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Es un desafío escribir una columna para el Día Internacional de la Mujer, porque creo que la discusión sobre la mujer en la sociedad de hoy es parte de una problemática más general de nuestro mundo: la necesidad de las mismas oportunidades para todas las personas. Es cierto que hay cuestiones específicas en la discusión del rol de la mujer en la sociedad, y hay muchos ámbitos donde la mujer es relegada y oprimida, pero creo que avanzaríamos mucho si trabajáramos en caminos que no son exclusivos al debate en torno a la mujer.
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Mi postura tiene sus raíces en una familia donde mis padres compartían responsabilidades y trabajaban largas horas, y donde las decisiones familiares se discutían y resolvían conjuntamente entre ambos. En un hogar donde éramos tres hijas, nunca hubo duda de que todas debíamos prepararnos para ser nosotras mismas, dar lo mejor de cada una y vivir de nuestros propios medios. Y cuando a los 17 años conocí a quien hoy es mi marido, ya era evidente por mi forma de pensar y actuar que era feminista, es decir, que no concebía otra postura que la de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y que no era algo que estaba dispuesta a ceder.
En el camino para lograr la igualdad de género es clave que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades para tener un hogar, afecto, salud desde el nacimiento, y recibir la mejor educación. Más tarde, será también importante la igualdad de oportunidades en el acceso al empleo, a posiciones de liderazgo y a la toma de decisiones en el lugar que se encuentre.
Entiendo que si logramos esta base de igualdad de oportunidades para quienes naturalmente somos diferentes, cada mujer podrá sentirse desarrollada como persona en el ámbito que libremente elija, a la vez que las mujeres podrán ocupar lugares de trabajo o de responsabilidad de acuerdo a sus méritos. En este proceso, además de la satisfacción personal, se estarían alcanzando los mejores resultados en aquellos grupos en los que haya optado por participar la mujer: la familia, el puesto de trabajo, el sindicato, el Parlamento, el directorio corporativo.
Para alcanzar ese estadio, es necesario un cambio de mentalidad en nuestra sociedad. Queda mucho aún por avanzar a nivel cultural entre los hombres y las propias mujeres. Recuerdo cuando nació el primero de mis tres hijos, que varias personas, viendo que yo mantenía un ritmo de trabajo fuerte, me preguntaban: “¿Tu marido te ayuda?”. A lo que yo contestaba: “Mi marido me ayuda, yo lo ayudo, nos ayudamos”.
La igualdad de oportunidades y los cambios de mentalidad van más allá del debate sobre el desarrollo personal de la mujer y su rol en nuestra sociedad. Todos, independientemente de nuestra inclinación sexual, color de piel, religión, nacionalidad, origen étnico, deberíamos acceder a este derecho humano fundamental. Esto se reflejaría en mejores resultados tangibles como un mayor crecimiento económico, pero lo que es más importante, se lograrían personas libres más felices y mayor bienestar general.