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    El encuentro de un libro y su lector

    Desde Parque Rodó, Escaramuza surge como una librería atendida por libreros formados, que suma a su propuesta un café abierto todo el día y un surtido calendario de talleres

    A sus ojos, había dos asuntos fundamentales de los que ocuparse: la circulación de libros y la circulación de autores. Alejandro Lagazeta, responsable de La Lupa Libros (Peatonal Bacacay 1318 bis) y de Criatura Editora, y Pablo Braun, de la librería y editorial Eterna Cadencia (Palermo, Buenos Aires), estaban de acuerdo con eso. Se conocieron por ese vínculo común con los libros. “Hay algunos casos, pero no hay muchas librerías en el mundo que tengan editorial también; es algo raro”, contó Lagazeta, que primero traía los libros de Eterna Cadencia para vender en su negocio y después empezó a exportar a Argentina los de su editorial, que hoy ya tienen presencia en gran parte de las librerías bonaerenses.

    Juntos coordinaron el primer Festival Internacional de Literatura (Filba) en Montevideo hace dos años, y el segundo, y se disponen a organizar el tercero en medio de las corridas y la emoción de la inauguración de Escaramuza, la deslumbrante librería que abrieron en conjunto. “Para hacer este tipo de emprendimiento es necesario un fogueo previo de relación laboral, de trabajo. Nos probamos mucho en los Filba y nos hicimos amigos, pero tenemos mucha responsabilidad profesional sobre lo que estamos haciendo”, dijo Lagazeta.

    Escaramuza abrió sus puertas hace unos días en una casona de principios de 1900 ubicada en Pablo de María 1185, con una propuesta que suma a la librería una cafetería que ofrece también almuerzo con un menú que cambia diariamente y un atractivo calendario de talleres.

    Los dos problemas. La necesidad de promover la circulación de libros y la circulación de autores: Lagazeta vuelve sobre estos problemas una y otra vez para explicar la esencia de este emprendimiento que nuclea la librería, el café, las actividades y la distribuidora, también llamada Escaramuza. Esta última comenzó a funcionar en 2015 distribuyendo 18 editoriales independientes de Argentina (Eterna Cadencia, Común, Cactus, Caja Negra, Gourmet Musical, Pequeño Editor, Corregidor, entre otras), España (Impedimenta, Nórdica y Periférica) y Uruguay (Criatura Editora, Topito Ediciones y H Editores).

    Su condición de distribuidores de editoriales “que prácticamente no llegaban a Uruguay y ahora están disponibles en todas las librerías”, y su inquietud por establecer una librería que busca “la idea del espacio desde la puerta hasta el fondo y viceversa, y que propone un ambiente cálido y una línea cultural interesante; donde no te encontrás con los best sellers a la entrada”, apuntan a atacar el primero de los problemas: la circulación de libros. Ese último detalle dice mucho sobre la disposición de las estanterías, que trepan hasta los cuatro metros de altura de los techos y cubren la totalidad de las paredes. En Escaramuza, los libros se dividen en áreas que van de la narrativa a otro sector que reúne psicología, ciencia, filosofía, pensamiento contemporáneo e historia, para pasar luego al apartado infantil y juvenil, un espacio dedicado también a los libros docentes, y luego a otra parte contigua de arte, cultura y cine.

    “Tenemos todos los libros, pero tratamos de promover la narrativa cuidada, y que logren visibilidad los títulos que de repente no la tienen”, dijo Lagazeta. Por eso su librería contempla también una sección de poesía y otra de teatro, “aunque no se vendan mucho”. “Pienso que si la gente lo ve, si se encuentra con el libro, lo lleva. Cuando entrás en lógicas hiperextremas de productividad por metro cuadrado —con esto no quiero decir que somos unos pazguatos, unos recién nacidos— y lo que no se vende se devuelve, entrás a ofrecer lo que se vende en dos meses y se te prostituye la propuesta. De repente acá hay un libro que no se vende por un año y no tenés por qué devolverlo, porque es tremendo libro, y lo que está buscando es un lector. Cuando encontraste a ese lector, que encontró ese libro, también te hacés un cliente. Hay una apuesta más a largo plazo”.

    Lagazeta se esfuerza en aclarar que, aunque establecieron ciertos criterios, la idea de la librería es vender y que circulen “todos los libros”. “No pusimos la librería para vender los libros de nuestra distribuidora, ni hay una intención de correr con una ventaja competitiva con el resto de las librerías, sino de trabajar en equipo”, aseguró.

    En cuanto al otro problema, el de la circulación de autores, Lagazeta y Braun trabajan desde el Filba invitando a autores internacionales y dándole presencia al libro “como centro”, planteando charlas con ejes temáticos en lugar de fijarse tanto en las novedades editoriales. “Eso da circulación y visibilidad al autor, y cierto dinamismo. El año pasado vino (Eduardo) Sacheri y este año va a hacerlo Irvine Welsh, pero no para hablar de su última novela —eso capaz que lo hace en la Feria del Libro—, sino sobre el cine y el género, por ejemplo”. Y eso promueve la circulación de autores, aseguran.

    El café. El pizarrón anuncia el menú del día: sopa de calabaza, cazuela de lentejas y torta húmeda de chocolate con crema. De 12.30 a 16.30 se puede almorzar en la cafetería de Escaramuza, que está abierta de lunes sábado de 9 a 21 horas y cambia diariamente su menú. “Cocinado en el momento, todo producido acá”, cuenta Lagazeta.

    La azotea, uno de los espacios que más influyeron a esta sociedad uruguayo-argentina a inclinarse por la casa en la que se instalaron, es también su próximo “proyectito”. En algún momento no muy lejano allí habrá una huerta urbana, con cultivos que puedan crecer en la ciudad. Una vez instalada, la idea es armar talleres para niños y producir insumos para el café. “Casi todo lo que se usa ahora se compra a los productores orgánicos de Sauce”, contó Lagazeta.

    En algún momento del proceso, ¿se sintió demasiado temerario por lanzarse a un proyecto así, de gran inversión, para apostar a una librería?

    Es un riesgo. Lo que pensé fue que estoy grande; a veces entran algunas señoras de 70 años a La Lupa y dicen: ‘El sueño de mi vida es tener una librería, estoy esperando a jubilarme’. Yo nunca me voy a jubilar, y si algún día me jubilo, no voy a tener una librería, voy a hacer cualquier otra cosa, voy a ir a librerías. También estuvo la posibilidad estratégica de esta alianza para poder hacerlo. Y también que estoy sano, que tengo ganas y que estoy dispuesto a dedicar 20 horas por día. Creo que es lo que mitiga esa imagen de riesgo; eso y que en Argentina esto es más normal. Pienso que va a ser superdifícil pero creo también que no es una librería grande con café, sino que es una librería que tiene libros, que tiene libreros formados para atender a la gente, que tiene mucha actividad cultural y un café que va a tener su onda y va a tener cabeza. Y sí, es una inversión de la hostia. Además veo las facturas de importación de libros que tenés que hacer conocer para despertar ese gusto, y digo puta madre; pero hay mucha preocupación y atención en la gestión. Hay una cabeza a largo plazo, hay un grupo de gente y hay una idea.

    Todo lo demás. Los martes y jueves de mañana, y los lunes y miércoles de tardecita, dos grupos de unas 23 personas llegan a Escaramuza para el taller de dramaturgia, el primero que se dicta. Llenan el sector infantil-juvenil de la librería, y escuchan, con el sol entrando de frente por el ventanal, a Gabriel Calderón, a Sergio Blanco, a Laura Pouso o Santiago Sanguinetti: los cuatro docentes del taller.

    Es el lugar destinado a ese menester mientras se termina de acicalar la sala específica para talleres, adornada en una de sus paredes por la ilustradora Claudia Precioso. En julio está previsto que empiece un taller de fotolibros, a raíz de una tendencia impulsada en el mundo por algunos chefs, que los usan para mostrar sus obras. Habrá también un taller de encuadernación y se está armando uno de narrativa para niños que probablemente tendrá también su versión para adultos. Para las vacaciones de julio también se ofrecerán actividades infantiles, que aunque aún no están definidas, vincularán libros, cocina y la posibilidad de disfrutar de ese rato con los niños de la familia.

    El año que viene, el cronograma vendrá mucho más nutrido, con entre cinco y siete talleres diarios. Dijo Lagazeta: “La idea es que la casa tenga vida. Si no pasa nada, nos aburrimos”.

    UN PUNTO EN LA CIUDAD

    Después de cuarenta visitas a cuarenta casas, Alejandro Lagazeta y Pablo Braun encontraron lo que buscaban: la casa perfecta para su proyecto de librería. Está en una zona en crecimiento como Parque Rodó, en el límite con Cordón, en Pablo de María 1185 (entre Canelones y Charrúa); un lugar “apacible” que “todavía mantiene lo mejor de Montevideo”. “Ahora que estamos en otoño, cada dos horas tenés que limpiar la vereda por las hojas que caen, y esa es una señal muy buena”, contó Alejandro Lagazeta. “Tenés las veredas anchas, oxígeno; tenés un par de arterias de tránsito pero podés caminar por la calle tranquilo, puede haber un par de botijas jugando al fútbol enfrente. Entramos a esta casa y nos gustó porque es muy luminosa. Nos compró la entrada y el patio; y después subimos a la azotea y era linda. Hay casas que te toman a vos, y nosotros dijimos ta, es acá”.Entonces entró en acción otra dupla creadora: los arquitectos Emilio Magnone y Fabrizio Devoto. Ellos también se enamoraron a primera vista de esta vivienda de estructura patriarcal de 1907. Se enamoraron del gran vitreaux del salón principal y de la glorieta del fondo, y estuvieron dispuestos a negociar con las dos decoradoras argentinas, Inés y Agustina San Martín, que se sumaron a la ecuación más adelante, y de “maridar” sus estilos diferentes (ellos más abstractos, ellas más eclécticas) para darle a la librería una “magia” que, por separado, según Magnone, no habrían podido conseguir. Tenían “una visión de extranjería que estaba buena”, dijo el arquitecto sobre las decoradoras, que aportaron elementos decisivos, como los grandes poliedros que iluminan la librería.

    La disposición de los espacios sigue la lógica del uso original de la casa: en las habitaciones de adelante, donde se recibía a la gente, se ubicó la librería y hacia el fondo, donde en una casa de familia estarían el comedor y la cocina, se instaló el café. Allí se tiraron varias paredes para dar lugar a las mesas y se sacó una escalera que caía justo en el medio y llevaba al segundo piso. “Terminamos poniendo un puente que queda medio extraño, porque nadie sabe de dónde sale y qué gente circula por ahí, pero cuando estás abajo y ves gente ahí arriba te da otra cosa, te hace mirar para arriba y ves la claraboya. Es una casa con techos de cinco metros y para nosotros era un potencial tremendo”, contó Magnone.

    La obra, que duró unos ocho meses, terminó la misma tarde de la inauguración. Según Magnone, Escaramuza tiene una intervención contemporánea sin perder su carácter clásico, y logró esa continuidad buscada con su librería hermana: la argentina Eterna Cadencia.

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