N° 1963 - 05 al 11 de Abril de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTiene algo como de cuento de hadas. Cinco amigas tuvieron el sueño de hacer algo para ayudar a erradicar la pobreza e impulsar a las mujeres rurales del Uruguay. Ellas eran mujeres de clase alta, que vivían en el campo junto a sus maridos, en la década de los 60. Esa expresión de deseo podría haber quedado en una charla de una tarde; no eran empresarias, no tenían estudios. Pero se concretó y Manos del Uruguay cumple 50 años.
Lo consignamos en este número con una nota y fotos de las fundadoras: Sara Beisso, María del Carmen Bocking, Queenie Chaneton de Vivo, Dora Muñoz y Olga Santayana de Artagaveytia, junto a otras imágenes maravillosas, como la de John Lennon usando un buzo de Manos.
Quien lea la historia de esta organización social sin fines de lucro que hoy está agrupada en 13 cooperativas que nuclean a 250 artesanas en el interior del país, sabrá que fue un esfuerzo colectivo. Mucha capacitación y apoyo del Centro Cooperativista Uruguayo, de ACDE, del Banco República, del BID con Enrique Iglesias a la cabeza, de maestras, profesores de la UTU, y de religiosas que enseñaban a hilar a las mujeres que querían entrar a Manos pero no sabían cómo manejar la lana.
Hubo mucho trabajo voluntario y las fundadoras pusieron tiempo y dinero. No se pagaba alquiler porque se usaba una casa prestada, en un sótano. No se pagaba luz porque alguien se hacía cargo. No había gastos de auto o nafta porque eso lo aportaban las familias de las fundadoras.
Hay que situarse en el Uruguay de la década de los 60 para entender por qué fue un proyecto rupturista. En ese momento era corriente que una familia eligiera que a la escuela iban los varones y no las niñas. Las cinco fundadoras murieron, pero las artesanas han dado sus testimonios. Esas mujeres que antes de unirse a Manos lavaban para afuera, hacían arreglos. “Para toda la gente del pueblo cosía. Tenía muchísimas costuras. Lo que pasa en el pueblo es que a veces demoran en pagarte”, recordaba una de ellas. Recogían semilla y la clasificaban en galpones, en un trabajo rústico y zafral. Es una obviedad decirlo, pero no estaban en caja ni tenían derecho a una jubilación.
Esas mujeres trabajaron como bestias. Iban a caballo o en camión a buscar la lana. Cargaban 15 kilos en carretillas. Como hormigas, dicen. Después la lavaban donde podían, la secaban al sol. O con carbón. Fabricaban tendederos con alambre. Después la prensaban: “Para prensarla poníamos un palo como tipo un arco de fútbol, que había hecho mi marido. Entonces de ahí colgábamos la madeja y abajo se le ponía otro palo y de ahí se le colgaban pesas, pesas que nosotros fabricábamos. Poníamos en una bolsa piedras, bloques, todo lo que fuera pesado. Entonces, después que poníamos la madeja de ese palo arriba y debajo de ahí lo colgábamos para que las madejas quedaran estiraditas y se hacía el paquete”.
Usaban, muchas veces, la escuela de la localidad de base. Como la maestra precisaba el salón, se instalaban en el pasillo a trabajar.
Había que aprender. Había que hacer planillas: un kilo de lana valía diez pesos, entonces ¿cuánto valen 100 gramos? “Yo era la planillera. Y no sabía. Bueno, y me iba allá a la carnicería a preguntar. La señora del carnicero me enseñaba. Y cuando me veía mal con las planillas, que me equivocaba y no podía arreglar, ella me ayudaba. Y aprendí mucho pero mucho más de lo que tuve en la escuela”.
El aislamiento que vive mucha gente en el campo es telúrico y romántico para los citadinos, pero puede ser difícil de sobrellevar. “Me sentía muy aislada. Y además otra cosa: no solo que me sentía aislada sino que me sentía incapaz, porque me sentía tímida. No era timidez, era falta de roce con la gente, falta de tener oportunidad de expresarte y decir lo que sentís. Entonces, yo venía a hablar con la maestra de mi hijo por cualquier cosa y no decía nada, se me ponía la cara roja y se me estrangulaba la voz. Y entonces yo decía: ¿cómo puede ser que una madre que tiene siete hijos, que tantas veces va a tener que enfrentar la vida como yo, esté en esta situación? No puede ser, y bueno, hoy no digo que era tímida, porque si no, seguiría siendo tímida. Era falta de tener oportunidades y de aprender a expresarte”.
Y estaban los maridos. Esa pelea sí que fue grande. “¡Era horrible, todos le hicieron la contra, horrible! Pero eran todos los maridos. En la campaña las mujeres no trabajaban. Yo sé de artesanas que han ido a un encuentro de producción, por ejemplo, y el marido las dejó con las puertas cerradas, no las dejaban entrar. Hay que discutir con el marido, a veces medio pelearse, andar torcido. Porque el marido no quiere que la mujer trabaje, no lo ve bien, no está acostumbrado, su madre no trabajó. Con mi marido la discusión más grande fue cuando entré a Manos. ¡Ah sí! Una discusión bárbara. Me quería dejar”, han contado.
Trabajaban también los sábados. Y el domingo lo reservaban para lavar la ropa de toda la semana y limpiar y hacer las tareas de su propia casa. Es tragicómico el comentario de Nicolasa Fan, Pitica, oriunda de Guichón: “Y con el problema de que los domingos llega gente de visita, uno no sabe si atender a las visitas o ponerse a llorar. Pero yo nunca quise dejar hasta jubilarme”. Y sí, así son las visitas de campaña.
La meta era exportar y allí se usaron todos los contactos posibles: embajadas, entidades internacionales, políticos. “A todo el que estaba saliendo del país se le ponía en la maleta alguna prenda que pudiera exhibir en el exterior. Es decir, se usó a todo aquel que se subiera a un avión. A cada conocido iba y le decía: llevame esto, vale tanto, a ver si me lo podés vender, mostralo a donde vayas. Ese era un poco el sistema”.
Viajaban a Montevideo a tomar cursos. Iban a reuniones con jerarcas de bancos. Otras empezaron a viajar al exterior, a congresos, a foros. Lo dicen muchas veces: el trabajo les dio palabras. Vocabulario: “Nos desenvolvimos un poco, salimos un poco, ¿no? Por lo menos ahora ya no tenemos vergüenza de salir aquí o allí o conversar un poco más o qué sé yo. Porque en aquel tiempo una tenía aquel rencor”.
Y de pronto llegó la tapa de la revista Elle, y llegó Robert Redford con un buzo de Manos, y John Lennon. Y hoy siguen exportando y buscando refinar su diseño y su marketing. No la tienen fácil. Pero no bajan los brazos. Felicitaciones por todo lo logrado. Larga vida a Manos del Uruguay.