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    Cuando mamá es un problema

    En el libro “Mi madre y yo. Cómo superar una relación conflictiva”, la psicóloga Liria Ortiz derriba mitos acerca de cómo tiene que ser ese vínculo; dice que no siempre una madre quiere a un hijo y pone en duda la eficacia del perdón

    Una madre quiere a sus hijos por encima de todas las cosas y está dispuesta a hacer cualquier cosa por ellos. No importa la edad que tenga ese hijo; ella va a tratar de protegerlo aunque sea un adulto. Esa es, al menos, la idea generalizada que existe acerca de cómo debe ser la relación entre madre e hijo. La imagen de “idishe mame” o de “la mamma” italianísima inspiró desde siempre historias de todo tipo, y esa figura fue protagonista de libros, películas y telenovelas. Sí, por suerte, hay madres de esas. Pero también están las otras, de las que en público no se habla tanto, porque socialmente no queda bien andar por la vida quejándose de cómo es la madre de uno. Por eso muchos prefieren callar, porque no terminan de asumir que el relacionamiento con la madre está bastante alejado de los estereotipos azucarados que se venden en publicidades, y se guardan para sí esa relación traumática.

    Pero esas madres también existen, y los vínculos con sus hijos son muy complejos. Sobre ellas trata “Mi madre y yo. Cómo superar una relación conflictiva” (Planeta), un libro de la psicóloga uruguaya radicada en Suecia, Liria Ortiz, que tiene una particularidad: “No es para aquellas personas que tienen una buena relación con sus madres”. “Refiere a otro tipo de madres que por diversas razones no han podido demostrar amor por sus hijos, o, si lo hicieron, fue de una forma inadecuada; refiere a quienes tenían tal vez las mejores intenciones pero cuyas acciones han herido o lesionado a sus hijos, y que hoy puede que sigan actuando de la misma manera”, explica la autora en el prólogo.

    El libro —que está enfocado en la relación madre e hija— echa por tierra varios mitos relacionados con ese vínculo y plantea una serie de ideas que distan mucho de lo políticamente correcto. Por ejemplo, Ortiz sostiene que no siempre las madres quieren a sus hijos; que la forma en que esos hijos se vincularán con otras personas en el futuro no depende de cómo haya sido el vínculo con esas madres conflictivas; y que llegado el momento, no siempre el perdón termina siendo una solución para alcanzar la paz interior.

    Ortiz es una psicóloga y psicoterapeuta con un máster en terapias de Aceptación y Compromiso. También es docente en cursos y conferencias sobre Motivación, Resistencia al Cambio y Terapia de Aceptación y Compromiso. En Suecia, donde vive desde hace años, tiene una columna en la publicación “Daily News”, en la que responde a preguntas de los lectores, algo que también hace en el sitio web de la Asociación de Psicólogos de Suecia.

    Además de este libro, Ortiz publicó “Cambia tu vida con la TCC”, “La entrevista motivacional” y “Cuando el cambio es difícil. Hacer frente a la resistencia con ayuda de la entrevista motivacional”.

    ELLA, LA NARCISISTA. Al comienzo del libro, Ortiz plantea que si una madre es narcisista habrá problemas de relacionamiento con su hija. Y para saber si una madre entra en esa definición, la autora enumera una serie de características. Si la mujer en cuestión cumple cinco de ellas, será una de esas madres.

    Entre esas características, Ortiz menciona: “Tiene sentido exacerbado de su propia importancia”; “la absorben fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor ideal”; “se considera especial y única”; “demanda excesiva admiración”; “tiene un gran sentido de sus propios derechos”; “en sus relaciones interpersonales es explotadora”; “carece de empatía”; “es frecuentemente envidiosa”, o “muestra actitudes y comportamientos arrogantes”.

    En general, las hijas de esas mujeres narcisistas pueden ser personas inseguras, porque no están acostumbradas a lograr relaciones afectivas con las madres, que pueden llegar a rechazar el contacto físico. “Un hijo que crece con una madre emocionalmente ausente, incoherente y demasiado crítica corre el riesgo de generar un vínculo inseguro con esta. Ello se establece cuando el hijo advierte que no puede confiar en su madre, cuando es rechazado, y aprende tempranamente a evitar la búsqueda de cercanía y apoyo porque en dicha búsqueda se siente reiteradamente defraudado”, escribió Ortiz.

    En esos casos, dijo la psicóloga, “es aconsejable el apoyo profesional o la creación de relaciones seguras cuando se es adulto para que estas representaciones mentales se puedan transformar y no deben de afectar la forma de relacionarse con otros y con uno mismo”.

    DERRIBANDO MITOS. En el libro, Ortiz da su visión acerca de distintos mitos vinculados a la forma de relacionamiento entre madre e hija que ella se ocupa de derribar.

    Por ejemplo, para la psicóloga, existe el mito de que se debe “amar a nuestra madre” porque fue ella quien nos dio la vida. Eso es una realidad, pero haber tenido un hijo no significa que esa mujer así lo haya querido. 

    “Muchos de nosotros somos producto de embarazos no deseados. Esto es un tema tabú y muy doloroso de manejar a nivel individual. Mucho más difícil es cuando la mujer ha quedado embarazada por azar o porque la norma social indica que debe tener hijos”, explicó. Entonces, puede ocurrir que en esos casos, el hijo o la hija no haya recibido todo el amor que necesitaba de parte de su madre.

    Ortiz menciona otro mito: “Es imposible tener una relación de amor satisfactoria a menos que hayamos tenido una buena relación con nuestra madre”. Eso no tiene por qué ser así y puede cambiarse, dijo la especialista, pues se puede “reaprender” el relacionamiento con otras personas y mejorar la autoestima.

    En la lista de mitos, la profesional menciona también el que dice que “las madres siempre quieren lo mejor para sus hijos”. Sobre eso, Ortiz es contundente: “Esto no es así en todos los casos”. Para fundamentar su apreciación, indicó que hay madres que “actúan en beneficio propio”, por encima del de sus hijos.

    Ortiz, además, cuestiona el concepto de que un hijo debe amar a su madre. A su modo de ver, depende de cómo sea esa madre. En ese sentido, explicó, hay madres con paciencia, otras que “se cansan rápido”: algunas cariñosas, otras que no lo son. También hay madres que no supieron brindar el amor o afecto que los hijos necesitaban, e incluso hay casos más extremos en los cuales hay mujeres que han abusado física o mentalmente de sus hijos, o permitieron que otros lo hicieran.

    “Que una madre inadecuada y sin amor no necesita ser amada es un pensamiento prohibido, algo que se habla en voz baja o algo que puede reconocerse solo después de experimentar mucha angustia. El mito produce culpa y vergüenza. No es raro que quien ha tenido una madre con grandes carencias se vea a sí mismo como un mal hijo o se perciba incapaz de cumplir con las reglas sociales que exigen 'tengo que amar a mi madre, no importa lo que ella haga o haya hecho'”, explicó.

    Es más, planteó Ortiz, hay ocasiones en que la madre “puede exponer al niño al peligro” cuando elige una determinada pareja o cierto estilo de vida. “Puede ser muy doloroso darse cuenta de que la propia madre ha tenido otras prioridades en la vida que proteger y salvaguardar el bienestar de los niños”, agregó la especialista. “Nacer es como jugar a la lotería. No podemos elegir a nuestros padres”, dijo.

    LA HORA DEL PERDÓN. Otro de los puntos polémicos que trata Ortiz en el libro tiene que ver con el perdón. Para la especialista, no se puede “evitar” que las madres “digan o hayan dicho en el pasado cosas ofensivas o hirientes”. La clave está, explicó la autora, en “trabajar con nosotros mismos con el fin de aprender una manera diferente de relacionarnos con ella y con los sentimientos que desencadena”.

    La autora plantea que “la creencia popular” dice que uno debe perdonar para sentirse bien. “Lamentablemente, muchos psicólogos, psiquiatras y otros mantienen ese mito. A menudo se dice que solo perdonando uno puede seguir adelante con su vida. El perdonar se convierte en una obligación de la víctima. Si no quieres o no eres capaz de perdonar, eres visto como egoísta y poco generoso; tal vez, como vengativo. Los que perdonan son vistos como maduros y buenos”, escribió. Ella, sin embargo, considera que esa visión es “simplificadora”. “Es justo y razonable no perdonar bajo ciertas circunstancias”, dice Ortiz. Es más, ella considera que “el problema” está en que se perdona demasiado y muy pronto porque así se exige socialmente.

    “Perdonar es dejar de lado los agravios a los que hemos estado expuestos, o dejar de sentir rencor hacia alguien. Algo que facilita el perdón es que la persona que nos hizo mal se haga cargo de su responsabilidad, reconociendo su culpa, declarándose culpable, pidiendo perdón y, sobre todo, cambiando la forma en que se comporta”, dijo Ortiz. A veces ocurre, explicó la especialista, que la persona a la que se perdona no está dispuesta a  colaborar y hacer sentir posible ese perdón.

    En el libro, Ortiz cita consultas que le han hecho pacientes —sin identificar— en relación con su madre. Uno de esos casos tiene que ver con una mujer que fue abandonada en un orfanato, que dice que odia a su madre. “¿Cómo puedo dejar de sentir odio hacia ellos (sus padres), y cómo debo proceder? ¿Tengo que perdonar”?, preguntó. La psicóloga le respondió que “una de las experiencias más dolorosas” que puede sufrir una persona tiene que ver con no ser querido por sus padres, y le sugiere la posibilidad de que trate el tema en psicoterapia. Luego de esa apreciación, Ortiz hace un planteo contundente, ante la consulta de si hay que perdonar a sus padres. “Quiero dejarte en claro que no, no hay que perdonar. No es necesario perdonar. Hay muchas discusiones psicológicas sobre el perdón. Muchos afirman que si perdonamos reestablecemos el orden y el equilibrio en nuestra vida. Que el que perdona es una persona madura, y si no perdonamos, no podemos avanzar en nuestra vida. Esto no es cierto”, sentenció.

    Como ocurre con las demás relaciones, en el vínculo entre madre e hija no hay fórmulas mágicas que se puedan aplicar para todos los casos. Por eso, Ortiz sugiere que cada persona trate de manejarse de acuerdo con sus sentimientos y utilizando su propia intuición o el sentido común. Y, si es necesario, que considere la posibilidad de tratar el tema con especialistas.

    Lo importante en estos casos es tratar de liberarse de la presión social que indica cómo debe ser la relación con la madre. Según las palabras de Ortiz, “nacer es como jugar a la lotería”, y en ese juego de la vida “no podemos elegir a nuestros padres”.