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    Guillermo Francella: ”Una cosa es ser líder de opinión, y otra cosa es ser opinólogo”

    Entrevista con Guillermo Francella, protagonista junto a Luis Brandoni de Mi obra maestra, una película sobre la amistad que participará en el Festival de Venecia

    Periodista, vendedor de propiedades y después actor. Hacer de su sueño un medio de vida le llevó un tiempo a Guillermo Francella. Pero en su rubro, una autoestima a prueba de rechazos sucesivos y la perseverancia son cualidades imprescindibles, y él las tenía. Y llegó, primero a la tele, con sus ojos pícaros, que alternaban entre las curvas de las chicas en minifalda (que en la ficción parecían no enterarse) y la cámara (un recurso que había patentado Alberto Olmedo), ganándose la complicidad del público.Mucho después, al cine. Ha dicho que al hacer reír a la gente se siente como en casa. Después de que dramas como El secreto de sus ojos y El clan terminaran de consolidar su carrera en el cine y mostraran su versatilidad interpretativa, Francella decidió volver a casa con Mi obra maestra, la nueva película de Gastón Duprat (El ciudadano ilustre, El hombre de al lado), seleccionada para participar en el Festival de Venecia, en la sección fuera de competencia.

    La trama es fácil y al mismo tiempo difícil de resumir. Francella es Arturo Silva, un galerista carismático y sin demasiados escrúpulos cuyo amigo íntimo es un artista visual, Renzo Nervi (Luis Brandoni), que fue furor en los 80 con su estilo particular pero que se fue quedando en el tiempo y sus obras ya han perdido el interés de los aficionados. La fuerte amistad entre ambos, que ha resistido a sus diferencias —uno, sociable y ambicioso; el otro, gruñón y reticente a adaptarse a los cambios del mercado— y al paso del tiempo, se pone a prueba con un giro de la historia, un quiebre, y el resultado es tan inesperado como luminoso.

    Francella llegó a Montevideo —junto a Brandoni y Duprat— para hablar de esta película, que ya está en cartel. En las respuestas que da a galería van apareciendo los diminutivos (con fines irónicos) y algunos gestos que a uno lo remontan al Francella de La familia Benvenuto y de Casados con hijos; al que se hizo popular en las tiras televisivas, con sus personajes encantadores y de dudosas intenciones. Ese, que aparece de vez en cuando, ahora convive con el otro, el que juega en las grandes ligas, porque a eso, siempre, lo acompaña una actitud.

    Como actor debe ser muy observador. ¿Ha jugado alguna vez a adivinar a qué se dedican unos desconocidos en el parque, como hace su personaje en la película, o cómo es el vínculo de algunas parejas en un restaurante?

    Te confieso que lo hacía, hace muchos años. Después, con el tiempo, al ser conocido ya me da algo de pudor observar y que el otro sienta que lo observé. Me gustó mucho ese recreo que Arturo tiene en la película, que en los momentos ociosos va a la plaza y observa.

    Su personaje es galerista. ¿Qué vínculo tiene usted con el arte?

    Aficionado. Me gusta, tengo algunas pinturas en mi casa, originales que me han gustado, simplemente porque me han gustado, porque los vi en una galería y me gustaron para colocarlos en mi living. Tengo relaciones con gente de la pintura, tengo un amigo pintor, y tengo un galerista amigo también, en la calle Arroyo. Ambos fueron un poco mi consulta para charlar relacionado con este universo, pero yo creo que Duprat contó la anécdota en el mundo del arte pero podría haber sido contada en cualquier otro ámbito. El arte ha sido una excusa por sobre todas las cosas, porque Andrés Duprat (el productor), no Gastón (el director), es el director del Museo Nacional de Bellas Artes, entonces conoce mucho el palo y nos orientó en las miserias del arte, el fraude que hay dentro del arte, y lo contó por ahí.

    Filmada en Buenos Aires, Jujuy y el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, en el estado de Río de Janeiro, la película tiene —además de un guion inteligente, por momentos dramático, y por momentos emotivo o divertido—, paisajes hermosos. “Me gustó el tono de la película, a qué apunta —contó Brandoni en la conferencia de prensa—. Tiene un tono de comedia muy agradable, que es poco frecuente, porque es complicado el género. Que parezca fácil no significa que lo sea. Y de los personajes, ninguno es un ejemplo, pero los dos son querendones. Yo tuve la sensación, y no me equivoqué, de que podía ser una película que le hiciera bien a la gente”.Según Duprat, el gran atractivo de la Mi obra maestra es que si bien es una comedia, los personajes se toman en serio las situaciones: “Ellos actúan drama, no comedia, y eso hace que la película tenga la densidad de un drama, y sin embargo tenga muchos momentos graciosos o resoluciones disparatadas. Y con estos actores, que pueden darles verdad a situaciones muy peculiares, extremas, y algunas inverosímiles. Son actores cálidos en general; eso es algo que me interesa mucho como director, porque no me gusta mucho el tipo de actuación fría o hermética que hay en varias películas, actores que hablan con un monotono, siempre con el mismo rictus. Me gustan los actores muy expresivos, porque generan mucha empatía con el espectador: parece fácil, parece fresco, parece que sale solo y lleva un trabajo terrible lograr esa fluidez”.

    ¿Quién o quiénes lo hacen reír a usted?

    Me ha hecho reír muchísimo el cine italiano, creo que ahí es donde más me identifico, sobre todo las películas del neorrealismo italiano, las de (Alberto) Sordi, (Ugo) Tognazzi, (Vittorio) Gassman, (Nino) Manfredi, Marcello Mastroianni, y los directores (Vittorio) De Sica, Ettore Scola, (Mario) Monicelli, esa gente que hacía esas películas que tenían, un poco como Mi obra maestra, ese contenido social detrás, esa crítica al sistema. Ahora vamos a ir a Venecia, elegidos por el festival, y el comité organizador, el que determina qué películas van, le dijo a Duprat que habían quedado fascinados con la película porque los remonta a ese cine, y justamente es el que yo más amé. Creo que los capto, los percibo, me río antes que cualquiera del gesto o de la situación.

    ¿Hay algún vicio de la comedia del que le haya costado despojarse?

    Gracias a Dios, no. Es muy importante el trabajo que tengo con el director, qué necesita de mí, entonces se hace todo a fuerza de trabajo. Por supuesto que uno ya trae algo incorporado, pero cuando uno puede despojarse de sus propios recursos para componer… Yo vengo de hacer Animal, que con Mi obra maestra siento que no solamente no tiene nada que ver, sino que viendo a Arturo Silva y Antonio Decoud (el personaje de Animal), realmente no veo ninguna similitud, y eso es lo que a mí como actor me permite disfrutar y componer algo que tiene otro color: que sean bien antagónicos, o bien heterogéneos, o estén hechos no solo desde lo estético, uno re cool vestido, con sus anteojitos, y el otro un laburante con la camperita, con la carterita, también en la actitud, en lo corporal, en lo postural, en el mirar, en el decir. Los veo bien heterogéneos, y eso es lo que busco.

    El bigote ha sido siempre parte de su identidad, pero en un momento se lo afeitó.

    En El secreto de sus ojos, y también en El clan.

    Sí, justo dos películas fuertes. ¿Tuvo que ver con un cambio interno, o con el giro que estaba dando su carrera?

    Pedidos del director. Juan Campanella (El secreto de sus ojos) en su momento quería ver cómo iba a ser Pablo Sandoval, ese personaje, y me mostró una foto mía (que entonces era) actual: yo tenía en ese momento una barbita candado. Después me mostró esa misma foto photoshopeada, sin la barba candado, y después me mostró una tercera foto lookeado como él se lo imaginaba, con esos anteojos de carey, con un aplique en la cabeza, y la verdad que el cambio fue sustancial. Era muy interesante. Ni yo me conocía.

    Debe haber sido raro verse así.Fue muy raro. En El clan también, y además estaba todo canoso, con una pancita y una estética muy particular.

    Este ha sido un muy buen año para el cine argentino. En agosto, un mes en el que tradicionalmente el país vecino estrena sus películas nacionales, seis de cada diez entradas vendidas fueron para esas producciones, superando en taquilla a los filmes de Hollywood. “En este año se han batido algunos récords —dijo Brandoni—. Me decía uno de los productores que hoy no se consigue un microfonista para una película porque se está filmando muchísimo en Buenos Aires. El propio Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina, SICA, sacó un comunicado diciendo que en los primeros cuatro meses del año se había batido récord de producción. La mayor parte de esas películas están en proceso todavía, y tenemos varias para estrenarse, que se suman a El amor menos pensado, con Ricardo Darín, que se estrenó hace tres semanas, a El ángel, que se estrenó en la semana siguiente, y a Mi obra maestra, poco después. Para mi gusto está un poco amontonado, pero yo creo que el cine argentino está en un buen momento de producción”.

    Según Francella, al público argentino le encanta ver cine nacional si se le da “material que seduzca”. Hasta el fin de semana pasado, El ángel, de Luis Ortega, sobre el asesino serial Carlos Robledo Puch, llevaba vendidas 745.000 entradas, y a El amor menos pensado, con Darín y Mercedes Morán, ya la habían visto 580.000 personas. Para incentivar la producción nacional y que el público se incline por ese cine, por primera vez este mes de agosto empezó a funcionar en Argentina una promoción en la que las entradas para películas argentinas tienen un descuento de 50% en las funciones que van de domingo a jueves.

    Mientras que los gobiernos Kirchneristas contaban con la adhesión de varios artistas por apoyar al cine con fondos de financiación para los proyectos, algunos veían con cierto temor la asunción de Mauricio Macri, que hacía peligrar la continuidad de estas políticas. Según el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), los fondos “menguaron” y los recursos se orientan ahora a “películas que tienen mayor énfasis comercial y éxito de taquilla, en desmedro de aquellos trabajos independientes que son reflejo de la sociedad y de los documentales que muestran lo que ocurre en el país”. La mayoría de los actores argentinos no tienen reparos en hablar de sus preferencias políticas, y Francella supo hacerlo hasta hace un par de semanas, cuando se rebeló en un programa de televisión (Bella tarde, de TN) contra esa tendencia a pedirles a los actores opiniones de asuntos polémicos de actualidad.

    Hace poco estuvo en Punta del Este como orador del America Business Forum 2018, contando la historia de su éxito. ¿Le pesa ser un ejemplo, un líder de opinión?

    No, pero hay algo que no me banco, y es ser opinólogo. Hace poquito hablé en los medios de esta demanda de opinión que hay, de que en cualquier lugar, por ser conocido, aun siendo un simple mortal, te indagan y te preguntan y piden un compromiso tuyo de cualquier tema candente de la actualidad, léase el aborto, la grieta, lo que quieras. Yo no lo soporto. A mí me gusta, si estoy hablando de una película, tener mi espacio para venderla, y no me gusta estar permanentemente exigido, teniendo que tener una respuesta concreta y que esa respuesta tenga más importancia que la charla que estamos teniendo respecto a Mi obra maestra. Entonces, una cosa es ser líder de opinión, y otra cosa es ser opinólogo y tener que estar todo el día contestando lo que el periodista de turno necesite de vos. Estoy justamente en la vereda opuesta y no lo tomo como mochila, porque contesto cuando tengo ganas de contestar.

    Me hablaba de esa crítica contra el sistema que tiene la película, y contra eso de tener que estar todo el tiempo aggiornados y conectados. ¿Cómo lo ve usted?

    No lo comparto. No puedo negar que el avance de la tecnología es de una enorme utilidad, Internet también, es de una utilidad total y absoluta, pero yo no comulgo con las redes. No puedo entender que compartan con sus seguidores su vida. Siempre he respetado tanto la privacidad, la intimidad, que el compartir desde la mañana y esperar que venga el like para mí es mortal. No lo puedo entender. Pero no es porque yo esté más grande, depende de los gustos. Ir a una disco, a un boliche, no me gusta ahora pero tampoco me gustaba a los 20 años; me gustaba más ir a un bar, ir a una barra para hablar. O sea que no es un tema de edad. No puedo entender el advenimiento de las redes, y encima contestar a uno que, desde el anonimato, te insultó, y vos se la seguís. Vos sabés que me pellizco para ver si es verdad, porque la que lo hace es gente inteligente. Yo digo: ¿por qué lo hará? ¿Qué sentirá? ¡Qué ego que tiene! ¿Por qué se expone? ¿Por qué expone a su hijo? “Bueno, hoy comió tal cosa el nene”. “Ahora estamos desayunando”. A eso voy, no soporto ese submundo.

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