Nació en Lascano, Rocha. ¿Qué le queda de allí?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMi madre es de allá, nos vinimos a Montevideo cuando yo estaba en 3º de escuela. Supongo que cierta cordialidad en el trato, más distendido, llano, directo. Sigo teniendo contacto porque voy todos los años a dar charlas. El año pasado me acompañó mi madre y fue muy lindo. Pero el que me acompaña siempre a mis charlas en el interior es mi padre.
Es psicólogo desde mediados de los 90. ¿En qué momento decide salir de la consulta para tener un rol más activo a través de charlas, participaciones en programas de tv y radio y libros?
En 2009 invitamos al escritor argentino Sergio Sinay a que viniera a dar una charla a la clínica. Jorge Traverso lo leía en “La Nación” y quiso hacerle una entrevista para la radio. Como él no llegaba a tiempo me dijeron que fuera yo para contar de qué iba a ser la conferencia. A Jorge le gustó cómo salió la entrevista y me invitó a que tuviera todos los martes una columna. Así fue durante 2010. Al año siguiente, Juan Andrés Elhordoy me invitó a hacer la columna “Economía y Felicidad” en El Espectador. Eso más tarde se convirtió en un libro. Y lo que pasó es que estaba en un momento en el que sentía un poco el burn out del clínico. Pienso que un psicólogo tiene que ser un agente social y un educador también.
¿Cuántas charlas dio en lo que va del año?
Voy 137. Más de 10.000 personas.
¿Contesta usted todos los mensajes que le llegan por Facebook?
Por ahora sí.
Hace unos años con su mujer y sus hijas se fueron a vivir a Lagomar. ¿A qué responde?
A la necesidad de salir del estrés, de estar siempre corriendo. Con Marcela, mi mujer, que también es psicóloga, vivíamos a cinco minutos de la clínica y nos pasábamos en esa dinámica de “voy, llevo a las nenas, pongo otro paciente, vuelvo, me da el tiempo para poner otro paciente más”.
¿Qué hábitos cambió por vivir fuera de la ciudad?
Descubrí que me encanta plantar, por ejemplo. También me compré una bici. No le encontraba la vuelta a cómo hacer deporte y ahí lo resolví. Agarro la rambla costanera que ahora tiene ciclovía y es un placer. Me relaja mucho, me permite pensar distinto, me ayuda a respirar.
Tiene tres libros publicados. ¿Cuál es la rutina que sigue para escribir?
Necesito mucha tranquilidad. Yo escribí “Economía y felicidad” y “Educar sin culpa” con esta técnica: escribir 1.500 palabras por día. Ahora le dedico tres o cuatro horas en la mañana a la escritura. Me apronto un mate, me desconecto de las redes sociales, leo, busco otros textos e intento que salga algo. Intento no perder el ritmo y publico cosas en las redes, en mi blog o para medios de comunicación que me lo piden.
“Educar sin culpa” vendió 25.000 ejemplares. ¿Se lo imaginaba?
Soy un tipo optimista, pero nunca pensé que le iba a ir tan bien. Cuando iba a mi psicóloga, de joven, le decía que no sabía si quería ser psicólogo o escritor. Así que haber logrado esta fusión a los 45 años es muy lindo.
Una vez por semana en su casa simulan un apagón. ¿Qué buscan con ese plan?
Son esas dinámicas que como padres están buenas implementarlas. Es una instancia para estar juntos y conversar. Lo implementamos cuando ellas eran chicas y ahora quedó incorporado.
¿En qué oportunidades se descubre quejoso?
Soy muy obsesivo a la hora de comunicar sobre qué voy a hablar cuando hago una charla y, a veces, me encuentro con que me cambiaron el título de la charla, por ejemplo. Ahí me quejo, sí. Pero más que quejoso soy ansioso. Soy ejecutivo, respondo rápido. Eso, a veces, me ayuda, y otras no. Digo mucho que sí. Mi mujer me dice: “Ale, ya tenés cuatro charlas esta semana”. Y ahí me doy cuenta de que me paso.
Ha dicho que en la intimidad de la pareja todos somos insoportables. ¿Se reconoce así?
Sí. Por la ansiedad. Siempre digo: “si usted está en pareja, ya está en terapia”. El que te quiere te empuja a crecer, te la complica. En las charlas utilizo mucho el sentido del humor y, cuando me bajo del escenario, Marcela me puede decir: “Fuiste irónico, fuiste agresivo, quisiste hacer un chiste, pero te salió mal”.
Ha experimentado en el método Clean. ¿Le resultó efectivo?
Lo hago todos los años desde hace un tiempo. Es buenísimo. Antes de que saliera el libro de Alejandro Junger en español ya lo tenía en inglés. Tiene mucho que ver con esta búsqueda que hago como psicólogo de averiguar qué es lo que sana. No solo es la terapia y la medicación. Comer sano también es importante. La primera vez me costó mucho. Pero como soy muy obsesivo lo hice a rajatabla y adelgacé como 15 kilos. Pero me sentí con mucha energía y mucha vitalidad.
¿En qué se siente descreído?
(Piensa) En la manera que cuidamos el ambiente. Sé que nuestros hijos tienen una sensibilidad ecológica mucho mayor a la que tenemos nosotros, pero a veces vas por la calle y ves cómo la gente tira botellas al piso. Y no lo podés creer. Después ves, por suerte, que Leonardo DiCaprio hace una movida al respecto y hace el documental “Before the Flood”. Y te ayuda a seguir creyendo. Pero, a veces, caigo en el pesimismo. Lo que pasa es que, como dice (Fernando) Savater, el docente tiene la obligación de ser optimista. No se puede escribir sobre educación siendo pesimista, dice. Entonces entiendo que puedo ser pesimista, pero en privado.