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El mundo del cannabis es amplio. Y no tan ajeno. El Museo del Cannabis Montevideo (MCM), que se inaugura este viernes 9, nace y crece a partir de la necesidad de explorar, mostrar e informar acerca de ese mundo. “En general, la gente se queda con 5% de ese mundo, que es el porro, y se pierde el otro 95%, que se compone de otro montón de cosas”, dijo a galería el ingeniero agrónomo Eduardo Blasina, director de la nueva institución en la que también trabajan Eduardo Casanova, como coordinador, y el museólogo Miguel Coira. “El cannabis es la planta más flexible del mundo. Nos ha dado ropa y alimento. Además, nos ofrece la posibilidad de construir. Por eso vamos a hacer un taller de construcción con cannabis”, adelanta Blasina.
El MCM está ubicado en Durazno 1784 esquina Yaro. Allí también está la casa de Blasina, que además es director de la consultora de agronegocios Blasina y Asociados, y socio de Simbiosys, una de las empresas para el cultivo de marihuana seleccionadas por la Junta Directiva del Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA).
Las semillas del museo se plantaron durante las reuniones de trabajo previas a la presentación del llamado a licitación del IRCCA. “Nos reuníamos casi siempre acá, y nos pusimos en contacto con mucha gente de Holanda, España, Estados Unidos. Todos los que venían y veían el lugar me decían que había que aprovechar el espacio. Mucha gente decía que estaba bien para hacer un club, pero no me convencía. Primero, para tener uno hay que plantar mucho. A mí me gusta que el fondo sea diverso, que haya otras plantas. También quería que tuviera un componente cultural. Además, en mi casa no quiero tener gente fumando todo el día, y no quiero ponerme ortiba. Yo quería algo más”, dijo Blasina.
Entonces, en una reunión relacionada con el turismo alguien sugirió convertir la casa en un museo. “Entonces empecé a pensar la idea y a juntar cosas. Después recorrí California y Colorado para ver lo que estaban haciendo allá, y fui comprando más cosas. En Colorado se venden desde medicamentos hasta bombones. En California me crucé con un hippie que vendía correas para perros hechas de cáñamo. Gente amiga de allá juntaba cosas y traía para acá. Se armó como una red de personas que traían materiales interesantes. Hay mucho. Si buscás en Internet podés encontrar de todo. Si querés una avioneta o una bicicleta de cannabis, hay”. Y ahora, en la amplia sala de la planta baja se exhiben libros como “Plantas de los dioses”, de Richard Evans Schultes y Albert Hofmann, y “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley. Más allá hay una biblioteca. En otro exhibidor hay instrumentos musicales, como una guitarra eléctrica hecha de cáñamo, y también la edición en vinilo de “Cuerpo y alma”, de Mateo; medicamentos y ropa hecha de cáñamo, entre otros objetos.
El Museo abre de martes a domingos de 14 a 19 horas. La entrada cuesta 200 pesos para visitantes del Mercosur y 300 pesos para el resto. El espacio cuenta además con un mate-bar-cafetería. El servicio ofrece café Lavazza, sandwiches calientes y tortas. Los viernes y sábados, el MCM abre por la noche, y la cafetería ofrece empanadas, pizzetas y cervezas artesanales. Como todo museo, también tiene tienda de souvenirs. Hay ropa de cannabis traída de Nepal y otra de la marca Cañamama, de Colonia, que importan cannabis de China. Más adelante habrá pasta de cannabis para vender y para consumir en el restaurante. “Hay una familia de profesionales uruguayos que se dedican a elaborar pastas con cannabis”, contó Blasina. “Son hechas con hojas de cáñamo, que no tiene THC —la sustancia psicoactiva—, su hoja tampoco. Y son apetitosas”.
Medicina, textiles y alimentación. El MCM coloca a Montevideo en el circuito global que incluye ciudades como Amsterdam y Barcelona, y el estado de California. Tiene tiene respaldo del Marihuana & Hemp Museum, que aportó materiales valiosos para su acervo. “Nos enviaron dos baúles con un montón de material”, contó el director.
La exhibición y la documentación presentes en el museo son, en sí, una plataforma para algo más. Pero además, el MCM es una forma de conectar gente interesada en el arte, la ciencia y el vínculo con la naturaleza. “El museo busca que el marco legal que tenemos en Uruguay se plasme en investigación y desarrollo, en la industria uruguaya”, explicó Blasina. “Hay necesidad urgente de que Uruguay investigue a gran escala aquello para lo que el cannabis hace bien o mal. El mundo mira a Uruguay. Creo que lo más urgente es investigar su lado medicinal. Ya hay pruebas de sus beneficios. Los padres que tienen hijos con epilepsia viven en un país donde la marihuana —que tiene propiedades benéficas para tratar esa enfermedad— es legal y no pueden conseguir la medicina. Es de locos. Para mí, lo primero es investigar lo medicinal. Posiblemente, también sea por las implicancias económicas. Si Uruguay se posiciona como un líder en cannabis orgánico para hacer medicinas, me parece que no hay un sector del agro en el mundo que pueda agregar tanto valor y que pueda ser tan incuestionable éticamente. Si podemos generar gotas sin efectos psicoactivos que alivien al niño que tiene 100 ataques de epilepsia por día, me desespera que se demore en instituirlo”, opina Blasina.
En materia textil, Blasina destacó que los obreros de Campomar quieren trabajar el cáñamo y lo tienen que importar de la otra punta del mundo “aunque están en Colonia, en las mejores tierras del país”. Algo similar ocurre con el sector alimentos. “El cannabis, antes de ser psicoactivo fue usado por el humano como alimento porque la semilla forma parte de un conjunto, como la chía o la quinoa, con alto contenido de proteína. Una amiga canadiense que vive seis meses al año en Uruguay, no fuma, simplemente desayuna todos los días con una mezcla de semillas que incluye cannabis, pero no lo puede comprar acá”, ejemplificó.
Explorar e investigar. Blasina también subrayó el papel del cannabis en la reconstitución de los suelos. “Es una planta con raíces muy profundas y su sistema radicular funciona como un filtro. Se usa mucho cerca de los cursos de agua para filtrar los fertilizantes y retener los nutrientes”.
Otra gran ventaja que tiene el cannabis como producto vegetal es la resistencia. En su composición, el cannabis tiene mucha celulosa, y entre 7% y 8% de lignina, lo que le da fortaleza. “La navegación, por ejemplo, dio un gran salto cuando los europeos aprendieron a usar el cannabis para hacer las sogas de los barcos. Los cabos y las velas de cáñamo o de cáñamo y algodón, no se rompían con el viento”, contó Blasina. “No siempre se menciona, pero la primera impresión hecha en tipografía móvil fue sobre papel de cáñamo: el material que usó Johannes Gutenberg para imprimir la Biblia. Como no se rompe con facilidad, el cáñamo se usó en la fabricación de los primeros billetes en China. Y los primeros dólares estuvieron hechos con el mismo material. George Washington plantaba cannabis. Tenía su propia chacra, que visité en un viaje a Estados Unidos. Por su resistencia, los uniformes del Ejército chino están hechos con fibra de cáñamo. También es mucho más aislante de los rayos ultravioletas y la temperatura”, continuó. “En la historia humana, son siete mil años de uso del cannabis frente a 40 de prohibición”, subraya Blasina.
Conexión y coevolución. Por medio de este proyecto, Blasina y su equipo buscan aportar información y eliminar prejuicios en torno al cannabis. “Culturalmente, hasta los 80, esta planta era considerada una droga. El error conceptual es que esto es una planta. Eventualmente, si sintetizamos THC puro, si subimos la concentración al máximo, sí es una droga. Pero aun a pesar de estos hechos históricos, de sus ventajas y versatilidad, todavía hay un estigma. Pero el hecho de que una planta sea prohibida me parece absurdo. Es como prohibir un color. No quiero legalizar la pasta base, la creación de sustancias en laboratorio y su comercialización, pero una planta...”, agregó.
Blasina quiere contar la historia de la planta y su presencia junto al ser humano. “Por medio del Museo, me gustaría que la gente se interesara y se informara más por el reino vegetal. Se perdió la conexión que mis abuelas tenían: plantaban su huerta, tenían flores, coles, y disfrutaban de alimentarse de algo que habían cultivado”, señaló.
Como forma de retomar esa conexión, el museo cuenta con un pequeño jardín etnobotánico donde crecen, entre otras plantas, un ombú, café, tabaco, ceibo, guayabo, pitanza, arazá, cactus, dos colonias de peyote, y también tala, que es el pariente uruguayo del cannabis. También hay yerba mate y una colección de mates. “Muchos tomamos mate, pero ¿quién vio en su vida una planta de yerba mate?”, comentó Blasina. “Está bueno que en medio de la ciudad haya un lugar donde disfrutás de lo que cultivás. No importa si es una tomatera o marihuana, lo que importa es recuperar un disfrute de ver crecer una planta, que un niño plante un tomate cherry y entienda que hay que saber esperar, cuidar y luego cosechar; y que a su vez da semilla para después empezar otra vez. Es un mensaje educativo muy fuerte”.
Museo del Cannabis de Montevideo (Durazno 1784, tel. 098 720 721). Mail: [email protected]. Web: www.museocannabis.uy