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En 1508, el Papa Julio II encargó a Miguel Ángel la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina que, por aquel entonces, estaba pintada con un azul salpicado de estrellas. A lo largo de cuatro años, el artista fue ejecutando punto a punto, línea a línea, una de las obras más esplendorosas de Occidente, una superficie de quinientos metros cuadrados sobre la que plasmó escenas bíblicas con una maestría tal que aún hoy cortan el aliento. Dejó su salud en el proceso y es probable que más de una vez, mientras pintaba, se haya preguntado qué hacía él —un escultor treintañero— trepado en plataformas y andamios, en lugar de estar vagando por las canteras de Carrara en busca del bloque perfecto desde cuyo interior pugnaban por salir brazos y piernas que solo él veía.
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Décadas más tarde, otro Papa, Pablo III —responsable de la convocatoria del Concilio de Trento—, encomendó a Miguel Ángel que pintara la pared este, tras el altar. Así nació El Juicio Final, una tortuosa visión de la segunda venida de Cristo en la que se decide el destino de unas almas que flotan entre el Cielo y el Infierno arracimadas en un inquietante suspenso. El encargo tenía —además de su razón estética— una finalidad moralizante. Era un recordatorio de la terrible suerte que aguardaba a los pecadores. Sin embargo, lo que fue concebido para infundir miedo, acabó por desatar un escándalo.
El antropocentrismo renacentista no alcanzó para apagar la influencia de la pacatería medieval y algunos encontraron inaceptable la obscenidad de los cuerpos desnudos que Miguel Ángel había pintado en el sacro recinto. El revuelo pasó a la historia como “la campaña de las hojas de parra”. Fue tanta la presión, que se debió convocar a otro pintor —Daniele da Volterra, discípulo de Miguel Ángel—, para que tapara semejante impudicia, ya con hojas, ya con lienzos extendidos con dudosa gracia sobre los genitales de las figuras. Da Volterra dejó un legado de obra propia, pero su nombre quedó prendido a la fama de su maestro, soslayado por el apodo irónico con que pasó a la historia: Il Braghettone. Los comentarios huelgan.
Cuando en la pasada década de los ochenta se iniciaron los trabajos de restauración de la Capilla Sixtina, se levantó una polémica porque no había consenso con respecto a eliminar o no por completo la intervención de Da Volterra. Al final, primó un criterio salomónico y se decidió no restaurar algunas partes para que las futuras generaciones pudieran observar el efecto del tiempo y la censura aplicada a la monumental obra de Miguel Ángel.
Otras pinturas sufrieron similar suerte. Así, en 1670, Cosme III de Médici consideró que los frescos que Masaccio había pintado tres siglos antes para decorar la Capilla Brancacci hacían gala de una indecencia que no estaba dispuesto a tolerar. Mandó cubrir los genitales de Adán y Eva con una guirnalda de hojitas de lo más ridículas que fueron eliminadas en los pasados noventa.
Parece ser que el Génesis, Adán, Eva y, sobre todo, la desnudez humana, continúan siendo controversiales. El episodio de los últimos días acontecido en nuestro país luego de que, tras un pedido policial, la pintura de Julio de Sosa fuera retirada de la galería donde estaba siendo exhibida, resulta, como mínimo, curioso. El asunto no pasó a mayores, pero está cargado de simbolismo y, puesto que se encuadra dentro de un régimen democrático, exige una reflexión serena.
La censura en el arte es un hecho gravísimo porque implica amordazar no solo al artista, sino a toda la comunidad receptora a la que se priva de la posibilidad de apreciar y manifestar su opinión al respecto. Alguien se erige en juez moral y dictamina qué es bueno y qué es malo. O, peor —moralinas aparte—, ese juez decide qué sirve a sus propios intereses y qué puede ser perjudicial para ellos. De acuerdo con su conveniencia elimina, corta, destruye, quema. Así lo hicieron los nazis durante su brutal campaña contra lo que llamaban arte degenerado y que supuso la destrucción de obras de Picasso, Chagall, Munch y otros genios.
En ese acto repugnante se ve cercenado un derecho fundamental contemplado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y recogido en el Pacto de San José de Costa Rica, que en su artículo 13 establece lo siguiente: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección”.Y, en salvaguardia de otros derechos, agrega: “El ejercicio del derecho previsto en el inciso precedente no puede estar sujeto a previa censura, sino a responsabilidades ulteriores, las que deben estar expresamente fijadas por la ley y ser necesarias para asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás y la protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas”. Es decir, no se trata de un libertinaje donde cualquiera puede decir o hacer cualquier cosa, sino de una libertad con garantías.
En la Viena de finales del siglo XIX, unos artistas se reunieron en torno a la figura rutilante de Gustav Klimt y crearon un movimiento llamado Secesión que objetaba la mirada conservadora imperante y defendía la renovación a través de una reinterpretación de los estilos pasados. En el frontispicio del magnífico pabellón construido para albergar las exposiciones del grupo, reza el lema que los alentaba y que bien podría aplicarse en nuestros días. Dice así: “A cada época, su arte. Al arte, su libertad”.
Puede parecer un asunto menor, pero no. La defensa del arte también tiene que ver con el delicado equilibrio entre el autoritarismo y la democracia.