Es miércoles al mediodía y Luciano, después de entrenarse con la selección, llega en bici a su apartamento del Centro. Ahí lo esperan Milagros, su novia de Paysandú que conoció en Montevideo; Pierino, su hermano de 17 años y jugador de las formativas de Hebraica, y Polo, un puc de pelo negro que rompió con su voto de no tener mascotas. Lo esperan con canelones de verdura, uno de los platos aprobados en la rutina del deportista que hace años invadió la dieta familiar.
Luciano llega, le sirve agua a Polo y apoya su bolso en las repisas donde hay un televisor, un PlayStation que casi no prende, réplicas de copas, distinciones más recientes al mejor basquetbolista uruguayo y más antiguas al mejor nadador sanducero, un juego de cerámica decorada que pertenece a su madre, un souvenir de la Semana de la Cerveza y dos estatuillas de plástico de jugadores de la NBA: Blake Griffin, de Los Ángeles Clippers, y LeBron James, cuando estaba en Miami Heats. Los ve y comenta de las actuales finales entre Cleveland Cavaliers y Golden State Warriors, donde juega su ídolo Stephen Curry. Y enseguida se retrotrae a su infancia. “Cuando era chico miraba mucho a Steve Nash (el canadiense con más temporadas en la NBA). Yo también jugaba de base e imitaba sus movimientos. Jugaba a ser él”, dice a galería.
Cuando era chico, en los primeros años de los 2000, a Paysandú no llegaba mucho básquetbol televisado. ¿Cómo seguía a Nash?Buscaba videos en Internet. Por eso mi acercamiento al básquetbol fue mirando el torneo local en Paysandú. Mi padre jugaba en Wanderers e iba a verlo. Era de esos niños que en cada minuto libre se meten a la cancha a tirar y a dar vueltas alrededor de los jugadores.Wanderers fue su primer club. ¿A qué edad empezó?
A los cuatro. Después me pasé al club Allavena.
En las primeras ediciones de la LUB, en 2003 y 2004, Paysandú llegó a la final. ¿Iba al estadio?
A todos los partidos. El estadio cerrado se llenaba siempre y tenías que ir al menos dos horas antes. Yo tenía nueve años. Ahí empecé a mirar el básquetbol con otros ojos. A entender más el juego.
¿Siempre jugó de base?
Siempre. Aunque me desarrollé antes que mis compañeros y solía ser el más alto, me gustaba esa posición. Era en la que jugaba mi padre y además sabía que no iba a crecer mucho más.
Ahora mide 1,80.
Sí. Antes era altísimo para el promedio, ahora soy chico para ser basquetbolista. Cuando era categoría mini sacaba ventaja con la altura, aunque siempre controlando la pelota, tratando de dribblear.
¿Recuerda cuando lo reclutaron para Hebraica?
Me habían dicho que alguien viajaba desde Montevideo para vernos. Pero de chico no sos muy consciente de qué puede implicar eso. No me puse nervioso y jugué como siempre, como me gustaba. Nos observaron en general y después fueron a verme puntualmente de Hebraica. Recuerdo que tuvimos una reunión y me contaron más o menos cuál era su proyecto.
¿Qué le dijeron?
Hebraica en ese entonces jugaba en la C, tras varios años de estar desafilado. Me dijeron que estaban iniciando un nuevo proceso. Que pensaban tener una casa donde iban a alojar a jugadores del interior. Y que les gustaría que mi madre estuviera a cargo de esa casa. Yo era medio inconsciente, me quería venir a toda costa y el cambio de Paysandú a Montevideo no me parecía tan radical.
Radical era el miedo que sentía Laura. Miedo a llevar a su hijo a jugar a Montevideo a los 12; a romper con sus planes de dejar Paysandú dos años antes de lo que tenía pensado, cuando su hija mayor entrara a la universidad; y miedo a lo poco que conocía sobre la capital. Pero ese año, en 2006, perdió su trabajo de cajera en una estación de servicio y aceptó la propuesta de Hebraica de mudarse con toda la “tribu”.La casa, ubicada en Río Negro y Canelones, era de dos plantas con una claraboya en el centro. Abajo vivían Luciano, Laura, Pierino y Eliana, y arriba otros diez adolescentes que también jugaban al básquetbol y venían de Salto, Mercedes, Colonia y Durazno. De esa época lo que Luciano más recuerda es lo difícil de compartir a su madre con tantos, de dividir su vida entre el primer y segundo pisos, y de terminar el liceo entre la exigencia de las prácticas y la actividad con las formativas de la selección uruguaya.
¿Se planteó alguna estrategia para terminar el liceo lo antes posible?
Hice primero de liceo en Paysandú y todo el resto acá. Siempre me propuse terminarlo, mi familia estuvo muy atenta y Hebraica nos ponía esa condición. Además, desde chico tengo la idea de viajar a alguna universidad de Estados Unidos, y es requisito. Una vez estuve cerca y el proyecto no salió, pero me sirvió para trazarme ese objetivo de nunca abandonar el liceo. Cuando lo terminé, sí dejé los estudios, pero en algún momento pienso retomarlos.
¿Qué le gustaría estudiar?
En el liceo hice sexto de Medicina por el tema del estudio del cuerpo humano, para engancharlo con el básquetbol. Era una forma de encontrar motivaciones para estudiar. Me gustaría hacer algo de Nutrición, pero es una carrera muy larga e incompatible con mi situación actual. Empecé a hacer algunos cursos pero me complican los horarios. No me gusta hacer cosas a medias, y ahora es básquetbol o estudios.
¿Dicen que en su tiempo libre lee mucho?
No leo mucho pero me gusta mucho leer. Leo de psicología, sobre todo deportiva. Hace poco le regalé a mi novia, que estudia Veterinaria, un libro sobre perros y lo terminé leyendo yo porque ella está con exámenes. Ahora leí “No + pálidas” (de Enrique Baliño) y estoy con uno que se llama “Cómo entrenar a tu perro”. Cualquiera (risas).
¿De qué se priva por dedicarse al básquetbol?
La liga se juega mucho en enero y febrero, incluso en turismo, y tengo muchos amigos que se van de vacaciones. Muchas veces pienso que me gustaría estar ahí con ellos. Quisiera, por ejemplo, volver a la Semana de la Cerveza. Pero no salir mucho de noche no lo tomo como un sacrificio sino como algo que se da porque me gusta el básquetbol, es mi trabajo y también lo que elegí.
Su debut en primera fue a los 15 años, contra Aguada, y su entrenador era Fernando “Hechicero” Cabrera. ¿Qué recuerda de ese partido?
La presencia del “Hechicero” me ayudó muchísimo, porque me conocía de formativas. En aquel partido metí un doble. Fue en el Cilindro, habíamos sacado una diferencia abultada y cuando quedaban pocos minutos me mandaron a calentar. Hebraica tuvo esa visión de traer jugadores del interior y les abrió una puerta que era inimaginable. Fue un proceso, porque no es lo mismo venir de grande derecho a la primera división, que llegar de chico y adaptarte de a poco a la capital y a la filosofía de juego del club. En mi caso nada fue forzado.
¿Qué hizo con su primer sueldo?
Al principio me daban un sueldo que era para cubrir lo más básico, como el alquiler. Después, cuando me tocó tener una platita para mí, salí a comer con la familia, me compré alguna ropa, pero nada especial.
¿Se entrena por su cuenta, más allá de las prácticas con el equipo?
Voy antes de la práctica a tirar y arreglo con los profes si es necesario hacer un poco más de físico. En el último tiempo fui a practicar triples, porque me sentía falto de confianza. Generalmente simulo situaciones de juego en las que no me siento del todo cómodo. Miro mucho los partidos una y otra vez y busco mis puntos débiles.
¿Repite algún ritual antes de los partidos?
Repito algunas cosas si ganamos y elimino otras si perdemos. Pero lo que hago siempre es llegar con mi familia y darnos un abrazo antes de entrar al vestuario.
El año pasado casi ficha en Lanús de Argentina. ¿Qué pasó?
Terminó la liga 2015 y quería ver si podía irme a jugar allá para conocer el medio argentino y que ellos me conozcan también. Estaba todo arreglado, pero como terminamos el campeonato un poco más tarde de lo previsto, el período de pase de allá se cerró y se cortó todo.
¿Qué sintió?
Que se me iba una buena oportunidad de mostrarme. Pero soy chico y sabía que no era el fin del mundo. Visto en perspectiva, con el campeonato ganado y los buenos resultados de la selección, quizás fue para bien. Ya vendrán otras oportunidades.
¿Qué características debe tener un chico para decir que “tiene futuro” en el deporte?
Disciplina de entrenamiento. Un campeonato o un juego no te dicen demasiado, porque la cuestión está en el día a día, en el gusto por practicar. Tenés que ver si el jugador llega temprano, si es aplicado. Eso, con un poquito de talento, te da futuro.
“¿Que cómo lo defino como jugador? Es un base que juega con el atrevimiento de un pibe de 22 y con la madurez de un hombre de 35. De chico no quería jugar al básquetbol, quería ser jugador de básquetbol, y eso hizo la diferencia”, dice el entrenador Fernando Cabrera. Zylberzstein y Signorelli coinciden: “Es sumamente profesional, todo el tiempo busca competir consigo mismo y ganarse. Es muy completo, organiza el juego y maneja de forma excelente los tiempos en ataque y defensa. Además es un observador de la NBA como ningún otro. En el plantel de Uruguay tiene un rol fundamental a pesar de ser tan joven: construye juego”.
Conoce bien a los entrenadores de la selección, Signorelli y Zylberzstein, ya que fueron los técnicos de Hebraica cuando salió campeón en 2012 y 2016. ¿Cómo funciona la dupla?
Se complementa bastante bien. Marcelo es por ahí más pasional y Leo más racional. Pero tienen una filosofía de juego muy parecida: defender bastante y muy duro, y en ataque liberar el juego, apostar al contraataque, avanzar rápido y tomar tiros abiertos. Apuestan a la incorporación de nuevos jugadores.
¿Qué le falta a la selección?
El juego abajo siempre es una carencia, porque es difícil encontrar jugadores con altura. Pero trabajamos para disimularlo con buenos pases, juego en equipo e intensidad defensiva. Ahora, en el Sudamericano, un buen objetivo es subirse al podio, volver a estar entre los tres mejores.