Entre la casi decena de libros presentados esta semana en Montevideo con el inédito entusiasmo por el Día del Padre (las novedades suelen aparecer para el de la Madre), el título estrella de la editorial Planeta ha sido “Pelota de papel”, editado en Argentina pero con marcada participación uruguaya. Se trata de una antología de 24 cuentos escritos por grandes figuras del fútbol mayoritariamente rioplatense a quienes acompañan otros tantos escritores como “presentadores”. Entre los primeros se destacan Jorge Valdano, Javier Mascherano, Jorge Sampaoli y Juan Pablo Sorín, cuyo cuento publicamos en su totalidad a continuación, además del uruguayo Sebastián “Papelito” Fernández. Entre los segundos está el galardonado Eduardo Sacheri (autor de la novela en que se basó la película “El secreto de sus ojos”), y los uruguayos Mario Delgado Aparaín y Rodolfo Santullo, entre otros.
—¿Qué gordito?—respondió interrogando la madre curiosa y el DT se dio vuelta.
El padre se asustó pero Gutiérrez contestó con una sonrisa: —Pasan los años, señora, pasan los años.
Y el nene acarició el balón con el interior de la zurda como le había dicho el gordito y la clavó en el ángulo.
Era otra lección ganada por un futbolista que estuvo al borde de la internación depresiva en tiempos pasados.
Cinco años atrás
El tipo no abría más el periódico en la sección de Deportes, acongojado. Prefería el café con leche y unas medialunas a las vitaminas, el jugo de naranja y el yogurt con cereales. Y su única felicidad matinal era llevar a sus hijos al colegio. Con ellos bromeaba, sonreía con sus quejas remolonas y los despedía con el corazón hecho trizas en la puerta de la escuela. Luego venía lo peor. El agujero, la desolación, el abismo de no saber qué hacer ahora que era un ex, un jubilado, un hombre retirado. Las mañanas lo encontraban sin prisas, sin obligaciones ni horarios. Sin la adrenalina acostumbrada bombeando los músculos.
Probó con el golf y se aburrió, probó con la cocina y casi incendia la casa. Entonces siguió su instinto. Ese que nunca le había fallado, el mismo que lo convirtió en un goleador temible. Sin embargo, el instinto en los negocios devino en un fracaso rotundo. Nadie le facilitó las cosas por ser Gutiérrez “El Terror del Área” y tanto la peluquería, primero, como la panadería, más tarde, quebraron como una canillera de cartón. Los ahorros iban bajando pero Gutiérrez aún estaba a salvo por algunos años.
Además tenía una familia preciosa que solo veía a primera y a última hora, o en las fotos del living, ya que durante el día desaparecían. O, mejor dicho, él había dejado su carrera y ahora aquel tiempo libre se había transformado en un monstruo. Era una sobredosis de tiempo neto, lento y abrumador que lo devoraba. Lo atontaba. Y el “Terror”, en su segundo año como ex jugador, solo vivía de recuerdos, de goles inolvidables, jugadas espectaculares y ovaciones, de piel de gallina, que aún lo desvelaban en las madrugadas.
Ahora eran solo sueños, pero tan reales y palpables que lo hacían trasladarse otra vez a su hábitat natural, rectangular, a un césped recién regado. Y añorar quizás lo más cotidiano y sencillo, pero a la vez entrañable: el clima de vestuario. Del cual no podía despegar ni su cuerpo ni su alma. El ambiente de la convivencia, con momentos dulces y otros duros, con las jodas y los problemas resueltos mirando de frente en medio de la tensión. Los compañeros, los amigos, los utileros, los masajistas y el olor.
No a sudor ni a huevos, no. El olor a la emoción, al vértigo, a los más increíble del mundo esperando ahí, al otro lado del túnel. A las doce, cuando ya no aguantaba más, se acercaba a su última camiseta, que lucía enmarcada en la sala, y le limpiaba el vidrio, como protegiéndola, como no queriendo que ella envejeciera.
Fue el peor momento de su vida. Sumido en una depresión tan profunda que no lo dejaba ser feliz ni siquiera con sus seres queridos. No encontraba el rumbo, parecía un perro viejo peleando con el mundo e incomprendido. El sentido de su lucha individual se había esfumado. Y con él, su poder de reacción. Actuaba, fingía estar bien y cada día que pasaba su dignidad se desgarraba. Y fue el mismo día en el que pensó en recluirse en un hospicio cuando su vida dio un vuelco para siempre. Aquel 3 de agosto a Gutiérrez todo le salió mal. Y el olvido exitista le pasó factura. Despertó sin escuchar la alarma de fin de siesta y cuando miró el reloj salió disparado. Sus hijos saldrían en 10 minutos del cole. Puso primera y arrancó, pero enseguida la Policía lo paró por exceso de velocidad y lo basureó sin saber cómo definía en los clásicos.
Antes de llegar, un colectivo le hundió la trompa del coche y vio cómo el chofer huía riendo. “Si te hubiera encontrado en un córner…”, pensó, pero sus hijos lo esperaban. Así que aguantó la calentura, estacionó y llegó con la lengua afuera. En la vereda solo estaba el portero con su escoba y fue quizás el más sincero y el puñal que más le dolió cuando este le avisó que era día de fiesta de disfraces pero que era solo para chicos, “a menos que usted necesite llamar la atención, vístase de futbolista y vaya, je…”. Tragó bronca y se marchó.
Todos sus movimientos acababan en el mismo puerto. Estancados en un remolino de desgano al no tener un eje al cual responder. Nada tenía tanta brillantez ni valor al perder su función, su misión, su lugar en el mundo. Era un jubilado con solo 36 años y su ego y su vanidad le reclamaban, le demandaban después de tantos mimos, tantas críticas y tanto peligro asediando. Sabía que no tenía por qué quejarse y hasta le daba vergüenza hacerlo. “¿Entonces?”, se preguntó sentado en el banco de una plaza mientras esperaba a que terminara la fiesta.
Entonces, como si se tratara de una publicidad para alcohólicos anónimos, entre su cabeza que miraba el piso y sus piernas abiertas, rodó ella, salvadora, silenciosa, fiel amiga, primer amor. La pelota quedó ahí al alcance de su pie derecho mientras unos chicos esperaban a que ese tipo se la pateara. Pareció como si lo interrogase, como si le dijera “¿qué carajo estás haciendo ahí?” Como si le diera la solución que no podía encontrar en ningún otro sitio. Era su destino.
Se paró, levantó el balón y lo llevó hasta los niños haciendo jueguito. Ahí fue cuando uno lo reconoció. Entonces, el “Terror” volvió a respirar, les enseñó un par de gestos y los chicos comprendieron y se entusiasmaron. Gutiérrez empezó a dirigir el equipo de la plaza Torres y más tarde a su equipo de la infancia.
Las mañanas comenzaron a ser distintas, la alegría había vuelto y con ella la panza del gordito aquel que supo ser “El Terror del Área”, un goleador impresionante, un hombre vulnerable, como cualquiera.
*Juan Pablo Sorín
(Buenos Aires, 1976)
Debutó en Primera División en 1994 con Argentinos Juniors, en cuyas inferiores se había iniciado. Casi inmediatamente fue fichado por la Juventus de Italia y un año después por River Plate de Argentina. Con el equipo de la banda roja ganó varios torneos locales y una Libertadores. En 2000 pasó al brasileño Cruzeiro, luego al Lazio y en 2003 al Barcelona. También pasó por el Paris Saint-Germain, el Villarreal y el Hamburgo alemán.
Jugó en su puesto de zaguero central y mediocampista para la selección argentina en 75 oportunidades y durante un período fue su capitán. Integró el equipo que ganó la Copa Mundial de Fútbol Sub 20 en 1995 y también en los Mundiales de Corea-Japón 2002 y Alemania 2006.
Se retiró en 2008, con 32 años.
Actualmente es comentarista en ESPN Brasil y escribió para varios medios como Página 12 (Argentina), El País (España), So Foot (Francia) y Jornal Estado de Minas Gerais (Brasil).