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Mateo Pallas —pelo rubio ceniza, piel clara, facciones armónicas— está sentado al final de la fila. Tiene puesta una bermuda verde militar, una remera amarilla, championes y medias cortas. En su falda reposa un instrumento de metal dorado llamado corno, que parece enorme para un niño de once años. Pero cuando el maestro mira hacia al fondo, a la izquierda, y dice “uno, dos, tres, va”, Mateo sopla y deja de ser un niño para convertirse en un pequeño gigante. Él es, junto a otros dos niños, el integrante más joven de la Orquesta Juvenil del Sodre (OJS). Hasta hace seis meses su instrumento era la trompeta, pero decidió cambiar y eligió el corno. Mateo forma parte de la OJS desde hace dos años. Es el menor de cuatro hermanos y en la familia Pallas tocar un instrumento es la regla; ser parte de la orquesta, ya a esta altura, una tradición. Rocío, de 20 años, toca el violoncello; Alba, de 17, el clarinete, y Yamandú, de 15, el violín.
Es miércoles. Son las cinco de la tarde. Afuera del Auditorio Nacional Adela Reta, Montevideo vive el mismo caos que se repite, sistemáticamente, cada diciembre. Adentro, cobijados por el afable aire acondicionado, los cuatro hermanos Pallas ensayan —junto a decenas de niños y jóvenes— para el concierto de fin de año de la OJS. “La juvenil en su salsa”, así se llama el espectáculo que da cierre al 2015. Parecería que la elección es perfecta para celebrar un año muy exitoso y hacer que músicos y espectadores terminen bailando con un repertorio salsero.
La imagen en el segundo piso del auditorio es, más o menos, la que sigue. Sobre una tarima, Alberto Vergara —el maestro que llegó desde Venezuela para ensayar con la OJS el concierto de fin de año— marca los movimientos. Habla de números, chasquea los dedos, hace palmas y baila con esa gracia y ese ritmo único de los venezolanos, cubanos, colombianos. A su derecha, Ariel Britos, director de la OJS, sigue el ensayo con una lapicera y varios papeles en la falda. El resto es un pequeño mar de chicos con violines, violoncellos, contrabajos, flautas, violas, clarinetes, cornos, instrumentos de percusión. Hay championes All Star, Crocs, algunas sandalias, algunas balerinas. Y, allí, en el suelo, dispuestos con el orden que tienen las cosas que parecen no tenerlo, están las fundas. Muchas de ellas customizadas: un pegotín de Heisenberg, el personaje de la serie “Breaking Bad”, otra de color azul Francia con el logo de Superman. Hay remeras, muchas remeras. Pocas camisas. Muchos shorts, a veces alguna pollera. De tanto en tanto aparece una remera de fútbol. De la selección italiana, por ejemplo. Hay miradas rápidas a las pantallas de celular y cuando la música se corta, los instrumentos descansan y los brazos, las manos, las espaldas y los pulmones también, empieza el murmullo. Y se escuchan comentarios como: “¿Me desafinaron la viola?”
Parece que, en momentos de jolgorio, es común que se hagan pequeñas bromas con los instrumentos. Estos 129 chicos conviven a diario desde hace años. Sus personalidades se forjaron en ese tiempo. Se han visto sufrir, estallar a carcajadas o tratar de lidiar con el aburrimiento. Se conocen las mañas. Saben que los que tienen instrumentos que se pueden portar son muy quisquillosos y que no permiten que nadie los toque. Saben que los que tienen instrumentos más grandes —y que no se pueden trasladar— son menos aprensivos. No es casualidad que muchos estén en pareja entre ellos.
Un ensayo de orquesta sinfónica es, como cualquier ensayo, una instancia de prueba y error. A veces tedioso. Otras —cuando la canción se ejecuta de principio a fin—, sublime. Pero parecería que en el caso de la OJS, hay una cuota importante de alegría. Aunque la nota no salga, aunque el ensayo haya sido duro, aunque sea diciembre y haya que tocar en espacios con mala acústica, ellos, los músicos —chicos de entre 11 y 26 años— aplauden, sonríen y se van del Auditorio con alegría. Britos lo dice siempre: “estamos devolviéndole la alegría a la música”.
Por lo pronto, la OJS tiene motivos para terminar 2015 con felicidad. Uno de ellos es la gira que los llevó a varios de los escenarios más destacados del este de Estados Unidos y conciertos en el Auditorio Nacional Adela Reta que multiplicaron la cantidad de espectadores. De 11.000 pasaron a ser más de 23.000 en 2015, agotando las entradas en muchas oportunidades.
El principio de las cosas. Los chicos repiten la misma historia: hicieron un llamado en la escuela para niños que quisieran formar parte de una orquesta infantil; mamá, papá, alguien me inscribió a la prueba y quedé.
No hay magia, no hay romanticismo. Claro que, de tanto en tanto, aparece el hijo de padres músicos o el niño que tenía un gusto musical innato. Pero son pocos. Rocío Britos, hija de Ariel, es uno de esos casos. Pero incluso ella, cuando era pequeña, le preguntaba a su madre si no podía faltar para ver los dibujitos.
Algunos eligieron los instrumentos. Britos eligió el corno francés, porque era el instrumento que había elegido una de sus amigas. A otros por un tema de tamaño se los eligieron. Algunos con el tiempo cambiaron. Otros se enamoraron al instante. Eran los primeros años del siglo XXI. “La Orquesta Juvenil del Sodre existe desde 2011, pero el Sistema de Orquestas Juveniles tiene muchos años más. Son dos cosas diferentes que, felizmente, confluyen. En 2006 empezamos con un sueño que era construir un mecanismo de trabajos orquestales, que haya un sistema de orquestas a nivel nacional donde todo niño que no tuvo la oportunidad de acceder a tocar un instrumento lo pudiera tener. Hubo un proceso de maduración del sistema que coincidió con la reapertura del Auditorio. En ese momento, el Estado entendió el valor —artístico y también humano— que tenía el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles. Fue así que surgió la OJS”, cuenta Britos.
Britos —46 años, nacido en Durazno, fanático del básquetbol— está sentado en su escritorio en las oficinas de la OJS en la calle Andes. El edificio da al Auditorio. Es grande, cómodo, luminoso, tiene vida, hay un aire fresco propio de los lugares llenos de jóvenes. Hoy, que el sistema ya está consolidado, hay dos maneras de acceder a él. La primera, y más común, es la del padre que quiere que su hijo toque un instrumento y se acerca al Sistema de Orquestas Juveniles de Uruguay. El niño no necesita tener conocimientos de música, ni siquiera necesita tener un instrumento. En la segunda, el sistema trabaja activamente, porque hay puntos de Montevideo y del país en los que se quiere intervenir.
“Entonces nosotros vamos y trabajamos con la gente del barrio. Hacemos reuniones de vecinos, trabajamos con ellos y la orquesta se instala, pasa a formar parte del barrio. No es casualidad que estemos en Santa Catalina, en Manga. Hemos visto que la orquesta puede contribuir socialmente”, dice Britos.
De todos esos niños, que son cientos, saldrán los futuros integrantes de la OJS. El 90% de los músicos que forman parte de esa orquesta se formaron en ese sistema. “Cuando un niño llega acá y dice que quiere tocar trombón es porque quiere tocar trombón. Nuestra diferencia, con respecto a los conservatorios, es que el proceso de aprendizaje se hace a la inversa. Los niños llegan, les damos el instrumento y al poco tiempo están tocando en la orquesta con un maestro que les dice lo que tienen que hacer. Así van aprendiendo y se van formando los grupos en base a las capacidades de cada uno. Eso se va achicando cada vez más hasta que el alumno requiere una atención individual, pero en esa instancia ya estamos hablando de chicos que tocan en una orquesta, que están motivados, que entienden de determinados valores de convivencia y que saben que les gusta la música. De ahí puede salir un gran solista o un músico de orquesta”, narra Britos. En los conservatorios uruguayos, según Britos, los alumnos deben tener una base de solfeo sólida para después trabajar de manera individual con un maestro. La formación es más de perfil músico solista, y en Uruguay —también en el mundo— los músicos que logran vivir de ser solistas son muy pocos.
Britos, que se capacitó en Venezuela y luego aplicó el método Práctica Orquestal Intensiva del maestro José Antonio Abreu, considera que esta forma de enseñanza logra que los chicos deserten menos, que se motiven más rápido y que logren tocar a muy temprana edad piezas de niveles altísimos de complejidad. “Abreu se dio cuenta de que había una falla en el sistema educativo y hoy eso está demostrado a nivel mundial. Las principales orquestas del mundo, la Simón Bolívar, entre ellas, lo toman como referencia. Gustavo Dudamel, uno de los mejores directores del planeta, surge de este mecanismo de trabajo. Es un sistema que te da felicidad a la hora de tocar música. Toda Iberoamérica está trabajando con este sistema”, explica.
Los sonidos que nos hacen vibrar. Tchaikovsky. Una vez, dos, tres y así. El nombre del compositor se repite entre los músicos cuando tienen que elegir un compositor. La sinfonía Nº4 de Chaikovsky fue la elección de Britos para el concierto inaugural el 21 de diciembre de 2011. Los alumnos muchas veces heredan los gustos de los maestros. “Cuando tocás salsa te dan ganas de bailar, y cuando tocás Chaikovsky te dan ganas de llorar de la emoción”, dice Alba Pallas (17), clarinetista. Acaba de salir del primer ensayo para el concierto “La juvenil en su salsa” y seguro fue una de las tantas que siguió el ritmo con los pies, o con los hombros, o con una mínima sonrisa. “Salsa es lo que muchos escuchamos en nuestras casas. No es que estamos escuchando todo el tiempo música clásica”, cuenta Lucía Rojo, 21 años, primer violoncello.
En sus cuatro años de vida, la OJS transitó por todos los géneros posibles y Britos defiende la decisión con los dientes. “Creemos que música es música y es un lenguaje universal. He visto cómo las orquestas se fusionan con el rock, con la salsa, con los boleros, la Filarmónica de Berlín hizo, por ejemplo, un concierto donde interpretó temas de Pink Floyd. Tiene que ser así. Nosotros tocamos con Malena Muyala, Ruben Rada, hicimos a Los Beatles, ahora vamos a hacer salsa”, cuenta Britos. “Queremos que la orquesta sea polifacética. A veces la polémica está buena, nos sirve para cuestionarnos; cuando nadie te dice que estás haciendo algo mal debería darte desconfianza. Es sano que haya gente a la que no le guste lo que hacés, ahí aparece el espíritu crítico, y esa es nuestra base de crecimiento”.
Iluminar otros escenarios. La foto muestra a un jovencísimo Mario Roldós vestido de estricto traje, con su violín reluciente, el ceño fruncido, la postura firme. A su lado está el reconocido bandoneonista Raúl Jaurena, de smoking. Ese momento será recordado por Roldós —24 años, integrante de la OJS, de la Filarmónica de Montevideo y de la Ossodre desde los 17— como uno de los momentos más emotivos de su vida. La imagen salió en la crítica que publicó el diario “The Washington Post” sobre el concierto en honor al papa Francisco (que finalmente no asistió) en setiembre de este año en el Kennedy Center de Washington DC. El plato fuerte del acontecimiento era la National Symphony Orchestra, que tocaba junto a una serie de cantantes de Washington National Opera. Y también tocaba la OJS. El artículo de la publicación estadounidense, de la crítica de música Anne Midgette, contiene las siguientes líneas: “Los favoritos de la audiencia fueron los concurrentes del mundo hispanoparlante. Los integrantes de la OJS de Uruguay y el bandoneonista Raúl Jaurena ofrecieron una vigorosa representación del 'Libertango' de Piazzolla”. Ese concierto formó parte de la gira que la OJS hizo este año por EEUU y México. En 2014, la OJS viajó a Francia, España y Alemania. Esa gira incluyó un concierto en la Philharmonie de Berlín, uno de los escenarios más emblemáticos y prestigiosos del mundo. Roldós también lo guarda en su memoria como uno de los momentos más sublimes de su vida. Allí hizo un solo de violín. Allí le temblaron las piernas, probablemente como nunca antes. Era la primera vez que una orquesta uruguaya llegaba a ese escenario. “Estos chicos están dejando un legado impresionante a las generaciones que vienen. Ya no van a tener que hacer ese trabajo de carpintería, de ir, convencer. Hemos colocado a Uruguay en el mapa internacional y hay muchos lugares en los que nos reconocen. Ya no tenemos que presentarnos, ver si nos reciben; ahora hablamos de posibles fechas, de dónde y cuándo. A eso hay que sumarle que en las giras iniciales teníamos que pagar absolutamente todo; ahora nos invitan”, cuenta Britos.
Llegar a las grandes ligas. Desde su fundación en 2011, la OJS es cantera fundamental para las orquestas profesionales de Uruguay. Hoy más de 40 jóvenes, de no más de 26 años, se incorporaron a la Orquesta Filarmónica de Montevideo y a la Ossodre. No hay que olvidarse que la Orquesta Juvenil es un espacio de formación y que los chicos a los 26 años tienen que abrir sus alas y volar. Para Britos, por más que a ellos les duela cuanto antes se vayan, mejor. Franco Franco toca la viola y tiene 26 años. Ingresó a la Filarmónica cuando tenía 18 años, después de pasar la prueba de admisión. “Es una de las instancias más difíciles en las que estuve. Porque te ponés mucha presión, hay mucho en juego. Eso vale muchos años de trabajo y poder dedicarte a esto profesionalmente”, cuenta Franco.
Profesión: músico. La alegría de los músicos de la OJS se nota. Cuando ensayan, cuando tocan, cuando tienen que responder a un desconocido la pregunta a qué se dedican. Claro que tienen sus momentos duros, esos en que odian su instrumento y no lo quieren ver más. Pero al final del día la visón de la mayoría es luminosa. Eso eligieron, más allá de tener cientos de partidos de fútbol a los que no pudieron ir, decenas de cumpleaños a los que faltaron, esfuerzos extremos para cumplir con la orquesta y el liceo, amigos que no entienden por qué tanta dedicación. Ellos decidieron, de manera consciente o inconsciente, ser músicos.“Hacer esto fue lo mejor que me pasó en la vida”, cuenta Lucía Rojo. Pero cuando era una niña de siete años y su padre la anotó en el Sistema de Orquestas Juveniles no quería saber de nada. Hoy es la 1ª violoncellista de la OJS. Pablo Perera —22 años, responsable de los timbales— empezó a estudiar Ingeniería, hasta que algo hizo click y decidió que iba a priorizar ante todo su carrera como músico. “La música se vuelve parte de vos y la decisión termina siendo natural”, explica Perera.En la casa de Mathías Ribeiro la música estaba muy presente. Sus padres tocaban los dos instrumentos, aunque no de manera profesional. “Decidí que quería hacer esto a los 20, cuando se creó la OJS y me di cuenta de que quería estar en ese proceso”, cuenta Ribeiro, que es el 1er contrabajo de la orquesta. “No siento que voy a trabajar, voy a ensayar”, dice Tatiana Ferreiro —violinista, 19 años— cuando busca la respuesta a por qué es música. Mathías Pereyra es el 1er violín. Ese siempre fue su instrumento, aunque cuando tenía cinco años su madre lo mandó a aprender piano y no duró tres clases. El profesor consideró que no tenía la capacidad para ser músico. “Me gustaría cruzármelo ahora”, dice.A muchos les cuesta encontrar las palabras. Tal vez porque es difícil verbalizar la emoción. Pero al fin de cuentas lo que quieren decir es lo más sencillo de todo: la música los hace feliz.
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