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    Bichitos de luz

    N° 2013 - 21 al 27 de Marzo de 2019

    Hacía años que no veía bichitos de luz. De niña solía jugar con ellos en casa de mis abuelos. Era un jardín infinito o así me lo parecía entonces. Un jardín lleno de plantas y flores que mi abuelo cuidaba con esmerado celo. Un jardín sin riesgos. En las noches de verano, a la hora en que los hibiscos se cierran, cuando el aire se entibiaba y el jazmín prodigaba su perfume, un coro de ranas surgía de no sé dónde y yo salía a jugar con los bichitos de luz. Me gustaba atraparlos y guardarlos en el hueco de mis manos con suma delicadeza. Allí titilaban, llamitas asustadas, y aprovechaban cualquier espacio entre los dedos para alzar el vuelo. Qué felicidad tan pura. Después, dejé de verlos. 

    Este fin de semana, en una noche de la costa rochense, mientras caminaba por una callecita junto al océano, me sorprendió un ligero temblor que centelleó en las tinieblas. Pensé en una traición de mis ojos que, para alegrarse a veces, ven lo que quieren ver. Pero no. La luz chispeó de nuevo aquí y allá, entre los pastos altos, prendida del aire y a ras del suelo. Apagué la linterna y dejé que la oscuridad creciera. El espacio suspendió sus coordenadas y el cielo se confundió con la tierra. Convertida en un punto de esa nada, el bramido salado del oleaje era mi única referencia. 

    Me sentí chiquita en esa soledad inmensa. Nada angustia tanto como la incertidumbre del desarraigo, no saber dónde está uno parado ni hacia dónde camina. Conviene detenerse. Así, con la lenta apropiación de la noche, fui recuperando la calma y me volví parte de la escena. Ahora podía verlos. Titilaban como jugando a la mancha o a las escondidas. Iluminaban mis recuerdos, horas rescatadas de la infancia cuando mi fantasía los convertía en duendes. Bastaba con creerlo. 

    Estuve así un rato, disfrutando. Son infrecuentes los momentos de silencio. Soplaba, además, una brisa fresca. Era agradable estar allí, pero no podía quedarme. Y tampoco podía avanzar en aquella negrura densa. Aunque me pesara romper el encanto del instante, debí encender la linterna. La calle volvió a ser una calle. Cada cosa recuperó su sitio y hasta me pareció más lejano y menos salado el océano. Recobrada la vista, el resto de los sentidos  descansaban en ella. 

    Ya puesta en marcha, todavía llena de ese sopor casi feliz en que nos sumen los gratos momentos, pensé en el hondo contenido metafórico de aquella mínima experiencia. Y como aún faltaban algunas cuadras para llegar a destino, me dejé llevar por esas cavilaciones que, una vez inmersos en los ruidos naturales de lo doméstico, desaparecen. 

    Pensé que con el paso del tiempo mucho hemos ganado y bastante hemos perdido. Estoy entre los que creen que es mejor el presente, pero en ciertos aspectos el progreso ha desplazado  algunos pequeños placeres que antes nos llenaban de magia o de simple alegría y que ahora son una rareza. Los bichitos de luz, por ejemplo. Desconozco las causas; solo sé que una mala noche dejamos de verlos. Y ya no salimos a jugar con ellos. En materia de juegos los niños de antes tuvimos una infancia lujosa. Los niños que hoy sustituyen aquella luz por la de los celulares, no saben lo que se pierden. 

    Pensé, también, que para iluminar el camino se necesitan luces potentes. Los bichitos pueden ser un prodigio de la naturaleza y envolvernos en su fantástico despliegue de luminarias, convencernos de que es posible bajar las estrellas del firmamento. Nadie niega su intrínseca belleza. Pero llegado el caso de avanzar sobre el territorio firme de la realidad, se vuelven insuficientes. La prosaica insipidez de una linterna adquiere dimensiones de herramienta salvadora cuando la necesidad apremia. Puestos a caminar a solas en una noche oscura, por más bellos que los bichitos de luz sean, lo que uno necesita es una linterna. No siempre podemos ser poetas.  

    Y pensé, un poco a raíz de esto, que algunas personas se arman una coraza tan gruesa cuando crecen que ni siquiera ven los bichitos de luz aunque los tengan enfrente. O, si los ven, no los aprecian. Estoy segura de que, incluso los más impasibles, incluso aquellos que se burlan de la sensibilidad ajena, se aferran a un materialismo extremo y consideran que la poesía es una pérdida de tiempo, incluso esos alguna vez se maravillaron ante la magia de lo inexplicable, lo que da alas a la fantasía y nos eleva. Se equivocan cuando piensan que en esa actitud rígida, pragmática y socarrona está su fortaleza. Yo los encuentro débiles y siento pena por ellos. Harían bien en aflojarse un poco, bucear en sus recuerdos y recuperar algo de aquella inocencia deslumbrada cuando aún podían sorprenderse. 

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