• Cotizaciones
    sábado 14 de marzo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    El miedo es una coartada perfecta

    Nobleza obliga

    Cuando niña, la oscuridad me daba miedo. Las noches se poblaban de ruidos inquietantes y cualquier sombra devenía en algo terrible de cuya naturaleza no hubiera podido dar cuenta, pero que bastaba para sumirme en un profundo desasosiego. Lectora fervorosa, durante el día alimentaba con libros mi fantasía, pero en la noche quedaba presa de las creaciones monstruosas que esa fantasía provocaba. El instante de ir a la cama era una tortura y procuraba dilatarlo con ardides varios que iban desde fingidos dolores de cabeza hasta deberes inventados que prolongaban la vigilia y me mantenían alejada del sueño recortando revistas viejas. Incluso entonces, haciendo un esfuerzo doloroso para estar despierta, ni la certeza de que me esperaba un madrugón al otro día ni el progresivo silencio en el que la casa iba cayendo era aliento suficiente para inducirme a entrar en mi dormitorio, reino de tinieblas.

    No sé cuánto habrá durado aquello, aunque sí sé que asociado a los recuerdos de una infancia bastante feliz ese miedo viene a mí convertido en agobiante ráfaga negra. Si volviera atrás y me fuera permitido modificar algunos aspectos de mi vida, aboliría aquellas noches de tormento. Hoy, con la perspectiva del tiempo y la dimensión ajustada de las cosas que en aquella época se me venían encima como moles abrumadoras, sonrío con ternura al evocar la exageración de mi comportamiento. Pero en aquel momento la angustia era tan intensa que hubiera hecho cualquier cosa para suspender las noches y transcurrir en una mañana de sol perpetua.

    Sé —porque tengo plena conciencia de haberme hecho esta pregunta en medio de un terror insufrible— que hubiera dado lo que me pidieran, si con eso me aseguraban luz y compañía hasta que amaneciera. Me habría desprendido de mis libros sin un pestañeo —lo que para mí significaba el sacrificio supremo— y hasta de mi hermana —lo que resulta más entendible porque, por chiquita y graciosa, me había desplazado en la prioridad de algunos afectos. Bien pensado, esta última opción era perfecta: de un solo golpe, me sacaba de encima dos problemas.

    Una noche de enero, durante una tormenta, con el viento ululando afuera como un presagio funesto y la amenaza de unos pinos que desde mi ventana veía inclinarse hasta casi rozar el techo, propuse a mi abuela un canje inaudito. Le ofrecí pasar el resto de las vacaciones dentro de la casa —lo que implicaba no más sol ni playa ni amigos— si ella prometía acompañarme hasta que me ganara el sueño. No era necesario que me contara historias de su tierra ni que me leyera cuentos. Ni siquiera que se metiera en mi cama. Bastaba con sentirla cerca. De corazón se lo dije, con una solemnidad que debió de preocuparla. O causarle risa. Su nieta estaba lista para renunciar a las horas más luminosas del verano, esas que durante todo el año había esperado, el premio merecido por el que tanto se había esforzado en la escuela.

    No sé cuánto duró aquello. La memoria, tramposa, confunde los recuerdos. Supongo que mi abuela me habrá acompañado algunas veces sin necesidad de reclamar por sus servicios el pago de tan alto precio. Al crecer, la razón fue ganando al miedo. La oscuridad ya no me resultó pavorosa y las noches se volvieron amables compañeras. Cada tanto pienso en aquel ofrecimiento que hice y me fascina constatar mi abierta disposición a tanta renuncia. Sobre todo, a resignar mi felicidad a cambio de atenuar la angustia nacida del miedo. Un miedo a algo desconocido, que no tenía nombre y que, sin embargo, me había conducido a ofrecer la máxima ofrenda. Una niña cuyo sufrimiento era tan atroz que llegaba al extremo de aceptar privarse de su felicidad veraniega.

    El miedo prohíja reacciones como estas. Para sofocarlo somos capaces de renunciar a lo más caro, lo más precioso que tenemos. En la pequeña esfera privada y también en el macromundo de lo público, incluso en las cumbres altísimas, el miedo arrecia. Cuesta entender algunos hechos sociales y políticos de los últimos meses —el Brexit, la inmigración vista como amenaza y las elecciones estadounidenses, por ejemplo— si no es a la luz de esta forma de considerar la realidad.

    El miedo se instaura poco a poco, trabaja desde la irracionalidad, horada la certidumbre, destruye la dignidad, debilita la fortaleza. Poco a poco va convirtiéndose en terror, advierte que atacará de improviso, genera una permanente alerta. Nos dejamos invadir, buscamos quien nos proteja y, cuando alguien nos vende esa ilusión de omnipotencia, le entregamos gustosos nuestra libertad a cambio de la seguridad que nos promete. En ese proceso, que implica un sálvese quien pueda, perseguimos solo nuestro beneficio, calculamos desde un individualismo incompatible con la solidaridad. Escudados en un egoísmo que estimamos inevitable, desechamos toda empatía, aquellos valores que alguna vez nos enorgullecieron.

    El miedo envilece primero. Luego somete. Al final empuja. Y ahorra el conflicto moral porque proporciona la coartada perfecta.

    // Leer el objeto desde localStorage