el whisky a él le parecía una bebida demasiado cara y tomaba grapa en los boliches de la esquina. (El senador frenteamplista) Alberto Cid también, pero no pesa para nada ni modifica que uno haya tomado una copita.

    ¿Qué otra cosa destaca en el libro?
    La cocina de la ley de caducidad fue muy delicada. Mucha gente nuestra no sabe que nosotros participamos en la cocina.

    ¿En qué sentido?
    Hubo reuniones con militares. Cuento por ejemplo que tuve oportunidad de ser testigo de una reunión entre Batalla, pedida por Seregni, con los militares pesados, una semana antes de que se votara la ley. Los militares a partir de esa reunión ofrecen siete nombres a cambio de que no se investigara nada. Ni las torturas ni las desapariciones. Por supuesto que el Frente lo rechazó, pero los siete nombres los trajo Batalla al Frente.

    ¿Cuáles eran?
    No me acuerdo. No importa quiénes. Lo que importa es que previo a la cocina hubo negociación con todos.

     

    Batlle era “brillante” y Bordaberry “estiradote”

    Velarde González conoció a los principales líderes partidarios de los últimos años. En la entrevista con galería, dio su impresión sobre ellos en el Parlamento.
    JULIO MARÍA SANGUINETTI: “Se aburrió durante todo el período (como senador entre 2005 y 2010). Dibujaba en las sesiones. Yo guardé algunos de sus dibujos, lo hablé con él y me dijo que podía publicarlos en el libro. Se aburría y dibujaba. Son tipos ejecutivos”.
    LUIS LACALLE HERRERA: “Era muy hábil. No tenía la brillantez de Jorge (Batlle), pero tenía la habilidad necesaria para mechar cositas, por ejemplo en la media hora previa. Eso siempre le daba un destaque. Gestos con barrios, zonas, pueblitos que nadie conocía”.
    JORGE BATLLE: “Era brillante, ocurrente. Como legislador no precisaba estudiar nada. Sabía todo, conocía todo. Era una enciclopedia con patas. Y si no, inventaba, tenía esa capacidad. Un día se trajo a un funcionario de la Casa del Partido Colorado al Palacio que estaba en la puerta. Se llamaba el Tito. El tipo tenía una función: cuando Jorge llegaba le abría la puerta del auto. Después llegaba cualquier senador y le abría la puerta. Un día de un temporal impresionante llegó Lacalle en auto y el Tito fue a buscarlo con un paraguas. Cuando lo estaba acompañando ve que llega otro auto y era Batlle. En el medio de la escalinata le dice a Lacalle: ‘Discúlpeme, llegó el senador’. Y Jorge desde el auto se mata de risa y le dice: ‘Luis Alberto, comprate un paraguas’”.
    PEDRO BORDABERRY: “Medio estiradote. Se le nota. Tuve una buena relación con él. Conozco todas las historias de los Bordaberry porque soy de Durazno y no hablan bien de ellos. Su abuelo era el administrador de Carlos Reyles. Cuando Reyles se fue a Europa se patinó mucha guita y escribió libros. Cuando volvió se encontró que buena parte de la fortuna no estaba. El administrador se quedó con todo. Los campos que tienen los Bordaberry hoy eran los campos de él. Un día se lo dije. Que era gran admirador de Carlos Reyles. Y la cara le cambió, se puso verde. Porque no le gusta que se lo digan. Seguramente, ya está todo legalizado, pero el tipo era el administrador y Carlos Reyles murió pobre en el Centro de Montevideo.
    JOSÉ MUJICA: “Era otro que se aburría. El dicho de él con respecto al Parlamento es: ‘No te pagan por lo que hacés sino por lo que aguantás’. Eso lo define de cuerpo entero. Iba porque no tenía más remedio. Un día se quería ir y le dije: ‘Mirá que se te cae la bancada”.

     

    “El Frente no me reconoció los años de trabajo” y “me echó por teléfono”

    ¿Por qué se fue del Parlamento?
    Durante 33 años fui secretario de bancada del Frente Amplio. Fui designado por el general Líber Seregni y ratificado en un Plenario nacional. Me tendría que haber ido antes, también tengo otros intereses y otras cosas.

    ¿Por qué no lo hizo?
    Porque, aunque parezca mentira, el Frente Amplio no me reconoció los años de trabajo. Ni me los quiere reconocer ahora. Es una situación... Me jubilé por edad avanzada.

    ¿Está en juicio con el Frente?
    El juicio se lo gané.

    ¿No hicieron los aportes?
    Desde el año 85 al 2002 no hay aportes. No existo. Tengo todo absolutamente documentado. Sin embargo, el Frente aún —creo que esto es empecinamiento de (Javier) Miranda (presidente del Frente Amplio)— se resiste a reconocerme los años.

    ¿Ahora en qué etapa está?
    No sé qué va a pasar. Estamos en un segundo juicio que tiene que ver con el reconocimiento de los años.

    ¿Cómo se fue?
    Fue por teléfono. Hace uno o dos meses. Me llamaron a decirme que estaba despedido, que era una reestructura de personal. Por supuesto llamé a mi abogado. Cada legislatura nueva, cada vez que asumía un coordinador de legislatura, yo planteaba el tema. Tengo notas que los coordinadores enviaron (al Frente). En el 2002 empezaron a hacer los aportes.

    ¿Cómo cobraba usted?
    En el Frente. Lo grave de esto es el mal ejemplo.

    GALERIA
    2018-05-24T00:00:00