PREGUNTAS Y RESPUESTAS. La mayor parte del libro de Lanata está relacionado con el periodismo, porque a eso se dedicó más de la mitad de su vida. “Soy periodista porque tengo preguntas. Si tuviera respuestas sería político, religioso o crítico. Por eso, el periodismo militante es la antítesis de lo que soy: ellos están llenos de respuestas y están dispuestos a aplicarlas. Soy periodista porque no sé. Preguntar es un modo de desobedecer, de cuestionar”, escribió Lanata.
En el libro da su parecer acerca de cómo se realiza hoy el trabajo periodístico. Por ejemplo, él entiende que hoy los periodistas pasan demasiado tiempo en las redacciones porque practican el cada vez más común “periodismo telefónico”, en vez de salir a la calle a obtener las informaciones o mantener contactos cara a cara.
Además, Lanata objeta que los periodistas elaboren una lista de preguntas y da una opinión que para muchos de sus colegas es más que discutible: a las entrevistas no debe llevarse un cuestionario escrito previamente, porque eso condiciona el diálogo y no permite que haya un ida y vuelta fluido entre las dos partes. “Las preguntas previstas se proponen ratificar una tesis: lo que el periodista cree que el entrevistado es o quiere. Escribir y ordenar las preguntas es un antidiálogo; una entrevista es un juego de seducción en el que espero —y, de algún modo, propicio— que el entrevistado se equivoque y diga lo que no tenía previsto decir. El objetivo de la entrevista es conocer al entrevistado, no ratificar la tesis propia”, estimó Lanata.
Su primera nota la escribió cuando tenía 10 años. En una época en la que no existía Internet, en el colegio le mandaron como deber escribir una biografía sobre el poeta Conrado Nalé Roxlo, un escritor no demasiado conocido. Empezó a buscar datos y no los encontró, así que decidió buscar su teléfono en la guía. Lo llamó y empezó a preguntarle sobre su vida. Él le dio las respuestas “con la paciencia de quien espera que un niño anote”. Ese fue el principio y de ahí en adelante no paró. De diarios escolares pasó a medios y publicaciones de renombre, e incluso fue el encargado de fundarlas, hasta convertirse en la figura que es hoy.
LOS INICIOS DE PÁGINA. La vida periodística y personal de Lanata —y también el libro— se vincula íntimamente con la de Página 12, una publicación con la que hoy está enfrentado por diferencias con sus actuales propietarios. Sin embargo, en el texto no se detiene en el diario kirchnerista que es hoy Página 12, sino que se enfoca en la publicación que fundó en 1987, cuando tenía 26 años, y que provocó una revolución en la prensa de su país.
“La mejor manera de armar un diario es no haberlo hecho antes; no solo todo es nuevo sino que puede volver a ser definido: ingenuo y original a veces van de la mano”, escribió Lanata, quien recordó que la redacción era muy precaria, y que en un piso de cien metros cuadrados trabajan 120 personas. Tan rudimentario era todo que el baño de mujeres se clausuró para instalar el laboratorio de fotografía, y el de hombres se hizo mixto.
En el libro, Lanata ensayó una explicación de qué fue lo que le permitió a Página 12 abrirse camino en un competitivo mercado periodístico argentino, con un gigante que dominaba todo como era Clarín. “Habíamos hecho un diario que les gustaba a los periodistas y eso
nos permitió insertarnos mucho antes en el circuito de opinión pública”, dijo. Eso llevó que medios extranjeros lo miraran con atención, y también determinó a que en distintas universidades se hicieran tesis sobre la publicación.
A lo largo del libro, Lanata menciona algunas situaciones imprevistas que atravesó como director periodístico de la publicación. Una de ellas estuvo vinculada a Juan Gelman. El poeta era encargado de la sección cultural del diario, y tanto la publicación como Lanata lo habían apoyado “activamente” en la búsqueda de su hijo Marcelo, detenido y trasladado a Automotores Orletti durante la dictadura militar. Un día, escribió Lanata, llegó la noticia de que habían aparecido sus restos. “La noticia había trascendido a mitad de la semana pero aún no era oficial. Llamé a Juan para confirmarle y pedirle, a la vez, un texto para la contratapa de aquel domingo, cuando el cuerpo sería enterrado. Sin mucha explicación, me dijo que no quería escribir. Llamé entonces a (Horacio) Verbistsky, su amigo (y colaborador del diario), para que lo convenciera. Fue en vano. Era inverosímil que, después de toda nuestra historia común, Juan se negara. A la vez, el diario no podía ocultar la noticia ni dejar de darle despliegue. Volví a rogarle que lo hiciera y entonces me contó la verdad: iba a dar, el lunes, una conferencia de prensa para corresponsables extranjeros. 'No quiero quemar la primicia', me dijo. Yo no podía creer lo que escuchaba. Escribí entonces la contratapa de aquel domingo 7 de enero de 1990. Mi enojo era tal que en ningún momento de la nota menciono a Juan. Algo difícil, porque era su hijo al que enterraban. En un párrafo me refiero al 'padre de Marcelo', sin nombrarlo”, recordó Lanata.
El periodista también repasa en el libro sus trabajos en el exterior, que incluyeron varios viajes a Medio Oriente, la detención de Osama Bin Laden, visitas a Nueva York, Río de Janeiro y Oslo, entre otros. “Estoy hecho de todos mis viajes y ahora, a los 56, todos se confunden en uno”, reflexionó.
DE DEUDAS Y FOBIAS. A lo largo de su vida, Lanata se fue de algunos medios y le tocó cerrar otros. Eso, incluso, le generó situaciones económicas complicadas, como lo que ocurrió con el diario Crítica, que fundó después de alejarse de Página 12, para lo cual vendió una casa y terminó abrumado por las deudas.
“Como puede observarse, tengo una intuición empresarial similar a la de Henry Ford. Pero el caso más trágico para mi patrimonio fue Veintitrés: allí tuve que que optar entre quebrar yo de modo personal y vender la revista o quebrar la revista. Opté por mi quiebra y perdí todo: auto, departamento, dinero, y estuve durante dos o tres años bajo lupa judicial, tratando de encontrar una quiebra fraudulenta”, contó.Para Lanata, la dirección de un medio enfrenta una dualidad: por un lado es “un gran lugar” para impulsar un proyecto, pero por otro lleva una parte negativa que tiene que ver con la “carga institucional”. “Odio las relaciones públicas, me gana la fobia en reuniones de más de cuatro personas”, contó.
“Un diario no es solo el fruto de una pelea contra el discurso del poder, sino también contra el gobierno confundido en el Estado, el temor de los avisadores, la independencia de la distribución, los vaivenes de la economía en el costo del papel y los ajustes de los salarios, los reclamos a veces justos y otras delirantes del personal —que puede estar impulsado por lo individual o por proyectos políticos de quienes manejan el gremio—, las otras publicaciones y las limitaciones propias”, explicó Lanata.
Si bien Lanata sostiene en el libro que las cosas personales que menciona son citadas porque guardan relación directa con su trabajo periodístico, en los hechos permiten conocer facetas menos difundidas del reconocido periodista. En ese sentido, además de hablar de su fobia a las reuniones sociales, Lanata hizo una “confesión menor”: “Soy tímido e inseguro. Aprendí a sobreponerme a eso pero está en mi esencia. Quiero decir: haría una fila con todos los lectores, oyentes y televidentes y charlaría con ellos. (...) Estamos nosotros, luego el microclima, después la opinión pública y finalmente el público. El microclima está formado por los que acceden a nosotros, o logran que su opinión acceda: el amigo de tal, la novia de tal otro, el familiar, todos aquellos que sostienen que quienes deben estar en este sitio son ellos y no nosotros”, dijo.
A su modo de ver, los periodistas deben distinguir entre “el microclima” y la “opinión pública”. “El microclima es envidioso y competitivo. La opinión pública es más amplia. (...) Y el público es generalmente generoso: al público le alegra que te vaya bien. (...) La mayoría de las veces el periodismo confunde el público con el microclima; de allí derivan frases del tipo ‘todo el mundo habla de...’. Hace años, frente a esa frase, me tomé el trabajo de preguntar cuántos éramos ‘todo el mundo’”, indicó.
Para Lanata, algo parecido con el “microclima” que rodea a los periodistas ocurre ahora con Twi-tter. A su modo de ver, si bien no se puede desconocer su influencia, esa red social tampoco puede ser considerada una reacción social.
Hacia el final del libro, Lanata vuelve sobre una idea que maneja en páginas anteriores: los perjuicios que van de la mano del “periodismo militante”. “Hemos visto a Chávez, a Lula, a Cristina Kirchner, a Correa desmentir verdades evidentes y calificar de enemigos de la patria a quienes decían lo contrario, entendiendo a la patria como solamente a ellos mismos”, escribió. “El periodista pregunta, el militante responde: estamos en el sitio opuesto del mundo”, escribió Lanata, para quien no hay dos lecturas: el periodismo militante es “la peor herencia de estos años”.---
Lanata 56. Cuarenta años de periodismo y algo de vida personal. Jorge Lanata. Sudamericana, 425 páginas, 650 pesos.