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    El más fuerte de los ruidos

    El silencio, un bien cada vez más preciado y difícil de conseguir en los espacios urbanos, reduce el estrés, ayuda a la memoria y a la concentración y mejora la calidad de vida

    Primero se ve la pintura, el óleo de la fachada de un edificio de la Ciudad Vieja. Las paredes son grises, de ese gris ratón, triste, casi llorón. Es el color del hollín de los caños de escape de las decenas de ómnibus que transitan por la calle Cerrito. Después llega el sonido; a través de unos auriculares disponibles para el público junto a la pintura surgía el ruido enervante de una mandada de autobuses feroces que se mueve en un espacio angosto; el rugido de la ciudad capturado en una grabación de un día de semana cualquiera a las cuatro de la tarde. La instalación —una bofetada sin piedad para aquellos que jamás repararon en lo irritante que puede ser el sonido de la ciudad— fue creada por el artista Matías Paparamborda para la exposición Ghierra Intendente que se montó en el Centro Cultural de España el primer semestre de 2015, en plena campaña para las elecciones municipales. Paparamborda —35 años, artista visual, ganador del Premio Cézanne 2016— vivió durante años en esa calle de la Ciudad Vieja. Sufría el ruido de los ómnibus que pasaban uno detrás del otro durante todo el día. No podía concentrarse. La consecuencia inmediata de esa situación fue tomar la decisión de comprarse un terreno junto a su pareja en las afueras de Montevideo e irse a vivir allí, al campo.

    Hay que aprender a convivir con el ruido o huir de él.

    Vivir en ciudad, incluso en ejemplos pequeños como Montevideo, implica estar sometidos a diario a una serie de ruidos chirriantes vinculados, sobre todo, al tránsito. Pero el problema va mucho más allá de los autos con sus bocinas impertinentes, los caños de escape sin silenciador de las motos, las radios a todo lo que da con el particular gusto del conductor del autobús o los gritos violentos que surgen de enfrentamientos en ese espacio que, cada vez más, se parece a una jungla. Después de todo, nosotros somos el ruido, el barullo que no se calma, los seres incapaces de soportar el silencio. Tal vez porque no podemos luchar contra el peor de los bullicios: aquel que viene de nuestra cabeza y que nos atormenta tanto que queremos apagar. Así es que nos llenamos la existencia con todo tipo de ruidos y creemos que la ausencia de ellos es sinónimo de aburrimiento, falta de vida, incluso infelicidad.

    Entonces nos convertimos en estos hombres y mujeres del siglo XXI con variedad de ringtones (uno distinto para cada uso del celular, que puede ir desde la voz de un infante llamando a su padre, pasando por la canción más cursi de Adele anunciando la llamada del amado, hasta una alarma de Policía para alertar el mensaje de Padre o madre); listas y listas de Spotify, YouTube o la manera de reproducción de audio que elija para escuchar en distintos momentos del día; una carpeta con podcasts para cuando nos hartamos de la música y de la radio; la televisión de fondo con el informativo, el programa de la mañana, el fútbol de la B, la liga de básquetbol, el concierto de AC/DC en Buenos Aires, el discurso de Donald Trump, los bombardeos en Siria, Tinelli y sus chistes que jamás evolucionaron; los mil y un juguetes del o los niños que vienen con todo tipo de sonidos (matraca, sirena, tamborcito, pianito, guitarrita, llanto del bebé de plástico que se suma al bebé real, celular de mentira pero con teclas que suenan con melodías distintas, y así hasta el infinito). Y después, al final, nosotros con esa necesidad incesante de llenar el espacio sonoro. Porque, por estos días, pareciera que si no hablamos, si no tenemos algo para decir, no existimos.  

    Desde inicios de la década de 2000 varias investigaciones han comprobado la importancia que tiene el silencio para nuestro cerebro. Incluso algunas de ellas demuestran el impacto negativo que tiene el ruido sobre la salud. Por ejemplo, en 2011, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un escalofriante informe que concluyó que el sonido de vehículos, trenes y aviones puede provocar desde insomnio hasta ataques al corazón. “La contaminación acústica en las ciudades no solo es una molestia, sino también una amenaza para la salud pública”, dijo en aquel entonces Zsuzsanna Jakab, directora europea de la OMS.

    Por otro lado, en 2013 en el Centro Médico de la Universidad de Duke, en Durham, Inglaterra, un equipo comandado por la neuróloga y cardióloga Imke Kirste comprobó que los ratones, al estar expuestos a dos horas de silencio por día, desarrollaban nuevas células en el hipocampo, la región del cerebro vinculada a la memoria y el aprendizaje. Aunque la investigación no se realizó en humanos, el ejercicio de tener dos horas de silencio al día —por más utópico que pueda resultar— podría llegar a ser algo bueno. Y comprobar si, efectivamente, los niveles de estrés y ansiedad bajan.

    El silencio como marca. En marzo de 2010 cien especialistas en marketing se reunieron con el objetivo de lograr que un país lejano y gélido pasara a ser reconocido mundialmente como un gran destino turístico. Finlandia, en ese entonces, era valorado como un país con un sistema educativo ejemplar y cuna del diseño industrial funcional. Pero nadie viajaba hasta allí para vacacionar. Los especialistas pelotearon sobre la identidad nacional, pensaron qué los hacía únicos, por qué alguien querría irse a una zona tan remota hasta que dieron con un valor que nunca nadie jamás podría haber vinculado con una marca país.

    El silencio. Simple. Novedoso. Básico. Cada vez más un bien preciado. El nuevo lujo.

    Los finlandeses lograron que el silencio fuera un motivo tan fuerte como para instalarlo. Meses después, un reporte que profundizaba en este concepto explicaba que en sociedades modernas que pueden ser intolerablemente ruidosas y ocupadas, el silencio se visualiza como un recurso. “En el futuro, la gente va a estar preparada para pagar por el silencio”, concluía el reporte finlandés. Así lo narra el periodista Daniel Gross en un artículo de 2016 de la revista “Nautilus”. Con frecuencia, al ingresar a la página de Turismo del país (visitfinland.com), figura una frase sutil y potente que dice: “Silence, please”. “Decidimos, en lugar de decir que es un país de verdad muy vacío, de verdad muy tranquilo donde nadie está hablando, abrazarlo y destacarlo como un valor”, explicó en “Nautilus” la responsable de las redes sociales de la página de turismo de Finlandia, Eva Kiviranta.

    Claro que Finlandia con sus auroras boreales, su pesca en hielo, su desolada campiña no es apta para aquellos que eligen como destino turístico un all inclusive caribeño donde la música, los altoparlantes y los gritos de los animadores llegan con el combo. Finlandia y su silencio tan tranquilizador, para ellos, debe de ser un bodrio. Los que vivimos en ciudades (sean del tamaño que sean) estamos acostumbrados a que el espacio sonoro esté repleto, siempre.

    El riesgo. La OMS fue contundente: “Unos 1.100 millones de adolescentes y jóvenes corren el riesgo de sufrir pérdida de audición por el uso nocivo de aparatos personales de audio, como teléfonos inteligentes, y por la exposición a niveles sonoros dañinos en lugares de ocio ruidosos, como clubes nocturnos, bares y eventos deportivos”. La información, comunicada en Ginebra en febrero de 2015 y extraída de estudios realizados en países de ingresos medianos y altos, también concluyó que casi 50% de los adolescentes y jóvenes de 12 a 35 años están expuestos a niveles perjudiciales de ruido por el uso de aparatos de audio personales y que alrededor del 40% lo están por niveles de ruido potencialmente nocivos en lugares de ocio. Para la OMS, un nivel perjudicial de ruido puede ser, por ejemplo, la exposición a más de 85 decibelios (dB) durante ocho horas o 100 dB durante 15 minutos.

    A modo de ejemplo, en el relevamiento sonoro de Montevideo que hizo la Intendencia en 2016, en la esquina de 25 de Mayo y Solís, en un período de 15 minutos, pasaron 39 ómnibus, 107 autos, tres camiones y cinco motos. Eso significó 70,2 decibelios. Sigue siendo un ruido intenso para tolerarlo durante un rato prolongado y eso, claro está, que Montevideo ni aparece en la lista de las ciudades más ruidosas del mundo, con Tokio y Nueva York a la cabeza.

    La polución sonora es un drama de nuestra era. En un artículo de la Asociación de Psicología de EEUU (APA, en su sigla en inglés), de 2011, se citan distintos estudios en los que se evidencia cómo aquellos niños que viven o van a escuelas cerca de aeropuertos, estaciones de tren o autopistas son más lentos en su evolución de herramientas cognitivas y de lenguaje. A su vez puntúan más bajo en las pruebas de lectura. Este tipo de conclusiones ya las había sacado Arline Bronzaft, experta de la City University de Nueva York en los 70. Sus estudios fueron pioneros al demostrar los efectos dañinos que tenía el ruido en la educación infantil. Basta con imaginar cómo han subido los decibeles del tránsito desde esa década hasta hoy para entender cómo serán las heridas.

    En el informe que comunicó la OMS en 2011, el organismo internacional alertaba sobre los estragos que algo invisible e intangible puede generarnos en la salud. Según la OMS, 340 millones de habitantes de Europa occidental pierden anualmente un millón de años de vida saludable por el ruido. El estudio concluía, además, que la raíz de más de 3.000 muertes por enfermedades del corazón tenía que ver con el bullicio excesivo.   

    El elemento sagrado. Uno de los primeros investigadores en estudiar la importancia y los beneficios del silencio fue el médico y músico amateur italiano Luciano Bernardi. “Estábamos indagando en los efectos de los distintos tipos de música en los sistemas cardiovascular y respiratorio, e introdujimos pausas de dos minutos entre los extractos de canciones. Entonces vimos que los indicadores de relajación humanos se disparaban durante estos episodios, mucho más que con cualquier música o que durante el silencio previo al arranque del experimento”, explicó Bernardi cuando su estudio se publicó en la revista “Heart”.

    No es necesario someterse a días y días de pacto de silencio, ni estar abrazado al concepto de moda mindfulness. La calma llega con unos pocos minutos al día. Basta con sacarse los auriculares y escuchar el silencio durante las últimas horas de la noche. Pero, claro, hay que saber sobrevivir, saber llevar y ser muy amigo de la voz más fuerte de todas. La nuestra.

    En una nota publicada en “El País” de Madrid en 2016 sobre el asunto, Noora Vikman, etnomusicóloga de la Universidad de Finlandia, responsable de asesorar al Instituto de Turismo en su campaña sobre el silencio, explicó: “Venir a Finlandia es descubrir pensamientos y sentimientos que no son audibles en una vida atareada. Si quieres conocerte a ti mismo, tienes que estar contigo mismo, discutir contigo mismo, ser capaz de hablar contigo mismo”. Miles Davis, uno de los músicos de jazz más influyentes, dijo un día: “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”.