N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos días, a raíz de un magnífico retrato escrito que Truman Capote hizo de Elizabeth Taylor, vi con asombro cómo unos jóvenes corrían a Google a buscar información sobre un nombre que nada significaba para ellos. Hice la experiencia de preguntar a otros jóvenes ?casi ninguno llegaba a los veinte? y no obtuve más que un pálido brillo de reconocimiento en uno de ellos que mencionó algo de una película pellizcada en la vorágine del zapping. Elizabeth Taylor vivió ocho prolíficas décadas y murió hace siete años apenas. En esa brizna de tiempo, uno de los iconos más grandes del cine ya comenzaba a perderse en la nube del olvido y se esfumaba en el recuerdo. ¿Qué podemos esperar los modestos mortales que no hemos venido al mundo con los ojos color violeta?
“Ya somos el olvido que seremos / y que fue el rojo Adán y que es ahora / el polvo elemental que nos ignora / todos los hombres y que no veremos. / Ya somos en la tumba las dos fechas / del principio y el fin. La caja, / la obscena corrupción y la mortaja, / los ritos de la muerte y las endechas. / No soy el insensato que se aferra / al mágico sonido de su nombre; / pienso con esperanza en aquel hombre / que no sabrá quién fui sobre la tierra. / Bajo el indiferente azul del cielo / esta meditación es un consuelo”.
Es posible que Borges, que tanto reflexionó acerca de la memoria, haya escrito este poema. De hecho, la autoría fue puesta en duda y requirió no pocas opiniones de expertos. Tanto se le ha endilgado a Borges que no sería extraña la falsa atribución de estos versos. Por eso me importa dejar sentada la controversia. Sea como sea y a su manera, las palabras hicieron su camino y, años más tarde, el colombiano Héctor Abad Faciolince tomó prestada parte del primer verso para dar título a una novela de corte autobiográfico. El poema, según cuenta, estaba en un bolsillo de su padre al momento de ser asesinado y por ese motivo cobró para el autor un interés extremo. Desde su publicación en 2006, El olvido que seremos ha sido varias veces reeditada y ha merecido numerosos elogios de lectores y ?algo poco frecuente? de colegas.
Entre ellos, destaca el comentario de Mario Vargas Llosa, quien, en su columna Piedra de Toque, definió la novela como “una obra maestra” y “la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años”. Vargas Llosa encuentra en Abad Faciolince reminiscencias onettianas “por la autenticidad moral, la maestría técnica que ambos autores delatan y la impecable radiografía de América Latina que, sin proponérselo, han trazado en sus ficciones”. Y se extiende en consideraciones elogiosas que alcanzan en igual medida al texto y al autor, en una feliz, aunque no obvia, coherencia entre el creador y su obra.
La idea del olvido como una condena sin escapatoria me parece tan perturbadora como bella. Tengo para mí que el miedo a ser olvidados condiciona buena parte de nuestras acciones, quizá porque en el fondo intuimos que es en el olvido donde se da la forma más pura y absoluta de la muerte.
Si esto es cierto, mucho de lo que hacemos está orientado hacia ese fin supremo y estéril que implica quedar impresos en el recuerdo. Es posible que algunos encuentren en los hijos esa satisfacción al afán de trascendencia, sin reparar ?¡cómo detener el pensamiento en un dolor tan fuerte!? que también ellos pasarán, y sus hijos, y los hijos de sus hijos, hasta que sus nombres no digan nada y no quede ni un soplo de su paso por esta forma de la existencia.
Otros quizá se perpetúen en las obras de su intelecto; otros en la fama, el poder o la riqueza. Otros, más simples, quizá se aferren a la materialidad pequeña de las cosas y atesoren objetos. Pero todo pasa. Todo es arrasado por el tiempo. Es posible que aquellos que tienen la gracia de la fe encuentren en ella su respuesta y su consuelo.
La novela de Abad Faciolince está entre mis demasiadas lecturas pendientes, esas deudas que tengo con la felicidad y cuya postergación me frustra. En mi mesa de luz, en algunos estantes, en lo más íntimo de mi deseo, la pila de postergaciones crece, me estrella contra la realidad del paso del tiempo. Y yo, que no tengo los ojos color violeta y que acepto sin angustia el olvido que seremos, siento un cosquilleo incómodo cuando paso lista a mis asuntos no resueltos y en espera. Miro a la muerte con más curiosidad que miedo y la única preocupación no es que me lleve, sino que me pille sin haber hecho todo lo que quiero.