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Nombre: Margaret Whyte• Edad: no declara • Ocupación: artista plástica • Señas particulares: tiene antepasados escoceses, algunos colegas la llaman “la abuela del arte contemporáneo”, fue profesora de inglés
El año pasado fue distinguida con el premio figari a la trayectoria. ¿Cómo se enteró? Fue en el supermercado y dos días después de la muerte de mi marido. Estaba angustiada, caminando por una de las góndolas con una bolsa de leche, y recibí el llamado de Pablo Thiago Rocca (director del Museo Figari). Me contó y se me cayó todo al piso. No me lo esperaba ni por asomo. Lo primero que sentí fue: “Esto es imposible”, y enseguida llamé a mi hija para contarle. Soy muy introvertida, no busco estas cosas. Me surgió porque tengo la trayectoria de haber trabajado 50 años siempre en el arte.
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En los 70 estudió en el círculo de Bellas Artes con maestros como Clarel Neme y Amalia Nieto, y después en los talleres de Jorge Damiani y el rupturista Hugo Longa. ¿Qué recuerda de sus clases? Clarel Neme fue un superartista muy académico. Las clases eran terribles porque no te dejaba salirte ni una raya. Tenías que hacer exactamente lo que decía, si no, se empezaba a refregar la cara y sabías que habías sonado. Mi pasaje con Amalia Nieto fue fantástico y con Jorge Damiani tomé clases particulares más enfocadas en la charla. Cuando vino la dictadura me quedé en casa dibujando, y luego, por el 86, empecé con Hugo Longa. Tenía un humor sarcástico finísimo, nos matábamos de la risa y nos daba una libertad que hasta el momento desconocíamos. Él me hizo una apertura de cerebro impresionante. Ahí empecé a trabajar con mucho color, a ser exuberante.
¿Cómo es su taller en la fundación de arte contemporáneo (FAC)? Caótico, con mucha obra. También tengo un taller en la calle Sarandí donde guardo pinturas, esculturas blandas y partes de instalaciones. Muchas veces cuando la gente ve obras gigantes, de más de tres metros, me pregunta: “¿Cómo vos que sos tan chiquita hacés eso tan grande?”. Y mi respuesta siempre es: “La verdad que no tengo idea. Me tiro al piso, subo escaleras y va saliendo”.
En la FAC trabaja con artistas jóvenes. ¿Qué disfruta del intercambio? La diversión y la sinceridad. Si nos tenemos que reír, nos reímos; si tenemos que llorar, lloramos. Nos damos para adelante e intento acompañarlos a todas las exposiciones que inauguren, pero a veces no me da el tiempo ni el físico. Además tengo una familia grande, con siete nietos y dos bisnietas.
¿Qué comparte con ellos? Vienen a almorzar los domingos y tengo que desmontar el living que está repleto de cuadros míos y de amigos que me regalaron. Pasamos rato en un jardincito que tengo al fondo del apartamento con muchas flores. Intento cocinarles, pero últimamente ando para abajo. Es que el arte ocupa casi toda mi jornada. Al FAC voy todos los días, seis horas, como si fuera un trabajo.
¿Prefiere trabajar en soledad? Absolutamente. No me gusta charlar mientras trabajo, excepto en momentos puntuales. Tampoco pongo música, pero si ponen otros me encanta. Me gusta la sorpresa.
¿Qué piensa cuando se enfrenta a una obra suya expuesta? “¿Eso lo hice yo?” (risas). Lo que me pregunto es si está realmente terminada, porque siempre queda algo por hacer. Una costura más puede cambiar el resultado.
Hasta hace poco no sabía coser… ¡Nunca agarré una aguja en mi vida! Mi abuela quería enseñarme y yo salía corriendo. Hace un tiempo se me empezaron a irritar la tráquea y los pulmones de estar siempre con pintura, me agarraba cualquier peste. Entonces tuve que dar una vuelta de rosca y empezar con las telas. Fue hace 10 años.
¿Es cierto que de niña solía pasar los veranos en Escocia? Mi padre era escocés y mi madre uruguaya. Él trabajaba como contador en el Banco de Londres y cada dos años tenía tres meses de vacaciones en Europa. Entonces de chica estuve mucho en Escocia. Me quedaba con mis abuelos, que tenían huerta con todo tipo de grosellas, frutillas y moras, y estantes llenos de dulces que hacían para soportar el invierno. Vivían en el norte, cerca del río Spey. Durante la guerra no fuimos y mi padre mandaba provisiones por barco. Una de las imágenes más fuertes que conservo de allá fue cuando volvimos, fuimos a la costa y nos topamos con todos los residuos de aviones derribados.
¿En qué aspectos se reconoce como escocesa? Soy más criolla que el agujero del mate, pero a veces me doy cuenta de que tengo genes distintos. Sobre todo en la puntualidad y en mi forma de ser, soy muy introvertida y no tan dada. También me dicen que tengo un humor británico.
¿Es muy detallista? No dejo pasar errores.
¿Se le puede preguntar la edad? Sí, pero no puedo responderte eso.
¿Le molesta que se lo pregunte? ¡Sí, horrible! (risas). Lo que pasa es que soy atemporal: me siento como pez en el agua con los jóvenes, a veces me miro al espejo y digo: “¿Quién es esa vieja que está ahí?”. Mi edad muta según la circunstancia. Me aburre la gente que dice que en el pasado todo era mejor; me gusta mirar para adelante y punto.
¿Se lleva bien con la tecnología? Soy bastante orgánica, el mundo está tan virtual que prefiero irme para otro lado. Pero ojo que tengo redes sociales, por supuesto. ¡No tengo otra! Les doy un uso particular.
¿Para qué las usa? Para el arte, para enterarme de muestras, de artistas y para comunicarme con mis amigos. Sé lo básico y lo aprendí sola, porque a veces les pido a mis nietos que me enseñen pero nunca les sigo el ritmo.